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viernes, 25 de octubre de 2013

La Plaza de la Misericordia" y algo más

"Sombrío estaba el "Parque de la Misericordia" bajo el reír silencioso de la fontana indígena que según los viejos cronistas, luego de haber sido lanzada del Mercado de San Jacinto cuando en la administración del General Crespo lo higienizaron, proveyéndolo de modernas casillas, para las especialidades, lleváronla a la Plaza de "El Valle" donde su exhibición fue breve, porque el padre Chuecos no fue de acuerdo en que frente de la casa de Dios estuviese echando agua por la cabeza y otras partes del cuerpo a la vista de los feligreses de aquella muñeca de bronce. Había el primer centenario de la Batalla de la Independencia y para festejarse el Director de Edificios y Ornato de poblaciones en el despacho de Obras Públicas, que lo era el óptimo arquitecto Ricardo Razetti, modernizará el área poblada de árboles, erigiese en los cuatro ángulos los bustos de Ambrosio Plaza, Rafael Farriar, Jefe de la "Legión Británica" y Pedro Camejo (El Negro)  cuya memoria inmarcesible; y Manuel Cedeño de quién dijo Bolívar " El Bravo de los Bravos de Colombia" murió venciendo en Carabobo. Ninguno más valiente que él, ninguno más obediente al Gobierno". 
"La Plaza de la Misericordia", así llamada cuando los Españoles fusilaban allí a los patriotas,
y estos les pagaban con la misma moneda,  fué exhornada con bustos de Farriar, Negro Primero,Plaza, Cedeño. etc.
con motivo de la conmemoración del Primer Centenario de nuestra Independencia en 1911, y la
Inauguración con el mote de "Parque de Carabobo". Ella está ahora vestida
de nuevo, elegante y moderna. 

Para la Conmemoración de la primera centuria de la Batalla de Carabobo, mandaron a construir en el lugar que ocupó la India , la hermosa fontana que pregona eternamente el genio del Escultor Narváez.

Hoy,  ya trazados artísticos cuadros de jardines donde rosas, nardos y otras plantas vierten su sinfonía de aromas y colores mientas las cigarras y los pájaros cantores animan sus conciertos matinales, da regalo y como se desbordan a la caída de la tarde parejas de enamorados y niños que le imprimen al viejo "Parque de La Misericordia"   el esplendor que tuvo en sus años mozos. 

Hacía el Este, siguiendo el ritmo trazado para embellecer la urbe, el viandante da al traste con La Plaza Morelos, enclavada precisamente donde se inicia el "Parque  Los Caobos" que nos trae el recuerdo de la obra allí realizada por el notable agricultor don José Antonio Mosquera .

Rodeada como ha sido esta plaza del héroe Mexicano, por jardines pintorescos de la ciudad, la vista encuentra donde solazarse, y es de admirar con qué delectación se detienen allí los extranjeros encontrando ejemplares de la flora, no vistos en sus patrios lares y la manera delicada y consciente con que se viene atendiendo la horticultura en estos lados del Caribe." 
En la nueva "Plaza Morelos", a la entrada de "Los Caobos" , todo es poesía
bajo un viento proyectado por la policromía de sus jardines. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Coticita



Billiken #2.002
1953/agosto 

"En el apacible Coticita, sitio que le sirvió de base de operaciones al hispánico Chepito González, cuando por orden de Boves y sin ella, llevaba del "Cuartel San Carlos" a los rebeldes patriotas para fusilarlos sin fórmula de juicio, construyeron en la administración del General López Contreras, por conducto de su Ministro de Obras Públicas, el eficiente Tomás Pacanins, el Hospital Clínico, tiene su sede la Escuela Nacional de Enfermeras. De allí egresaron las venerables mujeres que prestan a la humanidad nobles y nunca bien remunerados servicios en su afán de ser útiles a la humanidad , mientras siguen en las aulas del edificio estudios a los cuales se contraen de manera plausible, para serle útiles a la patria, y le rezan a Jesucristo en esta capillita romántica y señorial. "

martes, 13 de agosto de 2013

La primera carnicería de Caracas

Visitando el Meat Market
Mercado de Carnes Americano

“La tentación de la carne es cosa que amó el venezolano, desde los prehistóricos tiempos adamitas. Si hubo personas de nuestro pueblo que practicaran por sport,  la antropofagia, aquí en la urbe avileña donde toda comodidad tiene su asiento, comer carne, pero carne buena, no se realizaron jamás ni para los elegidos para los grandes des( ilegible) , los matarifes no se preocupaban por los procedimientos modernos, y siempre nos tropezábamos con la misma molleja que nos hacía odiar la carne, así se tratara de la muy apetecible Madame  Pompadour.

Pero el progreso, rey y señor al que hay que imponerse  si fuere necesario, a culatazos, nos ha hecho el milagro en los crepusculares del año 40.
Nos referimos al Frigorífico Venezuela y al señor Valentaine, hombre de personalidad bien delineada, empresario que siempre redunda en beneficios a la patria en él que está radicado. El señor Valentaine, aportó el capital necesario, con el cual se ha establecido el primer mercado de carnes que es la nota de la actualidad caraqueña.

Gracias a este establecimiento de dispone de cavas modernas para la conservación de los productos y el personal y el personal técnico bien experimentado. Hemos visto por vez primera la presentación de variados tipos de carne,  nunca jamás soñados,  a la venta del “Frigorífico Venezuela” en su establecimiento  construído a tal fin en la Esquina Sur 19 de El Conde, prolongación de la Avenida Este 8. 

Aunque los caraqueños siempre nos gustó la carne de ganado, solamente nos provocaba comerla cuando nos adentrábamos en pleno llano o bien por la necesidad, pues hasta los médicos mismos abundaban en opiniones de que no debía consumirse mucha carne, tal era el estado  en que estas nos era presentada en multitud de establecimientos públicos. Ello obedecía, nos explicamos ahora, a que no estaban nuestras industrias, nada a tono con el día en que vivimos. Hasta que se construyó en Matadero Modelo de Maracay, las reses estuvieron sufriendo los mismos procedimientos para su beneficio y elaboración, que cuando hace 50 años, a los caraqueños le ofrecían la carne descuartizada  en la “MATANZA”  de San Martín**, donde las reses, luego de ser desolladas en un piso enlajado, sin higiene de ninguna naturaleza, eran transportada al mercado en wagones, y en bestias para las pezas parroquiales. No existían veterinarios. 





Cuando la carne empezaba a ponerse manída  la destinaban a fabricar  “ chorizos de cochino” . Casos así eran frecuentes y se multiplicaban con prodigiosa rapidez. Esto en cuanto a la carne de ganado, pues como beneficiaban marranos con pepitas ( lázaro), si el amo tenía influencias, el marrano iba a los expendidos como cualquiera sanísimo; de lo contrario se llenaba  expediente y se botaba el puerco como a un empleado anciano. 
   



Ocho  años  atrás, el ganado llegó a no tener precio o tenerlo tan irrisorio que allá en el año 1934 un periódico de la Cordillera anunciaba  que en San Cristóbal se vendían novillos hasta en 20 bolívares y que no obstante, ese precio escandalosamente bajo; no había compradores.
Los ganaderos dejaban morir sus reses porque se daba el caso de arriar para Villa de Cura •puntas” hasta  de 1.000 cabezas y cuando llegaba a esa ciudad, debían venderlas a precios que no les daba ni para el  pago de la peonada.  Eran casos para volver loco al mismo Dios.  Naturalmente que el pez grande se come al chico, y si bien es cierto que se empobrecieron multitud de ganaderos, hubo influyentes que se enriquecieron ostensible.  

La aparición del Frigorífico Venezuela ha despertado como lógica consecuencia un deseo plausible de comer carne, lo cual es beneficioso para el criador. "   
       
Fuente: Billiken/ 1940

Urb. El Conde, Caracas año 1940 Imagen: Luis Felipe Toro "Torito"

Nota : San Martin**  donde hoy está en Nuevo Circo " El sitio escogido para la obra es un terreno de propiedad municipal, de 14.400 metros cuadrados de superficie, situado al suroeste de la capital, en las inmediaciones de la Esquina de San Martín, donde antes estuvo la “Matanza” o matadero público (El Universal, 26/01/1919; Parra Márquez, 1989: 401). En la cuadra al norte del terreno estuvo el antiguo mercado de ganados y, colindante con aquel, la Escuela de Artes y Oficios para Hombres. Esta última, a su vez, ocupaba un edificio de origen colonial: el antiguo Hospital de Leprosos, oportunamente acondicionado para labores educativas. Los planos de la nueva plaza de toros son elaborados en la oficina de ingeniería del Doctor Alejandro Chataing (El Nuevo Diario, 21/01/1916) quien, junto al ingeniero Luis Muñoz Tébar, dirigirá luego la construcción de la obra (ZAWISZA, 1986: 44)." 

domingo, 11 de agosto de 2013

Centros Sociales de la Caracas de ayer

Caracas 

Club Florida 


“ Un punto y una recta determinan un plano, en geometría;  un campanario y un arroyo, una aldea; y una estilizada cuanto fastuosa casa de marcado estilo antañón, hispano, desbandando en un derredor enjambres de viviendas colonizantes, una de las tantas buenas Urbanizaciones de una década acá del ambiente metropolitano. Centrifugado fuera de las alcabalas, y copando en día cercano, seguramente, el área, cultivada de todo el valle de Caracas, tal la celeridad tentacular de su dinamismo. El desarrollo  edificio de otras grandes ciudades, se desplaza a lo alto superponiendo pisos; éste estira su radio cada vez más distante; y cada grupo denso de urbanización, como la Ermita de otrora, siembra el epicentro de un Centro Social, de Deportes; y concretando su afán de propaganda, a constantes y mejores inversiones del capital, hace de él su mejor affiche, [Sic] y crece rápido, dejando atrás,  muchas veces,  la urbanización misma. El Country Club, El Florida, Los Palo Grandes, El paraíso, fueron por antonomasía [sic], el señuelo de sus parcelaciones y siguen siéndolo, por la fastuosidad y el confort desplegados en ellos. 

Ahora bien. ¿Por qué en todos los edificios se ha tenido por modelo el llamado estilo colonial?  Erigidos en tiempos diferentes y por distintos arquitectos, no fue, desde luego, obra convenida entre todos; sino una innata sugerencia racial, al volver al campo trillado por el brazo del conquistador, a un panorama vivido en otros tiempos por los predios, terrasgos [sic] paniegos de los hijo de la Colonia, como una visión trajinada por la retina caraqueña de muchas generaciones.  Porque ese viejo estilo, abuelo de nuestro modo de sentir la vivienda, desde la enramada de desnudos horcones torcidos de la media agua criolla, hasta el rico y empinado alar de nuestros viejos templos, es y será venezolano.; no como muchos dan por interpretarlo , creyéndolo el único adaptable al trópico, porque también en esa zona están las Antillas, copando la pizarra y el techo aboardillado de la mansarda – importados por las razas europeas que las conquistaron -  sino porque éste,  en  cualquiera de sus modalidades para nosotros tiene abuelos, más emotivos,  por tanto que el llamado Arte Moderno, de padres desconocidos,  y que hoy comienza a sembrar sus raíces un tanto snob  en nuestro suelo.”
Country Club 

Club Paraíso 

Autor :   Rafael Seijas Cook 
Publicado : En Billiken 1941 

martes, 7 de junio de 2011

El Barrio de la Trinidad

Transcribo para ustedes el texto que conseguí de José García De La Concha, en su libro "Reminiscencias", el cual amo con locura ... es uno de los texto, que no me canso de leer, una y otra vez, a pesar de sus hojas amarillas y el estado en que las huellas del  tiempo inexorable,  va dejando en cada una .. 

Sé que para los habitantes de La pastora y Altagracia, será un manjar ...


" Llegando a Caracas por el camino del cerro a la Puerta de Caracas, más debajo de los tanques de Catuche, en una jaula de hierro, se contemplaba la cabeza de José Félix Ribas, monumento que hace recordar que allí estuvo expuesta la auténtica para escarnio de los patriotas. Al frente del monumento existía una casa de corredor, o antiguo peaje. Bajábamos por anchurosa calle empedrada hasta la bifurcación: del lado derecho al boulevar Brasil, [sic] y del lado izquierdo, la ancha y soleada calle real de la Pastora. San Rafael, Medina, San Vicente y Torrero.

De Torrero se bajaba por una calle angosta y pendiente a Portillo. Esta esquina era muy interesante pues en tiempos de la Colonia, había sido como una especie de alcabala. Antes de la construcción del puente de Carlos III, se tomaba a la derecha el callejón del primitivo convento de la Merced (casa que conocí cuando vivía en ella mi recordado amigo Pancho Unda), para salir al Guanábano por lo que llamaban “ el desbarrancado”, y de allí a “La Caja de Agua” para seguir por la calle de El Comercio hasta San Pablo.

Al estar construido el puente antes nombrado, el camino era recto hasta La Trinidad. Esta fue la vía por donde condujeron hasta San Francisco los restos de “El Libertador”.
Esta era una de las zonas de Caracas más llenas de recuerdos de todos los tiempos de su existencia.

Casi todos los terrenos eran de propiedad de La Trinidad, unas de las iglesias de Caracas que sin ser parroquia, poseía más tierras, y que al convertirse en Panteón Nacional, desaparecieron como por encanto.

Pasando el Puente Carlos III, a mano izquierda, el filántropo Licenciado Agustín Aveledo fabricó un edificio, lo dotó de lo necesario y fundó un asilo de huérfanos. Loor a este gran caraqueño.

Contigua al Asilo, teníamos una casona sombría y de rara arquitectura que llamaban la casa de Boves. Allí vivió y allí se crió el estudiante Luís Correa.
A mano derecha, en una humilde casa vivía mi médico y amigo, doctor José Gregorio Hernández. Luego los jurados Blanco y después la preciosa quinta que le fabricó don Martín Sanabria a su esposa doña Ignacia Vollmer de Sanabria y conocida con el nombre de “La Villa Ignacia”. Esta “Villa Ignacia” tenía extenso terrero hasta la quebrada y en el existía un gran jardín de rosas, naranjos y cuyo portalón quedaba al lado del puente el Guanábano y adornado con unas bellas “trinitarias”. En todo el frente de este portalón desembocaba un callejón que daba acceso a la quinta Guzmán, y se decía que en la única casa existente por allí y de dos pisos, tenía el viejo Guzmán, don Antonio Locadio, su imprenta.
De la esquina de las Dos Pilitas hacia el norte quedaba la esquina “ El Solitario” y por allí se iba a la Sabana del Blanco, al Cementerio de los Hijos de Dios y a la Casa Madre. Entre las esquinas de El Solitario y La Casa Madre, se pensó y hasta se empezó a construir un terraplén.
Otra callejuela partía de Las Dos Pilitas llamadas La Jabonería. Pero la principal, ancha, empedrada, seguía hacía la Trinidad. A mano derecha una casa, llamada La Casa de los Ladrillos, con una gran arboleda, ocupando casi toda la manzana. Esta casona sirvió en un tiempo de cuartel, luego la adquirió doña María Francia de Palacios y la transformó en una bella residencia.
Del lado izquierdo, la bella casa-quinta Las Mercedes de doña Mercedes Palacios de Ochoa y donde nacieron y se criaron todos los Ochoa Palacio. Al lado la quinta habitada mucho tiempo por el general Ignacio Andrade. Continuaba callejón por medio, un vasto terreno vácuo con grandes muros antiguos, derruídos y negros musgosos que nos decían, habían sido del antiguo cuartel de La Trinidad derrumbado con el terremoto del año doce. Después seguía el actual cuartel, un cuadrilátero de cien metros por cada lado y situado de acuerdo con los Puntos Cardinales teniendo su entrada por el centro de su cara que mira al sur.
En el ángulo sur-este estaba emplazado un primitivo cañón que llamaban “La Cochina” y hasta le sacaban versos. Antes de ser “La Planicie” lugar militar, el cañonazo de Año nuevo lo daba “La Cochina”, atacada de pólvora, como también en algún caso extraordinario.
Se llegaba a la esquina de La Trinidad, (hoy de El Panteón). En el ángulo noreste estaba la casa donde habitó Humboldt en su estada en Caracas en 1800. Del lado norte de la plaza, alzaba sus dos torres góticas la capilla de la Santísima Trinidad, que Guzmán transformó en Panteón e hizo construir otra capilla, más pequeña, tres cuadras al sur-este. Este Panteón cuando yo lo conocí, estaba pintado de amarillo por fuera y blanco de cal por dentro, con pisos de ladrillos todo muy sencillo y limpio, único lujo, aparte de los cincos monumentos (el del Libertador en la nave central y a los lados los de Sucre y Miranda y del lado izquierdo los conmemorativos de la Federación y el de La Libertad de los Esclavos), era la gran araña de cristal de roca y de lado a lado dos preciosas luminarias, enormes, también de cristal de rocas y que hacían juego con la araña.
La Plaza bastante descuidada era el pastizal de burritos de los pacíficos vecinos que todavía se sentaban en sus sillas de cuero crudo en las puertas de sus casas.
Al este de la Plaza vivía el célebre pintor de flores Rivero Sanabria, quiero una lágrima para este gran artista, quién invalido por una parálisis, se hizo construir un caballete especial para desde su cama de enfermo poder pintar cuadros, que hoy valen una fortuna.

Fuente: José García de La Concha
“Reminiscencias” Caracas 1962/ Editora Grafos C.A.
Recuerdos de la caracas de 1900.

Monumento al General José Félix Ribas, Puerta de Caracas, Calle Real de La Pastora, Caracas (f. Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana,)








Imagen agregada al Grupo Caracas en Retrospectiva




Las imagenes han sido tomadas de Viejas Fotos Actuales

martes, 24 de mayo de 2011

La Estación de Ferrocarril Central

Podriamos decir que de los ferrocarriles de Caracas, el más pobre era el Ferrocarril Central, que muchas veces tenía que funcionar con leña por no tener carbón. Pero es indiscutible que esta empresa se daba el lujo de tener la mejor estación. Montada en edificio cónsono para su finalidad, cómodo, elegante.

Mister Ross, quién la construyó imitando las estaciones de ferrocarril de San Petesburgo Moscu donde el trabajó, era un inglés, solterón, enemigo acérrimo del matrimonio y no porque fuera enemigo de las mujeres, no, él era muy fino y cortés con ellas y hasta enamorado, que era el musiú. Lo que le pasaba es que él, sustentaba la idea que el matrimonio debia ser, no ceremonia pública, sino un acto privado entre hombre y muejer, convenio celebrado entre los padres y las autoridades.

El Ferrocaríl Central era el más antiguo de Caracas, pertenecia a una compañia inglesa, y en su accidentada vida tuvo muchos adminitradores, siempre de esta nacionalidad, hasta su nacionalización en 1940.

La Estación de Ferrocarril  Central era cómoda, espaciosa, tenía un gran salón de espera, con largos y cómodos bancos, los que también se encontraban en el andén. Allí se respiraba un ambiente verdaderamente ferroviario, se sabia que uno estaba en una estación de ferrocarril,  aunque los viajes fueran más bien paseos.

Muchas veces nos ibamos a la estación solo por la distracción romántica, más que por curiosidad de ver quién iba o venía. A la derecha teníamos  un bar bien provisto de buenas bebidas, sandwiches, dulces y caramelos.

Para mí era una delicia de noche, tomar el tranvía del Central en la Plaza Bolívar y después de recorrer la Calle Real de la Candelaria saludando a tanta cara bonita, llegando a la esquina de Alcabala que el motorista metía lo que llamaba los "ocho puntos" y como alma que se lleva el diablo, pasábamos por el "paradero" para terminar en la estación donde  nos bajábamos,  tomábamos una cerveza fría y cuando llegaba el último carro  que llamaban "la orden" eran ya pasadas las diez y entonces nos regresábamos sólo con el desconsuelo de que la mayor parte de las ventanas estaban cerradas.

¡ Oh querida estación, vieja amiga de nuestros mejores días!  ¡ Cuántas cosas se van contigo, pero siempre vivirás en el recuerdo de los que tuvimos la dicha de conocerte y amarte !

Fuente: Reminiscencias / José García de la Concha
1962



1885, en Londres,/ Gran Bretaña, el Gral. y presidente venezolano Antonio Guzmán Blanco firmaba con una empresa inglesa un contrato para la construcción del Ferrocarril Central de Venezuela, entre las ciudades de Caracas y Valencia, por la vía de Santa Lucía.

Su primer tramo, de Caracas a Petare, fue inaugurado el 4 de septiembre de 1884 pero múltiples problemas retrasaron su culminación hasta 1910, cuando el tren pudo llegar hasta la población mirandina de Santa Lucía.

La estación Caracas estaba ubicada en Quebrada Honda y recorría hacia el este hasta empalmar con Petare y continuar hacia los valles del Tuy. Durante mucho tiempo fue el medio utilizado por los caraqueños para sus paseos hacia el salto de Los Chorros.

martes, 15 de marzo de 2011

Caracas, la verde

Caracas, la verde

César Baena *

Una de las cosas que sorprende a los visitantes es lo verde que es Caracas. La primera vez que oí ese comentario en boca de un amigo que venía por primera vez, quedé sorprendido. Pero con eso pasa como con las cosas que vemos a diario: nos acostumbramos a ellas y dejamos de apreciarlas. Pero es cierto. Cada trozo de construcción está cruzado por una gota de verde, como si un pintor alocado hubiera salpicado su lienzo con escupitajos verdes. Y esa es una de las maravillas de esta ciudad, su carácter espontáneo.

En esa onda de verle lo positivo a las cosas (tan en boga en tiempos de crisis, y auspiciada por los talleres de crecimiento personal; lo de la mente positiva, ¿les suena?), lo que más viene a cuento es eso del verdor de nuestra ciudad, tan vilipendiada por constructores improvisados y con ganas de hacerse ricos en corto tiempo (todavía añoran los años sauditas en que el gobierno otorgaba contratos para obras a diestra y siniestra), por alcaldes ecocidas de gusto arrabalero, capaces de aceptar que cualquier empresa dispuesta a hacer publicidad tapice los tinglados, monumentos y avenidas de su triste burgo, todo bajo la complacencia de representantes del gobierno que se debaten entre la ineptitud y las penurias de los presupuestos recortados. Me vienen a la mente, más bien a los ojos y a la nariz, las veces que recorriendo la Cota Mil, esa autopista perfectamente adaptada a la geografía irregular y sugestiva de la ciudad, he visto un autobús dejando una estela de pestilente humo. Si solamente el Ministerio del Ambiente pusiera en funcionamiento un número de emergencia, donde los pobres ciudadanos pudiéramos denunciar con el número de placa del infractor esas agresiones. De nada sirve tocarle la corneta al conductor del autobús. Es en vano perseguirlo hasta estar cerca y poder mostrarle con un gesto desesperado que no es posible que esté botando ese excremento por el tubo de escape. No entiende nuestro gesto, ni nuestra indignación. Para él es como si dejar esa estela grisácea en medio del verdor de la montaña fuera parte del acto de conducir. Y al final es él el que termina lanzándonos improperios a nosotros.

A esta lista de facilitadores del desastre se agrega una legión de arquitectos sin la mínima intención de crear obras adecuadas al trópico. Por fin ahora se han puesto de moda los restaurantes al aire libre, en terrazas que se sirven del clima benigno y del paisaje inolvidable de una ciudad donde se desdibuja la línea divisoria entre urbe y naturaleza salvaje. Hace algunos años, no muchos, la mayoría de los restaurantes en boga albergaban temperaturas casi polares, me imagino que para justificar atuendos más adecuados a urbes norteamericanas o europeas. Ello, para desconcierto de visitantes extranjeros que buscaban disfrutar de una cena al aire libre. Se olvidaba, claro está, que en los días de verano en la mayoría de las ciudades de latitudes nórdicas, lo propio es cenar a la luz de la Luna o de las estrellas, espectáculo del cual podemos aquí disfrutar todas las noches. Pero creo que ese empeño por crear restaurantes en espacios cerrados, refrigerados hasta más no poder, ha cedido a la cordura y Caracas está reconciliándose, por fin, con los aspectos más agradables de su condición tropical.

Y es que la naturaleza de la ciudad insiste, a pesar de todo, en ser más terca que la torpeza de sus habitantes. Y así, Caracas persiste en su verdor, con la tenacidad de quien sabe que tiene la razón. No estaría mal que a Caracas se le llegara a conocer como a Caracas, la verde, y que se mencionara así en campañas y crónicas, tal como, todas las diferencias del mundo salvadas, Rosa Luxemburgo pasó a la historia como Rosa la roja. Cuestión de apodos.

* Profesor del IESA
El Nacional  2 de mayo de 1999

sábado, 26 de febrero de 2011

profesor sin cátedra y discípulo sin pupitre

PAPEL LITERARIO

Saber y sabor del anticuario
JESUS SANOJA HERNANDEZ

Uno de los más hermosos estudios de Enrique Bernardo Núñez es aquel dedicado al
"anticuario del Nuevo Mundo", 1944, donde reunió artículos publicados, marzo de aquel año, en diario del que fue asiduo colaborador. Citaba Núñez allí la frase de Martí: "Arístides Rojas, con la América a cuestas", y aunque no fuera América, por lo menos fue Venezuela su carga sentimental e investigativa.
 Nada, o muy poco, se sabía en sus tiempos acerca del petróleo, pero en alguna parte afirmó que el Orinoco era un "creador de petróleo". Faltaban muchos años para que se descubriera la Faja Petrolífera del Orinoco, inicialmente llamada "bituminosa".

La librería y a la vez editorial "Almacén Rojas", fundada por su padre José María de Rojas, cumplió una labor privilegiada en el resto del siglo y fue punto de tertulia donde concurrieron los primeros entre los de la época. En 1876, en el apogeo guzmancista, Rojas Hermanos editores dio a conocer Un libro en prosa, recopilación miscelánea de 556 páginas. Al acopio de datos y a la variedad de enfoques, el volumen añadía el sabroso estilo que en él era fronterizo entre la tradición y la crónica. Y Crónica de Caracas tituló Enrique Bernardo Núñez una selección de esbozos publicados por Rojas, la mayoría de ellos extraídos de Leyendas históricas de Venezuela, dos volúmenes que habían visto luz en el bienio 1890-1891, pues, como bien advierte Angel Raúl Villasana, tres de ellos pertenecen a otras publicaciones.

Por ejemplo, "El cuadrilátero histórico", estampa de lo que fue el centro de la ciudad, su palpitante corazón de antaño, había sido incluido en el Almanaque Rojas de 1875 y reproducido en sus Estudios históricos, compilación ordenada por el gobierno de Gómez, 1926-1927, e introducida por José E. Machado, a la sazón director de la Biblioteca Nacional y autor de uno de los primeros censos de seudónimos de Venezuela. Los de Rojas fueron "Bibliófilo", "Camilo de la Tours", "Provincial" y "E.D. Aubry".

Para insistir algo en el Almanaque Rojas, que pasó a ser una institución nacional, en él colaboraron escritores e investigadores muy importantes. Treinta años atrás buscaba yo datos acerca de Guayana y tropecé con el correspondiente a 1883, que traía un estudio sobre las minas y ferrocarriles, otro de R.F. Seijas ("El oro del Yuruari: de Caracas a las minas de Guayana") y un tercero firmado por Olegario Meneses (a cuyo tronco familiar perteneció Guillermo). Esos trabajos me sirvieron, así como el libro de Lucien Morisse que más tarde me tocó prologar, para determinar que las Obras científicas de Codazzi, que aparecían en la Biblioteca Nacional bajo la cota V-2664, no eran en realidad de Codazzi sino una de las tantas falsificaciones, imposturas y trampas literarias de Rafael Bolívar Coronado.

Para Luis Beltrán Guerrero, fue Rojas "profesor sin cátedra y discípulo sin pupitre, iniciador del estudio científico de la historia, creador de los estudios arqueológicos" y tal vez algo más, como anticuario que se encargó de explorar en los caminos largos de la tradición.

La reedición que en 1972 la OCI hizo de Leyendas históricas de Venezuela permitió al lector de hoy el acceso a uno de los más bellos libros misceláneos escritos por venezolano alguno. Entre otros materiales, allí encuentra el buceador de crónicas o el visitador de almacén de antigüedades, esto: "La primera taza de café en el Valle de Caracas", retrato además de una tertulia famosísima; "El primer buque de vapor en las costas de Paria", por allá en 1818, días del Congreso de Angostura; "Pasquinadas de la Revolución Venezolana", interesantísimo documento donde la diatriba y el humor de realistas y patriotas afloran en versos anónimos; o "El loro de Atures", uno de sus tantos apuntes humboldtianos recogidos en la selección de Juan Röhl y Angel E. Alamo.

Riquísimo en información agradable por el estilo, entre añorante e imaginativo en su exposición, todo Rojas es un banquete para quien busque visitar los rincones de la historia con el propósito de conocerla sin los tormentos de la épica y sin el desafío del erudito.

EL NACIONAL - DOMINGO 3 DE ENERO DE 1999

Entre tablas y talleres

PAPEL LITERARIO

Entre tablas y talleres
JESUS SANOJA HERNANDEZ

En aquel mayo de 1915 en que César Rengifo vino al mundo la compañía Rueda montaba en el Teatro Caracas la zarzuela Amor que mata y acababa de estrenarse en el ahora restaurado Teatro Municipal Madame Butterfly, ópera que causó sensación en "la sociedad capitalina". Quedó en la memoria de Job Pim, quien en la materia era un fanático, y en la de Gustavo Machado, joven recién salido de La Rotunda.

Eran asimismo los tiempos de encumbramiento de Ayala Michelena (Al dejar las muñecas), de los sainetes y el teatro costumbrista, donde el sabor local predomina sobre el contenido universal o los problemas existenciales. De alguna manera, esa tendencia permaneció viva, salvo algunas excepciones, hasta los años 40. El teatro que le tocaría afianzar a Rengifo sería de otro tipo, de profunda inspiración histórica y con entonación social que le venía de su visión marxista de las artes y las letras.

La pintura en 1915 estaba dominada por los zapadores del Círculo de Bellas Artes, peritos en la captación del paisaje. No sería ésta la obsesión de Rengifo, una vez que se decidiera por la pintura, sino la del hombre frente a los desafíos sociales, concepción en la que debió influir sensiblemente su paso por México, donde la influencia del muralismo era muy difícil de ser evitada. Que Rengifo, asimismo, hubiese tocado en Chile, de intensa actividad literatura y política, con un Partido Comunista pionero en América Latina, contribuyó a provocar en él esa zambullida en las aguas del "arte social".

"El muertico", como lo mentaban los venezolanos que cayeron en el México cardenista, fue pintor entrenado en la Academia de San Carlos y en la Escuela de La Esmeralda. De vuelta al país ejerció el periodismo, en los años 40, tanto en publicaciones donde los de Unión Municipal y Unión Popular tenían el mando, como en El Heraldo, ya en manos de los Corao, y del cual llegó a ser jefe de redacción.

Y no conforme con las tablas y los cuadros y las letras de talleres periodísticos, Rengifo acometió la docencia. Fue profesor en Historia del Arte en la Escuela de Artes Plásticas de la ULA y profesor de Historia del Teatro en el Curso de Capacitación Teatral de la Dirección de Cultura de la UCV, y además director de esta curiosa escuela donde impartieron clases Romeo Costea, Enrique Izaguirre, Hugo Baptista y creo que Humberto Orsini, Rafael Briceño y José Ignacio Cabrujas.

Tal vez Cabrujas, en Juan Francisco de León, haya acusado influencia del teatro histórico-social de Rengifo, como también de los experimentos del Teatro Universitario dirigido por Nicolás Curiel. En cuanto a Rafael Briceño, habrá que recordar que "el último texto" de César Rengifo fue el leído en el homenaje que se le hizo a ese gran actor, seis días antes de morir el creador de Lo que dejó la tempestad, parte final de la trilogía (o mural) sobre la Guerra Federal. Contaba allí lo sucedido con el montaje de esta obra. El segundo acto parecía no empezar nunca, a pesar de los timbrazos que lo anunciaban, por lo que él decidió salir a la calle en plan de huida ante el derrumbe del montaje: "Cuando había avanzado algo más de una cuadra sentí que un joven corría hacia mí llamándome mientras me anunciaba que el acto había comenzado".

En realidad el actor no había llegado sino que Rafael Briceño, homenajeado y a la vez espectador inquieto, había subido al escenario y asumido el papel de Ezequiel Zamora: "Enterado él de las atribulaciones que ocurrían tras bastidores, fue a los camerinos y resueltamente se decidió a encarnar el papel del héroe federal, si alguien le apuntaba... Y lo hizo con dignidad y brillantez. Y el espectáculo y el Festival pudieron continuar".

En 1977, Casa de las Américas, con el título de Teatro, reunió de Rengifo los dos murales trilógicos: el de la Guerra Federal y el del Petróleo. Son dos visiones de Venezuela, una centrada en el país agropecuario, el de las contiendas intestinas, otra dirigida al nuevo país que comenzó a crecer en el Zulia, pero ambas alimentadas por la pasión crítica y el fervor marxista


Cesar Rengifo


viernes, 13 de agosto de 2010

El Hotel Miramar en Macuto


Hotel Miramar
Viejas Fotos Actuales

Inaugurado en 1928 con gran pompa, el hotel litoralense resumió el lujo, confort y refinamiento moderno de la época. Hoy está abandonado y el pueblo de Vargas reclama su recuperación El hotel Miramar fue uno de los más elegantes del país

La inauguración del hotel Miramar, ubicado en Macuto, constituyó un acontecimiento de trascendencia nacional, pues sus características de alto lujo lo igualaban a los más calificados de Europa y Norteamérica.

'Venezuela cuenta hoy con un hotel de lujo _nos dice la crónica de la época_ el primero en la materia y el que abre caminos de franca enseñanza a todos los instalados en el resto del país. En lo referente al concepto clásico del confort moderno, el Miramar es algo extraordinario. En el Miramar nada falta: solidez del edificio, arquitectura inolvidable por sus exquisitas formas y medidas, mobiliario en parangón con los últimos casinos ultramarinos, billares', como el faut 'mezquitas de gran belleza con salones exclusivos al afeite y servicio de secretaire de damas, piscinas, campo de tenis, cocina a cargo de los campeones del cordonblue, frigoríficos, cavas, servicio telefónico, en 80 dormitorios con igual número de baños adyacentes'.

La entrada conduce a un gran patio de honor, donde estaba ubicado el hall de acceso al ascensor y a la gerencia de información, seguido de un bar tallado en caoba y jaspe y los comedores de gala entre los cuales había uno con capacidad para 400 personas.

Además de ello, tenía agua corriente a borbotones, vajillas de plata 'cristalería de las más renombradas marcas' todas grabadas con el nombre del hotel.

El Miramar, _continúa la crónica_ museo de comodidades, trae a los venezolanos, cuyos medios de fortuna impide gozar de esparcimientos elegantes en las playas europeas, las exquisiteces de tal establecimiento

Acto inaugural

El hotel fue inaugurado fastuosamente el día domingo 1 de abril del año 1928. El general Gómez no asistió a la inauguración porque se rumoraba que había una conspiración para matarlo. Representaron al Benemérito, el doctor Pedro M. Arcaya, ministro de Relaciones Interiores, doctor C. Jiménez Rebolledo, ministro de Guerra y Marina, doctor José Gil Fortoul, señores L. Vallenilla Lanz, director del Nuevo Diario; Efraín González, administrador de la Aduana, J.M. Herrera, coronel Roberto Ramírez, doctor Alejandro Chataing y muchas otras personalidades, quienes en el mismo acto enviaron un mensaje al general Gómez que decía así:

Macuto 1o de abril de 1928
Señor General Juan V. Gómez
Maracay:

'Estamos inaugurando el 'Hotel Miramar' y su nombre y su recuerdo nos acompaña en este acto de afectivo progreso digno de usted, somos intérpretes del entusiasmo unánime conque esta numerosa concurrencia celebra esta nueva demostración del constante esfuerzo de usted para engrandecer a la patria'.

El general Gómez contestó el mensaje en la forma siguiente:

'Recibido: Me es muy grato saber que el acto inaugurativo del 'Hotel Miramar' fue prestigiado por la presencia de ustedes. Les agradezco íntimamente los recuerdos que tuvieron para mí en tan feliz ocasión'.

Amigo de ustedes, J.V. Gómez.

Con puerta franca

El acto se realizó en el suntuoso hall del hotel, llevando la palabra el director administrativo del establecimiento, señor Siebenthad, quien dijo lo siguiente:

'Señores: En nombre del propietario del Hotel y del mío propio, declaro abierto al servicio del público el 'Hotel Miramar'. Se ha hecho un gran esfuerzo para inaugurarlo en el día de hoy, aunque no estemos todavía preparados para ofrecer un servicio perfecto, pero conociendo la hidalguía de esta sociedad venezolana, estoy seguro que sabrán ser indulgentes y excusar cualquier deficiencia'.

El entusiasmo se desbordó cuando el señor Siebenthad alzó la copa de champaña para brindar por el Benemérito general Juan Vicente Gómez, presidente de la República y dueño del hotel.

Durante todo el domingo estuvo el hotel visitado por un público asombrado de tanto confort y lujo, siendo acompañado el acto por los acordes de una magnífica orquesta. En horas del mediodía, fue servido un exquisito menú y 'la triunfal belleza de nuestras mujeres, que jubilosas descendieron por los salones y jardines, era una perfumada florescencia'.

Fue tanta la conmoción, que en los días posteriores hubo que dar puerta franca para que el público entrara a admirar sus instalaciones, 'quedándose boquiabierto', con la belleza, lujo y el confort incomparables. Tan grande fue la curiosidad, que al tiempo los huéspedes pidieron a la gerencia que eliminara la puerta franca para ellos poder disfrutar de las instalaciones.

Hoy es un viejo de luengas y mohosas barbas que, herido de muerte por el abandono, agoniza frente a su eterno compañero: el mar. Pedimos por tanto con justicia que sea rescatado para conservarlo como monumento y símbolo de la evolución histórica, social y económica de esta querida tierra varguensa.


 Nuevo Diario del día viernes 16 de marzo de 1928
imagenes aportadas por el Lic. Abilio Rangel






HOTEL MIRAMAR 1928
Imagen de FUNDAMEMORIA


 Nuevo Diario del día viernes 16 de marzo de 1928
imagenes aportadas por el Lic. Abilio Rangel

 Nuevo Diario del día viernes 16 de marzo de 1928
imagenes aportadas por el Lic. Abilio Rangel


Fuente: Luis Oscar Martínez .Columnista
El Universal 1999
Tomado de El Universal on line. Caracas en retrospectiva
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