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jueves, 30 de julio de 2020

LA VIRGEN DEL ROSARIO DE CARACAS, 1593

Por Juan Gant-Aguayo

Caracas ha perdido hace mucho su pasado.
La obsesión casi monomaníaca por nuestra manoseada historia moderna, en particular por los inicios del Estado republicano ganado con sangre pero por ello penetrado su origen hasta los tuétanos de gesta heroica o legendaria, han llevado al des recuerdo -o al ostracismo- tradiciones centenarias, devociones entrañables y hasta Vírgenes universales, cuyas imágenes veneraban con pasión de madre propia los caraqueños de la piadosa Santiago de León antes de la revolución emancipadora surgida del siglo de las luces.

La Virgen de Copacabana, el Nazareno de San Jacinto y la Virgen del Rosario son cuentas en ese rosario de desconocimiento moderno e ingratitud por olvido, advocaciones que colmaron calles haciendo arrodillar multitudes, en sus extintas antiguas procesiones de aquel tiempo de la colonia.

La Iglesia es la primera en inventar santos nuevos para viejos males. La Virgen de Las Mercedes -antigua patrona desde 1638 contra la “alhorra” o plaga del cacao-, Virgen ya caduca para el oficio, al parecer (por ser tal fruto irrelevante ahora, un vestigio provincial frente al emergente café republicano), decide en 1900 relanzarla como reencauchada patrona anti terremotos, frente a alguno -tibio- que mostró la cara ese año. Las puertas giratorias, que dicen.

Joseph de Oviedo y Baños, fiel caraqueño por adopción y prendado como todos de la Virgen del Rosario sita en su trono del templo de San Jacinto, la ponderaba de esta manera en su Historia, publicada en 1723: “… venérase en su iglesia la milagrosísima imagen de Nuestra Señora del Rosario, dádiva de la majestad del señor don Felipe Segundo, y atractivo de la devoción de todos los vecinos, que la reconocen por eficaz patrona contra la violencia de los temblores”.

Amén de clarificar quien era la Divina Protectora contra los sismos de Caracas, nos informa el cronista que tal imagen fue obsequio de Felipe II. En 1593 regresaba el procurador de la provincia, Simón de Bolívar, el Viejo, de su gestión en Madrid ante el rey. Venía acompañado de Martín de Zabala, rico mercader dominicano avecindado en Caracas tres años antes -al mismo tiempo que Bolívar y quizás llegado con él de Santo Domingo-. Martín compró casa y habitó en Santiago de León, tal vez por acompañar a su hermana María de Zabala, viuda que había hecho profesión de beata y decidido no casar más.

Es posible que la imagen de la Virgen del Rosario haya sido traída por Martín de Zabala, a su vuelta de España con el contador Simón de Bolívar en 1593 (que con este alto cargo de confianza por voluntad del monarca venía investido), o más probable, la trajo el mismo Bolívar, quien regresaba a la provincia luego de solicitar mercedes al propio rey Felipe II para Santiago de León, y pudo el soberano en audiencia personal -que con tan buen ánimo le concedió tales cargos personales y privilegios para la ciudad, hasta un escudo el de armas-, hacerle donación de esta imagen para animar a los vecinos a contribuir con la empresa de fundación del convento de San Jacinto, vistas las buenas obras que para el caso adelantaba ya en aquellas fechas Sancho del Villar, en 1590.

Haya traído Bolívar o Zabala la venerada imagen, lo cierto es que la fundación del convento de San Jacinto cobra impulso, y en 1597 se funda en la esquina de su nombre, en un solar que fuera del maestro de carpintería Diego Alonso, por entonces muy activo como encargado de enmaderar el techo, ventanas y puertas del flamante templo de San Francisco. Su solar fue permutado por una cuadra entera al sur de la ciudad, por acuerdo con el Cabildo.



El acaudalado Martín de Zabala le fabrica a la Virgen del Rosario una capilla de lujo en la nave de la epístola del nuevo templo. La Cofradía de la Virgen del Rosario del convento de San Jacinto estuvo a cargo suyo desde la fundación del templo hasta que fallece en 1636. Su hermana, María de Zabala, viuda y beata, custodiaba y guardaba la corona cerrada de orden imperial, rosarios de oro y perlas, estrellas, camafeos y dijes con piedras preciosas y otras joyas del manto de aquella imagen tan amada por todos los vecinos de Caracas, labor que cumple hasta que fallece, poco después y en el mismo año que su hermano Martín. La tarea devota la continuó su sobrina, la riquísima doña Maripérez, hasta su muerte al parecer ocurrida poco después del terremoto de 1641.

Se ha querido hacer de la advocación a la Virgen de la Inmaculada Concepción como la primera patrona mariana de Caracas. Es posible, mas no hay duda de dónde estaba el amor de los caraqueños desde que en 1593 Martín de Zabala o Bolívar trajeron -quizás- este regio obsequio de la Virgen del Rosario. En el informe de 1698 el prior de San Jacinto, sin proponérselo, deja testimonio para la historia de la intensa exposición pública que para esa fecha se hacía de esta venerada imagen, al detallar el costo en cera blanca labrada que representaba a fines del s. XVII el culto a esta imagen:

“La Virgen del Rosario se descubre cuatro [4] veces al día con seis velas [que se le encienden]: tres [veces] cuando se rezan los tres tercios del rosario, y una a la noche, cuando salimos a cantarle por las calles, cuyos gastos se pueden y deben apreciar por más de quinientas libras [de cera], … el cual gasto es considerable, para la renta asignada”.

¿Hace falta más prueba? Quinientas libras de cera al año representaba mas de un cuarto de tonelada gastado en cera blanca labrada para alumbrar esta Virgen, y el detalle de que se sacara en procesión todas las noches indica el fervor a esta devoción y los piadosos rezos del rosario que se hacían en cada casa, cada dia del año, al paso de esta imagen frente a la puerta.

La legendaria Virgen del Rosario se olvidó. Con olor a creolina permanece expuesta cual útil maniquí, buena su figura e imagen para exhibir el ropaje con que la cubren, que es un pálido recuerdo del magnífico que en su tiempo lució.

Sus joyas desaparecieron, quizás Morillo cuando estuvo en Caracas, o Boves, o los apremios económicos del esfuerzo patriota por sostener la guerra tras el terremoto de 1812. El retablo de su capilla en San Jacinto, tan engalanado de joyas en su tiempo como la Señora que entronizaba, fue desmembrado, y partes de su obra fueron a parar a la iglesia del pueblo de Guarenas, donde por el esplendor de estas reliquias de madera son aún adorno completo de su altar principal.

La imagen es una recreación digital de cómo pudo ser originalmente este retablo en San Jacinto, sacada de: “Los Retablos de las capillas de La Candelaria en Guarenas y del Rosario en la iglesia de San Jacinto de Caracas”. Davila, Marín, Niño, Badillo. 

Publicado en @CaracasLaDeLosTechosRojos (facebook)

domingo, 19 de julio de 2020

DE PESTES, ERMITAS Y ANA DE HARO, PRIMERA ENFERMERA DE CARACAS


Por Juan Gant-Aguayo
Caracas la de los techos rojos

"Es interesante el papel que en la historia de Caracas jugaron las pestes, plagas y otros males, tanto en el surgimiento de templos y hospitales como de derivados urbanos en modo de plazas o esquinas.
Pero comencemos por el inicio, como debe ser. Antes incluso de fundarse Santiago de León, los acolchados soldados de la milicia de Losada ya habían levantado una ermita, en agradecimiento a San Sebastián, por haberlos librado (y que así continuara, ¡amén!) contra la plaga de las flechas. No era mal despreciable, y no porque estos soldados fueran cobardes: si la flecha venía envenenada de odio y malas yerbas, la víctima quedaba sentenciada, “moría rabiando y sus carnes cayendo a pedazos…”, según las crónicas. De allí que vistieran aforrados de colchas de algodón, que llamaban sayo de armas. 

Esta ermita, y el bohío del capitán poblador en Principal noreste, harían de eje y patrón de escala en la medida que usó Henares para trazar- a partir de allí- sus cuadras, previo a la fundación.
La ermita de San Mauricio fue la segunda. En 1574 la plaga de langostas se abate sobre el maíz y las primeras plantaciones de trigo que se ensayaban en el valle, comiéndose la esperanza de los cultivadores y amenazando de hambre a todos. Los vecinos, por suertes, eligen a San Mauricio, quien les aleja a tiempo los voraces voladores, al parecer, porque la ciudad le jura celebrarle en adelante -todos los años- su día. 

Una tarde de 1579 el bohío hogar del santo lo devora el fuego, y los vecinos ponen en cuarentena a San Mauricio en la casa de San Sebastián, que ya no hacía milagros. Allí quedó para siempre, en el templo que era alternativa de misa techada para el pardaje, visto que jamás lograban entrar ni a la puerta de la iglesia mayor, cuando se oía la misa de diez y la corta nave del templo frente a la plaza se colmaba con los blancos y sus criados esclavos, encargados de portar los cojines, sombreros y sombrillas a los capitanes y cargar las largas colas de falda a las doñas de mantilla y chapines.

La viruela azotó con furia en esos años iniciales, y el sarampión, más asesina ambas con los indios y negros que con los blancos amos de estos. En 1579  la peste se cebaba hasta en los más niños. El cabildo ordena un degredo extramuros de la ciudad, por salvar a su corto vecindario. Se erige entonces, con guardia de día y centinelas de noche en lo que hoy es San Pablo. Allí un hospital de campaña, si es que podía llamarse así el caney largo donde barberos cirujanos, indios médicos-brujos yerbateros, y hasta charlatanes prácticos intentaban hacer algo por los enfermos. 

Aquella era una sociedad muy piadosa, a falta de remedios terrenales. A raíz de la mortandad y entierros en la fosa común aledaña al hospital, se levanta otra ermita allí, en memoria de los muertos que yacían en el sitio, ahora campo santo. Previamente, se repite la operación de elección por suertes del santo que presidiría el sitio. Y esto no por amor a la baraja, o a los juegos de apuestas viciosas, sino porque fuera Dios quien decidiera y no el gobernador o los mandamases de la ciudad, que todo vecino tenía su devoción sántica particular y no era momento de debates enojosos. 

San Pablo el Ermitaño se asoma así en la Caracas de entonces, por mano divina. No es que fuera un santo muy mentado, o conocido, entre esos rudos iletrados castellanos. No os confundáis -terciaba Su Señoría Ilustrísima el obispo-, definitivamente no es Saulo de Tarso, hijo, pero los designios de Dios son inescrutables, y si era tan ermitaño como se pregona, con más razón ordena del Cielo fabricarle esta nueva ermita. 

De alguna manera, templo de San Pablo y casa anexa de enfermos-terminales-pobres pervivieron. La ciudad y los alcaldes, “padres de desamparados”, veían la necesidad de mantener tales instituciones. En abril de 1620 Pedro Cerrato declaraba en un juicio que Juan Arias atendía en dicho hospital y “… le conoció así mesmo traer el hábito del señor S[an] Juan de Dios en el hospital desta dicha ciudad, que es el de señor San Pablo". Dato significativo, si se considera que la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios no obtiene del Pontífice el reconocimiento como tal sino algunos años después.
Luego del terremoto de San Bernabé de 1641, se reconstruye la iglesia y el hospital. En una probanza de méritos en 1664, el exponente declaraba que era familia del “… depositario general Domingo de Vera, el qual ha sido alcalde ordinario … y actualmente está fabricando en esta ciudad un hospital y iglesia con largas expensas de su hacienda, en utilidad común de esta ciudad y provincia, por el abrigo y amparo que a sus pobres y forasteros desvalidos promete” el hospital y templo.

Pasan los años. Recurrentemente, nuevos contagios de las mismas pestes -y varias otras plagas en los cultivos de trigo y cacao- visitaban la ciudad, que las soporta y atiende con el estoicismo de lo inevitable y los medios posibles. Hacia 1694, el vómito negro (algunos la califican hoy de cólera) recogía su cosecha de muerte. Se hace el degredo, una vez más, al sur, extramuros lo más posible de la ciudad y se levanta un hospital bajo toldos. Acuden los médicos, el cura que ayude a morir, y se establece el camposanto. Allí finalmente se erige otra ermita, dedicada a Santa Rosalía de Palermo. Con el tiempo su existencia dará origen a un buen templo, una esquina y una parroquia.

Y llegamos así entonces al objeto de este artículo: Aunque en 1951 se publicaron las Actas de Cabildo de 1614 (Tomo IV, 1612-1619) y estaban a la vista de todos, el texto que menciona la primera enfermera que tuvo Santiago de León parece haber pasado sin pena ni gloria entre los cronistas e historiadores que ha tenido la ciudad desde esa fecha. Quizás no les pareció importante destacarlo, la era no era feminista. Pero estamos en el s. XXI, que busca ahora con nuevo afán el papel de la mujer en nuestra historia, y como sigue sin que a nadie se le ofrezca destacarlo, nos ha parecido procedente señalarlo, convencidos que al menos a algunas damas les gustará saberlo.

El 25 de octubre de 1614 el gobernador ante el cabildo reunido anuncia las viruelas que han aparecido, para que se vea si se puede imponer algún tributo a la carne para costear los gastos necesarios, “… que por quanto en esta ciudad se ha tenido noticia hay algunos enfermos de viruelas y se han visitado algunos enfermos por el licenciado Manuel de Rocha, y por constar ser la dicha enfermedad de viruelas, se han llevado fuera desta ciudad, y porque la dicha enfermedad es mal contagioso y que con facilidad se pega y cunde, como se ha visto por experiencia, mayormente en los niños y naturales. Y es necesario acudir al remedio y hacer muchas diligencias en razón de lo susodicho”.

El cabildo resuelve imponer de gravámen un grano “de perla de rostrillo” sobre cada arroba vendida en la carnicería, y lo anuncia en cabildo abierto “para que nadie pretenda ignorancia”. En 17 de noviembre, Francisco del Castillo, comisionado para gestionar la emergencia, dice que ha llevado “… a los enfermos de que ha tenido noticia a la parte que está señalada, y poniendo guardas … y porque de las personas que se han llevado a la enfermería señalada se han muerto dos indias, las cuales se han traído a enterrar a la santa iglesia mayor desta ciudad, conviene que lo susodicho se remedie, porque de traerse los muertos a esta ciudad puede resultar pegarse la dicha enfermedad en ella, demás de lo cual, es necesario que el médico acuda todos los días a visitar los enfermos, así los de la enfermería como los que cayeren en la ciudad”, y pide entonces que sobre lo dicho, el cabildo resuelva qué se va a hacer. El cabildo decide consultar al obispo.

Tras las consultas con este, los comisarios Pedro de Fonseca y Diego de Ledesma vienen con la respuesta del prelado: “… que mediante que en caso que [el obispo] diese licencias y permisión para que se enterrasen los difuntos en un sitio acomodado y cercano a la enfermería, no podía ser con la perpetuidad que convenía, y que para haber de quedarse despues yerma y despoblada, no convenía, y que le parecía que se hiciese iglesia con la decencia y moderación posible, y que en el ínterin se llevasen los difuntos al hospital de San Pablo, donde se enterrasen en un cementerio que para esto se señalara, de la parte del campo, y que se señalara clérigo suficiente”

Y continúa el registro de la sesión por el escribano del cabildo: “… y los dichos Pedro de Fonseca y Domingo Vásquez [de Rojas] dixeron que ellos han buscado una muger que asista en la dicha enfermería, y que hablaron a Ana de Haro, viuda, persona que les parece acudirá a lo susodicho como conviene, y que [ella] dixo que [a]sí haría, pagándosele”.

Finaliza así: “y habiéndose platicado … dixeron que, por ahora, en el ínterin que se trata de otro mejor medio, se elige por sepultura de los dichos enfermos el dicho hospital de San Pablo … y al dicho Domingo Vásquez se le comete concertar con la dicha Ana de Haro lo que se le debe dar por su trabajo … y con esto se acabó el cabildo, y firmaron de sus nombres”.

Ermita de San Pablo Ermitaño pocos años antes de su demolición, por Ramón Bolet

LA ERMITA DE SAN MAURICIO Y EL PLANO DE PIMENTEL, 1574-1624L, 1574-1624

Por Juan Gant-Aguayo
Caracas la de los techos rojos

"El célebre Plano de Caracas inserto en la Relación de Pimentel, descripción comenzada a escribir en 1578 y terminada en 1579, además de ser posterior a la Relación misma en al menos dos años, es también el primer mapa de Caracas y el único que se ha logrado localizar hasta 1771.
Es un plano muy simple para un poblado que cumplía ya algo más de diez años de fundado, casi un bosquejo, sin rigor ni diseño previo, hecho a mano alzada y apresuradamente para cumplir con las instrucciones que llegaron como Real Cédula desde el Consejo de Indias, y que ordenaba adjuntar un plano con el interrogatorio a responder como Relación. 
No obstante su simplicidad en cuanto a la inform
ación que pudiera suministrar sobre la inicial Santiago de León, es posible obtener de este escueto plano algunos datos: Están señalados en él los solares de la iglesia mayor, el cabildo, la ermita de San Sebastián, la cuadra de San Francisco al sur y un solar marcado como “San Mauricio”.
Hacia 1574, una nube de voraces langostas cayó sobre los sembradíos de maíz y las primeras plantaciones de trigo que se intentaban en el valle de San Francisco. Ante este panorama que prometía hambre y ruina con tal plaga, los vecinos -desesperados- eligen por suertes un santo que les protegiese sus cultivos, saliendo electo San Mauricio. La plaga pasó y la ciudad juró celebrarle al santo todos los años su día. En su honor, levantaron una ermita donde venerar su imagen. Ya erigida esta casa, queda entonces registrada e incluida en el Plano de Pimentel la edificación sacra, figurando en este mapa en la esquina de Carmelitas suroeste (S-O). 
En 1579, un incendio acaba con el bohío de bahareques y techo de palma de la ermita. Su imagen o talla logra ser rescatada a tiempo por los vecinos. Según las fuentes, acabó resguardada un poco más al oriente en la misma calle, en la cercana ermita de San Sebastián, sitio donde se habían dado las primeras misas en Caracas, antes incluso de la fundación.
El problema es que ese solar de Carmelitas suroeste (S-O), señalado en el plano como de San Mauricio, ya estaba ocupado desde 1578, al menos. Lo habitaba una mujer de nombre Constanza de Ávila, y es difícil pensar que esta señora diera su consentimiento para volver su hogar una ermita ahora, así fuese como templo del santo salvado de las llamas.
Constanza de Ávila, por indicios, pudo ser mestiza y quizás hija natural del conquistador Pedro García de Ávila, criada en su casa. Esta dama tuvo a su vez una hija natural con el conquistador Juan de Gámez, distante una cuadra al norte de García de Ávila en la misma calle. En 1630, Felipe Pérez manifestaba en su testamento: “… Declaro que soy casado y velado con Catalina Gámez, hija natural de Juan de Gámez y de Constanza de Ávila, y nieta de Catalina de La Cerda”. 
Tras su aventura con Juan de Gámez, Constanza casó con un Juan de Ortega. Este muere hacia 1583 y la doña casa de nuevo -ese mismo año- con Pedro de Ortega, quizás su cuñado. Con Juan de Ortega había procreado a María de Ortega, su hija legítima, mujer que fue del capitán Juan de Chavarría. En 1613 María de Ortega y su marido Juan de Chavarría venden unos títulos por cobrar, de préstamos a varios deudores, documentos otorgados en 1583 y 1591, que sumaban todos un total de 360 pesos de oro, “… procedidos de los bienes que quedaron a María de Ortega al morir sus padres”. Por las fechas, es indicativo de que Juan de Ortega ya era muerto en 1583 y Constanza de Ávila en 1591. 
María de Ortega tuvo con el capitán Chavarría al menos diez hijos entre 1592 y 1612. Estimando una edad mínima para procrear de 14 años, ella debió nacer hacia 1578. Es indicio de que su madre -como esposa de Juan de Ortega- habitaba el solar de Carmelitas suroeste (S-O) desde al menos esta fecha. Se agota con esta conclusión la corta biografía de Constanza de Ávila, nada más hemos podido hallar sobre esta sumergida mujer.
Sabemos del solar de habitación de Constanza en Carmelitas suroeste (S-O) por los linderos que daban algunos vecinos sobre sus propios solares y casas. En un documento de hipoteca fincada sobre el solar y casas de Mari Gómez, viuda, en Carmelitas noroeste (N-O), dio en 1593 como linderos sur y este esta dama: “ … y por delante, solar que está por cercar que quedó por fin y muerte de Constanza de Ávila [S], mujer de Fulano [sic] de Ortega, calle real en medio, e por el otro lado casas y solar del capitán Garcí González de Silva [E]”. 
Por investigaciones propias, tenemos probado que el solar de habitación de Garcí González de Silva se ubicaba en Carmelitas noreste (N-E). Por otro lado, en 1595, Juan López Dorado vendía a Sancho Martínez de Urqueta medio solar esquinero y casa de su propiedad, en la esquina de Llaguno sureste (S-E). La apostilla de la operación dice: "Vende Juan López Dorado el pedazo de solar que tiene, en donde tenía su casa, linde con Juan de los Reyes [O] y solar de Constanza de Ávila [E], difunta [etc.]". 
Dorado y Urqueta compartían el mismo solar entero en Llaguno sureste (S-E), dividido por mitad de este a oeste y colindante por el lado oriental con el solar entero de Constanza de Ávila. López Dorado casó en 1597 con una María de los Reyes, quizás hija de su vecino Juan de los Reyes, calle en medio al oeste. Casado así y tal vez su suegro muerto, López Dorado administraba el solar heredado por su mujer en Llaguno suroeste (S-O). Debió quizás ausentarse luego de casar, dejando encargado de ese solar a su vecino Martínez de Urqueta, pues, en 1601, este arrienda dicho solar y casas: “… arrienda Sancho Martínez Urqueta, vecino desta ciudad, a Miguel […] y Benito Botasio […] las casas que están sucesivas [O] a las que yo tengo y Juan López Dorado, por tiempo de dos años ... con las tenerías que dentro están, que lindan [E] con casas de Juan López Dorado”. 
Estas tenerías se ubicaban, al parecer, al lado del río que allí existió antiguamente, que era por entonces el Caruata real, y que limitaba el poblado por el oeste al momento de su fundación. Es a veces mencionado en crónicas muy posteriores como “Quebrada de Padrones”, o “de Leandro”, hoy ya seco y colmado. El río se cruzaba, a inicios del s. XVII, por un tosco puente de maderos, pues allí se iniciaba el camino real a Catia, una de las vías de tránsito a La Guaira por entonces. En 1622, Isabel de Concepción vendió el medio solar esquinero, de dos en que estaba dividido el solar entero de Llaguno suroeste (S-O): “… el de la banda de arriba [N], linde con la pontezuela que allí está calle real en medio ”.
Surge aquí, entonces, la pregunta de toda esta exposición: ¿Dónde, pues, estaba ubicado San Mauricio antes de quemarse? Porque evidentemente, quien haya dibujado el plano, intentaba señalar que la ermita existía (o había existido hasta muy poco antes), pero -por lo mostrado- yerra en el emplazamiento real, no era en Carmelitas suroeste.
La respuesta es que la inicial ermita de San Mauricio estuvo situada al inicio del Camino de Catia, a una cuadra al oeste del sitio señalado en el Plano de Pimentel, en lo que eran las afueras de la ciudad en 1574. La hemos emplazado en Llaguno suroeste (S-O) según lo expuesto arriba y lo que sigue:
Pedro, indio, en 1623 solicitaba al cabildo:
“ Pedro Gómez, indio guaiquerí de la isla Margarita ... digo que yo soy oficial de curtidor, y para el ministerio del oficio, tengo hecha -en una barranca de la quebrada de Caruata por bajo de donde se sirven de ella los vecinos desta ciudad- mi casa y las tenerías, ... pido y suplico a vuesas mercedes me den y hagan limosna y merced de darme el sitio de la barranca donde tengo hecha mi casa y pozos de tenería, pues [es] bien poco todo, para que yo lo tenga y posea con justo título.“
El cabildo acepta la petición, pero sin darle la propiedad personal, otorgándole el sitio “en depósito”:
“ … dixeron que ellos han visto el sitio que pide Pedro, indio, y que atento a que está conjunto con la ermita de San Mauricio (que aunque está por ahora con sólo algunas paredes, se puede reedificar, pues es obligación de la ciudad, y podría ser de mucha conveniencia para el servicio della), y mediante que el dicho Pedro, indio, y su mujer, son ya mayores de edad, y que -como incapaces- podría alguna persona engañarles, comprándole el dicho sitio por menos de su valor, y perjudicar a la república, se le puede hacer merced de dársele y concedérsele en depósito … “.

Un plano de todo lo explicado es el que se muestra.


viernes, 5 de julio de 2019

LOS MANTUANOS DE CARACAS


por  Juan Gant-Aguayo

Aquellos que el pueblo llano llamó mantuanos eran los miembros de una élite de familias poderosas de Caracas que dominaron la escena económica, social y política de la gobernación de Venezuela durante el período colonial, con protagonismo en el proceso de la Independencia y el surgimiento de la República, hasta la Guerra Federal, cuando el último mantuano con poder, Manuel Felipe de Tovar, renuncia a la Presidencia (1861).

Su ascendencia social como grupo cerrado provenía de agrupar en su seno a los hijos de los conquistadores de la Provincia y fundadores de sus principales ciudades (Coro, El Tocuyo, Barquisimeto, Trujillo, Valencia y Santiago de León de Caracas), quienes se mezclaron temprano con personajes "de sangre noble" provenientes por diversas causas de la Metrópoli que, aunque sin méritos en la conquista, aportaban la "hidalguía de sangre" necesaria para hacer de estos rudos conquistadores gente "de calidad". Este proceso de ascenso a la nobleza no era exclusivo de los mantuanos de Caracas, de hecho se daba en toda la América hispana.

Las ramas mantuanas más influyentes de Santiago de León se originaron de los enlaces de -y con- las llamadas "siete hermanas Rojas", hijas de Diego Gómez -al parecer de Ampuero, León, España, - y de Ana de Rojas, personajes connotados y figurantes desde el más temprano origen de Cubagua, ahorcados en Margarita por Lope de Aguirre en 1561. Estas hijas huérfanas casaron con los más importantes conquistadores de Caracas, generando entre ellos un vínculo de sangre y afinidad familiar que mantuvieron común y vivo durante todo el período de dominación mantuana. Aunque no era norma escrita, para ser mantuano legítimo debía remontarse la ascendencia hasta alguna de estas hermanas Rojas y alguno de estos conquistadores.

Lo que hizo a los mantuanos tan prominentes y notorios durante la Colonia no fue su riqueza, sino el ser de Caracas, capital de la gobernación de Venezuela. Eran estos mantuanos quienes estaban en contacto diario y mantenían trato directo privilegiado con el gobernador -representante del rey-, quien residía desde 1577 en esta ciudad. Su poder se vio aumentado al pasar a Caracas la sede del obispado en 1636, y fraguó -como élite- con el inicio del auge del cacao de la costa, en la primera mitad del s. XVII. El mantuano es exclusivo de Caracas, aunque sus raíces y descendientes con el tiempo -o previamente- esparcieran sus linajes por otras regiones y ciudades, como Margarita, Valencia, Barquisimeto, El Tocuyo o Trujillo.

El poderío mantuano era totalitario, englobaba todo lo que podía generar o sostener su fortuna o aumentar su alcance: Mantenían un control férreo del cabildo de su ciudad (Caracas), control de los cargos de la Real Hacienda, las dignidades eclesiásticas de la catedral, los grados y títulos militares. Su interés político se manifestaba siempre que era necesario, siendo que se sentían dueños naturales de la tierra y Provincia que sus pasados habían ganado a fuerza de conquistas. Durante el s. XVII actuaron en la deposición -sin trámite y por su real voluntad- de al menos tres (3) gobernadores: Gil de la Sierpe (1623), Martín de Robles Villafañe (1653) y don Juan de Padilla y Guardiola (1675). Asumían el mando cuando el gobernador fallecía -y sus funciones políticas y militares a través del cabildo de la ciudad-, y a partir de 1677 se oficializó por real cédula, con orden y mandato a todas las otras ciudades de la gobernación, que los alcaldes de Caracas se entendiera ser tenidos -en esos casos- como gobernadores interinos "para toda la Provincia de Venezuela", privilegio único, comprado por los mantuanos con muchos pesos de plata y fanegas de cacao.

El mantuano era terrateniente y esclavista, con posesión reiterada de múltiples haciendas de trapiche o trigo, hatos de ganado en los llanos, plantaciones de cacao, esclavos, indios y tierras, muchas tierras, aunque su principal ingreso provino siempre y fundamentalmente de la venta de su cacao a México, pues en aquel virreinato existía preferencia por el cacao de Caracas frente a otros cacaos competidores como el de Guayaquil. Algunos de estos mantuanos, los más ricos, fueron llamados los "Grandes Cacaos" por el constante flujo de plata amonedada que les producía este negocio

El escritor Herrera Luque pone en boca de uno de los personajes de su obra 'Los Amos del Valle" la afirmación de que eran veinte (20) las familias mantuanas a mediados del s. XVIII, mencionándolas en lista. Mas -como en todo en la sociedad colonial criolla-, dentro del círculo mantuano también hubo gradación. Las familias mantuanas más poderosas, en la cúspide tanto por riqueza como por vínculos o títulos de nobleza, eran cuatro: Mijares, Blanco, Ponte y Tovar. Los Bolívar, aunque mantuanos, no eran del estamento más elevado. De hecho, ni los Tovar ni los Mijares casaron jamás con Bolívares, algo bien curioso.

El origen de la palabra 'Mantuano' es incierto. Si es por el manto o mantillo que supuestamente usaban las señoras mantuanas -según se ha afirmado-, eso no pasa de ser un mito, pues todas las mujeres en la antigua sociedad colonial criolla usaban manto, o casi todas, y ni las pardas ni negras libres renunciaban a su uso al salir de casa. Todas -invariablemente- entraban enmantilladas en los templos, y en general, con manto iban por las calles si la mujer era "de costumbres recogidas", o sea, todas. 
Mantuano se ha dicho pudiera provenir de Mantua, ciudad italiana peleada muchas veces por los tercios españoles del s. XVII, de donde se alegaba ese servicio militar al rey por muchos personajes que pasaron a Indias, así como por haber peleado "en las guerras de Flandes", etc.

Ciertamente, la opción más probable es que les llamaran mantuanos por ser los únicos criollos en Santiago de León con derecho a portar largas y oscuras capas -o manto- como signo de legítima nobleza, derecho que defendieron ante otros "de menor calidad" (como blancos de orilla, canarios, y pardos criollos), por buscar ser tenidos o reconocidos -estos descendientes de los primeros pobladores conquistadores de Caracas- como “de sangre hidalga”. 
Es esta mi opción preferida.


En la imagen: Retrato de un hidalgo, por Velázquez.
Tomado del Grupo Facebbok "Caracas la de los techos rojos" 

sábado, 19 de julio de 2014

ESQUINA DE MONJAS SURESTE


El solar de Monjas sureste, al sur de la plaza mayor, donde hoy se localiza el Palacio Municipal de Caracas, sede de su alcaldía, fue otorgado -al momento del trazado de Santiago de León- al capitán Francisco Maldonado de Armendáriz, natural de León (o de Navarra, según afirma Oviedo y Baños). Maldonado había casado desde tiempo atrás con Luisa de Villegas, hija del capitán Juan de Villegas, conquistador, gobernador de la provincia y fundador de Nueva Segovia (luego Barquisimeto) en 1552 y Nuestra Señora de Borburata en la costa. Abuelo en 6to grado del Libertador, muere en 1583, otros dicen hacia 1589. 
Maldonado participó en la conquista y fundación de Borburata (1551), Nueva Segovia de Barquisimeto (1552) y Nueva Valencia del Rey (1555), donde estaba radicado. Es parte de la expedición frustrada a Caracas de Bernáldez, en 1565, donde detiene al mariscal Gutierre de la Peña en el Valle del Miedo, quien se escapa llevándose a los suyos al Tocuyo y haciendo con ello fracasar el intento de conquista. En la Jornada de Caracas, con 37 años, tuvo el cargo de capitán de la caballería. Queda a cargo de la hueste cuando Losada baja a Borburata, antes de iniciar la Jornada. Asiste a la fundación de Nuestra Señora de Caraballeda, y pasa inmediatamente a la fundación de Santiago de León.
En la Historia de Oviedo y Baños, se menciona a Francisco Maldonado como jinete en la batalla de Maracapana de 1567: "... de suerte que en breve espacio, solo quedó en la campaña ...un indio llamado Tiuna, natural de Curucutí, quien con una media espada, enastada en una guaica, desafiaba con repetidas voces a Losada. Hallábase cerca de él Francisco Maldonado, y no pudiendo sufrir su atrevimiento, hizo piernas al caballo, llevando la lanza baja al embestirle; pero al ejecutar el golpe le huyó el indio el cuerpo con tal arte, que pasó la carrera de largo sin tocarle, y sin darle tiempo a devolver el caballo, le tiró con la media espada un bote tan violento, que pasándole las armas, y atravesándole un muslo, lo derribó del caballo, y asegurándole con otro antes que se levantase, le dio otra herida en un brazo; Juan Gallegos, Gaspar Pinto y Juan de San Juan, viendo el aprieto en que estaba Maldonado y recelando no lo matase aquel bárbaro, llegaron con presteza a socorrerlo ..." 
En 1578 era mayordomo de la cofradía del Santísimo Sacramento de la Iglesia Mayor. Hijos suyos fueron Juan de Villegas Maldonado, Luisa Maldonado de Villegas o Luisa de Villegas, Juana casada con Diego de Los Ríos y María de Armendáriz, mujer que fue de Francisco Rebolledo. En su casa se registraban ocho indios de servicio hacia 1589, a nombre de su hijo sucesor Juan de Villegas Maldonado. 
Juan de Villegas Maldonado hijo de Francisco Maldonado y de Luisa de Villegas había casado hacia 1591 con Mariana de Medina y Córdoba, hija del contador real Diego Díaz Becerril que habitaba esa misma cuadra, el solar de Sociedad N-O. Francisco Maldonado tuvo solar adicional en Santa Capilla N-O, como manifiesta Garcí González en 1594 cuando dice que ese solar era de Maldonado y que lo vendió al contador Gonzalo de los Ríos.
Hacia 1594 habitaba este solar de Monjas SE la viuda de Maldonado, doña Luisa de Villegas. En 1598 Juan Martínez de Videla, hijo del poderoso Lorenzo Martínez y de Juana Villela, casó con doña Luisa Maldonado, o de Armendáriz, o Luisa de Villegas, su vecina calle en medio al este, pues Juana Villela o Videla y Lorenzo Martínez habitaban el solar de Monjas S-O, el mismo que Juana Villela donaría a su muerte para el convento de monjas que le dio nombre a la esquina. 
A la muerte de Juan Martínez de Videla hacia 1619 sus herederos venden este solar a Domingo Vásquez de Rojas, hombre rico y encomendero de gran cantidad de indios, hijo del conquistador Lázaro Vásquez y de Mariana de Rojas, una de las famosas siete hermanas Rojas que por sus uniones y matrimonios con los conquistadores de Caracas forjaron la élite primigenia de Santiago de León. Su carrera en la política local lo llevó a ser, amén de alcalde y regidor, Maese de Campo de los gobernadores, llegando a discutirle a Juan de Orpín su conquista de los Cumanagotos, que solicitó al rey le fuera concedida en 1633. Casó con una hija de Mateo Díaz de Alfaro, capitán, hijo a su vez del afamado Sebastián Díaz de Alfaro, conquistador de Caracas y fundador de San Sebastián de los Reyes. Por aval para un censo o préstamo en 1638, Domingo Vásquez de Rojas pone como bienes tierras y unas casas, así: "...y mas sobre unas casas principales, con su solar, que son en la plaza de esta ciudad, esquina con el convento de las monjas; y lindan, con casas de don Felipe Villegas, por una parte [E]; por otra, con casas de doña Mariana de Videla [O] y del padre Andrés Álvarez... [S]"
En 1640 Domingo Vásquez de Rojas casa a su hija doña Leonor Jacinta Vásquez de Rojas y Alfaro con el gobernador en funciones Ruy Fernández de Fuenmayor, y le cede este solar y casas, frente a la plaza y frente al cabildo, plaza en medio, yéndose Domingo Vásquez a vivir a Carmelitas suroeste, donde había comprado una casa en 1638 y donde muere pocos años después.
Ruy Fernández de Fuenmayor muere en 1651 en duelo con el no menos decidido Hernando García de Ribas. La casa quedará en manos de la viuda, Leonor Jacinta Vásquez de Rojas hasta que en 1660 esta la dona al obispo Briceño para que sirva como sede al Seminario Santa Rosa de Lima, que este obispo ilustrado intentaba fundar, colegio de estudios superiores y seminario que daría pie a la Universidad de Caracas, madre de la actual Universidad Central de Venezuela. En la imagen casa de 1790 de la Real Compañía de Filipinas en Puerto Cabello.

Fuente:  Caracas la de los techos rojos ( facebook) 
por Juan  Gant-Aguayo
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