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domingo, 26 de julio de 2015

La Batalla de Maracapana


La Batalla de Maracapana, únicamente recogida por el relato posterior de Oviedo, fue el punto de inflexión de la jornada de conquista de Caracas. Es la batalla decisiva que rompe la coalición indígena supuestamente liderada por Guaicaipuro; alianza que tan exitosamente mantiene libres a los indios de Caracas por cinco años más desde que en 1562 logran expulsar totalmente a los españoles de Fajardo de su aurífera tierra.

Las otras dos batallas citadas en la narración de Oviedo, la Batalla de San Pedro y la de La Quebrada, no revisten su importancia. 
Por un lado la así llamada Batalla de San Pedro, librada para impedir el acceso a la hueste española a la tierra de los Caracas, la sostiene tan sólo la parte de las tribus aborígenes de la provincia que habitaban al oeste del valle, por donde entraron los españoles de Losada. Intervienen las parcialidades occidentales de los Meregotos, Aruacos, Tarmas y Teques. Los Tarmas, situados entre la costa y las montañas de Macarao colindantes con los Teques, tenían la posibilidad de pelear en ambos teatros, el de la costa y el del interior. Aunque usualmente lo hicieron al oeste del área de San Francisco, no desechaban bajar a este valle. Buscaron estas parcialidades repetir la hazaña de la derrota de Narváez, en la favorable loma de Terepaima. Pero Losada sale victorioso del nuevo desafío en la Loma de Terepaima.

Por otro, la así llamada por Oviedo Batalla de La Quebrada no pasó de ser -por lo que se lee- una “guasábara” más, o ataque menor, sin calidad de batalla, amén de que sobre ella mantenemos nuestras dudas arriba expresadas sobre su real historicidad. No obstante, el capítulo de la obra de Oviedo dedicado a esta batalla presenta algunos aspectos dignos de comentar. El primero es la evidente guerra que hacían los indios para impedir los aprovisionamientos de los conquistadores. Estos

'… se hallaban bien afligidos por experimentarse cada día más rigurosa la falta de bastimentos, a causa de haber los indios talado todas las sementeras inmediatas, para hacer más cruel la guerra con la hostilidad de la [sic] hambre ...'

El otro hecho significativo es que el comando de la hueste que va a buscar bastimentos al valle de las Guayabas, donde habitaban los Tarmas, lo tiene Rodrigo Ponce de León, según Oviedo. Hemos visto que este pasa a Coro con Valier en junio, según declaración de testigos. La acción pues debe ubicarse -si realmente correspondió a Rodrigo Ponce- antes de su documentada partida a Coro, con Valier, quizás en junio. Las expediciones de abastecimiento al valle de los Tarmas desde la costa donde por entonces se hallaba Losada se hacían bordeando el litoral por Maiquetía y Catia La Mar hasta la desembocadura del río Mamo, y de allí tramontando por Arrecifes hasta el valle de las Guayabas, o de los Tarmas.

La Batalla de Maracapana, a nuestro juicio, es la crónica que a la distancia hace Oviedo de la alianza -documentada como hemos mostrado- forjada entre los indios Caracas y el corsario Nicolás Valier. Oviedo ofrece pormenores de esta crucial acción:

'… determinaron que para cierto día, con el mayor número de tropas que pudiese alistar cada cacique, concurriesen todos los interesados en el sitio de Maracapana (que es una sabana alta al pie de la serranía inmediata a la ciudad) y echando el resto a la desesperación, acometer a Losada, fiando al lance de una batalla los buenos sucesos que esperaban de su valor y fortuna…'

El capítulo IX dedicado a esta batalla lo inserta Oviedo entre la llegada de Salas -en el capítulo VIII previo- y la posterior fundación de Caraballeda, el 8 de septiembre -en el capítulo X-, según su particular cronología y versión de los hechos. Es concordante con la estadía en estas aguas de Valier, como hemos visto. Oviedo sabe que la batalla se libra cerca de un Real, sitio o campamento poblado -según informaría la vaga fuente que está siguiendo para narrar la batalla- y ante la confusión que ello le genera (pues no logra aceptar que se trate de otra, sino de Santiago de León) ha decidido insertar el célebre capítulo VII sobre la fundación de esta ciudad antes de la Batalla de Maracapana.

Pero como se ha visto, Santiago de León no existe para esas fechas, y Losada se hallaba en la costa por entonces. Más aún, es improbable por lo expuesto que Losada tuviera su campo arriba en el valle de San Francisco. Y precisamente, las características “costeras” de esta acción conjunta de los Caracas con Valier prueban indirectamente que el ataque sería al campo principal en la costa, donde se hallaba Losada, no a un reducto secundario de resguardo de ganados en San Francisco, si es que esta disposición de fuerzas españolas existía por entonces. La composición mayoritariamente costera de las fuerzas indígenas que intervinieron en la Batalla de Maracapana es otro dato significativo. 
Oviedo detalla algunas de las principales parcialidades de la costa que intervinieron en dicha batalla: 
'… llegado pues el día determinado, vinieron de la costa y serranías intermedias, según lo capitulado, los caciques Naiguatá, Uripatá, Guaicamacuto, Anarigua, Mamacuri (que fue el primero que después dio la obediencia a Losada), Querequemare, señor de Torrequemada, Prepocunate, Araguaire y Guarauguta, el que mató en Catia a Diego García de Paredes, con siete mil indios de pelea, que llevaron entre todos…'

Los caciques convocados del interior de Caracas- y sus fuerzas- fueron los siguientes: Los Mariches, con los caciques Aricabacuto y Aramaipuro, '… con tres mil flecheros de su nación, incorporados en sus banderas los caciques Chacao y Baruta, con la gente de sus pueblos…'

Los Tarmas, acaudillados por Paramaconi, Urimaure y Paramacay, (Parnamacay o Parmanacay, que todas estas variantes se consiguen en Oviedo) reunían dos mil guerreros. Los Teques, conducidos por Guaicaipuro, que según Oviedo hacía de capitán general aportaban otros dos mil. Oviedo presenta pues catorce mil indios Caracas en estado bélico en aportes iguales por mitad para cada lado de la serranía, que se reunirían en la sabana de Maracapana el día de la batalla. 
¿Dónde quedaba entonces esta Maracapana, “lugar de las maracas”?

Un hecho curioso para el investigador de los orígenes de Caracas es que Maracapana como topónimo no existe por ningún lado, ni cerca ni lejos de la Caracas del siglo XVI, ni en ningún otro siglo hasta nuestros días. No se la ha localizado. Si se le busca -según los datos que aporta Oviedo- en documentos del período inmediatamente posterior a la fundación de Santiago de León, y hasta bien entrado el siglo XVII, de la cual hay suficiente información en incontables documentos locales de Caracas en secciones como Actas del cabildo, Encomiendas, Tierras, ventas en Escribanías o en Testamentarías, no se hallará explanada, lugar, asiento o sitio alguno con el nombre de Maracapana ni al norte o noroeste de la ciudad (área o llanura a la cual suele a veces denominarse en fechas posteriores Sabana del Teque y Sabana del Blanco), ni en la llanada de Catia, ni hacia la Puerta de Caracas siguiendo la antigua vía al mar, ni en Anauco Arriba o Anauco Abajo, ni en Catuche, ni cerca del Caroata, ni en Caricuao, La Vega, Antímano, Chacao, Petare, etc.

Es verdaderamente significativo si se piensa por contraste que sitios de acciones de batallas de ese período como la loma de Terepaima, o el valle del Miedo, o de descanso de la hueste como el valle de La Pascua, o incluso nombres más antiguos, como el valle de Juan Jorge, perduraron al menos algún tiempo o del todo sobrevivieron como topónimos; algunos recordando incluso sucesos comparativamente tan banales como “el Salto de Freyre” en la antigua ruta por la loma de Terepaima en Los Teques. ¿Qué se hizo Maracapana, teatro de tan vital batalla?

La explicación para nosotros es que el nombre de este teatro bélico sigue la suerte de Caraballeda, arrastrada como topónimo a la extinción y el olvido cuando esta ciudad costera se acaba temprano en la historia de Caracas, hacia 1586. Porque a nuestro juicio, la Batalla de Maracapana se libra en el área de Caraballeda, donde se asentaban los pobladores y soldados que por entonces “reedificaban” El Collado -haciendo un campamento, con quizás una empalizada-, si es que tiene algún sentido titular de ciudad un campamento o agrupación de caneyes, como hemos mostrado en la exposición previa.
Existe, no obstante, una magra y alterada mención a Maracapana (que concuerda con el período y localización cercana a Caraballeda) en un título de encomienda otorgado a Jácome Fanton, -quien sucede en la encomienda de Justo Desque- en su parte relativa al cacique Guaicamacuto, que entraba dentro de la encomienda original otorgada por Losada a Desque: 
'… reservando como reservo el principal don Pedro, hijo de don Joan Guaycamacuto con todos los indios sus sujetos, que viven en la costa de la mar, hacia Caraballeda, en la quebrada nombrada de enmaracacurinare y en sus vertientes e corrientes…'

La indicación de su cercanía a Caraballeda y el hecho de tratarse del asiento de Guaicamacuto, que luchó en esa batalla, nos inclina a creer que Maracapana fue entonces el sitio por donde corría la quebrada de Maraca curinare, en Caraballeda, donde a nuestro juicio se desarrolló la batalla.
No parece casual observar también, en los pocos nombres de españoles que registra Oviedo participando en la batalla, que entre ellos no se nombren o figuren en esta oportunidad los hermanos Ponce de León, lo cual concordaría -a nuestro parecer- con su ida a Coro con Valier, y sí mencione en cambio uno de los registrados vecinos de la futura Caraballeda -y su alcalde en 1570- Gaspar Pinto, que no entró con Losada, por lo que es de suponer que vino en las piraguas con Salas.

El día de la batalla de Maracapana el corsario Valier falló. No se presentaron sus naos en la costa de Caraballeda. Tampoco Guaicaipuro, según Oviedo, con el ala de los Tarmas y Teques acaudillados por él: 
'… y se confederaron con los indios para matar a todos los españoles como los hubieran muerto si no fuera por cierta emboscada que les hizo con cien soldados el dicho capitán Diego de Losada, de que dicen les dio aviso a los dichos franceses un Juan Pacheco, criado que fue del licenciado Bernáldez…'

La versión de Ponce de León sobre el develamiento del plan contra la tropa de Losada es más escueta: 
'… y como se vino a saber, no lo osaron intentar, sobre lo cual he mandado que se haga justicia, para que adelante no tengan el mismo atrevimiento…'

¿Qué había pasado?
Oviedo narra que la batalla se dio, a pesar de todo, con o sin Guaicaipuro. Y dice que efectivamente se pierde al no poder acudir Guaicaipuro y sus huestes de Tarmas y Teques a tiempo, debido a la distracción oportuna que en las mismas serranías de su habitación les hizo Pedro Alonso Galeas con un escuadrón de sesenta soldados. Pero para Oviedo, que en ningún momento acierta a hablar del papel del corsario Valier en todo este drama (señal que lo callan sus fuentes, incluyendo al mítico Ulloa), la acción táctica de Galeas se debió a la casualidad:

'… ignorante Losada de todo esto, por no haber tenido noticia alguna de lo que maquinaba Guaicaipuro, había despachado aquella madrugada a Pedro Alonso Galeas con sesenta hombres para que corriendo las lomas y quebradas de los Tarmas juntase la mayor porción de bastimentos que pudiese y los trajese a la ciudad. Caminaba Pedro Alonso con su gente a ejecutar puntual su diligencia cuando a las ocho de la mañana encontraron con él los indios Teques, que unidos ya con los Tarmas marchaban presurosos para hallarse en el asalto; pero al ver los españoles en parte que no esperaban, discurrieron que su obligación estaba ya descubierta, pues les salían armados al encuentro, cuando pensaban hallarlos en la ciudad desprevenidos, algo atemorizados se empezaron a dividir en mangas por los cerros…'

Frente a estas dos versiones del hecho, como siempre, aquí optamos en principio por darle crédito a la del documento coetáneo, como es la real cédula citada arriba. Esta, según vemos, da noticia de cómo renunciaron los corsarios a intentar la empresa, abortando el ataque al tener aviso por el Juan Pacheco de que todo el plan estaba descubierto, Guaicaipuro contenido y anulado y que su rival Losada lo espera prevenido y con las buenas armas y municiones que el propio Valier se ha encargado de suministrarle. Valier se lo pensó dos veces, pues una cosa es atacar un pueblo como Borburata, sin defensa ni armas (entregadas seguramente -las que había- a Losada y su conquista) y otra intentarlo contra un ejército “de cien hombres” o soldados móviles que lo esperan bien armados y sin el estorbo de una ciudad abierta a la que estén obligados a defender, pues cuentan en cambio con caballos -y quizás hasta un reducto-: “... y como se vino a saber, no lo osaron intentar...”

No es cierto pues que Losada no supiera lo que se tramaba. De alguna forma se enteró del plan y conocía, al parecer, los detalles. Por lo que sabiendo que era fundamental impedirles a Guaicaipuro y Paramaconi liderar la batalla, envía precisamente a Galeas a estorbarles este objetivo. Galeas lo cumple a cabalidad con lo que, como narra Oviedo, las huestes en Maracapana se desmoralizan al faltarles el caudillo y alma de su lucha. La real cédula es coherente al hablar de “cien hombres” en Maracapana ya que como vimos en la versión de Oviedo, el resto se hallaría posiblemente con Galeas luchando contra Guaicaipuro. La mencionada emboscada pudo referirse al Losada esperando el ataque indígena, o a Galeas atacando a Guaicaipuro y sus Tarmas y Teques.

Es por indicios como los expuestos que nos resulta difícil creer en dos (2) asentamientos simultáneos de españoles en Caracas para esas fechas, divididos en los dos teatros de operaciones, el de El Collado, en la costa, y el del valle de San Francisco.
Pues si Losada está emboscado con cien hombres aguardando a Valier y la batalla, como habla la real cédula, y ha mandado el resto con Galeas, como afirma Oviedo, una de las dos plazas, si es que en verdad existían ambas para esa fecha, se queda sin defensa. Con sólo atacar en la costa a la hueste de Losada una parte del resto del ejército de indios Caracas que asisten a Maracapana, la otra puede mientras tanto destruir y quemar la plaza desguarnecida en San Francisco, logrando una significativa victoria, después de todo. Pero eso no sucedió, y en ninguna parte del texto de Oviedo o en otros documentos está registrado durante la campaña de Losada una segunda quema de San Francisco, El Collado, Santiago de León o Caraballeda por parte de los indios Caracas.

Por otro lado, si el campo de Losada, su perímetro, o real, estuviera supuestamente establecido por entonces en el valle de San Francisco, como es la idea generalmente aceptada, ¿bajó Losada con cien hombres a la costa a esperar a Valier, sabiendo que todo el fin del ejército de Guaicaipuro era acabar con el asentamiento de San Francisco? ¿Y qué decir entonces de las fuerzas restantes enviadas a bloquear a Guaicaipuro? ¿Es concebible que gente tan poderosa como los Mariches pasaran de largo por San Francisco -vía obligada- para ir a atacar a Losada en la costa, donde estaban los caciques del litoral, sin primero destruir la desguarnecida San Francisco que era en definitiva, para la historiografía tradicional, el supuesto objetivo de la batalla?¿Dejarían incólume los mariches ese peligroso reducto castellano atrás, amenazando sus espaldas?¿Permanecería el capitán que supuestamente guardara San Francisco impávido viendo como frente a sus narices pasaba la columna mariche en vía a atacar a su general y compañeros en la costa?¿Subiría Valier la ruda y desconocida cuesta hacia el valle de Caracas, arriesgando una emboscada segura en cualquiera de cien sitios propicios por parte de los españoles?

La lógica de guerra nos dice que si se iba a atacar con todas las fuerzas disponibles a Losada -aplicando la táctica usada contra Narváez y Bernáldez previamente- era porque este y su hueste estaban concentrados todos en un área precisa y de fácil acceso a los corsarios: el litoral. Este sitio pues de combate, por los indicios y testimonios analizados, estaba localizado para la fecha de la batalla en un lugar de la costa, en Caraballeda, en el asiento de Manaure, cercano a Guaicamacuto: Maracapana.

'… las demás naciones convocadas, que juntas en Maracapana aguardaban la venida de los Teques y Tarmas para dar el asalto a la ciudad, viendo que era pasado el mediodía y no llegaban, sin acertar a discurrir la causa de su tardanza, empezaron a desmayar, desconfiando del suceso por faltarles Guaicaipuro, quien por lo acreditados de su valor y opinión adquirida de soldado, había en todo de dar la disposición para lograr el acierto; y teniendo su falta por presagio de alguna fatalidad, empezaron a desunirse los caciques, retirándose algunos con sus tropas, sin atreverse a proseguir en la empresa, que miraban ya con desconfianza; los otros, teniendo por descrédito el desistir de aquel lance en que tenían empeñada la opinión, moviendo sus escuadrones se fueron acercando a la ciudad…'

La derrota de los Caracas, ante un oponente superior, prevenido y alerta, fue total.
Sale Losada con los jinetes armados

'…dejando a los demás en guardia de las casas, para que los indios con la confusión no las quemasen, y apellidando a Santiago acometió al enemigo en la sabana, abriéndose camino con las lanzas, que en aquella confusa muchedumbre, ni erraban golpe ni perdonaban vida, cuando los infantes por su parte, embarazando las rodelas y esgrimiendo los aceros, empezaron a dividir aquellos cuerpos desnudos, que embarazados con su misma multitud, poniéndose en desorden se fueron retirando, atropellándose unos a otros por asegurar las vidas…'

Fue tan grande la victoria castellana que la confederación local de caciques de Caracas se disuelve. Jamás en adelante volverán a atacar unidos. Guaicaipuro no se rindió. Mantuvo su amenaza en el interior, tras la cerranía. Solo con su muerte pocos meses después se logra finalmente la fundación de ambas ciudades a inicios del año 1568, ya menos amenazadas. A lo sumo los Mariches mantendrán la unidad entre sus caciques propios uno o dos años más.

Días luego de la batalla de Maracapana, bajo quizás cierta fecha de significación religiosa acordada por los vencedores, algunos caciques de la costa se acercan a El Collado, a “dar la paz”. Son Guaicamacuto -el antiguo y poderoso cacique amigo de Fajardo, que luego se le opone y que ante Losada finalmente se rinde- y Mamacuri (o quizás Mamocuri, de Mamo).

Así se ganó Caracas. Fue obra de Losada.

Tomado de ‘La Jornada de Caracas 1567-1568'

Por  Juan Gant-Aguayo, tomado de facebook Caracas la de los techos rojos

sábado, 7 de enero de 2012

Epa Isidoro

Isidoro Cabr­era nació el 2 de Enero de 1880, durante el segundo gob­ierno del gen­eral Guzmán Blanco, en la casa iden­ti­fi­cada con el número 2 entre las esquinas de Teñidero y Chimb­o­razo, par­ro­quia La Can­de­laria. Era hijo de Vic­torino Cabr­era, de ori­gen canario, de quien heredó la pro­fe­sión de cochero a la que se dedicó desde 1911, fecha que data su licencia.
Fué sin embargo su decisión de dedi­carse a este ofi­cio muy román­tico, por no decir ide­al­ista. La Cara­cas a finales del siglo 19 era todavia una ciu­dad con las calles de tierra a la que no habia lle­gado el pavi­mento, salvo las prin­ci­pales que al ser empe­dradas hacían que los cas­cos de los cabal­los soltaran grandes chis­pas, y donde todo el trans­porte, tanto de per­sonas como de mer­cancía se hacía a trac­ción de bestias.
Era la ciu­dad de los car­ru­a­jes de todo tipo, desde la sen­cilla tar­tana de dos ruedas hasta el lujoso lando de cua­tro ruedas y techado, pasando por berli­nas fae­tones. Asi mismo, era la ciu­dad de las car­retas y car­retil­las, de los arrieros y sus recuas de mulas que traían los pro­duc­tos agrí­co­las por la via del pueblo de Sabana Grande, de Petare, Cha­caito y de Chapellin.
Sin embargo ya Cara­cas había empezado a cam­biar desde el septe­nio del primer gob­ierno de Guzmán Blanco (1870–1877) el cual pro­puso la mod­ern­ización de la ciu­dad al estilo Francés, y acometió impor­tantes obras públi­cas como la edi­fi­cación del Capi­to­lio Fed­eral, la remod­elación de la Plaza Boli­var, el alum­brado público a gas y la con­struc­ción del fer­ro­car­ril Caracas-La Guaira, inau­gu­rado en 1883, por motivo de la cel­e­bración del Cen­te­nario de El Lib­er­ta­dor Simón Bolívar.
Guzmán Blanco, quien se dis­tin­guió en su interés por la mod­ern­ización del trans­porte público, autor­izó en su segundo mandato el fun­cionamiento de la primera empresa de tran­vías tirado por cabal­los, que comenzó a operar en 1884. En 1907, estos tran­vías fueron susti­tu­i­dos por los eléc­tri­cos, de tal modo que el cochero Isidoro se ini­ció en una pro­fe­sión que tenia sus dias contados.
Isidoro Cabr­era tenía su parada en la esquina de Mon­jas a San Fran­cisco, a veces en los alrede­dores del Capi­to­lio o en la Plaza Alt­a­gra­cia. Fué el único cochero caraqueño cono­cido por su nom­bre y apel­lido, ya que a los demás cocheros se les llam­aba por sus apo­dos o sobrenom­bres como: Padre Eterno, Raban­ito, Mon­señor, Mas­cav­idrio, Tan­talo, Mor­rongo, el Ele­gante ‚entre otros, y a los que podían con­seguir con sus vehicu­los esta­ciona­dos en las esquinas cén­tri­cas de la Capital.
En cierta ocasión, el Gen­eral Igna­cio Andrade, pres­i­dente de la República, quien fuera der­ro­cado el 19 de Octubre de 1899 por Cipri­ano Cas­tro y su rev­olu­ción restau­radora, solic­itó sus ser­vi­cios para que lo con­du­jera a la casa de Gob­ierno.  Isidoro y el Gen­eral con­ver­saron durante el trayecto y el Pres­i­dente se intereso en ayu­darlo. Al descen­der del car­ru­aje le dijo;: Vuelva mañana que le voy a regalar un coche! .Así  Isidoro obtuvo un coche nuevo, un “Vic­to­ria” inglés, obse­quio Presidencial.
Isidoro ofrecía a los caraque­ños sus ser­vi­cios de trans­porte util­i­tario recre­ativo. A comien­zos el siglo 20 era usual pasear en la ciu­dad hacia la recién inau­gu­rada urban­iza­cion El Paraiso, donde qued­aba el hipó­dromo de la época, o hacia El Cal­vario. La Can­de­laria, o Gam­boa. Tam­bién ofrecía sus ser­vi­cios a los trasnochadores que se dirigían a los night­clubs de moda, o a los novios y a sus ami­gos que llev­a­ban ser­e­natas a las muchachas. La Lechuza o coche noc­turno era una viva estampa del ayer.
Cuenta el cro­nista Lucas Man­zano que Isis­doro Cabr­era man­tuvo una sol­i­dad amis­tad con Don Julián Sabal, hom­bre de fig­u­ración en los cuadros de la sociedad caraqueña y cliente del pres­ti­gioso Club Venezuela a donde Isidoro lo traslad­aba y lo aguard­aba hasta que saliera. En las pági­nas de Cara­cas de Mil y Pico, se lee: Dias antes de pos­trarse en el lecho, Don Julián Sabal, sin que Isidoro lo sospechara escribió de su puño un pár­rafo en el cual le dejaba su ropa, zap­atos, y unos cuan­tos boli­vares para que refor­mara su coche y ren­o­vara los cabal­los. Isidoro Cabr­era, el fiel y hon­esto cochero tra­jeado todo de negro y con  los cabal­los enlu­ta­dos, acom­pañó al cortejo fúne­bre durante todo el recorrido.
Los coches hal­a­dos por cabal­los comen­zaron a desa­pare­cer con la lle­gada del tran­vía, el tren, los auto­moviles y los autobuses.
Es por ello que a Isidoro, por man­tener su ofi­cio hasta muy entrado el siglo 20, se le con­sid­eró el último cochero de Cara­cas, pro­fe­sión que ejer­ció hasta el dia de su muerte en 1963.




martes, 7 de junio de 2011

El Barrio de la Trinidad

Transcribo para ustedes el texto que conseguí de José García De La Concha, en su libro "Reminiscencias", el cual amo con locura ... es uno de los texto, que no me canso de leer, una y otra vez, a pesar de sus hojas amarillas y el estado en que las huellas del  tiempo inexorable,  va dejando en cada una .. 

Sé que para los habitantes de La pastora y Altagracia, será un manjar ...


" Llegando a Caracas por el camino del cerro a la Puerta de Caracas, más debajo de los tanques de Catuche, en una jaula de hierro, se contemplaba la cabeza de José Félix Ribas, monumento que hace recordar que allí estuvo expuesta la auténtica para escarnio de los patriotas. Al frente del monumento existía una casa de corredor, o antiguo peaje. Bajábamos por anchurosa calle empedrada hasta la bifurcación: del lado derecho al boulevar Brasil, [sic] y del lado izquierdo, la ancha y soleada calle real de la Pastora. San Rafael, Medina, San Vicente y Torrero.

De Torrero se bajaba por una calle angosta y pendiente a Portillo. Esta esquina era muy interesante pues en tiempos de la Colonia, había sido como una especie de alcabala. Antes de la construcción del puente de Carlos III, se tomaba a la derecha el callejón del primitivo convento de la Merced (casa que conocí cuando vivía en ella mi recordado amigo Pancho Unda), para salir al Guanábano por lo que llamaban “ el desbarrancado”, y de allí a “La Caja de Agua” para seguir por la calle de El Comercio hasta San Pablo.

Al estar construido el puente antes nombrado, el camino era recto hasta La Trinidad. Esta fue la vía por donde condujeron hasta San Francisco los restos de “El Libertador”.
Esta era una de las zonas de Caracas más llenas de recuerdos de todos los tiempos de su existencia.

Casi todos los terrenos eran de propiedad de La Trinidad, unas de las iglesias de Caracas que sin ser parroquia, poseía más tierras, y que al convertirse en Panteón Nacional, desaparecieron como por encanto.

Pasando el Puente Carlos III, a mano izquierda, el filántropo Licenciado Agustín Aveledo fabricó un edificio, lo dotó de lo necesario y fundó un asilo de huérfanos. Loor a este gran caraqueño.

Contigua al Asilo, teníamos una casona sombría y de rara arquitectura que llamaban la casa de Boves. Allí vivió y allí se crió el estudiante Luís Correa.
A mano derecha, en una humilde casa vivía mi médico y amigo, doctor José Gregorio Hernández. Luego los jurados Blanco y después la preciosa quinta que le fabricó don Martín Sanabria a su esposa doña Ignacia Vollmer de Sanabria y conocida con el nombre de “La Villa Ignacia”. Esta “Villa Ignacia” tenía extenso terrero hasta la quebrada y en el existía un gran jardín de rosas, naranjos y cuyo portalón quedaba al lado del puente el Guanábano y adornado con unas bellas “trinitarias”. En todo el frente de este portalón desembocaba un callejón que daba acceso a la quinta Guzmán, y se decía que en la única casa existente por allí y de dos pisos, tenía el viejo Guzmán, don Antonio Locadio, su imprenta.
De la esquina de las Dos Pilitas hacia el norte quedaba la esquina “ El Solitario” y por allí se iba a la Sabana del Blanco, al Cementerio de los Hijos de Dios y a la Casa Madre. Entre las esquinas de El Solitario y La Casa Madre, se pensó y hasta se empezó a construir un terraplén.
Otra callejuela partía de Las Dos Pilitas llamadas La Jabonería. Pero la principal, ancha, empedrada, seguía hacía la Trinidad. A mano derecha una casa, llamada La Casa de los Ladrillos, con una gran arboleda, ocupando casi toda la manzana. Esta casona sirvió en un tiempo de cuartel, luego la adquirió doña María Francia de Palacios y la transformó en una bella residencia.
Del lado izquierdo, la bella casa-quinta Las Mercedes de doña Mercedes Palacios de Ochoa y donde nacieron y se criaron todos los Ochoa Palacio. Al lado la quinta habitada mucho tiempo por el general Ignacio Andrade. Continuaba callejón por medio, un vasto terreno vácuo con grandes muros antiguos, derruídos y negros musgosos que nos decían, habían sido del antiguo cuartel de La Trinidad derrumbado con el terremoto del año doce. Después seguía el actual cuartel, un cuadrilátero de cien metros por cada lado y situado de acuerdo con los Puntos Cardinales teniendo su entrada por el centro de su cara que mira al sur.
En el ángulo sur-este estaba emplazado un primitivo cañón que llamaban “La Cochina” y hasta le sacaban versos. Antes de ser “La Planicie” lugar militar, el cañonazo de Año nuevo lo daba “La Cochina”, atacada de pólvora, como también en algún caso extraordinario.
Se llegaba a la esquina de La Trinidad, (hoy de El Panteón). En el ángulo noreste estaba la casa donde habitó Humboldt en su estada en Caracas en 1800. Del lado norte de la plaza, alzaba sus dos torres góticas la capilla de la Santísima Trinidad, que Guzmán transformó en Panteón e hizo construir otra capilla, más pequeña, tres cuadras al sur-este. Este Panteón cuando yo lo conocí, estaba pintado de amarillo por fuera y blanco de cal por dentro, con pisos de ladrillos todo muy sencillo y limpio, único lujo, aparte de los cincos monumentos (el del Libertador en la nave central y a los lados los de Sucre y Miranda y del lado izquierdo los conmemorativos de la Federación y el de La Libertad de los Esclavos), era la gran araña de cristal de roca y de lado a lado dos preciosas luminarias, enormes, también de cristal de rocas y que hacían juego con la araña.
La Plaza bastante descuidada era el pastizal de burritos de los pacíficos vecinos que todavía se sentaban en sus sillas de cuero crudo en las puertas de sus casas.
Al este de la Plaza vivía el célebre pintor de flores Rivero Sanabria, quiero una lágrima para este gran artista, quién invalido por una parálisis, se hizo construir un caballete especial para desde su cama de enfermo poder pintar cuadros, que hoy valen una fortuna.

Fuente: José García de La Concha
“Reminiscencias” Caracas 1962/ Editora Grafos C.A.
Recuerdos de la caracas de 1900.

Monumento al General José Félix Ribas, Puerta de Caracas, Calle Real de La Pastora, Caracas (f. Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana,)








Imagen agregada al Grupo Caracas en Retrospectiva




Las imagenes han sido tomadas de Viejas Fotos Actuales

martes, 24 de mayo de 2011

La Estación de Ferrocarril Central

Podriamos decir que de los ferrocarriles de Caracas, el más pobre era el Ferrocarril Central, que muchas veces tenía que funcionar con leña por no tener carbón. Pero es indiscutible que esta empresa se daba el lujo de tener la mejor estación. Montada en edificio cónsono para su finalidad, cómodo, elegante.

Mister Ross, quién la construyó imitando las estaciones de ferrocarril de San Petesburgo Moscu donde el trabajó, era un inglés, solterón, enemigo acérrimo del matrimonio y no porque fuera enemigo de las mujeres, no, él era muy fino y cortés con ellas y hasta enamorado, que era el musiú. Lo que le pasaba es que él, sustentaba la idea que el matrimonio debia ser, no ceremonia pública, sino un acto privado entre hombre y muejer, convenio celebrado entre los padres y las autoridades.

El Ferrocaríl Central era el más antiguo de Caracas, pertenecia a una compañia inglesa, y en su accidentada vida tuvo muchos adminitradores, siempre de esta nacionalidad, hasta su nacionalización en 1940.

La Estación de Ferrocarril  Central era cómoda, espaciosa, tenía un gran salón de espera, con largos y cómodos bancos, los que también se encontraban en el andén. Allí se respiraba un ambiente verdaderamente ferroviario, se sabia que uno estaba en una estación de ferrocarril,  aunque los viajes fueran más bien paseos.

Muchas veces nos ibamos a la estación solo por la distracción romántica, más que por curiosidad de ver quién iba o venía. A la derecha teníamos  un bar bien provisto de buenas bebidas, sandwiches, dulces y caramelos.

Para mí era una delicia de noche, tomar el tranvía del Central en la Plaza Bolívar y después de recorrer la Calle Real de la Candelaria saludando a tanta cara bonita, llegando a la esquina de Alcabala que el motorista metía lo que llamaba los "ocho puntos" y como alma que se lleva el diablo, pasábamos por el "paradero" para terminar en la estación donde  nos bajábamos,  tomábamos una cerveza fría y cuando llegaba el último carro  que llamaban "la orden" eran ya pasadas las diez y entonces nos regresábamos sólo con el desconsuelo de que la mayor parte de las ventanas estaban cerradas.

¡ Oh querida estación, vieja amiga de nuestros mejores días!  ¡ Cuántas cosas se van contigo, pero siempre vivirás en el recuerdo de los que tuvimos la dicha de conocerte y amarte !

Fuente: Reminiscencias / José García de la Concha
1962



1885, en Londres,/ Gran Bretaña, el Gral. y presidente venezolano Antonio Guzmán Blanco firmaba con una empresa inglesa un contrato para la construcción del Ferrocarril Central de Venezuela, entre las ciudades de Caracas y Valencia, por la vía de Santa Lucía.

Su primer tramo, de Caracas a Petare, fue inaugurado el 4 de septiembre de 1884 pero múltiples problemas retrasaron su culminación hasta 1910, cuando el tren pudo llegar hasta la población mirandina de Santa Lucía.

La estación Caracas estaba ubicada en Quebrada Honda y recorría hacia el este hasta empalmar con Petare y continuar hacia los valles del Tuy. Durante mucho tiempo fue el medio utilizado por los caraqueños para sus paseos hacia el salto de Los Chorros.

sábado, 23 de abril de 2011

Denuncian demolición sigilosa de bien patrimonial

Denuncian demolición sigilosa de bien patrimonial


Están destruyendo a escondidas el edificio Toki Eder, de estilo neovasco
JAVIER BRASSESCO
EL UNIVERSAL

sábado 23 de abril de 2011 12:00 AM

A pesar de que se trata de una de las representaciones más acabadas que existen en la ciudad de la arquitectura neovasca, con todo y que está protegido por la Ley de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural, sin importar que forme parte de los bienes patrimoniales de la ciudad, el edificio Toki Eder está siendo demolido.



No se aprecia a simple vista, pues la fachada aún no ha sido tocada, pero la edificación la están destruyendo por dentro, al parecer por orden del propio dueño, quien desde hace muchos años está luchando por demoler este edificio al sur de la plaza Brión, que tiene unos diez años deshabitado.



Ayer se congregaron frente a la fachada del Toki Eder varios grupos de defensa del patrimonio cultural de la ciudad (Fundamemoria, Caracas en Retrospectiva, Docomomo Venezuela, Salvemos al Toki Eder, Una Sanpablera en Caracas, Grupo de Información y Documentación de la Antigua Caracas, La Venezuela por Conservar y Proteger) y también el diputado Luis Barragán, miembro de la comisión de cultura de la Asamblea Nacional, para advertir al público sobre esta "demolición sigilosa" que se está perpetrando contra un bien que desde el año 2005 fue declarado de interés cultural de la Nación.



El alcalde de Chacao, Emilio Graterón, dijo que en efecto la policía municipal impidi´o el día jueves que se siguieran llevando adelante las labores de demolición: "Es un bien de interés cultural de la nación, no permitiremos que sea demolido por dentro. Entiendo que en el Instituto de Patrimonio Cultural existe una autorización para poder intervenirlo, pero hasta tanto el IPC no dé la autorización, no emita una orden oficial, desde el municipio no permitiremos que lo sigan destruyendo".



Informó además que a nivel municipal, ni en la dirección de ingeniería ni en ninguna otra existe alguna solicitud de intervención de esta edificación.

El diputado Barragán dijo que el miércoles llevará este tema a la Comisión de Cultura de la Asamblea Nacional, y resaltó el valor de una movilización espontánea que se gestó sobre todo a través de los medios virtuales, pues fue convocada por el grupo Caracas en Retrospectiva a través de Facebook.

Hannia Gómez, directora de la Fundación de la Memoria Urbana, dijo que concretarse esta demolición ("perpetrada en Semana Santa con toda la alevosía), sería la segunda que se hace en Chacao en solo un mes, pues en la avenida principal de Campo Alegre se acaba de derribar la casa San Luis, obra arquitectónica de estilo Art Deco: "Esto es ilegal, no pueden acabar con la memoria de una ciudad a martillazos".

domingo, 17 de abril de 2011

Tradición en Semana Santa /El Bienmesabe


Ninguna mujer en toda Caracas preparaba el bienmesabe como la negra Contemplación. Se decía que el suyo tenía cualidades casi mágicas. Que quien lo comía sentía que sus calamidades entraban en reposos y serenidades.


Su secreto no estaba en la receta, sino más bien en las horas. Lo preparaba en la madrugada, antes del cantar de los gallos, cuando los cocuyos eran los únicos despiertos, por estar dedicados al arte de amar.

Así, en el silencio de la noche, Contemplación se iba a la cocina, y a la luz de velas, y sin emitir sonido alguno, preparaba su dulce. Su bienmesabe era medicina para el alma. Tomaba tres cocos grandes, los partía y les sacaba la pulpa. Esto lo ponía en un cazo y le añadía dos tazas agua caliente. Con un mazo iba triturando la carne blanca. Entonces, lo pasaba por un paño, para extraerle la leche al coco. Le agregaba entonces dieciocho amarillos y un puntico de sal.

Luego, en una olla, juntaba tres tazas y media de azúcar con una taza de agua, y lo llevaba al fuego, fuerte, muy fuerte, sin revolver, hasta lograr un almíbar a punto de hilo. Luego retiraba la olla, del fuego, y le agregaba la mezcla de carne de coco y huevos, y lo batía hasta lograr una crema. Esto lo llevaba de nuevo al fuego, y lo iba revolviendo lentamente, muy lentamente, hasta llegar al hervor. Entonces lo retiraba de la candela y lo dejaba enfriar un poco. Tomaba entonces un bizcocho que siempre tenía en la alacena, y lo picaba en rebanadas finas. En una dulcera de cristal, colocaba las rebanadas y las bañaba con medio vaso de jerez dulce. A seguir, una capa de la crema. Y luego una generosa capa de un merengue preparado con tres claras de huevo, media taza de azúcar y una pizca de canela, batido todo esto a punto de nieve.

Para antes que cantara el gallo, Contemplación tenía listo el bienmesabe, que colocaba a buen resguardo en un lugar fresco, alejado de la tentación de las hormigas y de otros antojadizos. O mejor dicho, Contemplación preparaba cada madrugada tres bienmesabes: uno para llevar al Convento de San Jacinto, otro para dejar en la Plaza frente al portón de la Catedral para los mendigos, y un tercero para la merienda de la casa, de Doña Carlota y visitantes, si hubiere alguno, y para el servicio. El mismo bienmesabe, sin diferencias. Doña Carlota era muy estricta en dos cosas: en que todos somos igualmente hijos de Dios, y en aquello del compartir.

Extracto de “La Mantuana”, de Soledad Morillo - http://soledadmorillo.blogspot.com/



La receta...

Ingredientes:

8 yemas de huevo

1 ½ taza de azúcar

3 tazas de leche de coco

½ taza de vino Moscatel, Coñac o Jerez

Un bizcocho de 5 huevos

Preparación:

Con algunas diferencia del bienmesabe preparado por la negra Contemplación…

1.- Batir las yemas con el azúcar hasta que queden de un color pálido y cremoso.

2.- Calentar la leche de coco, sin dejar hervir, y añadir poco a poco a la mezcla de huevos y batir bien.

3.- Llevar de nuevo esta mezcla al fuego, hasta que espese, pero sin dejar hervir.

4.- Agregar el licor (Jerez, Coñac o Moscatel)

5.- Se pincha muchas veces el bizcocho con un cuchillo y se le agrega la crema de coco aun caliente, procurando que el bizcocho quede bien empapado.

6.- Para adornar, preparar un merengue con 2 claras de huevo y media taza de azúcar pulverizada. Si se desea se puede espolvorear un poquito de canela.

sábado, 26 de febrero de 2011

Villanueva en tres tiempos

Nacido con el siglo, Carlos Raúl Villanueva -según palabras de Miyó Vestrini- quiso siempre expresar en su propio país toda una filosofía de la arquitectura que él mismo definió alguna vez como "compleja y contradictoria". Autor de la Ciudad Universitaria -su obra maestra sin duda-, la Galería de Arte Nacional, el Museo de Bellas Artes, el Museo de Ciencias Naturales, la Plaza de Toros de Maracay, el parque Los Caobos y la urbanización El Silencio, Villanueva ofrece una mirada subjetiva y sensual de la ciudad y su arquitectura, en su libro Caracas en tres tiempos
Hannia Gómez

"Es bueno recordar que una ciudad no puede ser considerada únicamente como obra de una sola generación; en ella deben existir testimonios reales de toda la historia vivida por su pueblo" Carlos Raúl Villanueva Una afición por las cosas entrelíneas nos hace volver a los dos-libros-hecho-uno de Carlos Raúl Villanueva, La Caracas de ayer y de hoy: su arquitectura colonial y la reurbanización de El Silencio y su versión ampliada Caracas en tres tiempos: iconografía retrospectiva de una ciudad. Al leerlo con finisecular suspicacia, encontramos en él a un solapado cuaderno de apuntes caraqueños, lleno de decenas de dibujos, recortes y anotaciones: el único de sus cuadernos que habría visto realmente la luz hasta ahora.


Primer tiempo
El primer libro, de exquisitas blancas tapas en papel Ingres flordelisado, impreso en París por los ilustres maestros impresores Draeger Fräres, tenía 110 páginas y dos ensayos: el intuitivo y amoroso "Caracas, ciudad colonial" del profesor de Arquitectura Precolombina y Colonial Carlos Manuel Möller y el lúcido "Caracas marcha hacia adelante" del urbanista francés Maurice E.H. Rotival.

Nació de una premonición. Villanueva había sentido la urgente necesidad de escribir para "recordar, aprender y estimular" la memoria de la Caracas colonial, que iba inevitablemente desapareciendo por la transformación urbana. Desde el año 1942, cuando arrancó la renovación de El Silencio, hasta el 26 de agosto de 1945, cuando se dan por terminadas las obras, Villanueva experimentó una catarsis arquitectónica. En los treinta meses transcurridos como una ráfaga había tenido, como dijo Rotival, "la audacia de llevar la dinamita y el bull-dozer al centro mismo de la ciudad." Su audacia barrió con una parte insalubre de la ciudad antigua para implantarle el nuevo y radiante "cristal de la ciudad moderna."

Lo grave es que los tractores también arrastrarían consigo el respeto a lo que quedaba de intocable en la ciudad... algo que nunca se cuenta en los libros de historia. Hay una máxima clásica en diseño urbano: una renovación trae consigo más renovación. Desde entonces, una reacción en cadena de promotores, propietarios, ingenieros y arquitectos desbocados por igual se abocó a "rascacielar a la criolla" borrando el pasado en aras de la modernidad. Aunque Villanueva lograra que se reconstruyera en el patio del Museo Colonial de Llaguno la portada de la casa No. 74 de la Calle del Triunfo, demolida para dar paso a uno de los bloques, y aunque todo su proyecto buscaba "hallar un enlace con la ciudad colonial y recordar algunos elementos de su arquitectura básica," el Mea Culpa no fue suficiente. La ciudad se despertó, estirando los brazos con tan irreverente violencia, que no ha parado hasta hoy.

Apenas publicado su libro en 1950, Villanueva ya empezó a temer por las joyas que tan delicadamente ensalzase (a veces creemos que lo que publicamos crea un halo protector en torno a nuestros bienes sobre la tierra). La misma Gobernación del Distrito Federal se las llevaba por delante por decreto público: en 1953 le demolía su adorado Colegio Chávez y el propio Museo de Arquitectura Colonial.


Segundo tiempo

Entre el primer libro y su reedición de 1966 (Ediciones de la Comisión de Asuntos Culturales del Cuatricentenario de Caracas), median algunas sutilezas, aparte de dieciséis años y una completa Ciudad Universitaria. Tiene el doble de páginas, y viene ilustrado con planos y cortes inéditos que atestiguan el espacio arquitectónico: "La parte colonial logré aumentarla sensiblemente para hacer mayor ilustración de los principios que confirmo." Incluye además un rápido escrito sobre la Iglesia de Santa Teresa y el Teatro Municipal "a manera de eslabón entre pasado y presente" y el ensayo "Caracas allí está..." de Mariano Picón Salas, publicado en El Nacional en Febrero de 1951 celebrando la aparición del primer libro.



Picón Salas compartía su vértigo ante el crecimiento que se amenazaba "madrepórico". Ambos estaban aterrorizados ante la posibilidad de "una ciudad, que si se le dejara crecer sin pauta ni norma, sin algunos principios claros de belleza y urbanismo, llegará al cabo de unos años a ser fea -a pesar del espléndido marco natural..." Junto a Villanueva, a Möller y a Rotival, Picón Salas da fe de su adhesión al linaje urbano hispano y a la herencia de la arquitectura mediterránea. Uno para todos y todos para uno por la línea directa de la tradición latina, profesando un rechazo a la ahistoricidad del general Guzmán Blanco: "La modernidad iconoclasta de Guzmán atropellaba los estilos artísticos y su coherencia interna con el mismo ímpetu con que atropellaba las constituciones; ejemplariza ese fenómeno venezolano del hombre que cree que la historia comienza con él y que su criterio debe servir de canon hasta en lo que ignora." Picón Salas culmina triunfal anunciando a los "nuevos León Batista Alberti que harán una ciudad para enorgullecernos." Es entonces cuando el nuevo libro empieza a revelarse, transformándose en testimonio de "la permanencia de los principios y normas que prevalecieron en las edificaciones coloniales". Usando el recurso de indagar en las sugestivas estampas del pasado, buscando indicios de la historia urbana y arquitectónica, inicia una pesquisa que llega hasta el mercado de las pulgas, un rastreo del "Rastro," pescando imágenes en colecciones antiguas y especializadas como la de Eduardo Röhl. Y dice significativamente: "Las leyendas que acompañan los grabados y las fotografías de la Caracas colonial no expresan sino las impresiones que me han producido viéndolas como arquitecto y urbanista. " Los cuadros de Bellerman, los escritos de Humboldt, las fotos o dibujos de Lessman, las litografías de H. Neun, los grabados de F. Lehnert, y las fotografías de A. Boulton, A. Brandler, o de P. Gasparini, son indagados por una mirada acuciosa que busca las pistas de la memoria, para que ésta hable.

Luego están los dibujos. Plantas y cortes de una arquitectura y una ciudad que ya nadie garantiza que será conservada. Levantamientos premonitorios, dibujados con pasión y descritos ya casi con añoranza... ¡Cuánta razón tendría! Hoy todavía, buscando ese legado en su mayor parte desaparecido, tenemos que echar mano de sus dibujos: de no ser por ellos, poco sabríamos de la perdida "carpintería de lo blanco", de las "flores de gusto antiguo" y de los "alarifes desconocidos" de la arquitectura doméstica urbana de la Caracas tradicional. Nada los ha suplantado, nadie los ha tampoco reeditado. Nuestra historia de la arquitectura está escrita en incunables introuvables.

Tercer tiempo
En la carátula estilo años 60 del segundo libro quedaron los tres tiempos ya señalados: el primero, con un detalle de la puerta del Colegio Chávez, el segundo, con los balcones de El Silencio. El tercero es la imagen críptica de una ventana de romanilla al parecer de su casa, Caoma. Ese tercer tiempo, será, por lo tanto, el tiempo de la síntesis: el tiempo de la invención.

Alessandro Baricco, el joven escritor torinés de Tierras de cristal, escribió que "hay quienes llaman ángel al narrador que llevan en su interior y que les relata la vida." En el segundo libro, cada vez que aparecía una imagen de la arquitectura o la ciudad colonial, había un apunte al margen; esos apuntes en el papel fueron premonitoriamente escritos para ser destinados a un futuro que los realizaría alguna vez en piedra. Habiendo ya Villanueva realizado al libro su segunda lectura, ¿qué nos impide a nosotros ahora escucharlo, cual alado amigo? La tercera lectura la hará la voz que nos susurra en la espalda, indicándonos cómo hay que leer, señalándonos los indicios entre las páginas...



Conforme pasa el tiempo, más habría que ver a los dos libros de Villanueva en su forma primitiva de maqueta previa a su entrega a la imprenta, como una carpeta repleta de hojas sueltas siempre en crecimiento, llena de apuntes caraqueños, de ricas anotaciones, dibujos de colores y recortes de estampas y planos marcados encima, como era su costumbre. Lo que está aún por leer en el gentil cuaderno artesanal escondido entre los libros, cobra cada vez mayor importancia: ¡Qué quedó del apunte de las torres y de las esquinas de la ciudad colonial; qué del apunte del plano de original de Caracas; qué pasó con lo que decía en el apunte del cuadrilátero histórico; quién se acordó jamás del apunte de la iglesia de los Neristas, "mansión embrujadora" de Humboldt; cuánto hay de sugerente en el apunte de las portadas; cuánto en el apunte de los patios? ¿Cómo reactualizar el apunte de los árboles simbólicos? ¡Cuán bonito aquello del reloj equinoccial "levantado sobre robusta columna"! ¿Cómo retomar la queja del apunte de los ríos? ("¿Qué hicimos de ellos?"); ¿Quién se atrevería hoy a hacer el apunte de los puentes desde tales cauces resbaladizos; dónde están las pilas de agua del apunte de las fuentes, quién quiere levantarlas; qué escondía el apunte de la Casa Natal y de la iglesia de la Trinidad? ¡Oh, premonitorio apunte del Colegio Chávez ("esta última y preciosa joya de nuestra arquitectura colonial"), si te hubiéramos creído!; ¿Qué pasaría si asumiéramos de una vez por todas el talante austero del apunte de la casa de don Felipe Llaguno ("qué dignidad confería habitar allí"), o el de la escuela superior de música, o el de la casa de los Echenique; cómo apasionarse de nuevo por la "magnificencia y fuerza expresiva de las molduras y ornamentos" en el apunte de la casa del canónigo Maya; qué queja vieja hay que adivinar en el apunte de la Catedral, antes de las reformas de 1932? Verdades del apunte de los conventos; preguntas del apunte de las estancias: Anauco arriba, Anauco abajo; certezas del apunte del pueblo de Petare; claves del apunte de la casa de hacienda de los Villegas.
Para Villanueva Caracas fue, como para nosotros es, una "misteriosa ciudad, como la tierra prometida...", donde se perfilan infinitos la crítica, el deseo, y el proyecto.

El Colegio Chávez de Villanueva

Había en Caracas una casona colonial, construida en 1783 para don Juan de Vegas y Bertodano, que apasionaba a Villanueva. Esa casa conduciría su vida hacia horizontes inesperados. De una sola planta, de portada con inscripción y blasón de piedra y un frontispicio de frontón y vanos curvilíneos, desencadenó mil loas a su esplendor perdido: "la más hermosa entre todas las portadas de Venezuela", le cantó Gasparini. "Su arquitectura lo subyuga; cuando habla de las casas del período parece que es a ella a la que siempre se refiere: "Recordamos con nostalgia esas casas coloniales que adornaban nuestra capital, sencillas pero sugestivas, desaparecidas de nuestro ambiente, una tras otra..." La levanta, la dibuja, la escribe, la retrata, (es suya la foto del 65 en La arquitectura colonial en Venezuela), se la lleva a París en el recuerdo. Y allí, de un amor tan profundo, tan impregnado de eternidad, nació su primer libro. Ella habita todas sus páginas, pero no fue suficiente: también plenará los portales de El Silencio con su ondulante presencia, y las arcadas, donde renacerán las sensuales columnas de su patio...
 
El Nacional
18 de octubre de 1998
Papel Literario


Carlos Raul Villanueva acompañado de Alexander Calder en
Pampatar, Isla de Margarita


lunes, 21 de febrero de 2011

Puente Miraflores





Puente Miraflores :

Este puente, sobre la quebrada de los Padrones, se observa primero en el plano de 1890, y fue decisivo para incorporar la Pastora al centro de la Ciudad. Al ser inaugurado recibió el mismo nombre que la mansión edificada por el Presidente Joaquín Crespo para su residencia, al extremo de la misma calle, hacia el sur. Es curioso que lños planos de 1894 y 1896 no lo indican, y vuelve aparecer en el 1897; posiblemente en 1890 haya sido solo un proyecto no realizado. El Primer plano que indica su nombre es el de 1906.

Fuente: La Nomenclatura Caraqueña
Rafael Valery
Pag. 271

domingo, 20 de febrero de 2011

La Esquina de Pajaritos

Esquina de San Francisco a
Pajaritos 1960

Esquina de Pajarito


Hacia 1675 los padres franciscanos obtuvieron para su huerta y convento agua por cañería de cal y canto, y así se originó el Chorro de San Francisco, que primero dio nombre a esta céntrica esquina. En el libelo de Pedro García de Segovia, de 1733, se expresa que “…una cuadra más abajo ¨ [del convento de la Inmaculada Concepción] hay una fuerte en el claustro del convento de N. Serafico Padre S. Francisco con agua en la enfermería en la huerta del convento, y de esta agua salen dos chorros a la calle real…”

En el Terremoto de 1812 los frailes perdieron los títulos de sus derechos de agua, pero declararon que los tenían “por posesión antiquísima, incluso a la mitad de la caja principal, por haberla construido un religioso franciscano ingeniero”.

En los primeros años del siglo XIX ya la esquina había cambiado su nombre por el que hoy tiene, pero no se conoce con certeza el motivo. Doña Carmen Clemente Travieso afirma que la denominación se debe a que en las pilas de los franciscanos venían a beber pajaritos, “que alegraban la calle con sus trinos”; otros opinan que el nombre obedece a unos árboles cubiertos con la tiña de este nombre, Loranthus paniculatus, que hubo en el lugar. Pero muy bien pudiera ser que la pila de los frailes, de igual manera que las del León (Capuchinos) y de los Angelitos, que tenían grabadas o esculpidas las imágenes que les dieron nombre popular, ostentara la figura de las avecitas que tan comúnmente se asocian con el “poverello” de Asís. Es tradición muy arraigada que el santo podía comunicarse con los animales, y la iconografía franciscana abunda en ejemplos que lo representa rodeado de pajaritos.

Fuente: La Nomenclatura Caraqueña
Rafael Valery

martes, 15 de febrero de 2011

Caracas "“La belleza del paisaje está en su amargura”.

¿Ciudades no escritas?

Todo el que siente curiosidad por darle un significado a la vida
se ha preguntado al menos una vez por el sentido del lugar
y el momento en que ha nacido ¿Qué significa que yo
haya nacido en tal fecha en tal rincón del mundo?
Orhan Pamuk, Estambul

Quisiera adentrarme en una mirada capaz de lanzarme hacia personas, objetos y paisajes; sonoridades, redes de analogía, sensibilidad y comprensión. Mirada, luego las odiosas etiquetas: periodística por pretender el apunte de un hecho, registrar y mostrar las aventuras que marcan toda vida. Lo que podría ser literario estaría en el lenguaje que traduce la mirada y las palabras elegidas para darle cuerpo a la escena por retratar, procedimiento similar al del pintor detenido durante horas ante una colina o un muro al borde del derrumbe: contempla, capta matices, colores, escucha lo que le va diciendo el paisaje: entra en relación y da la pincelada, ráfaga de tinta sobre la hoja, transmutación de lo real en imagen, percepción marginal del instante. La escritura sería derivación y expresión de un ojo que desea y retrata, retiene y expulsa.

Propongo un recorrido por la ciudad. Elijo sitios por azar y gusto. Hago un mapa de lugares para retratar. Empiezo por el Oeste y voy moviéndome en desorden. La avenida Morán: tramo fino de carretera, cerro de un lado, abismo del otro, caminos de monte y basurales derramados cuando llueve. Plaza Pérez Bonalde: pensiones, peluquerías, tabernitas, refugio de inmigrantes de varias nacionalidades, acosados por la nostalgia; detenerse en cualquiera de estas fachadas –cubiertas a veces de amenazantes graffitis, buhoneros y licorerías en las que desde temprano se van agolpando los sedientos por matar el tedio de la tarde o la faena inconclusa– abre infinitas posibilidades de escritura. ¿Qué los arrastra hacia ese lugar y no otro? Mi amigo Yayo Agüero narra una anécdota de la zona. Data de los años sesenta. “Una de las cosas curiosas que ocurría entre Pérez Bonalde y Ciudad tablita, era que las familias del sector se vieron obligadas a identificar sus hogares con un cartelito que decía casa de familia, o familia decente, para diferenciarse de los burdeles que por aquel tiempo comenzaban a proliferar, los cuales eran fácilmente identificables: colocaban al frente un bombillito rojo que se encendía a partir de las seis de la tarde; las señoras más puritanas se persignaban espantadas, adivinando en ello una señal del fin del mundo”. En Caño Amarillo están las peripecias del Gardeliano y sus alrededores. En el Centro, las huellas casi inencontrables de lugares donde se reunían los grupos literarios Viernes y Sardio –este último frecuentaba el café Iruña, situado según Arturo Almandoz de Reducto a Municipal. Las rockolas que sobreviven en una Candelaria en la que vagó Ramos Sucre atiborrado de pastillas para lidiar con el insomnio y Julio Garmendia, tiempo atrás alojado en el Hotel Cervantes de la Avenida Urdaneta, hoy burdel. En Bellas Artes está el Alaska y el Ribot con su cortina de caracoles, dulce entrada a esa boca roja y vallenatera, Farolito local, el paisaje estruendoso se completa con el baño: un canal de concreto podrido para los meaos de cebada, conatos de golpiza, posibles atracos a la salida, fantasmas que bordeando el amanecer piden para un pasaje y desaparecen en un sendero apagado de árboles raquíticos y bombillos a punto de cortocircuito. San Agustín y sus músicos, boxeadores y bohemios de alto calibre. Sabana Grande y las historias desperdigadas por las barras de la Bajada y el Callejón de la puñalada. Las vidas secretas de la UCV. El río Guaire, merecedor de tantas meditaciones, retrato de fracaso y podredumbre sostenida. Los Caobos y sus paredes, altas y mohosas, han visto a perseguidores borrarse en laberintos de árboles. En la Avenida México, justo en la parte de atrás del Liceo Andrés Bello, hay un letrero cubierto de polvo y rastros de pintura. Colocado muy alto, como para no verlo. Dice: calle prof. Dionisio López Orihuela. ¿Quién sería este señor de peculiar nombre? Seguro trabajó en el Liceo donde Ramos Sucre también dio clases. Más arriba, vía San Bernardino, vivió Maja Poljak, nacida en Zagreb y de ascendencia judía. Fue perseguida por el nazismo y eso la obligó a cambiar su apellido de “Pollak” a Poljak, según refiere en un artículo su hijo Vladimir Villegas, tuvo que refugiarse en Italia y luego embarcar hacia Venezuela en los años cuarenta. ¿Contar una vida depende solamente de un asunto expresivo y de géneros periodísticos o literarios? Novela, poesía, crónica. Las opciones parecieran infinitas, los límites sutiles. Tal vez los temas mismos pidan la forma que le sea más provechosa.

Detengo el recorrido para preguntarme qué periódico –o revista– apostaría por un puñado de crónicas, entrevistas y perfiles de personajes incorrectos, salvajes y rabiosos. Gente que no ofrece verdades contundentes sino pliegues angustiantes de las cosas. Nada de famosos. Místicos del desastre ansiosos por ser escuchados, chilenos exiliados que hacen de libreros, vascos anarquistas refugiados en las cuerdas de sus guitarras, gente huyendo de otras vidas que en un instante dejan de estar soterradas: alguien las oye, las percibe. Tipos que pasaron de genios a vagabundos tristes, rayadores de paredes y teléfonos públicos. Músicos ambulantes, seres asqueados del mundo, recogedores de cartones. Utopistas sentimentales, tarotistas que alivian con sus dulces mentiras en bulevares, gente tiroteada por cámaras, teléfonos, o una mirada torcida.

Cuánto tiempo seguirán contenidas en el subsuelo de esta ciudad de techos rotos las historias de tanto vagabundo sin asidero y bicho marginado de la opinión pública. Ellos también son huella y memoria de Caracas. ¿Están fuera de los intereses mediáticos porque son “perdedores”, “fracasados”? Historias fuera de pautas y horarios de oficina. Queda arrastrar el lente del ojo, fijarlo, intentar escribir las vidas secretas y ruinas de una ciudad/isla con 443 años. En los puntos más recónditos de su geografía se alojan muchas de ellas. Juegan a mostrarse y esconderse. Conjugadas intuición e investigación, se podrán ir encontrando. Quizá paseante y reportero, seres ambulantes al fin, puedan juntarse en un solo gesto: registrar con una mirada deseosa por reconocerse en el caos que le tocó vivir. Así, pensando en la Caracas de hoy, no deja de rondarme la frase de Ahmet Rasim que Pamuk usa para abrir las puertas de su Estambul:

“La belleza del paisaje está en su amargura”.

 

Comparativa de la Esquina de Sociedad a Gradillas.
 
 
Fuente :
Alejandro Sebastiani Verlezza On 30 de Agosto, 2010

@prodavinci

lunes, 13 de diciembre de 2010





Entrevista a
Manuel Caballero
 (1931-2010)


Profesor:
Gracias por su pasión ..
QEPD

Manuel Caballero es madrugador. Se le consi­gue fácilmente antes de las siete de la mañana to­mándose un café en la panadería de Santa Fe.


Además, la vehemencia y el tinte personal que le imprime a todos sus análisis son las cartas de identidad de este historiador que gusta de lla­marse “escribidor” mas que escritor.
En ver­dad, más allá incluso del gourmet que hay en él, Caballero ha asumido la escritura torrencialmen­te.
El espíritu barquisimetano que lo habita lo dispone, sin tregua, para el entendimiento de cuanto ocurre ante sus ojos.
La curiosidad de Ma­nuel encuentra cauce en los distintos frentes que atiende: el ensayo, la crónica periodística, la do­cencia, el humorismo, la historia y Hanni Ossott (la poeta y ensayista con quien está casado desde hace algunos años). Si la poeta indaga en los ve­ricuetos de la nocturnidad Manuel es todo lo con­trario: busca la luz como un topo que, súbita­mente, desea dejar de serlo.


Del afán por comprender, por explicarse, nacen últimamente varios títulos: El discurso del de­sorden, Las Venezuelas del siglo veinte, un en­sayo sobre el General Gómez y El orgullo de leer. Algunas de las luces que el autor ha dejado prendidas son las que iluminan la conversación siguiente.


¿Cuáles títulos incluiría en una Biblio­teca personal para la comprensión de Ve­nezuela?


Toda escogencia es un reto y toda antología es una mutilación. Con esto no digo nada original, pero sí algo cierto. En todo caso, no puede re­flexionarse sobre Venezuela sin referirse a algu­nos autores, pero, debo aclarar que yo, Manuel Caballero, no puedo responder a esta pregunta sino desde un punto de vista estrictamente per­sonal. La Historia Constitucional de Gil Fortoul es fundamental. Esta historia reúne el rigor cien­tífico y la buena prosa, dos ingredientes difíciles de conseguir. Luego, creo que los libros de Vallenilla Lanz, en particular el Cesarismo Demo­crático, tienen las mismas buenas características de Gil Fortoul. Aunque alejado de mí en cuanto a concepción de la historia pienso que El Regente Heredia de Mario Briceño Iragorry es un libro, también, fundamental. Es posible que Don Mario sea menos denso que los anteriores en cuanto a su posición historiográfica, pero sí es superior literariamente. Incluyo, por supuesto, a Mariano Picón Salas con toda su obra y, básica­mente, con Comprensión de Venezuela. Hacia estos autores tengo una particular debilidad por­que, evidentemente, mi género literario es el en­sayo.


En anteriores oportunidades le he oído continuar la lista del ensayo con J. M. Briceño Guerrero y Juan Nuño. Del pri­mero, ¿se refería al Discurso Salvaje?
No, para nada. Me refería sobretodo a su úl­timo libro Amor y terror de las palabras porque es un modelo de ensayo. Es decir, allí el ensayo es una reflexión en la que te paseas a través de los géneros sin aferrarte a ninguno en particular. Además, la lista continúa con Francisco Rivera que es una de las primeras plumas de este país. Su ensayo sobre Malcolm Lowry es magistral; y aunque en menor grado, el de Pessoa. Lo que logró con Lowry no lo logra enteramente con Pessoa: éste se le impuso.


El ensayista e historiador que hay en us­ted ¿qué piensa sobre la Venezuela de hoy?


A medida que pasan los años se combinan en mí dos actitudes; el optimismo y el escepticismo. Esta combinación se da también en mi escritura desde hace unos años. No se puede decir que Venezuela no haya avanzado nada, que esté en el suelo, porque eso no es así. Si compara al país “que era” con el país “que es”, el cambio es impresionante y no creo, como se cree comúnmente, que todo se lo debamos al petróleo. Tan sólo ver cómo hemos soportado la crisis actual es indicativo de una ac­titud bastante positiva. Por otra parte, desconfío de cierto discurso político, por lo general gran­dilocuente que, entre otras razones, ha hecho que el pueblo venezolano se desprecie profundamen­te. Esto está demostrado con encuestas y traba­jos de investigación: los venezolanos nos des­preciamos profundamente.


Nuestro carácter hispano contribuye mu­cho al cuadro del auto-desprecio.


Si, pero al lado de aquel discurso político, ac­tualmente contribuye mucho con esta actitud au­to despreciativa de Arturo Uslar Pietri.
¿Cómo?
El insiste demasiado en nuestras lacras y tie­ne una audiencia muy grande. Más aún hoy, cuan­do nadie puede pensar que busca poder personal o que tiene aspiraciones presidenciales. Pero te lo digo con toda franqueza, tengo una tremenda desconfianza hacia esa actitud de Catón. Es una actitud necesaria, pero pierde su objetivo y se transforma en pesimismo estéril cuando se hace sistemática. Con estas afirmaciones no persigo destacarme por el escándalo al enfrentarme a la actitud de un hombre que todo el mundo acata. Pero como ya yo no soy un jovenzuelo, espero que se entienda que no apelo a esto para lograr notoriedad. Además, esta opinión sobre Uslar no invalida para nada la estima intelectual que tengo por él; y que conste que esto no es un saludo a la bandera. Hay un Uslar que admiro y otro que no me dice nada: el Uslar de la tele­visión, de Pizarrón. En cambio, admiro el Uslar de los cuentos y el de Las lanzas coloradas.


El Uslar de las crónicas de viajes es en­cantador.
Sí, es cierto, es muy grato. Uslar es más gran­de cuanto más se despoja de su propio bronce.


Uslar no está solo en lo del pesimismo. También tuvo esa actitud Pérez Alfonzo y, hoy día, Liscano también es escéptico.


El pesimismo de Uslar es fundamental, esen­cial y el de Pérez Alfonzo fue, digamos, casuísti­co, coyuntural y, en todo caso, la audiencia de éste fue menor que la de Uslar. El otro que citas es distinto. En Liscano hay una contradicción en­tre su pesimismo y su actitud vital que es de un incontenible optimismo. Cuando alguien lee a Liscano piensa que es un viejo engrinchado, pero cuando ves cuánto es capaz de entusiasmarse, surge su contradicción. A mí me simpatiza mu­cho la actitud de Liscano: la contradicción per­manente entre pesimismo y optimismo me re­sulta muy atractiva.
Regresando a su biblioteca personal ¿La forman otros géneros aparte del ensayo?
En el terreno de la poesía pienso que los más grandes de toda la historia poética venezolana son Ramos Sucre, Gerbasi, Sánchez Pelaéz y Cade­nas. Estos son los fundamentales. Debo adver­tirte que nunca he sido un gran lector de poesía y además, es posible que en mí ocurra algo muy común entre los escritores, es decir, que les es difícil reconocer el talento de quienes son meno­res o, simplemente, no se interesan por los que vienen después. Una insensatez.
Sí, pero muy común. Aparte de estos cuatro, debo decirte, que me gustan otros poetas, entre ellos especialmente Montejo.
¿Y los narradores?
Pondría en el estante de mi biblioteca Compa­ñero de viaje, Día de ceniza, casi todo País por­tátil, más Cantaclaro que Doña Bárbara y, por supuesto, Las lanzas coloradas, aunque posible­mente sus cuentos tengan más vigencia. También Las memorias de mamá blanca; y Pocaterra y Arráiz en literatura testimonial, junto con José Vicente Abreu en menor dimensión.
Volviendo al pesimismo ¿no le parece que se fundamenta en que América La­tina va, sin salida, en el barco de un populismo de consecuencias insospechadas?


Entre quienes han planteado últimamente ese problema del populismo en los términos más correctos se encuentra, a mi juicio, Diego Bau­tista Urbaneja, quien rechaza lo de “populismo” a guisa de comodín, si no se aclara antes qué cosa se entiende por populismo. La verdad es que hoy es una moda atacar al populismo. Todos van por ahí. Carlos Rangel, Mario Vargas Llosa y Octavio Paz aparecen hoy como los teóricos del ataque al populismo y los demás se van nave­gando cómodamente tras estos dos últimos nom­bresotes. En lo que me concierne, como escribi­dor me he opuesto durante años al movimiento político que en América Latina y particularmen­te en Venezuela se conoce como populismo. Pero por moda, no lo haré. De tanto hablar de eso, hoy no se sabe qué diablos quiere decir “popu­lismo”. En principio, la voz proviene de pueblo, y hoy por hoy lo que en el fondo sostienen los teóricos del antipopulismo es que ha llegado el momento en que la chusma, el pueblo, dejen de opinar, dejen de “meterse en política”.


¿Usted cree que eso es lo que plantean Paz, Rangel y Vargas Llosa?


Por lo menos es lo que han percibido los que se apoyan en ellos.
¿Acaso las realizaciones del populismo no son lo suficientemente desastrosas co­mo para que nazcan tesis contrarias?
Tienes que decirme primero qué es populismo. Vargas Llosa en Perú ¿qué fue lo que hizo, a quién le hablo?, ¿ no utilizó el discurso popu­lista, también? Entonces, el problema es otro.
Como escritor venezolano ¿cuán lejos está la profesionalización de éste en el país?
Reflexionando sobre mi vida como escribidor he llegado a la conclusión siguiente: escribir no es una profesión ni un oficio, es un destino. Abel Posse en su discurso cuando le dieron el premio Rómulo Gallegos dijo algo que me ha hecho pen­sar, dijo que la profesión del escritor no conoce vacaciones, día feriado ni jubilación. Es decir, hasta el momento de la muerte el escritor estará buscando una palabra. En este sentido es un destino. Cuando estudiábamos quinto año de ba­chillerato nos preguntaron a Rafael Cadenas y a mí qué deseábamos ser en el futuro. Respondí, ingenuamente, que quería ser escritor y Rafael dijo: “quiero ser un comunista toda mi vida”. El ya era un escritor, yo no. Sin embargo, desde que me conozco estoy escribiendo y puedo de­cir que he fracasado en todos los órdenes menos en éste. Pero, ¡cuidado!: no estoy pretendiendo con esto ser un escritor “exitoso” sea comercial o “artísticamente”. Lo que quiero decir es que escribir es lo que mejor se me da.
Sus alumnos dicen que es un buen profesor.
No sé; no creo, o por lo menos no siempre: como suele suceder, debo haber sido inicialmente un profesor bastante malo, por lo inseguro; y además nunca he servido para estar dándole lec­ciones a nadie: es una actitud que me repugna. Tampoco me he interesado en tener discípulos, aunque algunos alumnos me recuerden todavía con cariño y lo que es más importante, con es­tima.


El Caballero investigador ¿de dónde viene?


El galán, el seductor que siente atracción por la mujer, o por el trabajo que lleva al logro de la mujer, a medida que pasan los años se va dan­do cuenta de que todo lo anterior al orgasmo tiene un encanto extraordinario. Lo que te quie­ro decir con toda esta paja erótica es que mi pa­sión es entender y hacer entender a un lector eventual lo que he reflexionado y en esto, antes de esto, está la investigación.
Ahora bien, a mi un archivo como tal me im­porta poco, pues, para seguir con el mismo sí­mil, son tan estériles como para el hombre nor­mal las revistas de desnudos. Tú no vas a un ar­chivo sin saber qué estás buscando. Tú vas allí a interrogar un documento; sabes qué te propones, previamente.


Su trabajo sobre Betancourt, un ensayo sobre Gustavo Machado y otro acerca de la personalidad de Gonzalo Barrios hacen evidente su interés por los personajes. ¿La biografía o la novela están entre sus proyectos?


Entre mis proyectos inmediatos está escribir una biografía de Juan Vicente Gómez. Tiene in­gredientes tentadores, incluso su intimidad, quie­ro decir su falta de.
¿Y las Confesiones imaginarias de Ra­món J. Velásquez?


Es un libro muy bueno. Siempre he dicho que debería conocerse más fuera de Venezuela. Es un libro brillante, pero no es la biografía de Gómez, ni tampoco pretende serlo: es, en cual­quier caso, la biografía de Ramón J. Velásquez… Ese es Ramón Velásquez, y por eso es un libro excelente. Pero yo me imagino escribiendo una cosa muy distinta: para comenzar, ni soy andino ni viví el gomecismo…


Fuente: 1986 Fuente Prodavinci
Imagen: Autoretrato con Rafael Cadenas y Manuel Caballero. 2007