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viernes, 24 de julio de 2020

CARACAS


Por Lucas Manzano

“Según la tradición vernácula fundó esta ciudad con el nombre de Santiago de León de Caracas, el valiente Conquistador zamorano, General Don Diego de Losada que en gloria esté, el día veinte y cuatro de julio de 1567.[Sic]

Negar que antes se había establecido Francisco Fajardo en el mismo territorio el “Hato de San Francisco”, sería distanciarse de la verdad histórica, pues consta que el hijo de doña Isabel, cacica Guaiquerí, visitó en compañía del portugués Cortez Richo el bohío que motejó “Valle de Cortéz Bichó”, portugués que le acompañaba e la expedición, fundó luego el pueblo de “El Collado”  y habría el mestizo hecho maravillas a no hárberselo impedido las acometidas de la indiada, cuyo Jefe el audaz Guaicaipuro, le obligó a regresarse a su residencia de La Margarita y fue asesinado villanamente por Cristóbal Cobos.

Restos de la actuación de Fajardo, con quién colaboraba Juan Rodríguez  Suárez, valiente caballero de la Capa Colorada, encontró Losada en la penetración que hizo en el año 1566.

Cronistas contumaces  y, en consecuencia, amantes del taparrabos y de la civilización en esta parte del mundo, trataron, hasta un ayer reciente, de impedir con sofismas y argumento de ninguna consistencia la realización del homenaje estatuario a que es acreedor el fundador de Caracas.

Desde hace más de un cuarto de siglo venimos escribiendo en loa a Diego de Losada, con el fin de que se le rinda el merecido tributo de eterna recordación a que se hizo acreedor. Fuimos iniciadores de la primera Junta reunida en la Legación española, cuando representaba a su patria el Ministro Ranero y Rivas, y presidia la colonia española don Manuel Pérez Abascal. En aquella oportunidad habíamos logrado la colaboración del Gobierno español para el fin expresado, pero los sucesos que ocurrieron en Madrid desalojando a Primo de Rivas, nulificaron lo hecho.

Ha  [Sic] poco menos de seis años los miembros del “Rotary Club” de Antímano, iniciamos la erección del monumento y abre un concurso, según la prensa diaria lo ha publicado, para rendir homenaje al fundador de la ciudad; nos sentimos obligados a pergeñar unas cuantas parrafadas en loor de Don Diego de Losada.

En efecto, establecer la hacienda ganadera que e denominó “San Francisco” no es fundar una ciudad. Los conquistadores y los fundadores de pueblos, en tierras descubiertas por el glorioso Almirante, debían llenar el requisito a que estaban obligados, por requerirlo así las disposiciones que corren insertas en “leyes de Indias”. Según ellas, el conquistador debía proceder de esta manera:
Colocar el Padrón, que venía a ser una columna o pilar de una lápida o inscripción que recordase el notable suceso, o bien colocar la piedra fundamental que servía de mojón, rollo o padrón de arranque para la distribución de las tierras entre los primeros pobladores. El acto revestía trascendencia  por su gran solemnidad religiosa y cívico-militar.

Un pregonero publicaría los poderes necesarios para la fundación, en presencia de los pobladores  y testigos que habían de firmar el acta, luego se contaba con la libre voluntad de los vecinos que “querían poblar bien y con seguridad” en tal parte y sitio determinado. Hecho esto se imponía el nombre que debía llevar la población en adelante y, fijando el padrón, se declaraba establecida y fundada la ciudad en nombre de su Majestad el Rey de España y de la nación española. Finalmente, se señalaban allí mismo los límites del territorio o provincia.

Arbolado el rollo, el Capitán echaba mano a la espada u delante de testigos y pobladores tocaba por dos veces el padrón retando a los presentes en estos o parecidos términos : “Si alguno es tan osado y villano que contradijere este muy grande acto por el cual tomo posesión de este territorio y provincia e nombre de Su Majestad el Rey de España, que Dios guarde, y para gloria de Dios nuestro señor, que comparezca y lo diga…”


Al elegir Losada el nombre de “Santiago de León” para la nueva ciudad, quiso homenajear al Capitán General Pedro Ponce de León, quién le designó para que llevase a término empresa tal. En medio de la sabanita que eliminaba el área elegida para la Plaza Mayor debió verificarse el levantamiento del Acta.
 
Diego de Losada por el pintor venezolano Antonio Herrera Toro


Se repartieron solares, cada cuatro de los cuales habían de componer una manzana. Trazaban las calles tiradas a cordel de naciente a poniente y de sur a norte, porque así lo pauta su Majestad   en “Leyes de Indias”, y para solemnizar un tanto más el acto, que se verificaba   en el nombre de Dios y del Rey, nombraron Regidores a López de Benavides, Bartolomé de Álamo, Martín Fernández  de Antequera, y Sancho del Villar, esforzados lugartenientes de Losada.

Años más  tarde los albañiles rendían eficientes labores al amparo de las cuales iban surgiendo casas que habían de alojar al tren gubernamental.

Cerca de la esquina de Juan Guevara se levantaron la casa del ayuntamiento y la de la Cárcel Real, mientras que en el extremo inmediato, con cuatro horcones extraídos de los cedrales que sombreaban el Valle de los Indios Caracas, los presbíteros Blas de Puente y Fray Baltazar Garcés, Capellanes del Ejercito Expedicionario, acometían la construcción de la futura Catedral y de la ermita de San Sebastián en el ángulo norte de la hoy llamada esquina de Tienda Honda, la última.

                Todo el mundo trabaja. Los aborígenes fatigaban el espacio para desalojar las chozas construidas por Francisco Fajardo. Doscientas bestias de carga, ganado lanar y porcino en abundancia, quinientos carneros que a su paso por Valencia le obsequiara el Teniente de Gobernador Don Alonso Díaz Moreno, entraban a enriquecer el joven pueblo, embellecido por “Cerro Grande” que tomaba el nombre de Avila por generoso desprendimiento del hidalgo don Gabriel de Avila.

Primer Planto de Caracas 1578/ Pimentel 
Juntáronse luego el Cabildo para elegir Alcalde a Gonzalo de Osorio, sobrino de Losada, y oír el voto que había de cumplir el General, hecho a favor de San Sebastián, que le libró de las saetas envenenadas, pues no obstante la lluvia de flechas con la que Guaicaipuro trató de cerrarles el paso desde que entró  en sus dominios  hasta que se firmó en “El Valle del Miedo”, sano y libre quedó de los atroces peligros.

Fray Pedro Simón hace ver que Diego de Losada llegó muy joven al Nuevo Mundo, y aunque de corta edad,  dejaba ver sus acciones y virtudes, hijas de su noble progenitor.

En la celebrada expedición al Río Meta, que organizó el General Antonio Cedeño, y para lo cual embarcaron dos navíos cuarenta caballos y ciento cuarenta hombres, bajo las órdenes del capitán Juan Bautista, Diego de Losada desempeñaba  un cargo importante, según se desprende de Castellanos cuando dice:

“Cedeño en estos tiempos y ranes dentro de Puerto Rico, ya tenía copia de excelentísimos varones, caballos, munición, artillería; vino con esta gente Juan Bautista y el animoso Diego de Losada, fortísimo varón de la conquista”.



El hombre que había de fundar Caracas  era Maestre de Campo de ese mismo ejército  y “Jefe único”, cuando por celos de una india de la servidumbre del general Cedeño lo envenenó con un filtro de amor. Más aún, cuando parte del país en 1525 pertenecía a Alemania, porque los Belzares gozaban del contrato  con Carlos I de España y V de Alemania para que disfrutaran de nuestra heredad, don Enrique de Rembolt designó al Capitán Losada como su real Teniente. Gratos recuerdos conservaron de él los corianos que no tuvieron que trasladarse con sus haberes hacía otras poblaciones en busca de la vida.

El intrépido Losada dió a conocer los inconvenientes que les ocasionaría el abandonar la reciente fundación y ofreciéndose él para solicitar en Oriente hombres y provisiones, puso manos a la obra y en compañía de Villegas inició el célebre viaje de doscientas leguas por sabanas vírgenes y montañas inaccesibles.

    Logrado su propósito en Cubagua, Cumaná y otras conmarcas por las cuales transitaban, retornó a Coro en Septiembre de 1544 con los recursos obtenidos.

Tales antecedentes le dieron méritos ante el Capitán Pedro Ponce de León para que le encomendase la conquista y pacificación de los Indios Caracas que inició en 1566 y coronó felizmente el 25 de julio de 1567.

                Han transcurrido desde entonces trescientos noventa y nueve años, y Caracas no ha rendido a su Fundador el homenaje y el respeto que reclama su hazaña inenarrable.” 



Fuente: Lucas Manzano/ Tradiciones Caraqueñas, Libro Póstumo, Empresa el Cojo C.A, Ccs, 1967 (Pág. 202-208)

viernes, 5 de julio de 2019

LOS MANTUANOS DE CARACAS


por  Juan Gant-Aguayo

Aquellos que el pueblo llano llamó mantuanos eran los miembros de una élite de familias poderosas de Caracas que dominaron la escena económica, social y política de la gobernación de Venezuela durante el período colonial, con protagonismo en el proceso de la Independencia y el surgimiento de la República, hasta la Guerra Federal, cuando el último mantuano con poder, Manuel Felipe de Tovar, renuncia a la Presidencia (1861).

Su ascendencia social como grupo cerrado provenía de agrupar en su seno a los hijos de los conquistadores de la Provincia y fundadores de sus principales ciudades (Coro, El Tocuyo, Barquisimeto, Trujillo, Valencia y Santiago de León de Caracas), quienes se mezclaron temprano con personajes "de sangre noble" provenientes por diversas causas de la Metrópoli que, aunque sin méritos en la conquista, aportaban la "hidalguía de sangre" necesaria para hacer de estos rudos conquistadores gente "de calidad". Este proceso de ascenso a la nobleza no era exclusivo de los mantuanos de Caracas, de hecho se daba en toda la América hispana.

Las ramas mantuanas más influyentes de Santiago de León se originaron de los enlaces de -y con- las llamadas "siete hermanas Rojas", hijas de Diego Gómez -al parecer de Ampuero, León, España, - y de Ana de Rojas, personajes connotados y figurantes desde el más temprano origen de Cubagua, ahorcados en Margarita por Lope de Aguirre en 1561. Estas hijas huérfanas casaron con los más importantes conquistadores de Caracas, generando entre ellos un vínculo de sangre y afinidad familiar que mantuvieron común y vivo durante todo el período de dominación mantuana. Aunque no era norma escrita, para ser mantuano legítimo debía remontarse la ascendencia hasta alguna de estas hermanas Rojas y alguno de estos conquistadores.

Lo que hizo a los mantuanos tan prominentes y notorios durante la Colonia no fue su riqueza, sino el ser de Caracas, capital de la gobernación de Venezuela. Eran estos mantuanos quienes estaban en contacto diario y mantenían trato directo privilegiado con el gobernador -representante del rey-, quien residía desde 1577 en esta ciudad. Su poder se vio aumentado al pasar a Caracas la sede del obispado en 1636, y fraguó -como élite- con el inicio del auge del cacao de la costa, en la primera mitad del s. XVII. El mantuano es exclusivo de Caracas, aunque sus raíces y descendientes con el tiempo -o previamente- esparcieran sus linajes por otras regiones y ciudades, como Margarita, Valencia, Barquisimeto, El Tocuyo o Trujillo.

El poderío mantuano era totalitario, englobaba todo lo que podía generar o sostener su fortuna o aumentar su alcance: Mantenían un control férreo del cabildo de su ciudad (Caracas), control de los cargos de la Real Hacienda, las dignidades eclesiásticas de la catedral, los grados y títulos militares. Su interés político se manifestaba siempre que era necesario, siendo que se sentían dueños naturales de la tierra y Provincia que sus pasados habían ganado a fuerza de conquistas. Durante el s. XVII actuaron en la deposición -sin trámite y por su real voluntad- de al menos tres (3) gobernadores: Gil de la Sierpe (1623), Martín de Robles Villafañe (1653) y don Juan de Padilla y Guardiola (1675). Asumían el mando cuando el gobernador fallecía -y sus funciones políticas y militares a través del cabildo de la ciudad-, y a partir de 1677 se oficializó por real cédula, con orden y mandato a todas las otras ciudades de la gobernación, que los alcaldes de Caracas se entendiera ser tenidos -en esos casos- como gobernadores interinos "para toda la Provincia de Venezuela", privilegio único, comprado por los mantuanos con muchos pesos de plata y fanegas de cacao.

El mantuano era terrateniente y esclavista, con posesión reiterada de múltiples haciendas de trapiche o trigo, hatos de ganado en los llanos, plantaciones de cacao, esclavos, indios y tierras, muchas tierras, aunque su principal ingreso provino siempre y fundamentalmente de la venta de su cacao a México, pues en aquel virreinato existía preferencia por el cacao de Caracas frente a otros cacaos competidores como el de Guayaquil. Algunos de estos mantuanos, los más ricos, fueron llamados los "Grandes Cacaos" por el constante flujo de plata amonedada que les producía este negocio

El escritor Herrera Luque pone en boca de uno de los personajes de su obra 'Los Amos del Valle" la afirmación de que eran veinte (20) las familias mantuanas a mediados del s. XVIII, mencionándolas en lista. Mas -como en todo en la sociedad colonial criolla-, dentro del círculo mantuano también hubo gradación. Las familias mantuanas más poderosas, en la cúspide tanto por riqueza como por vínculos o títulos de nobleza, eran cuatro: Mijares, Blanco, Ponte y Tovar. Los Bolívar, aunque mantuanos, no eran del estamento más elevado. De hecho, ni los Tovar ni los Mijares casaron jamás con Bolívares, algo bien curioso.

El origen de la palabra 'Mantuano' es incierto. Si es por el manto o mantillo que supuestamente usaban las señoras mantuanas -según se ha afirmado-, eso no pasa de ser un mito, pues todas las mujeres en la antigua sociedad colonial criolla usaban manto, o casi todas, y ni las pardas ni negras libres renunciaban a su uso al salir de casa. Todas -invariablemente- entraban enmantilladas en los templos, y en general, con manto iban por las calles si la mujer era "de costumbres recogidas", o sea, todas. 
Mantuano se ha dicho pudiera provenir de Mantua, ciudad italiana peleada muchas veces por los tercios españoles del s. XVII, de donde se alegaba ese servicio militar al rey por muchos personajes que pasaron a Indias, así como por haber peleado "en las guerras de Flandes", etc.

Ciertamente, la opción más probable es que les llamaran mantuanos por ser los únicos criollos en Santiago de León con derecho a portar largas y oscuras capas -o manto- como signo de legítima nobleza, derecho que defendieron ante otros "de menor calidad" (como blancos de orilla, canarios, y pardos criollos), por buscar ser tenidos o reconocidos -estos descendientes de los primeros pobladores conquistadores de Caracas- como “de sangre hidalga”. 
Es esta mi opción preferida.


En la imagen: Retrato de un hidalgo, por Velázquez.
Tomado del Grupo Facebbok "Caracas la de los techos rojos" 

miércoles, 29 de junio de 2016

El verdadero origen del nombre del Cerro de Avila

En visperas a un nuevo aniversario de la Fundación de nuestra amada Santiago de León de Caracas, comparto con ustedes la reseña que leí en las Crónicas de Caracas, publicadas bajo el N°88 1997-1998

"Ese año de 1774, fue desde el punto de vista documental, de mayor importancia en lo que se refiere a la nomenclatura de la caraqueña. En efecto, fue aquel el primero en que se menciona el nombre "de Avila", en toda la documentación municipal que guarda nuestro Archivo, contando desde las actas iniciales de 1573. Vale decir, que el topónimo no se usó en los papeles municipales en los doscientos años transcurridos desde 1573 hasta 1774, lo que se puede tomar como prueba fehaciente de que esa nomenclatura simplemente no existía.

Cuando se aludía a la montaña inmediata, se decía: "el cerro de esta ciudad", "los montes de esta ciudad", "las cabeceras del río Catuche", "las cabeceras del río Anauco", "la quebrada de Sanchorquiz", "este lado del cerro", "el otro lado del cerro", "la quebrada de Cotiza", "la quebrada de Anauquito", "La quebrada de Gamboa" que por un tiempo se conoció como "del Carrizal", "la cumbre del cerro"; y eran numerosos los topónimos del lado que da al mar: pero el nombre de Avila no aparece nunca durante esos dos siglos.

Alguien podría aducir que la ausencia del nombre se deba a una simple omisión. ¡Es qué acaso resulta posible omitir el nombre propio de un accidente geográfico tan próximo a la ciudad, durante doscientos años, cando había necesidad de referirse a aquel, continuamente, por razones tan importantes como la conservación de las montañas y sus fuentes de agua? No creo que esta postura resista un examen detenido; ni es posible que se pueda sostener tal hipótesis sobre planteamientos negativos, a la vista de una explicación sumamente clara.

Debido a la importancia que le hemos atribuido, me permito transcribir nuevamente el trozo del Acta del veinte de mayo de 1774, en el que aparece la referida mención primera de "cerro de Avila".

"En este Cabildo, en vista del auto expedido por el Sr. don Fermando Quadrado, teniente de gobernador y auditor de Guerra en esta provincia, por ausencia del Sr. gobernador y capitán general de ella, que hizo saber este día don Francisco Antonio Paúl, escribano público en esta sala, sobre que este Y.C. constituya uno de los S.S. de él, para practicar la nueva diligencia de reconocimiento de corte de leña y labores en las tierras de uno y otro lado del cerro Abila, los S.S. de él, acordaron nombrar como nombraron para real diputado para dicho efecto, al Sr. don Félix Pacheco, quien estando presente lo aceptó; y mandaron que el presente escribano compulse testimonio de esta acta, y acumulado dicho auto precedido recaudo político, lo ponga en manos de su señoría".

El propietario del llamado "cerro de Abila" en 1774, era don Juan Álvarez de Avila quien, en algunos documentos en la época figura como Juan de Avia, escuetamente. No pueden caber dudas de que el usufructo de las tierras y su montaña por Juan Álvarez de Avila y por sus descendientes, fue el que estableció  relación entre el cerro y el apellido, y dio lugar al topónimo con que conocemos a nuestra serraría.

Al morir Juan Álvarez de Avila o Juan de Avila, pa posesión  pasó a sus herederos mediante partición hecha por don Bartolomé de Castillo el 16 de febrero de 1796, aprobadas por el gobernador don Pedro Carbonell mediante auto que registró el escribano Domingo Antonio Mota, el 14 de marzo del mismo año.
Juan Álvarez de Avila contrajo segundas nupcias con Juana Francisca de León, natural de Chacao, hija del muy célebre teniente de justicia de Panaquire Juan Francisco de León, caudillo de la insurrección contra la Compañía Guipuzcoana que hizo huir el gobernador Castellanos en 1744, dejando a Caracas bajo el dominio del insurgente. De ese matrimonio nacieron Felipe Antonio de Avila, Juan Manuel de Avila, Vicente de Avila, religiosos: José Gregorio de Avila, Miguel Francisco de Avila, Fernando de Avila, Domingo Antonio de Avila, María Mónica de Avila  y María Teresa de Avila quienes quedaron dueños de todos los bienes de su padre, pues a pesar de que Juan Álvarez de Avila, yerno de Juan Francisco de León, estuvo comprometido en la insurrección que capitaneó su suegro y pasó a España con la delegación de presentar quejas que tenían los criollos contra los vascos, no fue despojado de su patrimonio. 

En la partición no figuran los límites de la finca de Avila, pero conocemos los linderos por un escrito del anotador de hipotecas redactado en el momento en que Domingo Antonio de Avila vende a su hermano Fernando Antonio de Avila y a Juan Manuel Matamoros, la parte que le correspondió en la participación. Según la certificación del anotador, le adjudicaron a Domingo de Avila".. El portero y serranía del Cerro de Avila que quedó por bienes de don Juan Álvarez  de Avila, sus padres.... "el portero incluía”... Sus tierras, montes, montañas, poteros y aguadas... “y eran sus límites.... por el este con la quebrada de Chacaíto: por el poniente, con las Barracas, norte con el alto o loma del cerro donde se avisaba el mar, y sur, la estancia que es adyacente y se adjudicó a los demás de sus hermanos”..  



Crónica de Caracas 1997-1998

domingo, 14 de julio de 2013

Historia menuda de Santiago de León

“ Bajando por Sanchorquiz por el llamado Camino Real de los Españoles lo primero que se encontraba era el Polvorín  y Los Mecedores Sanchorquiz es una corruptela de Don Sancho Alquiza, Gobernador de Caracas que tenía allí una estancia para ir a pasar los días bochornosos del verno. A la izquierda del viajero se podía contemplar los paredones y Cipreses del Cementerio de los Hijos de Dios, el cual ha debido conservarse  pero desafortunadamente fue abatido por el afán de urbanizar esa típica zona, como pasó con multitud de viviendas que eran un claro exponente de la arquitectura colonial.




Los Mecedores eran sitio de refugio en los años de nuestra niñez. Allí entre las lianas o bejucos nos columpiábamos a nuestro antojo, para más luego irnos a refrescar en una límpida caída de agua que resbalaba por una pared natural de granito . O nos íbamos a montar papagayos o cometas a la Sabana del Blanco, sanas y agradables costumbres, gratas al cuerpo y al espíritu, hoy caídas en desuso.


Trepar las faldas del Ávila era uno de nuestros deportes favoritos. No existía cueva o rincón en Galipán que no conociéramos, lo mismo en toda la fila de la cordillera hasta la propia Silla de Caracas o el Picacho de Naiguatá; desde esos sitios contemplábamos el cuadrilátero como un enorme tablero de damas, rodeado de una verde y lujuriante vegetación cortada a trechos por las límpidas ninfas del Catuche, del Anauco o del Guaire, en cuyas márgenes la heráldicas palmeras, abanicadas por la brisa, jugueteaban con las blancas palomas que en tropel surcaban el cielo de aquel Caracas, mientras  que los viejos y queridos techos de rojas tejas cubrían los hogares donde se veneraba a Dios, y donde nadie osaba penetrar , respetando la sana tradición venezolana de la propiedad.


En las noches de luna, en la agradable compañía de nuestro desparecido y fraterno amigo Raúl Carrasquel y Valverde, nos encaminábamos por estrechas calles y largos callejones pastoreños, rememorando los viejos tiempos, idos hasta en el recuerdo: Raúl tenía pasión por esta parroquia, allí fundó su hogar en la grácil compañía de Iraida Regina. Ambos ya no están con nosotros, pero pueda ser que al filo de la medianoche materializados con niebla del Ávila, vuelvan a transitar por el Boulevard Brasil y tomados de la mano contemplando de nuevo la Caracas de antaño. La de la Cruz de Mayo, la de la Semana Santa, la de los nacimientos y villancicos, la de San Silvestre con un tronar de morteros y campanadas echadas al vuelo, mientras el bronce del Libertador galopa eternamente en la mente patriótica de todos los venezolanos. 
En la parroquia de La pastora en el sitio llamado La Puerta de Caracas, existió un almacén de la Compañía Guipuzcoana cuya casa Matriz ocupaba dos inmuebles de la hoy Avenida Urdaneta, posiblemente en el mismo lugar donde hoy está el Banco Central de Venezuela.


Don Diego de Lozada hizo construir dos ermitas, una, la de San Mauricio en la esquina de Carmelitas, y la otra la de San Sebastián, en la esquina de Santa Capilla. La imagen de San Mauricio en estampa, que había sido encargada a Castilla, fue conducida en procesión a su ermita (Actas de Cabildo, tomo II) la cual años después fue presa de las llamas, pasando el culto de este santo a la Ermita de San Sebastián. (En la actualidad Santa Capilla) . Algunos escritores han supuesto que la Ermita de San Mauricio quedaba frente a la de San Sebastián, lo cual es inexacto, esta confusión debe obedecer a que la única ermita en esta esquina tomó el nombre de los dos santos por las razones ya expresadas, y más luego fue conocida como San Mauricio a secas, igualmente en la esquina en cuya parte   sur-oeste  existió la Comandancia de Armas y el Cuartel de San Mauricio. Igualmente se ha pretendido que existía un pasadizo subterráneo entre éste y la Iglesia de San Francisco, lo cual cabe dentro de la leyenda; en verdad existió un subterráneo usado como polvorín.




En las memorias de Obras Públicas de 1875, ocurre una resolución del Ministerio de Fomento ordenando reformar el ya citado cuartel y nombrando una Junta de Fomento  compuesta por los señores Generales Víctor Rodríguez, Pedro Arismendi Brito y A. Loutowzky . El presupuesto presentado montaba una suma de seis mil cincuenta venezolanos, con diez céntimos. El Cuartel de San Mauricio sufrió grandes reparaciones, debido a que el Gobierno del General Cipriano Castro había dispuesto que sirviera de oficinas de Telégrafo Nacional, el cual funcionaba anteriormente de Torre a Principal. Muchas personas son partidarias de derrumbarlo y en su lugar construir un parque, la idea sería plausible si se hiciera de inmediato, pero existe el peligro que al igual que San Jacinto y la Torre, se convierta por saecula saeculorum en un estacionamiento de automóviles, que con los ranchos de los cerros afean enormemente la ciudad.” 

Fuente: Portal del Cuatricentenario
De Nicolás Ascanio Buroz
El Universal /Agosto de  1963

Notas actualizadas del Lic. Juan Gant-Aguayo ( julio 2015) 

El sitio de Sanchorquiz efectivamente debe su nombre a Sancho de Alquiza (1606-1611) gobernador que fue de la provincia. Mas no se le debe por ninguna estancia que supuestamente tuviera allí este caballero, que los gobernadores en funciones tenían prohibido adquirir bienes en la provincia a donde iban a gobernar. Sucede que ese abrevadero fue el sitio escogido por este gobernador para acampar la milicia cada vez que iba a marchas forzadas a la Guaira a defenderla de los piratas cuando sonaba la alarma de los vigías.

La ermita que mandó a construir Losada fue la de San Sebastián. La ermita de san Mauricio la hacen los devotos en 1578 en honor a ese santo y como voto por la plaga de langostas que asolaba los trigos ese año y el anterior. La ermita de san Mauricio duró bien poco, pues en 1580 se quema y la imagen del santo va a parar (provisionalmente, dijeron) a la ermita cercana de san Sebastián, y allí se quedó para siempre. La ermita de San Mauricio, anunque en el plano de Pimentel de 1580 aparece situada en el solar de carmelitas suroeste, en realidad estaba una cuadra más al oeste, en Llaguno suroeste.