Estas historias , bien contadas nos retrotraen a épocas pasadas , que muchos siquiera conocimos pero que en definitiva nos dan una idea de aquella Caracas, sus calles, lugares, y hasta asuntos políticos ..
Espero sea de vuestro agrado la presente transcripción realizada del libro "La Caracas que Conocí"
"A mitad de cuadra hacia el puente de La Trinidad, en una casa-quinta, antes de llegar a la salida del Callejón Luneta, al frente del Samán, funcionaron las oficinas de la embajada británica en Caracas. Aún no existía al pie y rodeando el histórico Samán de La Trinidad, el edificio Roma que construyera a su antojo el italiano Felipe Gagliardi quien gozó de máxima protección oficial mientras duró la dictadura de Pérez Jiménez.
Espero sea de vuestro agrado la presente transcripción realizada del libro "La Caracas que Conocí"
"A mitad de cuadra hacia el puente de La Trinidad, en una casa-quinta, antes de llegar a la salida del Callejón Luneta, al frente del Samán, funcionaron las oficinas de la embajada británica en Caracas. Aún no existía al pie y rodeando el histórico Samán de La Trinidad, el edificio Roma que construyera a su antojo el italiano Felipe Gagliardi quien gozó de máxima protección oficial mientras duró la dictadura de Pérez Jiménez.
En el citado
Callejón Luneta que parte de la esquina de Caja de Agua, en la Norte 4, vivió por
muchos años Guillermo Suárez, cajero principal de Banco de Venezuela. Suárez
tenía una numerosa familia habida de su matrimonio con la señora Mier y Terán;
era un buen padre de familia y un elemento apacible de carácter, sencillo y
servicial; sin embargo, asiduo cliente de la Cervecería Strich, en la Plaza
Bolívar; parece que en esto estribó o contribuyó a servir de blanco a la maldad
encarnada en una de los más destacados esbirros de la dictadura gomecista, un
tal Ismael, cuyo apellido no vamos a repetir por considerar se trata del ovejo
negro de una familia honorable.
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Av Universidad, Frente al Pasaje Zingg Antigua Sede del Banco de Venezuela |
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Antigua sede del Banco de Venezuela Aporte de Ramsés Rangel |
Se conmemoraba
el centenario de la Batalla de Carabobo. La Plaza Bolívar se encontraba vestida
de gala con una iluminación en bombillos de colores alrededor de los diferentes
cuadros que forman sus jardines. Las piletas o fuentes de agua también lucían
luminosas. Las sillas plegables de madera que se alquilaban a los concurrentes
de la plaza se habían agotado, llenaban totalmente las orillas de las avenidas
internas que convergen hasta el monumento ecuestre del Libertador Simón
Bolívar, el cual estaba rodeado de veintiún coronas u ofrendas florales
colocadas en sus atriles de hierro. Allí nos encontramos de pié contemplando la
marejada de gente que se movía en la plaza, ataviadas con sus más elegantes
trajes y adornados sombreros, las damas, y, de rigurosos trajes oscuros, azul
marino, marrones, negros y gris pizarra, - en esa época a nadie se le ocurría
salir de noche con un traje color claro, mucho menos a visitar la Plaza Bolívar
en un día de fiesta nacional-. Desde ese sitio estratégico oíamos el concierto
especial organizado por el maestro Pedro Elías Gutiérrez, director de la Banda
Marcial, que a distancia, usando su casaca azul marino del uniforme de gala y
el pecho con sus brillantes condecoraciones, al levantar la batuta
acompañándola con el brazo izquierdo, parecía el gesto de un bastón de mando de
algún mariscal de campo.
Allí a nuestro
lado, se fraguó el complot contra don Guillermo Suárez, cuando el esbirro le señalaba
a dos individuos de su calaña, que Suárez bajaba las gradas que existían en el
desnivel de la parte norte de la plaza, donde se efectuaban los conciertos
nocturnos de la Banda Marcial. No había terminado de bajar Suárez cuando ya
tenía a cada lado una escolta fatal que lo acompañó, haciendo zig-zag, hasta el
monumento al centro de la plaza. Guillermo le dio la vuelta completa al monumento
contando en inglés las ofendas florales: one, two, three, four, five, hasta
llegar al twenty one, por eso sabemos que eran veintiuna las Coronas de esa
noche; luego, dando traspiés se dirigió a la esquina de Las Gradillas, siempre
seguido muy de cerca por los señalados chácharos y cuando Suárez agarró
el pasamanos del tranvía del Hospital Vargas y el pié en el estribo para subir,
lo agarraron por su brazo instándolo a bajar. Suárez, materialmente inocente,
se dejó llevar a la comandancia de Las Monjas, camino de la tétrica Rotunda, de
donde no se obtuvo su libertad durante tres años que duró su presidio; sólo
Dios, con la muerte del Dictador, volvió a la vida a tantos mártires inocentes,
nos consta que “el gordo del Banco de Venezuela” fue uno de ellos.
Continuando la
avenida Norte, está el Panteón Nacional con sus dos torres en aguja que originalmente
fuera la Capilla de La Trinidad. Al frente de las puertas de entrada cruza la
calle hacia el este para atravesar los jardines de la plaza, quedando un
espacio como una plazoleta separada por calles, tanto de la plaza como de la
avenida. Atrás de el Panteón, la esquina de El Misterio, luego el terraplén
donde sale el Callejón Ramos hasta el Hospital Vargas, cuyo frente ostenta una
antigua reja de hierro al borde de la acera, protegiendo los jardines de la
entrada."
Fuente: Transcrito del Libro “ La Caracas que Conocí”
Francisco A Moya
Martínez
Imágenes ; aporte de Caracas en Retrospectiva Facebook