Podriamos decir que de los ferrocarriles de Caracas, el más pobre era el Ferrocarril Central, que muchas veces tenía que funcionar con leña por no tener carbón. Pero es indiscutible que esta empresa se daba el lujo de tener la mejor estación. Montada en edificio cónsono para su finalidad, cómodo, elegante.
Mister Ross, quién la construyó imitando las estaciones de ferrocarril de San Petesburgo Moscu donde el trabajó, era un inglés, solterón, enemigo acérrimo del matrimonio y no porque fuera enemigo de las mujeres, no, él era muy fino y cortés con ellas y hasta enamorado, que era el musiú. Lo que le pasaba es que él, sustentaba la idea que el matrimonio debia ser, no ceremonia pública, sino un acto privado entre hombre y muejer, convenio celebrado entre los padres y las autoridades.
El Ferrocaríl Central era el más antiguo de Caracas, pertenecia a una compañia inglesa, y en su accidentada vida tuvo muchos adminitradores, siempre de esta nacionalidad, hasta su nacionalización en 1940.
La Estación de Ferrocarril Central era cómoda, espaciosa, tenía un gran salón de espera, con largos y cómodos bancos, los que también se encontraban en el andén. Allí se respiraba un ambiente verdaderamente ferroviario, se sabia que uno estaba en una estación de ferrocarril, aunque los viajes fueran más bien paseos.
Muchas veces nos ibamos a la estación solo por la distracción romántica, más que por curiosidad de ver quién iba o venía. A la derecha teníamos un bar bien provisto de buenas bebidas, sandwiches, dulces y caramelos.
Para mí era una delicia de noche, tomar el tranvía del Central en la Plaza Bolívar y después de recorrer la Calle Real de la Candelaria saludando a tanta cara bonita, llegando a la esquina de Alcabala que el motorista metía lo que llamaba los "ocho puntos" y como alma que se lleva el diablo, pasábamos por el "paradero" para terminar en la estación donde nos bajábamos, tomábamos una cerveza fría y cuando llegaba el último carro que llamaban "la orden" eran ya pasadas las diez y entonces nos regresábamos sólo con el desconsuelo de que la mayor parte de las ventanas estaban cerradas.
¡ Oh querida estación, vieja amiga de nuestros mejores días! ¡ Cuántas cosas se van contigo, pero siempre vivirás en el recuerdo de los que tuvimos la dicha de conocerte y amarte !
Fuente: Reminiscencias / José García de la Concha
1962


