jueves, 16 de agosto de 2012

LOS PASEOS POR MACUTO


El Balneario de Macuto

El 10 de febrero de 1877, el Presidente Guzmán Blanco, se trasladó con su comitiva, con el propósito de inaugurar las obras de este balneario, que consistía en sus parques, acueductos, calles y baños. El Presidente de la Junta de Fomento de aquellas obras, Señor E, de Sola, proclamó al señor General Guzmán Blanco generoso bienhechor de Macuto y entre otras cosas le dijo en su discurso " Si a los que casi diariamente hemos estado viendo estos adelantos nos parece un sueño la transformación que se ha operado ¿ Cuál no será la admiración de los que recuerdan a Macuto como era antes y lo ven hoy por primera vez después  que concebistéis la feliz idea de sacarlo del abandono en que yacía y darle fama en el País como un lugar de decente recreo" 
Fuente: Gonzalez Guinán ( t.XI.Cap LI)  




El Paseo De Las palomas

"A principos de siglo, ( 1915)  Perucho Bocca, siguiendo instrucciones del poeta Andrés Mata, llevó las primeras palomas al paseo. ñas cuales se han multipicado en forma considerable, hace pocos años la plaza fue rebautizada con el nombre de su creador y este año fue develado en ella una estatua de Andrés Mata"






También se  conoció con el nombre de los Mangos, por proliferar este sabroso fruto de origen indio en sus aceras. Arrancaba desde el lateral izquierdo del restaurante “Los Criollos” y terminaba donde comenzaba la Calle Real San Bartolomé. Fue tronchada cuando se construyó el nuevo paseo. Apenas queda el sendero entre la antigua casa parroquial y las primeras casitas que fueran propiedad de la Iglesia católica. El otro tramo conforma parte de la plaza “Las Palomas” o “Andrés Mata”.



Fuente:
Caracas la Ciudad que no vuelve
Guillermo José Schael
3era edición ampliada / 1968

Imagenes: aportadas a los Grupos Caracas en Retrospectiva / Historia





miércoles, 15 de agosto de 2012

Juan Bernardo Arismendi

Entre los grandes urbanistas que han contribuido al crecimiento caraqueño destaca un hombre muy famoso en su época, me estoy refiriendo a Juan Bernardo Arismendi. Juan Bernardo Arismendi era un riocaribeño excepcional. Farmacéutico de profesión, empresario y promotor inmobiliario. Este hombre llegó a Caracas a comienzos del siglo XX y de inmediato se dedicó al negocio de farmacia que era su gran vocación desde muy niño. En 1909 se graduó de farmacéutico en la UCV y de inmediato adquirió dos negocios que se hicieron muy célebres en aquella época: uno en la esquina de Cují que la gente llamaba “la botica del Cují”, y el otro en la esquina de La Marrón. En 1920 Juan Bernardo Arismendi fundó junto con su hermano Pedro y Rafael González Rincones los laboratorios tecnoquímicos para la fabricación de muchos productos novedosos. Pero hay algo curioso, porque a pesar de los títulos logrados, su gran visión por los negocios lo hizo cambiar de rumbo y también de profesión. A partir del año de 1920 se inició en la compra, venta y transformación de inmuebles. Es decir, se dedicó a la construcción y venta de casas y entonces después, como es lógico, se dedicó por completo al desarrollo urbanístico de la ciudad.

En 1927 se asoció con don Luis Roche, otro eminente urbanista y con Santiago Alfonzo Rivas, el mismo de la Maizina Americana marca el Águila, y construyeron las urbanizaciones populares de San Agustín del Norte y San Agustín del Sur. Es decir, que éstos son los padres de esas urbanizaciones, Juan Bernardo Arismendi, Luis Roche –repito- y Santiago Rivas. San Agustín del Norte y del Sur eran la novedad, todo el mundo quería vivir allí. Después se asoció con Luis Roche para la edificación de Los Caobos y La Florida.

Estas urbanizaciones nacieron entre 1928 y 1935. Posteriormente se le ocurrió a Juan Bernardo Arismendi iniciar por sí solo el proyecto de construir en Los Rosales; él introdujo en esta época el garaje –esto sería entre el 35 y el 40- como elemento importante de la vivienda. Las viviendas en Caracas no tenían garaje, esto no se acostumbraba.

El pionero de este estilo de que las pequeñas casitas tuviesen su garaje y su jardín fue Juan Bernardo Arismendi; a él también le debemos parte de la urbanización El Paraíso y la planificación y edificación de El Marqués y de la zona industrial de Los Ruices. En todos sus proyectos urbanísticos se preocupó siempre por la arborización. Pero hay algo curioso y que mucha gente lo cuenta pero no se atreven a decirlo y eso no es ningún pecado: la obsesión de Juan Bernardo Arismendi era que todo caraqueño tuviese su casa, entonces usted iba y le decía:

-Mire yo quiero una casa.

-¿Cuánto ganas tú

-Yo gano setecientos bolívares mensuales.

-No te preocupes yo te voy a conseguir la casa.

Y entonces después te decía “te conseguí tu casa en Maripérez”, pero cuando tú ibas por los lados de Maripérez descubrías que la casa no era tuya, que se la habían vendido a otro; luego tú te acercabas a Juan Bernardo Arismendi y le decías “oiga doctor la casa que usted me dijo se la vendieron a otro”.

No te preocupes aquí te tengo otra y te daba otra casa igual o mejor. Era un hombre muy humano y honesto y cuando cometía sus errores inmediatamente procedía a corregirlos…

Así son las cosas



El Universal Caracas, domingo 11 de julio, 1999


Juan Bernardo Arismendi
de Juan Guillermo Alamo

En días pasados alguien me preguntaba: ¿cuál es la razón para que el sector privado esté tan deprimido y apartado de la producción de viviendas de interés social en Venezuela? ¿Cuál es la razón de su fracaso? Simplemente le dije: 'Porque no hay promotores que enfoquen este negocio como una industria y estén dispuestos a sufrir los riesgos de las épocas malas, a cambio de las glorias que producen las buenas'. Sin embargo, para mis adentros pensé 'Porque no hay suficientes Juan Bernardo Arismendi'.

No tuve la suerte de conocerlo, pero él, fue para el sector inmobiliario todo un personaje. Estoy de acuerdo con quienes afirman que Juan Bernardo Arismendi, fue 'El padre de las Casas', fue quien realmente comenzó la transformación de la Caracas rural, a la Caracas urbana; fue el urbanizador y el constructor que le dio a aquel pueblo grande, que era Caracas, su primer toque citadino; fue el comerciante que hizo posible, a mayor número de personas hacer buenos negocios con bienes inmuebles, así como también, nadie le pudo disputar el honor de ser la persona que hizo posible a mayor número de familias tener techo propio. En fin, fue el precursor del desarrollo urbanístico moderno en Caracas.

Hombre intuitivo, él siempre seguía sus impulsos, y esta rapidez, unida a aquella buena suerte que nunca lo abandonó, fueron sus principales armas de combate, que junto con una excepcional y especial capacidad de trabajo le permitieron ir, paso a paso, realizando todo cuanto se propuso. Farmaceuta de profesión, pasó a ser, urbanizador y constructor, no sin antes haber demostrado gran destreza, capacidad y visión para triunfar en su profesión, pues, se acercaba la guerra europea en 1909, y con la capacidad de anticiparse a los sucesos que siempre tuvo, comprendió que ésta afectaría totalmente el comercio exterior y que sería imposible obtener productos de afuera para servir al público, recordemos que en esa época, en los mayores de medicina se elaboraban recetas sobre la base de fórmulas, con la rapidez de siempre, se embarcó en su primera gran aventura, pidió un préstamo, encargó y pagó la mayor cantidad que pudo de esas bases para sus fórmulas, llegó la I Guerra Mundial y todo sucedió tal como lo había previsto, no vinieron más productos de ninguna especie, es fácil imaginar cómo aprovechó Juan Bernardo Arismendi, aquella oportunidad.

Es difícil imaginar cómo alguien que estaba tan asentado en su profesión, dueño de varias farmacias y con todo el camino andado, pasó de un campo tan limitado a uno tan amplio, tan distinto y tan desconocido en Caracas, como el campo de la vivienda; sólo quienes hemos disfrutado de ver la transformación de la tierra al construir, y ver nuestro esfuerzo materializado en una obra, sabemos la emoción que produce el proporcionarle vivienda propia a una familia, y hoy lo podemos entender.

Emprendió Juan Bernardo Arismedi su negocio inmobiliario, primero remodelando unas casas familiares, luego otras de la esquina de Pescador, en sociedad con Beatrice Dugand de Roche, esposa de Luis Roche, luego comprando y vendiendo, aprovechando el 'ciclo corto', lo que hoy llamamos 'la rotación rápida del dinero'. Así llegó el día en que compraba sin ver, y vendía al rompe, y no necesitaba verlo ni antes ni después, en fin, compró y vendió a Caracas de cabo a rabo. Por supuesto sólo quien disfruta de ese placer de ser útil, de servir, podía aceptar como pago inicial por la venta de sus casas, cualquier cosa, desde poco dinero hasta zapatos, sombreros, perfumes, perlas, etcétera. Así cuando alguien aprendía de verdad a conocerlo, que sabía quién era, su primer impulso era el de simpatía y respeto hacia aquel hombre que había hecho posible el milagro de la casa propia a tantas familias.

Con el tiempo, en 1928, empezó una nueva forma de construcción ¡las urbanizaciones! de las cuales, la primera fue San Agustín, fue el primer ensayo de Juan Bernardo Arismendi, con socios y en forma de sindicatos. Era una urbanización para la clase media, y otra forma de construcción, pues por primera vez había que proyectar pensando en la comunidad, había que trazar calles, sacar permisos, etcétera. El negocio fue tan bueno que compró también los terrenos vecinos y allí nació San Agustín del Sur. Un tiempo después compró Juan Bernardo Arismendi, en sociedad con Luis Roche, unos grandes terrenos cerca de Sabana Grande. Allí se proyectaría la primera urbanización de tipo residencial, con bellas y anchas calles, llenas de árboles y grandes quintas con amplios jardines, La Florida. Roche era un gran trabajador y se fajó como los buenos, sin embargo el negocio no iba bien; los caraqueños insistían en que aquello era muy lejos, los terrenos que se habían reservado fueron devueltos, se imprimieron folletos que decían 'La Florida a sólo 7 minutos de la plaza Bolívar'; para ese entonces Juan Bernardo Arismendi regresaba de un largo viaje y a su llegada alguien le preguntó: Juan Bernardo ¿Qué piensas hacer?, a lo que él respondió rápidamente ¿yo? construir muchas casas, y así fue. Comenzó una carrera contra el tiempo, para construir más y más rápido, mudó a las familias que quisieran o pudieran pagar 'algo', ofreció toda clase de facilidades a aquellas que quisieran fabricar. Con todos estos esfuerzos, frutos de su gran capacidad, logró su propósito, salvar 'La Florida' de un fracaso y convertirla en un gran éxito.

Luego durante toda su vida siguieron sus éxitos, nuevas urbanizaciones, y miles de nuevas vivienas, 40 años después en 1967, para celebrar sus 80 años, emprendió una nueva urbanización para la clase media venezolana.

Evidentemente que este espíritu promotor y bregador, es lo que ha faltado en nuestras nuevas generaciones. Hoy el promotor inmobiliario busca más la oportunidad, que la constancia, y la perseverancia, sin lo cual es imposible industrializar el negocio inmobiliario, única forma posible de garantizarle a las nuevas generaciones, la ilusión y la esperanza, de un techo propio.

El pasado 3 de julio se cumplieron 112 años del nacimiento de quien en vida, fue ejemplo del promotor inmobiliario que hoy requiere nuestra industria, para salir del marasmo en que se encuentra.

Dios quiera que mi hijo Juan Bernardo, siga mi camino, y con él, el de Juan Bernardo Arismendi.



La Botica de Velázquez y La Farmacia del Siglo pasado


La Botica de Velázquez o 120 años de tradición


FUNDADA en el siglo pasado, los fantasmas de la Caracas de ayer perduran en cada rincón del antiguo expendio farmacéutico
Angel Méndez
El Universal
(1997)
Caracas.- Los cronistas de la puebla de Santiago de León de Caracas la registran como el expendio de medicinas más antiguo de la capital. Su primer dueño, el doctor Carlos Punceles, la fundó en 1877 y desde entonces es conocida como la Botica de Velázquez, la misma donde el doctor José Gregorio Hernández mandaba a elaborar sus recetas, compuestos de plantas caseras, que las más de las veces lograron la curación.



¿Por qué Velázquez?

El nombre de la farmacia tiene que ver con el lugar donde está enclavada: la esquina de Velázquez. Allí existía un tarantín con ribetes de botiquín, servido por el 'barbero cirujano' que atendía al prior del convento de San Jacinto, y quien adquirió mobiliario y menjurjes por la modesta suma de 50 pesos. Allí funcionaba el negocio de marras cuando adquirió el inmueble el profesor Domingo Velázquez, personaje que dictaba cátedra de Latinidad y Retórica en el colegio Santa Rosa de Lima e instaló en las inmediaciones del mismo su residencia familiar. Era por ello que todo de cuanto valer existía en aquella porción de la ciudad giraba en torno a la personalidad del profesor Velázquez, y naturalmente que en la del señor boticario, doctor Carlos Punceles.
La primitiva botica ocupaba el ángulo sureste de Velázquez, cuyo inmueble más inmediato era asiento de una vaquera. Reconstruido años más tarde, los habitantes de la parte norte velazquera mudaron la botica, sufriendo ésta varias transformaciones hasta que llegó a manos de don Salvador Alvarez Michaud, quien había llegado a Caracas, procedente de los Valles del Tuy, con 20 bolvares, dispuesto a abrirse camino en la ciudad capital. Llegó a la droguería de Arteaga Revenga y por un golpe de suerte que le mereció el premio gordo de la lotería de España, don Salvador se hizo millonario y modernizó la farmacia de Velázquez, que fue suya hasta el último día de su existencia.

'Fue el doctor Salvador Alvarez Michaud quien le vendió la Botica de Velázquez al doctor Juan Vásquez Carlín hace más de 60 años. El murió hace poco y la botica quedó en manos de su hijo, Germán Vásquez', aclara Alberto Rivero, administrador de la farmacia desde hace doce años'.

'El no era graduado sino auxiliar de farmacia, como la gran mayoría de los dueños de estos comercios, pero era todo un profesional y se conocía la medicina de la A a la Z. Por eso contaba con una fama muy bien ganada entre los caraqueños'.

Vásquez Carlín era dueño de la botica y del edificio. Cuando fue remodelada, el local fue acondicionado para que los muebles centenarios pudiesen ser colocados sin problema alguno. El mismo edificio fue reconstruido en función de la botica. Hoy permanecen los originales y viejos estantes de madera de cedro. Rivero comenta que si bien es cierto que la mueblería es representativa de la tradición del local, son un tanto inoperantes y se hace difícil buscar determinada medicina.

Entre los medicamentos que han hecho famosa a la Botica de Velázquez, está el jarabe Lamedor, un producto para la tos.Ver más



“Don Juan Bernardo Arismendi ( Urbanizador de varias zonas de Caracas, El Conde, San Agustín, La Florida) al llegar a Caracas en 1904 comenzó trabajando en la Farmacia El Águila, que se encontraba en la Esq. de Muñoz, donde uno de sus clientes y luego amigo fue el Dr. José Gregorio Hernández.

En 1910 compró la Farmacia el Cují y luego junto a Carlos Requena Castillo compraron La Farmacia La Marrón, a principios del siglo XX la importancia del farmacéutico – a quién llamaban boticario- era mucho mayor que el de hoy día, ya que el boticario preparaba el medicamento conforme a la receta especifica , muchos que no podían ir al médico directamente iban al boticario y éste les preparaba el medicamento .

En la Farmacia La Marrón se preparaba una loción para el cabello llamada Loción Fragante Marca B grande, la había con grasa y sin grasa y servía para la caída del cabello y la caspa.

También creó las gotas de Rubí para las reglas excesivas y dolorosas, hechas con hamamelis e hisdrastis ( hoy prohibidas) el jarabe Fosfol , y la Conserva de Vargas ( creada por el Dr. José María Vargas) muy buena para el hígado, que consistía en una jalea preparada con ruibarbo y naranjas amargas " ..



Imagen y texto tomados del Libro " Margot"
Colección Periodismo y Memoria de Fundación Polar
Adriana Villanueva

Farmacia Carvallo en la Esquina de Tienda Honda
Funcionó hasta el 2010.
Otra imagen de la Farmacia Carvallo Tienda Honda Circa1940





domingo, 5 de agosto de 2012

Las Tardes Hìpicas de las Caraqueñas en el Paraíso


El 9 de febrero de 1908 se inaugura el hipódromo de El Paraíso, con triunfo del caballo URSUS, de Eduardo Montaubán, quien cobró 435 bolívares como premio al ganador. El primer presidente de este hipódromo fue Gustavo J. Sanabria. En principio la pista fue de 1.100 metros, en 1932 fue extendida a 1.450 metros y algunos años después a 1.600 metros. Igualmente hasta el año 32 se estuvo corriendo hacia la derecha, contrario a la manera actual. Fueron tres las etapas de este óvalo, en 1914 se interrumpe por diversos motivos, luego se reinician las labores en 1920 hasta 1928, cuando nuevamente se suspenden, para volver en 1932 hasta su cierre definitivo en 1959.

El 3 de junio de 1927 se dan los primeros triunfos internacionales del hipismo venezolano, fueron los caballos Matachín y Guaicaipuro, propiedad del vicepresidente de la República, Juan Vicente Gómez, que ganaron los máximos honores efectuados en una gala celebrada en el hipódromo de Trinidad.

En el año 1910 se da inicio al Clásico Presidente de la República, ganándolo Carabinero y en el año 1925 nace el Clásico Fuerzas Armadas, donde Bandolero fue el primer ganador.

En 1921, el Hipódromo Nacional da inicio al juego de "Pool", génesis del "5y6", concesión que en 1932 le fue otorgada al puertorriqueño Alfonso Cabezas de La Hera, hasta pocos meses después de la muerte del general Gómez, cuando le fue devuelta al Hipódromo Nacional.

En 1944 se funda la Asociación Hípica de Propietarios, primera entidad que agrupaba a los propietarios de caballos pura sangre existentes en el país.



Hipódromo El Paraíso

1908

Un domingo cualquiera en el Hipódromo 1920-30



Las fánaticas caraqueñas en el Hipódromo del Paraiso un domingo en la tarde, están muy entendidas en asustos hípicos y hay algunas capaces de dejar chiquiticos a bejucos y Chingo Juan, nunca faltan las muy elegantes y bonitas fánaticas como lo prueban las fotos de esta página.

Señorita Caracas de 1933



Triunfo diáfano e insólito el de Iraida Regina Blanco, preclaro Blasón del Ávila, en el brillante torneo de belleza y simpatía iniciado por "Billiken" para elegir a la "señorita Caracas". A la gentilísima Electa, bella y vistuosa, caraqueñisima, podrán dedicársele en perfecta justicia aquellos versos de Rubén Dario, el Divino:

" Perla pura entre perlas buenas,
dulce belleza hecha de bien,
tu bel...dad nos viene de Atenas,
tu bondad de Jerusalén.

En ti veo paloma y honda,
todo misterio y poesía,
la sonrisa de la Yoconda
hecha por la virgen María".



Revista Elite 1933
Señorita Caracas, Dora Iraida Regina Blanco.

lunes, 23 de julio de 2012

¿TRANQUILO AL SEPULCRO?

¿TRANQUILO AL SEPULCRO?
María F. Sigillo

Al pasar por los alrededores del Panteón Nacional es inevitable no llenarse de impotencia al ver el Mausoleo, lo que me obliga al mismo tiempo a revisar la historia y reflexionar sobre lo que somos y hacia dónde vamos como ciudadanos.

Como caraqueños hemos permitido que el ministro para la Transformación Revolucionaria de la Gran Caracas, acabe con espacios de esta maltratada ciudad. No hace falta un título de arquitectura u otra especialidad afín para constatar el gran desastre en marcha: construcciones en avenidas y calles principales, cierre de vías, dominio de camiones y montañas de cemento, arena, cabillas y todo cuanto les venga en gana para obstaculizar el libre tránsito, aunado al incumpliendo de la LOPCYMAT , la hoy Ley Orgánica del Trabajo, de los Trabajadores y en general todas la normativa que rige la materia.

Sin lugar a dudas, la Mole de La Trinidad ilustra el desastre gubernamental de esta década, y quizás sea el Panteón Nacional el capricho preferido de los manganzones y caudillos venezolanos, donde el ego se confunde con los intereses fundamentales de una nación.

El Panteón Nacional

Vemos cómo Guzmán Blanco, Crespo, Gómez, y el actual mandatario nacional han impuesto de manera autoritaria reformas que giran en torno a los restos del Libertador y el lugar donde deben reposar éstos y los de aquellos que, según la época, han sido y serán considerados “próceres de la Independencia o Ciudadanos Eminentes”.

Recordemos que en 1842  Páez  ordenó  repatriar los restos de Bolívar, los que arribaron a Venezuela el 16 de diciembre de 1842.

El Dr. Lucas Castillo Lara lo reseña de la siguiente manera “Un inmenso gentío aguardaba desde más allá de la puerta de Caracas a la Iglesia de La Trinidad, llega a la Trinidad a las 6 de la tarde, mientras las campanas de toda Caracas tañían funeralmente. Esa noche hace posada en la Iglesia de la Trinidad, todavía modesta capilla. A las 10 y media de la mañana siguiente, entra dobles de campanas y disparos de cañón dando inicio a la fúnebre procesión. Desde la Trinidad, por la calle Carabobo, a la Esquina de Sociedad y de aquí a San Francisco. Todas las puertas y ventanas colgadas de luto. Adelante la caballería espada en mano, la Artillería, el caballo de batalla conducido por dos sargentos y enjaezado con los arreos de Junín (….). La luctuosa procesión llegó al templo de San Francisco, que lo acogió como en tiempos de gloria cuando Caracas lo aclamó Libertador. Al final días más tarde fueron trasladados sus restos con la misma solemnidad a la Catedral de Caracas, capilla de la Santísima Trinidad, en el panteón familiar, por unos años, hasta que fuera conducido a sus lugar definitivo en el Panteón Nacional (antigua iglesia de la Santísima Trinidad).”

Luego Guzmán Blanco ordenó mediante decreto Presidencial la Construcción del Panteón Nacional donde se encontraba la Capilla de la Santisima Trinidad.
Posteriormente una nueva reconstrucción del Panteón Nacional (cuya imagen es la que conocemos hoy día), fue decretada en 1930, en tiempos de Juan Vicente Gómez, donde nuevamente son movilizados los restos del Libertador en espera de la nueva morada; en las notas del Ingeniero Edgar Pardo Stolk leemos:

“Durante la obra hubo varios incidentes que tienen que formar parte de nuestra historia. Estábamos en plena actividad cuando una tarde, así como a las 5, ya se había retirado el Dr. Ayala, me invitó el Dr. Salas a que lo acompañara a ver un problema en el cual se encontraba.

… Y era el derrumbe inminente que podía ocurrir con las vibraciones que producía la misma obra, de un momento a otro podía ocurrir la caída del techo desde 10 mts. De altura sobre el sarcófago del Libertador. Las consecuencias de esto ya son de imaginar y no se disponía en ese momento de una obra de maderamen suficiente como para haber construído una defensa que soportara el impacto.

Se decidió que lo único seguro era sacar la urna que contenía los restos y para disminuir la posibilidad de escándalo. Se acordó sacar la urna solamente, dejando en su sitio el arca cineraria dorada, dentro de la cual había sido colocada en 1876. …… fue sólo a las 10 de la noche que pudimos llegar al arca, se le quitó la tapa posterior y se sacó la urna de plomo con los restos de Bolívar. Pasada apenas la impresión del momento, me di cuenta del riesgo que corría y mandé a uno de los obreros a comprar un candado si todavía estaba abierta la bodega de la esquina. Se colocó el candado en la puerta, me metí las llaves al bolsillo y medité mucho sobre el significado y el papel que me tocaba en esa situación.

Al día siguiente escribí de inmediato un oficio al Ministerio explicando lo que habíamos hecho. Por unos días no sucedió nada, pero una tarde nos sorprendió una banda que se acercaba al frente de un pelotón en traje de gala, solicitaron las llaves y desde ese día, hasta cuando se colocó la urna en el sarcófago donde está hoy, hubo un centinela, de bayoneta calada, a la puerta del cuarto. La urna donde están los restos es de plomo del largo de un hombre. La tapa ha debido estar en su origen en la abovedada hacia arriba, pero con el tiempo las paredes laterales se separaron y la tapa se asentó sobre el cuerpo y se le ve sostenida por la frente, el pecho y los pies. Da la impresión de un manto muy grueso colocado sobre el cuerpo humano.”

El 16 de julio de 2010, el Presidente Hugo Chávez Frías   fue más atrevido que sus antecesores, ordenando la exhumación de los restos del Libertador, y la construcción de un Mausoleo, obra que ha sido financiada por el Tesoro Nacional con transferencias hechas a la Fundación Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales, y que se espera sea inaugurada el 24 de julio de 2012.

Irónicamente para la fecha en que edito este artículo, ( 05-03-2013)  ha fallecido el Presidente de la República Hugo Rafael Chávez Frías, ( Q.E.P.D.) el pueblo en la calle  y sus seguidores solicitan  que sus restos reposen en el Panteón Nacional, al respecto les recuerdo que el artículo 187 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece en el numeral 15, lo siguiente : " Corresponde a la Asamblea Nacional : 15 . Acordar los honores del Panteón Nacional a venezolanos y venezolanas, ilustres que hayan prestado servicios eminentes a la República, después de transcurridos veinticinco años de su fallecimiento. Esta decisión podrá tomarse por recomendación del Presidente o Presidenta de la República, de las dos terceras partes de los Gobernadores o Gobernadoras de Estado o de los rectores o rectoras de las Universidades Nacionales en pleno."   

La impotencia que emerge cada vez que transito la zona de La Trinidad,  va acompañada tortuosamente por las palabras de José Ignacio Cabrujas que, aunque duelan, constituyen una inmensa verdad: "Siempre he pensado que Caracas es una ciudad en la que no puede existir ningún recuerdo. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica. En algún momento de mi vida me he horrorizado ante esa situación; hoy no. Hoy pienso que es una legitimidad, y así como hay pueblos que construyen, hay otros que destruyen. Hay pueblos que tienen en la construcción un sentido de la vida, como algunos lo encuentran en la destrucción”

Somos cómplices y víctimas de la destrucción de la ciudad, de la historia, del recuerdo…



Imagen de la Iglesia de la Santisima Trinidad
1830
1911

1930

1930



Marzo 2012


Imagen de Mitchele Vidal


miércoles, 18 de julio de 2012

UN PASEO POR EL MERCADO DE SAN JACINTO Y LA PAZA DEL VENEZOLANO DE 1900-1950


A mediados del siglo pasado, pocos años después de la demolición de las arcadas que contenían el antiguo mercado, ubicado en la Plaza mayor, se empezó la construcción del local destinado a un nuevo mercado, el cual fue terminado en 1873, en los terrenos en que se hallaban en la época colonial los padres dominicos, cuyo convento fue demolido para realizar la obra, también se hallaba en los alrededores en antiguo reloj de sol donado a la ciudad por el sabio naturalista Alejandro Humboldt, cuando estuvo en estas tierras haciendo exploraciones científicas patrocinadas por el rey de España.

El Mercado de San Jacinto era el único mercado grande de la ciudad donde las fámulas caraqueñas adquirían todo lo necesario para la elaboración de los tres platos del día, con apenas un “fuerte” .

A la entrada del Mercado se hallaba un kiosko, donde se conseguía gran variedad de flores del valle de Caracas y otras traídas desde Galipán.

La distribución interior del mercado se podría describir de la siguiente manera; primero el sitio destinado a la venta de frutas piñas, cambures, lechosas, mangos, patilla, melones, por nombrar solo las más abundantes y las de mejor calidad, además se vendían naranjas a treinta céntimos la docena, entonces Venezuela era un País netamente agrícola.

Entre las fruterías más célebres se hallaba la de los “Hermanos Natera”, Carmen, Angel y Julio Natera. También había dos fruterías de mediana categoría la “Royal” y “La Caraqueña”.
Imagen de Ora Chapellin
1944


En el tercer salón quedaba la venta de carnes y aves, a precios baratos que hoy nos parecerían de fábula. Por ejemplo el kilo de lomito a dos bolívares, el lagarto a real el kilo; la punta de trasero a Bs.1, 20 el Kilo; luego por último quedaban las pescaderías donde se vendían toda clases de animales del mar, tales como mariscos, pescados, camarones etc.

Salgamos del Mercado para contemplar “La Playa”; en primer término observamos a numerosos inmigrantes italianos con sus máquinas de amolar, también hay una que otra imprenta, un poco más allá se sitúan los burros con sus cargas traídas desde las haciendas cercanas. Algunos de los productos eran entre tantos, las caraotas negras traídas de Chacao y cuyo precio era cuarenticinco [sic] céntimos por kilo; de Galipán traían los famosos duraznos blancos, los sabrosísimos duraznos muyar y las famosas naranjas galipaneras… De Guarenas traían aguacates y naranjas; de El Hatillo se traían quesos de cabra y de mano, también se transportaba leche de cabra y de vaca.

En “La Playa” habían pequeñas librerías ambulantes desde los chiquitillos de la época adquirían las aventuras de Sandokan, el tigre de la Malasia, las de Buffalo Bill, obras de Salgari y de Julio Verne y otros. Frente a la Playa del Mercado se hallaban los famosos botiquines como “La Atarraya” donde se vendían licores de berro, naranjada fruta de burro, tapadas todas estas con hojas de limón. El establecimiento de Aquilino Correa. “El Gato Negro”, de Luís Carro; “El Botiquín de La Playa”, sitio donde vendían licores de menor categoría como aguardiente y ron. También se encontraba frente a la Playa la tabacalería de Vicente López y Cía.

Nos acercamos a la Plaza Del Venezolano, donde un hombre con una culebra enroscada en el cuello anuncia la venta de un producto, con el cual garantizaba que desaparecerían los callos, también el famoso payaso y cómico Cantalicio “el feo”, tenían un pequeño puesto de ventas de pomada para las pecas.

A pocos metros de éste y casi al pie de la estatua de Antonio Leocadio Guzmán se ubican los vendedores de pájaros con sus jaulas repletas de estas aves, entre los cuales se encontraban arrendajos, paraulatas, turpiales, gonzalitos y los hermosos cardenales.

También por estos mismos sitos habían unos fonógrafos, donde uno metía un real para oír : “me gustan todas, me gustan todas, pero la rubia, pero la rubia me gusta más …”

A las doce cesaban las actividades dentro del mercado y los establecimientos vecinos comenzaban su verdadero auge, entre estos se encontraban “ La Nueva Forma”; “La Mina”; “Liverpool”: “El Gallo de Oro” ; “La Bota Colorada”; “El Louvre”; “La Estrella de Oro”; “Saint Louis”; Los Bancos Caracas y Venezuela; “La Vela de Oro” ; las ferretería “El Pasaje”; “El Casquillo de Oro”; los restaurantes “El Toro” y “El Faro”; por estos mismos lugares comenzó sus actividades la fábrica de café “La Hacienda”.

El mercado además de ser punto de referencia, tanto para caraqueños, como para los que no eran, servía de centro de tertulia donde se reunían cómicos de la talla de Saavedra y Guinand; intelectuales con la mentalidad de Job Pim y Leo; toreros de la fama de Sananes y Manforte.

El ocaso del Mercado de San Jacinto comenzó en 1948 y terminó a finales de 1953, lo único que se pudo conservar fue el reloj de Piedra.

Fuente : La Caracas de Aquellos Tiempos  de Jose Veloso Saad

La Plaza de El Venezolano, prolongación al aire libre del Mercado
Capitalino, Exposición y venta de pájaros, frutas y flores, aparece aquí en una de sus
horas de más movimiento
Foto de Carlos Muller / Revista Elite 1933

Al Sur de la Plaza de El Venezolano se encuentra esta muy tipica estampa
del Mercado Caraqeuño . Amoladores Italianos, vendedoras de aliños
y verduras. Recuas de burros y mulas cargando o descargando
celerales; venta y exhibición de borricos, equinos, gallos de pelea, perros
y otros animales, desde la madrugada hasta pasado el mediodia, la Playa de El Mercado
es un continuo trajinar y una batahola interminable
( Fotos de Carlos Moller)
Revista Elite 1933


vendedoras de aliños y verduras
Foto de Calos Moller
Revista Elite 1933


Foto de Calos Moller
Revista Elite 1933


El Viejo Reloj de Piedra que tan calladamente
guardó los secretos de las amas de casa
La Caracas de Aquellos Tiempos
Jose Veloso Saad





Imagen Cortesia de Caracas en Retrsopectiva
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domingo, 8 de julio de 2012

Margot Arismendi de Villanueva

La dama elocuente

Comparto con  ustedes la reseña que su nieta Adriana Villanueva compartiera en su blog y que me pareció eextraordinaria para acompañar la imagen que encontré en la Revista Elite en Enero de 1933 , previo al matrimonio con Carlos Raúl Villanueva.





Cuando tenía como doce años, en uno de nuestros primeros viajes a Europa, fuimos a Barcelona. Recuerdo que Papá nos llevó a ver La Sagrada Familia:

-Miren niñitas: la obra de un loco.

Muchos años después regresé casada con Carlos Villanueva, y contemplando juntos la iglesia de Gaudí le comenté a Carlos:

-Papá dice que ésta es la obra de un loco.

¿Sabes lo que me contestó?

-Loco no, genio.

Papá y Carlos eran dos hombres distintísimos, pero siempre se quisieron mucho. Una vez, recién casada con Carlos, Mamá me pidió que fuera con el chofer a buscar a Beatriz que estaba con sus amigas las Machado en una casa de playa en Macuto. Cuando llegué, el doctor Gustavo H. Machado me estaba esperando:

-¡Ay señora Villanueva, usted me va a tener que perdonar! Pero puede más la curiosidad que la buena educación y la discreción. Le tengo que hacer una pregunta: ¿cómo hacen su papá y su marido, que son tan diferentes, para entenderse y quererse tanto?

Yo le contesté:

-Mire doctor Machado, que no sea ésa la pulga que a usted lo trasnoche. La respuesta es sencilla: ambos creen que están locos. Carlos cree que Papá es un loco furibundo, y Papá cree que Carlos es un loco pacífico. Así que siempre se están vigilando, cuidando y protegiendo mutuamente.

Sí, Papá y Carlos se quisieron mucho, pero nunca trabajaron juntos. Papá a veces le pedía a Carlos que le diseñara unas casitas para unos proyectos. Carlos hacía unos planos y después Papá construía las casas como a él le parecía. Pero Carlos respetaba a Papá como constructor. ¿Tú te sabes el cuento de las cajitas de fósforo de San Agustín? Ese cuento es muy bueno. Los terrenos de la hacienda La Yerbera, donde construyeron San Agustín, eran parte de la herencia de Guzmán Blanco que Papá compró en un remate en París en los años veinte. Te estoy hablando de una época en la que Caracas todavía no se había elevado por las nubes y se construían casas sencillas.

Casi cuarenta años después de que Papá construyó San Agustín del Norte, en 1967, murió Mathías Brewer, un ingeniero que fue director del Inos. Al enterarme lo lamenté mucho:

-¡Se murió mi vecino!

-Pero Margot, ¿cuándo has sido tú vecina de Mathías Brewer? -me preguntó Carlos extrañado.

Le recordé que cuando todavía no existía el Colegio de Arquitectos, a los arquitectos los invitaban a las fiestas del Colegio de Ingenieros, y a mí siempre en esas comidas, no sé por cual razón, me sentaban al lado de Mathías Brewer; por eso yo lo llamaba mi vecino.

En esa época no se daba el pésame en las iglesias como se hace hoy en día, y fui a dar el pésame a casa de la familia Brewer, aunque realmente no tenía amistad con ellos. El salón de la casa estaba lleno de gente y la conversación, por supuesto, versó sobre el terremoto de Caracas que acababa de pasar. Había una señora que se jactaba a voz en cuello: “Mi marido hizo mucho énfasis en las leyes antisísmicas después de que se hicieron esas ‘cajitas de fósforo’ en San Agustín, porque eso es un horror”.

Y yo hundida en mi silla porque esas “cajitas de fósforos” las había construido Juan Bernardo Arismendi, mi papá.

Cuando regresé de dar el pésame, Carlos me preguntó cómo me había ido. Le contesté que mal y le conté el desagrado que había pasado por los comentarios de esa señora. Carlos se puso furioso conmigo: “¡Ay qué ver que para gafa no te gana nadie! Tú le debiste haber contestado a esa señora que de ‘las cajitas de fósforo’ de San Agustín no se cayó ¡ni una! Y más de un edificio en Altamira y los Palos Grandes sí se vino abajo”.

Hay un cuento de joyas, de Juan Juan y de Carlos que también vale la pena recordar. A Papá le estaban ofreciendo un lote de esmeraldas cuando casualmente entró Carlos a casa, y Papá lo llamó:

-Ven, Carlitos, para que veas estas esmeraldas. ¿Qué te parecen?

Carlos se quedó viendo las esmeraldas y le contestó:

-Mire doctor Arismendi, yo de esmeraldas no sé nada. Si usted me pone un vidrio de botella verde bonito, y a mí me gusta, le aseguro que lo prefiero a la esmeralda.

Papá se horrorizó porque Carlos todavía no había llegado a ser un arquitecto famoso, y pensó que realmente me iba a dar vidrios en lugar de joyas, así que compró una esmeralda y me la regaló montada, rodeada de brillantes.

Pero si el fuerte de Carlos nunca fueron las joyas, el arte nunca fue el de Papá. Figúrate que en una exposición a la que fuimos en el Museo de Bellas Artes, Papá me señaló un cuadro y me dijo: “Este cuadro debe ser malísimo, porque a mí me gusta mucho”. Cuando Carlos y yo nos casamos sólo teníamos dos Monasterios que nos había regalado Papá cuando éramos novios, porque Mamá, siempre tan exquisita, había comentado delante de nosotros que a ella esos cuadros no le gustaban porque eran unas galleras. Carlos enseguida le dijo:

-Regálemelos a mí.

-Está bien, con Margocita te los llevas -le contestó Papá.

Esos cuadros de Monasterios fueron durante un tiempo nuestras únicas obras originales. Carlos decía que era mejor tener una reproducción de un buen cuadro que un cuadro malo, así que teníamos afiches guindados en las paredes. La primera vez que Papá entró en casa y vio nuestro “Bonnard” y nuestro “Picasso”, me dijo: “Margocita, dame una silla para sentarme porque tengo que digerir esto”. Pero Juan Juan era muy prudente y no se metía en nuestros gustos, sólo una vez me preguntó en la intimidad, cuando ya Beatriz y José Luis tenían una importante colección de cuadros de Morandi: “Margocita, ¿y no estarán engañando a José Luis Plaza con esas botellitas?”.

A pesar de ser tan diferentes, Papá estaba muy contento de mi matrimonio con Carlos porque tu abuelo no fue mi primer novio. Yo tenía otro novio que se llamaba Simón. Era un muchacho alegre y parrandero, me dejaba en casa y se regresaba a las fiestas para irse de último tocando el acordeón. Pobrecito, tuvo una vida muy triste, nunca se casó y murió solo. Todavía rezo por él. Precisamente huyendo de ese novio fue que conocí a Carlos Villanueva.

La primera vez que Carlos me vio fue en el pabellón del hipódromo y le preguntó a Carlos Luis Ferrero:

-¿Esa muchacha quién es?

-Margot Arismendi -le contestó Carlos Luis -pero tiene novio.

-¡Qué lástima! -dijo Carlos.

Yo estaba ahí justamente para no ir al Club Paraíso, donde se suponía que estaba mi novio, porque había terminado con él. Cuando Carlos Luis llegó a su casa le comentó a su esposa Alicia que Carlos quedó prendado de mí, pero que él lo había desilusionado contándole que yo tenía novio. Alicia, que era muy amiga mía, se apresuró a decir: “¡Peleó con el novio! ¡Vamos a invitarlos juntos a comer!”. Cuando Alicia Larralde me invitó, pensé que estaba haciendo una cena de reconciliación con Simón porque él vivía enfrente de su casa, y por eso le pregunté quién iba a la comida.

-Viene un joven francés, Villanueva, muy educado, arquitecto -me tranquilizó.

-Ah bueno, entonces sí voy.

Y matrimonio a los tres meses.

Yo creo que lo que más le gustó a Carlos de mí era que hablaba un francés perfecto. Al principio de nuestra relación hablábamos siempre en francés, aunque al poco tiempo le dije que mejor empezábamos a hablar en español para que se le soltara la lengua, porque aunque lo hablaba bien, era un poco gago. Tu abuelo nunca perdió su acento francés, pero con el tiempo logró perfeccionar su gramática española tomando clases en el Pedagógico con el profesor Hugo Ruán. La gaguera sí la perdió, cómo lo hizo al principio era todo un misterio, ya estábamos casados y venía a la casa un hombre en una moto. Francisco lo llamaba “el sordomudo”, resulta que era un especialista vasco en fonética que se dedicaba a enseñar a hablar a sordomudos y fue él quien le quitó la gaguera a Carlos.

Mi familia estaba encantada con Carlos, principalmente porque los había librado de mi otro novio. Mi ex novio me amenazó con que si yo me casaba con Carlos, él se iba a suicidar. Papá me convenció de que no me preocupara: “ ¡Qué suicida ni qué suicida! ¡Aquí nadie se va a suicidar!”. En cuanto a Carlos, Papá se quiso ir por lo seguro y pidió referencias a Jerónimo Tirado, sin saber que era primo de él, y por supuesto que le dio unas referencias excelentes: “Mire J.B., si su hija se casa con Carlos Villanueva, se sacó la lotería porque ése es un brillante montado al aire”.

Carlos se quiso casar rápido porque tenía miedo de que regresara con mi antiguo novio.

-Margot, ese hombre está muerto -me decía tu abuelo cuando éramos novios.

-Nada de muerto, está vivito y coleando -le contestaba riendo.

Por eso Carlos no estaba dispuesto a esperar a que le enviaran sus documentos de Londres, recuérdate que en ese entonces mandaban el correo por barco. Para casarnos necesitábamos una constancia de que él era Carlos Villanueva, que estaba bautizado, que era soltero, y se hizo ante el obispado y ante el tribunal declarando Pedro Emilio Coll como testigo. Pedro Emilio, quien trabajaba en la Legislación de Liverpool cuando tu bisabuelo era Cónsul en Londres, era el padrino de bautizo de Carlos por poder, siempre lo quiso mucho, lo llamaba Charlot. La partida de nacimiento de Carlos para terminar de formalizar los papeles de matrimonio, llegó después de casados.

Nos casamos el 28 de enero de 1933, yo tenía 21 años y Carlos 32. Su mamá y su hermana Sylvia, que vivían en París, casualmente habían llegado por esos días a visitar a Carlos y se encontraron con la sorpresa de que se casaba. A pesar de la sorpresa, me trataron muy bien, y se quedaron a vivir en Caracas.

Nuestro matrimonio fue muy celebrado, pero de manera sencilla, como se celebraban los matrimonios entonces. La madrina no podía ser otra que mi hermana Pimpa, y el padrino era el mejor amigo de Carlos, Vladimir Cheminski, un ingeniero polaco que ¡imaginate! era noble, era un conde que se quedó a vivir en Venezuela. Mi vestido de novia lo hizo madame Peluet, una costurera francesa que vivía en Caracas. Nos casamos en la iglesia de San Juan y la ceremonia la ofició el Nuncio Apostólico, monseñor Fernando Cento. El obsequio fue el típico de aquellos años: consomé, pavo, ensalada de gallina. Nuestra luna de miel la pasamos en el Hotel Miramar, en Macuto, y al regresar nos radicamos en una casita que nos prestó Papá en Los Dos Caminos, donde vivimos felices nuestros primeros meses de casados.

Hija de un hombre tan especial como Juan Bernardo Arismendi, casada con un hombre tan especial como Carlos Villanueva; tardé muchos años en encontrar mi verdadera identidad. Por fin lo hice en una reunión de urbanistas a la que fui con Carlos en Nueva York. Yo en ese tipo de reuniones siempre me quedaba callada porque no hablo bien inglés y no sé nada de urbanismo, por eso me interesé cuando vi a un grupo que estaba rodeando a un señor que hablaba de sándwiches. Resulta que el señor no era urbanista, sino pediatra, y les estaba explicando a los que lo rodeaban los problemas del hijo del medio, el hijo sándwich. Yo al oírlo exclamé:

-¡Niño sándwich! Al fin encuentro el nombre que a mí me conviene, ¡yo soy la mujer sándwich!

Nadie entendía nada y les tuve que explicar:

-Estoy casada con este señor tan especial que es Carlos Villanueva, y soy hija de Juan Bernardo Arismendi, un hombre distintísimo a mi esposo, pero igualmente especial. Estoy entre los dos, por eso yo soy la mujer sándwich.

¿Sabes lo que me contestó el pediatra?

-Mujer sándwich no, Lady sándwich.

http://evitandointensidades.blogspot.com/2010/02/lady-sandwich.html

Retrato de una Caraqueña del Siglo XX", publicado primero por la Fundación Polar, y en su segunda edición por la Fundación Villanueva.




La Dama Elocuente
de Por Nelson Rivera



Caracas, comienzo del siglo XX: Margot Arismendi de Villanueva nació en la esquina de Corazón de Jesús en junio de 1911. Plena de los azares, los descalabros y las gratificaciones que habitan y conforman la vida de las personas, la suya en particular guarda el valor que le otorga su propia conciencia de haber sido una testigo que, resistiendo a los embates del olvido, ha almacenado lo que ha visto y oído a lo largo de los años

“¿De qué quieres que te hable? Te puedo hablar del Caracas viejo, de la historia de la familia, de la época de Gómez, de la vida de Papá. Mi memoria es grande, lo abarca todo y no olvida nada”.

Mucho más que conciencia, cabe hablar de convicción: quien tiene historias y está dispuesta a compartirlas, quien domina el arte de la conversación porta consigo una riqueza simbólica que lo une de modo más estrecho al país, a las experiencias vividas y a las personas que forman parte inexpugnable de los innumerables episodios que ha almacenado por décadas en sus recuerdos.

Margot en dos tiempos, retrato de una caraqueña del siglo XX, es el resultado del encuentro entre, la voz generosa y pragmática de una mujer ya nonagenaria, Margot Arismendi de Villanueva, con su nieta, Adriana Villanueva (magnifica articulista de El Nacional y colaboradora de Papel Literario). A lo largo de dos años, la joven conversó, escuchó, grabó y tomó notas sobre las palabras, opiniones y anécdotas que su abuela le fue obsequiando. Cierta sosegada espontaneidad para presentar su testimonio sobre un vasto repertorio de asuntos propios o que competen al colectivo. Cierta manera de ejercer la franqueza en el uso de los adjetivos y en la faena de opinar. Cierto tono coloquial y por momentos hiperbólico que se presenta, ergonómico y fluido, en la visión de una mujer que es caraqueña y del mundo, a un mismo tiempo, tales son los delicados atributos que hacen del material una lectura sin contratiempos.

La de Margot Arismendi de Villanueva es la mirada de quien puede reconocer sin resequedad el paso del tiempo ( “¿Sabes lo que soy? Una sobreviviente del siglo pasado”, le dice a su nieta).

Frente a sus ojos han tenido lugar cambios enormes: el paso del mundo artesanal al de los primeros automóviles y las deslumbrantes tecnologías de uso doméstico. Cuando era una jovencita, en su casa se discutía si los caraqueños aceptarían habitar lejos de la Plaza Bolívar.

Testigo excepcional de la metamorfosis y expansión de Caracas (hija de Juan Bernardo Arismendi, el primer y más importante urbanizador que ha tenido nuestra ciudad; y esposa de Carlos Raúl Villanueva, la figura mayor de nuestra arquitectura moderna), en sus palabras habita la cálida lengua de la nostalgia, del homenaje al pasado perdido:

“Dejamos de ser lo que éramos”.

Su memoria y su voz se proyectan hacia la sociedad con asombrosa naturalidad:

los hechos, las personas y la propia familia se asumen como elementos representativo de ese todo mayor que es el país y sus tráfagos. La familia es una metáfora de una condición caraqueña (que lleva dentro de sí a lo regional, pero que también a lo cosmopolita), que puede ser ventilada (compartida) en sus hábitos y disciplinas, en sus aperturas y prejuicios, en las figuras que adquieren los sentimientos y la experiencia real para pensar el mundo que les ha tocado.

Lo que fascina del testimonio impecablemente recogido por Adriana Villanueva, es lo mucho que nos permite escuchar el habla de su abuela, con todas las consecuencias que de ello se derivan. Porque esa voz, sin pretenderlo siquiera, nos aproxima a los trazos de una cultura material y simbólica que ya no existe (o, mejor dicho, que no existe con la misma entidad): el papel de la confianza en una comunidad relativamente pequeña; la visión del mundo mediada por lo fáctico, por las señales que aportaban los hechos, quizás menos provistos de apariencias entonces, hace 70 u 80 años que hoy; la vida entendida, no sólo como inevitable oscilación (se gana y se pierde, tal es la ley), sino percibida bajo un particular paradigma: la de pertenecer a una generación que ha sido pionera y decisiva en el destino un país, elemento que nos devuelve, una vez más, al territorio de la naturalidad, porque Margot Arismendi de Villanueva, incansable conversadora, habla de figurones venezolanos (Juan Vicente Gómez, José Gregorio Hernández, Luis Razzetti, Alfredo Boulton, Francisco Narváez o del mismo Carlos Raúl Villanueva) o de grandes artistas, con el mismo tono o actitud con que invoca las historias de sus padres o sus hermanas:

Desaprensiva, clara, incitante. (Un sentimiento que propongo a los lectores de estas líneas: ¿será que, en efecto, aquellos eran tiempos más sencillos, tal como lo sugiere la experiencia de Margot Arismendi de Villanueva?

¿ Tenía la generosidad cotidiana un mayor peso relativo que al día de hoy?

¿Éramos hace 60, 70 u 80 años, una sociedad más solidaria que hoy? ¿Éramos, quizás, menos acuciantes, menos exigentes, menos brutales? Ella dice:

“tiempos más sencillos en los que sin duda había ricos y había pobres pero la diferencia no se hacía tan notable como hoy. Éramos más felices. No vivíamos en esta cizaña” ).

Este libro me ha hecho pensar en la gran fortaleza que cierto modo de lo coloquial puede constituir para pensar en los forcejeos a los que nos somete la realidad. Margot Arismendi de Villanueva habla del idioma en su testimonio: de los usos perdidos o de la lengua específica de su entorno inmediato ( “una extraña costumbre de nuestra familia de rebautizarlo todo” ). Pero sobre todo, me ha hecho pensar en aquellos años donde parecía existir una mayor disposición a maravillarse ante las cosas que estaban más allá de cada quien, y que otorgaba a la memoria una condición preeminente:

“Papá siempre decía que el que llegaba a viejo vivía dos veces: la primera vida, la que se vive de hechos, la segunda vida, la vida de recuerdos”.

Esta edición de Margot en dos tiempos, a cargo de la Fundación Villanueva, no es la primera. Tiene el valor de haber sumado casi 60 páginas de retratos de los protagonistas del libro, lo que abunda a favor de la realidad y profundidad con que los lectores podemos percibir a las personas/personajes, de quienes la pródiga dama nos habla.

Nacional - Sábado 29 de Octubre de 2005 Papel Literario/4