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sábado, 16 de abril de 2022

La Fiesta del Café

 Por José García de la Concha 


“El café oriundo de la región llamada Kaffa, en Etiopía, Arabía, se difundió por todo el Oriente desde el siglo XV. En el siglo VXII pasó de Europa a las Antillas francesas, desde no tardó en extenderse por toda la América Latina. De las Antillas pasó a Venezuela, lo trajo al Valle de Caracas el ilustre presbítero don José Antonio Mohedano, quien junto a sus amigos Pedro Sojo, Bartolomé y Domingo Blandín lo plantaron en sus respectivas estancias de la Floresta, San Felipe de Neri y Blandín.
Ya don Arístides Rojas en sus famosas Leyendas Venezolanas, nos habla de su fiesta al describirla en “La Primera Taza de Café en el Valle de Caracas”.
   
                                                                                Padre Sojo 

Si hoy llamamos “Oro negro” al petróleo, nosotros hubiéramos podido llamar “Oro vegetal” al café, ya que fue nuestra riqueza en el siglo pasado y primera década del presente, sólo que, aunque menor, la supimos aprovechar. Yo siento tristeza cuando oigo decir: “Hay que sembrar el petróleo”, es decir, hay que aprovechar ese causal que Dios nos ha deparado, en industrias, plantaciones, fundaciones, para cuando le llegue su fin poder decir: se nos acabó el petróleo, pero tenemos esto o aquello que nos deja tanto o más.  No así sucedió con el café, nosotros sembramos el café; pero también sembramos gran parte de lo que nos producía. Venezuela por medio del café, salió a mediados del siglo XIX, que fue cuando se incrementó, del letargo que sufría desde la época colonial.  El Café le abrió las puertas al comercio exterior, y esto trajo por si inmigraciones importantes que no le costaron nada a la Nación.  A pesar de las crecidas deudas externas que pesaban sobre el fisco nacional, el Gobierno obtuvo nuevos créditos para extender ferrocarriles, abrir caminos, crear moneda, instalar Bancos y hacerse conocer en el extranjero como país productor de café, como Suiza demandaba nuestro cacao, los ingleses proyectaban y los modistos de París preparaban los encargos de distinguidas familias caraqueñas. 

Si el cacao, la caña de azúcar, el tabaco, el añil o el maíz, frutos del brazo venezolano, despertaba entusiasmo de un pueblo viril que se enorgullecía  de su propio valer, nunca supe de mayor patriotismo o mejor dicho, nunca vi mejor asomada el alma de la patria en el corazón del hombre de nuestros campos, que en las “faginas”  o “convites”  y sobre todo en el “remate”, que en la fiesta del café, entre los hacendados de Táchira, Mérida, Trujillo, los de Lara y Yaracuy, como en las extensas de Carabobo y Aragua, como en la Fila de Mariches y  los Valles del Tuy. El café en Venezuela ocupó todas las zonas. Por ello, el mejor obsequio de llanero para sus visitantes es una taza de café, en los Andes es el regalo con agua miel, en Oriente, en Margarita y ya en Caracas, es el pobre como el rico, a quien nunca le falta la tacita de café y ha de ser por esto que el Café en Venezuela es algo íntimo, y si en todas partes y en toda fiesta es imprescindible, es natural que su fiesta fuera cosa grande. 

Se preparan los semilleros, luego de repican, y cuando la plantica ha alcanzado de treinta a cuarenta centímetros, se trasplanta a su lugar definitivo donde previamente ya se plantaron los guamos, si es en tierra fría, o los bucares, si es tierra caliente; pero mientras estos arbolitos puedan dar la sombra requerida, se cambureaba el terreno, es decir, se plantaban bananos, escogiendo las especies de alto mástil, como el cambur titiaro, el topocho, el manzano o bien el lagunero.  Estos plátanos fertilizaban el terreno y daban la sombra que los pequeños cafetos necesitaban. Luego venían los deshierbos y la espera, en tres o cuatro años ya estaba fundada la hacienda.  El fundo, como se decía. 
Y ahora vengan las cosechas y con ellas el entusiasmo campesino. Las transacciones de bolsa y los créditos al comercio para los dueños y encargados. 



Todo el año tiene interesantes aspectos, tanto en la labor agrícola como en la comercial, con sus alzas y bajas. En lo rural: el despalillo, la floración, el deshierbo y luego la cogida, el descereso, [sic ] el patio, la trilla, la escogida y ensacada. Cada una de estas faenas distraen la vida monótona del campesino tropical, que su vida en el campo es diferente a la del campesino europeo que las cuatro estaciones les hace la vida más variada. 

Es por ello el desborde de alegría, cuando los campos, bajo los bucares en flor, presentan los arbustos del café cuajados de rojos corales que van a las cestas de las cogedoras, que parlanchinas y rientes se riegan por toda la fundación, para luego de un día de trajín llegar a la tolva para los efectos de la medida y recibir la paga. Después, al repartimiento o a la pulpería para regresar y alistarse para el joropo de la noche. 

Cuando ya finaliza la recolecta, es el patrón que da la despedida, el el “remate” por lo que quedó. Y hay piñatas, pollos descabezados, maratón, palo encebado, sartenes ahumadas, papelón con sorpresa, sancocho de gallina, hallacas navideñas, dulces de lechosa o conservas y pan de horno, tequiche y majarete y aguardiente de caña, y la pichagüita que no descansa del colador de balleta, de donde sale la colada de la aromática infusión de nuestro café. 



  
Arpa, cuatro y maracas marcan los compases del golpe tocuyero, o aragüeño, o del Alto Apure, si la fiesta es en el centro. Para los Andes, el bambuco o pasillos; y si Oriente, sus corridos, pasillos y merengues. 

Siempre pienso que en Venezuela, la que tanto le debe al café, en los días de Pascua, que es la época en que la mata está cuajada de granos rojos, debiera cada familia tener sembrada una tina, en su casa, una mata de café., y adornarla como lo hacen con arbolitos de otras tierras y climas y rendirle su tributo con la fiesta mas venezolana como lo es La Fiesta del Café. 

Caracas, 30 de julio de 1961

Fuente: Crónicas de Caracas de 1961.  


viernes, 26 de abril de 2019

... y Venezuela también !!!


Caracas te celebra
Por María F Sigillo
@msigillo


La crónica  siempre vistió mi hogar. Los cuentos infantiles  que recuerdo eran justamente las columnas que mi padre inmigrante leía, tratando tal vez de perfeccionar el castellano y aprender de la ciudad que lo recibió con bondad. Era, por entonces,  El Universal o El Nacional, y  las revistas Momento, Elite, etc.  Como buen barbero no podía faltar en su local.  Luego de la jornada, los llevaba a casa y, con la precisión  de un cirujano que en ningún barbero puede fallar,  recortaba y me regalaba los artículos para ir creando mi  hemeroteca personal.   

Por ello, la  figura de Don Guillermo siempre ha estado presente en el hogar, en escuela, en los paseos, y en la mirada que siempre doy a cada rincón de Caracas.

Hace poco leí en  "70 años de Crónicas en Venezuela " (Banesco, 2015)  un párrafo que comparto: " La crónica es un género de resistencia. Un género a contracorriente. Porque más allá de cuánto haya de legítimo o no en los señalamientos que se hacen al ejercicio del periodismo, la crónica, tanto en Venezuela como en Hispanoamérica, ha mostrado a lo largo de las últimas décadas una fuerza y una constancia sorprendentes."

Don Guillermo José Schael , su Museo del Transporte,  sus libros, sus artículos de prensa que durante 45 años ininterrumpidos mantuvo a través de la columna "Brújula" en  EL Universal,  son un ejemplo de esa resistencia, de esa constancia sorprendente que de manera sencilla y a pesar de las actuales circunstancias, nos permite seguir soñando y trabajar por una  Caracas posible, ciudadana, amada.

Caracas en Retrospectiva celebra y honra a Guillermo José Schael  y por ello ha solicitado a la Asamblea Nacional,  a través del Presidente de la Comisión de Cultura,  el merecido reconocimiento institucional, en nombre de la familia retrospectiva, los caraqueños de ayer, de hoy y los que vendrán,  de la sociedad civil en general. Don Guillermo es parte de nuestro patrimonio espiritual y no sólo de la ciudad capital, sino de toda Venezuela.
@CaracasRetro


Don Guillermo José Schael
Blog Museo del Transporte 




viernes, 8 de julio de 2016

Vito Modesto Franklin, Duque de Roca Negras

Recordando al Duque en el 449 aniversario de Caracas 
Por Aquiles Nazoa

Ya va para veinte años que Aquiles Nazoa, entonces en sus comienzos literarios, hizo la siguiente evocación de Víctor Modesto Franklin, el famoso personaje que ha pasado a la historia de Santiago de León con el remoquete o titulo de duque de Roca Negras. Nazoa aprisionó en esta biografía el ambiente de aquella época, el proceso de creación de esta figura, de la cual se deriva el modismo de tan diversas aplicaciones como el de "Vitoco", "Vitoquismo".


Caracas fue suya por 10 años

La vida pintoresca de Vito Modest Franklin, Duque de Roca Negras y Príncipe de Austrasia, cautivo de la fantástica princesa Piperacine Midy. Caletero en la Guaira. Jugador afortunado. Seminarista. Tramitador de hipotecas. Trotamundos. Arbitro de la elegancia. Obcecado por sueños de grandeza. Amó fervorosamente a Carmen Flores y por ella estuvo a punto de batirse con Enrique de Borbón.

Cuando algún curioso escritor resuelva hacer la biografía pintoresca de Caracas, tendrá que comenzar por el Avila, con su Galipán florido y sus burritos cargados de claveles. Luego tendrá nuestro escritor que dedicarle un capítulo a Cenizo, el perro bohemio, amigo de los poetas del 20 y trasnochado huésped de la Plaza Bolívar, a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto un día de diciembre. Un capítulo vendrá después en esa frívola historia; un romántico capítulo de cuya extravagante verdad dudarán muchos porque con sus esplendorosas noches de teatro, sus carnavalescas lluvias de bombones, sus amores, sus blasonas inverosímiles y sus sueños de grandeza, caídos todos de una vez como torres de arena, parecerá más bien arrancado a alguna novela del romanticismo decadente del novecientos. Y este capítulo será el que trate de la aventurera vida de Vito Modesto Franklin, Duque de Roca negras y Príncipe de Asustrasia.

¡De dónde había salido aquel aristocrático personaje de orgullosos ademanes y prestigiosa elegancia? ah, si ustedes lo hubieran visto pasearse con paso seguro por las calles de Caracas y saludar discretamente  con su diestra enguantada de gris a los pocos transeúntes que le merecían ese honor y pararse por las tardes junto a los barandales de la Plaza Bolívar, con la mirada perdida entre los árboles: aquella mirada suya que aparecía más grave y displicente cuando se calaba los lentes para seguir el paso de alguna mujer. Era de alta estatura y lucía más arrogante y esbelto entre la refinada  elegancia de sus trajes, Porque el Duque vestía de exquisita y extraña manera, gusto daba verle en las mañanas primorosamente modelado en un traje de paño verde, y sobre el pecho que se erguía como proa, la ondulante corbata de seda verde lino armonizado sus pálidos reflejos con las luces cambiantes del enorme diamante que la sujetaba. O por las tardes, vestido de claros grises, en el anular una esmeralda coronada de plata y un clavel muriendo en el ojal. Pero era por las noches, ataviado de pontificial morado o azules de madia noche, cuando aparecía como nimbado de leyenda, solo en un palco del viejo Olimpia, adornado expresamente para él con crisantemos de invernaderos, orquídeas de montaña o aristocráticas rosas encendidas. Cuando morían las primeras luces para comenzar la función, la mano del duque apoyada tranquilamente en el balconcillo, dejaba asomar las tres bellotas de oro de la finísima esclava que le ceñía la muñeca derecha.
-Esta esclava, amigos míos  -afirmaba el duque-, no es tal esclava. Esta es la faja merovingia que usaba el rey Clodoveo; y las tres bellotas que son los tres infantes de Borbón que aquí los llevo- y agitaba orgullosamente la mano.
Opacos y sudorosos fueron los días de juventud de Vito Modesto Franklin. Caletero de los sórdidos muelles de La Guaira, primero: diestro jugador después y preso más tarde. Su vida de aventura comienza a los 19 años, cuando Rodulfo, amigo de su infancia, lo lleva a El Gato Negro, famosa posada y garito que ostentaba su prestigio de posada en este curioso anuncio:
¡Es "El Gato", en verdad un Paraíso!
¡Allí el talento del mondongo brilla:
La gracia virginal de la morcilla (sic)
La sublime elocuencia del chorizo!
                                                               (La Estudiantina,19-3-87)

y que ostentaba también, pero sin anunciarlo, su prestigio de garito en que se hacían las mayores paradas de La Guaira. Allí se adiestró Franklin en el arte de "Colear paradas", "peinar" y "preparar" dados, y no huno nadie más fino que él, ni más afortunado en el riesgoso oficio del juego. Creció su fama de jugador y pareja con ella creció su fortuna. Y de sus turbios manejos surgió una noche el trágico accidente que habría de ampliar más tarde los horizontes de su vida de jugador: esa tragedia en la que resultó accidentalmente muerto por él, de un tiro de revólver, su amigo Rodulfo, lo llevó a la cárcel por tres años. Salido de presión, se dio a viajar por todos los centros de juegos de Centro y Sur América, regresando años más tarde, después de haber desbancado en Panamá, La Habana y Buenos Aíres. Pero Franklin se sentía solo; y agotado tal vez de su agitado vivir, acogiese a la tranquilidad sombra de un seminario. Y entre ayunos y oraciones transcurrió lo mejor de su juventud. A punto de tonsurarse ya, se descubrió que había un muerto en el lejano pasado; y aquel hombre caído en el garito del "Cardonal" se interpuso entre el seminarista Franklin y su primera misa. Truncada así esta ilusión de su vida, se internó en los campos mirandinos de Barlovento y Rio Chico, donde su función de mediador y tramitador de hipotecas, compras y ventas de inmuebles, aumentó su fortuna. Volvió entonces a su Guaira natal y de allí después de un romance sin  éxito con la viuda de Cipriano Rodríguez, embarcó para España.

Franklin ha llegado a la alegre Madrid de 1916 y es el paseo El Retiro al pasar aparatoso del real carruaje de Alfonso XIII donde comienza a definirse su verdadera vocación. Ya no piensa en desbancar grandes mesas ni en decir sermones. Su mente se ha afiebrado por un dorado sueño de grandeza y ya este sueño no le abandonará jamás. Se dejó crecer grandes patillas: dignificó sus ademanes y sus gestos desde entonces fueron cortesanos y galantes: sus mejillas lucieron más frescas bajo el rosa leve del carmín y su rostro todo al que se adherían discretamente los polvos de arroz, cobraba una exquisita palidez de rostro infantil. Varios miles de pesetas en exóticos trajes diseñados por él, complementaron su rara hermosura. Porque aquel renovado Vito Modesto Franklin resultaba extrañamente hermoso, y cuando en 1921 regresó a Caracas, pocos días bastaron para que fuese suya la atención de toda la ciudad. No había pasado la admiración del primer encuentro con aquel "arbiter elegantiarun" tropical, una nueva ocurrencia vino a aumentar la apasionada curiosidad pública que su persona suscitaba. Un buen día amaneció nuestro Franklin con el resonante titulo de Duque de Roca Negras. El miércoles de ceniza de 1922, muy por la mañana, irrumpió en la redacción de "El Heraldo" y con altivo gesto y triunfante sonrisa, desplegó ante los ojos incrédulos del redactor de turno, un viejo pergamino sellado en lacres y con gallardo tono de voz, explicó el contenido de aquel  enrevesado documento.

He aquí, amigo mío, que la sangre  azul de las Españas florece entre mis venas. Este pergamino es el documento público por el cual  se da cuenta en mi rancio abolengo, y consta en él que el año de gracia de 1821, Su Majestad el Rey Fernando VII declaró a doña Felipa Montes, heredera de Hernán Tigifredo, Duque de Roca Negras, con derecho a disponer del condado de Pontevedra los ducados de Roca Negras, Cantabria y Alaba. El de Cantabria pertenecía  al Rey Don Pelayo, primo de Hernán Tigifredo; y el año 60, los señores Joaquín Montes y Felipa Montes, reservan tales nobles derechos con favor de Franklin soy legitimo y primo de Don Pelayo; único heredero, por tanto, de los títulos Roca Negras, cuyo blasón ostenta una roca color betún sobre campo de gules y gulas (sic) y atravesado por dos puñales, símbolo del amor y de la fuerza.

Esta noticia del ducado de Vito Modesto corrió de boca por toda la ciudad; y ya nadie más le llamó doctor Franklin, ni pare Franklin, ni señor Franklin siquiera. Parecía que todos estaban esperando aquel título, para llamarle duque, porque duque, en cierto sentido, era su verdadero título. 

En abril del mismo año debuta en el Teatro Calcaño La Lusitana, famosa coupletista, por cuyo amor imposible estuvo el duque en trance de suicidio. Cada noche, desde su palco solitario, llovían rosas a los pies de la coupletista. Ella, en pago de las galantes ofrendas de flores y de amor popularizó, cantándolo para él en sireé de gala, el couplet "El Duque de Roca Negras", letra de Leo. Con La Lusitana se me fue también una ilusión del duque, ilusión que renació luego, en junio, pero encarada en otra coupletista: Carmen Flores. Y si la Lusitana los trasformó de tan manera, por Carmen Flores estuvo a punto de enloquecer. Carmen debutó en el Olimpia, que era propiedad del duque. Volvieron las flores y las fastuosas noches volvieron. Y de este amor como del otro, cosechó sólo copuplets y canciones. Y ocho días antes de partir Carmen Flores dio una función en honor al duque. Allí´ estaba él, en su palco adornado, una rosa impoluta en el ojal, la corbata muaré despidiendo ondas de luz.

-¡Que hable, que hable el duque!- pedía a gritos la sala entera.
Y él se irguió emocionado, alzó la derecha en que cantaban las bellotas de su esclava y dijo esta cortas palabras:
-¡Señores! Veo y no miro lo que veo.

Una salva de aplausos atronó la sala. Y por el maquillado rostro del duque, rozó una lágrima de gratitud. Terminada la función, se prolongó la fiesta en el camerino de la actriz. Aquella fue una fiesta frívola y apasionada, y hasta extrañamente pagana: pagana, si, porque Carmen Flores, fingiéndose Diosa  de la nobleza, vertió champán en sus labios sobre el ombligo del duque, porque han de saber ustedes que el duque tenía un ombligo de perla nacarina, según él, y algo salido, característica natural según él también, de los legítimos nobles. A los pocos días la fotografía del ombligo del duque era expuesta como joya de valor en el escaparate de la "Bota de Oro". Carmen Flores se marchaba pero él le daría un imborrable recuerdo de su amor, y así fue como una noche, cuando Enrique de Borbón - aquel aventurero primo de Alfonso XIII que seguía apasionado los pasos de Carmen Flores, el duque impidió indignado aquel brindis.

-¡No!- le dijo rojo de ira- No han de rodar los nombres de las señoras por entre copas de taberna.
Borbón aprovechó para teatralizar y le lanzó un guante al rostro.

-Mis padrinos irán a verle mañana- concluyó el español.
Aunque aceptado por el duque, no se efectuó el duelo, pues al día siguiente ya Borbón iba camino a Colombia, siguiendo siempre a la Carmen.

Otro amor que se fue y el duque estaba desolado. No podía resistir la ausencia de su Carmen Flores, y hubiera muerto de melancolía si a mediados de abril de 1923 no recibe aquella carta, aquella famosa carta, en que, desde la lejanía.

La carta contenía un retrato con autógrafo:
"Querido Duque: Tiempo mucho lo que es amor secreto. Estáis ceñido a mi amantísimo corazón (..) y el corsé a mi cintura. Permítidme contar desde hoy con la promesa de vuestra mano. La mía, vuestra fue desde siempre .Beso vuestros pies: Piperacine Midy- Princesa cautiva  de Austrasia-"

Ah, ¡que fiesta dio el duque a sus amigos para celebrar aquel suceso de amor!
Las flores y el champán corrieron como ríos dorados por las mesas de "La Glaciere". Pero la alegría que le trajera aquel misivo fue pronto nublada. Alguien había herido al duque en lo que más caro para él: su elegancia: alguien quería aparecer más guapo y mejor vestido que él. Y ese alguien era Rodolfo Valentino. Y el duque pisoteó el nombre de aquel Narciso falsificado, que carecía de sangre azul, que no tenía como él 1,80 m de estatura, si como él tenía sus curvas apolíneas de ánfora etrusca. -Esos palurdos-declaró el duque para "El Heraldo"- alzan vulgar vocifera a favor de ese macaco que se moriría de envidia ante la delicadeza oliente de uno de mis calcetines!

Para corroborar lo dicho, se hizo una foto nudista y mandó exhibirla en diversos lugares. No se convenció la gente, empero, y el comentario del día era "El hijo de Sheik" por Valentino. Entonces salió  nuestro otoñal Petronio en busca de su princesa. Y en 1925 se paseaba tranquilamente por las calles de Londres, donde, según el "Daily TELEGRAL", LOS TRANSEÚNTES SE DETENÍAN PARA VERLE PASAR, asombrados de su extraordinario parecido con Oscar Wilde. Por el brillante que lucía, en una sortija por la noche y en el imperdible por el día, un joyero francés estando en París en 1926, le ofreció 18.000 francos, que él rechazó. El duque regresó a Caracas tras larga ausencia. Tenía ya cerca de sesenta años, pero representaba cuarenta a lo más. Mucha de aquella popularidad del 22 estaba perdida. El sonaban sí: pero con mayor fuerza sonaba el radio, que recién había llegado al País; y su curiosa figura ya había dejado de ser rareza, para convertirse en otro aspecto del Paisaje caraqueño, como la torre o como la Ceiba de San Francisco. Así lo comprendió él y buscó nuevos caminos, sin abandonar su indumentaria, sus cosméticos, sus lentes ni su ducado, se inició en el mundo de la mecánica y junto con un protegido suyo inventó en 1929 un "avisador de incendios". Listos ya los planos, quiso, para desgracia suya, llevar todo aquello a la práctica. El 6 de diciembre de 1930, una ambulancia conducía al Duque de Roca Negras al hospital Vargas. Minutos antes, la explosión de un bidón que mandó llenar de aire le había quebrado una pierna. La hermosa peluca, comparada en la mejor peluquería de París, fue hallada debajo del Puente Junín. La elegancia había sucumbido. Vito Modesto Franklin, que del accidente salió cojo, ya no era sino un vulgar transeúnte, de sombrero y pantalones largos, como otro cualquiera. A la sombra de su vieja casa de Glorieta, soñando ante aquel montón de papeles y retratos que resumía su vida aventurera,  en el olvido de la ciudad que fue suya por diez años, murió  su excelencia el 17 de julio de 1938. Un estanque de agua clara nos indica el camino de su tumba solitaria.

("Últimas Noticias", 8 de febrero de 1943)
 
 
Vito Modesto Franklin, árbitro de elegancia. 
Foto Publicada en FANTOCHES, el 30 de mayo de 1923
(Reproducción de Agustín Aponte) 

Fuente:
Transcrito por Caracas en retrospectiva
de Crónicas de Caracas 1960

sábado, 7 de noviembre de 2015

Crónicas de ayer "La caña"

“Caracas, diciembre de 1940.-La ofensiva de las autoridades sanitarias contra los elementos  que se han creído que la caña  es “caldo de gallina”, nos ha traído de la mano para pergeñar esta crónica.

Naturalmente que no es cañera, ni cosa que se le parezca, pero, tan de prisa vamos hacía no sabemos dónde, que es necesario establecer responsabilidades a fin de que cada mochuelo trepe su olivo y a quien le venga la chupa que se la cale. 

Si en los estragos hechos por la caña desde el Descubrimiento, hay un responsable, ese no es otro que Cristóbal Colón. Fué este ilustre Cosmógrafo y audaz navegante quién en su segundo viaje hacia estas tornadizas  y veleidosas tierras en 1.493, tuvo la curiosidad de traerse unas cuantas semillas de caña, de las Islas Canarias. No quiso seguramente don Cristóbal, hacer de cañero en aquella emergencia, pues obedeció indicaciones que en tal sentido le hiciera en Sevilla el señor Zafra, secretario de los Reyes Católicos.
Detalle del mapa de La Española, A. Morales (1509)

La caña fue sembrada primeramente a “La Isabela”, mas, como esta doña, había resultado un tanto esquiva a los deseos del Descubridor, Colón resolvió abandonarla  y le jugó “la caña” a “La Española”, en la cual, según expresa  don Pedro Márquez de Anglerie, “criáronse con tanta fortuna  que en quince días habían crecido un codo”. Seguramente de aquí proviene aquello de alzar el codo, cuando nos entregamos al húmedo deporte. 

Más, no fue negocio pingüe el de los cañamerales; según  rezan los viejos papeles de la Casa de la Contratación las naos de Juan Genovés que atracaron al muelle de Sevilla  el 4 de julio de 1517, llevaron para sus Majestades  una cajita que contenían  los primeros azúcares de “La Española”. El rey probóla y el Real Tesoro pagó seis ducados de oro, por concepto de flete. 

Los Caribes no le daban mayor importancia a la caña; y como los españoles estaban atareados seleccionado pollitas para introducirlas en sociedad, nadie se ocupaba de la agricultura.

La fiebre del oro, por una parte y el oro en botón de las indiecitas, motivaron el hambre que a punto estuvo de acabar con los expedicionarios.  Fue entonces cuando el católico Rey Don Fernando (que en gloria esté), otorgó su famosa cédula de fecha 25 de julio de 1511, que dice a la letra: “Yo tenía por cierto que los navíos que iban a “La Española” tomaban carga en Canarias, de las cosas que eran necesaria para las Indias e agora  el Almirante Don Diego Colón dixe que non dexan ni concienten [sic] a los tales capitanes  cargar cosa alguna é azúcar  é muchas otras  cosas que la dicha Ysla no está poseída…” Vos mando que tengáis maneras de proveer de azúcar  é conservas  a los navíos que fueron a dicha Ysla”. Como puede apreciarse, la caña no preocupó ni  a Diego Colón, diabético contumaz. 
Plantación de caña de azúcar de Chr. Herold.
La Guaira
Carl Geldner  
En tierra firme cuando se plantaron los primeros cañamerales lo único que se industrializó  fué el guarapo, que la gente  de linaje tomaba, bien en las cantinas públicas, como en las recepciones, en la mesa o para embriagarse, cuando les veía en ganas.

Era el guarapo bebida de gente blanca; el indio no tomaba sino  chica de maíz que le producía enormes borracheras hasta por cinco lunas.  Y en cuanto a los morenos, solamente tomaban agua y eso si iban a los manantiales  como pajaritos. 

Al correr de los años,  las guaraperas en Caracas desempeñaron un papel importantísimo. Basta decirles que el Hospital de San Lázaro, en el año de 1700 se le sostenía con  la renta del guarapo y lo que producía La Gallera Oficial. Aquel establecimiento alojaba 150 enfermos y 5 doctores y dos enfermeros, amén del cura y el monacillo de la iglesia contigua, edificio que hoy ocupa la Escuela Técnica Industrial.
Plano de la Ciudad de Caracas, con división de
barrios, Venezuela (1775)


Las guaraperas fueron centros de intrigas en 1789, y como la aristocracia se reunía en ellas para aplacar la sed y murmurar de las demás gentes, raro era el día en el que el rendez vous de la guarapería  de la Plaza Mayor, no terminaba como el célebre rosario de la Soledad. Parece que a los súbitos de S.M. no se les enfriaba el guarapo a la hora de arrear castañas. 

Como la costumbre se hace ley, después de Carabobo, en los comienzos de la Federación, la guarapera establecida en la Esquina de “El Quebrado” jugó un papel importantísimo en los preparativos de lo que dió la zancadilla a Julián Castro. 

Refieren las crónicas que en la Esquina de “El Quebrado”  estaba oculto el General Falcón, cuando planeaban la revuelta  y que los hombres comprometidos en el movimiento,  para despistar a los radioescuchas se iban,  pacíficamente,  a tomar su guarapito, guarapita o guarapazo, después de lo cual, recibían las instrucciones del comité y se encaminaban a los toros coleados que en la  esquina de “La Garita” celebraban los habitantes de San Juan, para alegrar la ciudad. 

Aunque otros han referido el por qué de tan épico nombre, vale la pena traerlo aquí. Refiere “La Crónica” que cuando Don Diego de Lozada  trataba de conquistar los 150.000 indios Caracas y acampado estaba con su ejército en el cuartel establecido en el ángulo sureste de “La Garita”, un ayudante suyo advirtióle que en los cerros vecinos estaba Guaicaipuro con un ejército formidable en plan de batalla para sorprenderlos. 

Don Diego incorporóse y dando las ordenes del caso, destacó pelotones de caballería por distintas direcciones, los cuales atacaron de tan feroz manera, que en pocas horas no quedaba un indio para contar el cuento. Los indígenas le tenían más miedo a un caballo que a un millar de hidalgos a pie y bien municionados. 

Cuando regresaron los vencedores, y se imponían el reposo como bien merecido a su actitud, Don Diego ordenó que se construyera una garita de madera para dejar un centinela, lo cual se hizo.  Esta garita se conservó durante siglos, gracias a la Vigilancia de la Capitanía General; pero en unos toros coleados en la administración del General Monagas, un jinete “enguarapado” la enlazó con una zoga [sic] destruyéndola  bajo el aplauso de los recurrentes que no estaban acordes en que aquella reliquia colonial  construida por los españoles permaneciera respetada del tiempo y de los hombres. ¡Cosas de caña!

Varios historiadores, no admiten que la primera casa de Caracas estuvo en la Esquina de Maturín, porque el fundador Lozada tenía su residencia en La Garita, un día después de haber estrado a este Valle, donde al correr de los siglos , vale decir: 378 años, también la tiene el Capitán General Don Elbano Mibelli.

En el éxito alcanzado por los federales, sobre el maniquí de Julián Castro tiene gran parte el guarapo de “El Quebrado”.

Y allá por los años de 1889, cuando el General Crespo resolvió romper su silencio  y ponerse en armas contra el Gobierno del Dr. Andueza, no podía faltar el guarapo en el menú. 

Y aquí tienen ustedes desempeñando un papel importantísimo en los retozos democráticos organizados para impedir el continuismo de Andueza, seguramente porque sin Ejército bien aguerrido, el respaldo de la opinión pública y otras credenciales por el estilo, no podía el excelente orador realizar otra maniobra que la que hizo para que Crespo entrara  sin sangre y fuego a la capital, aunque con un palo de agua que presagió lo que vendría después. 
           
Plaza de San Jacinto 
Por aquel entonces la guarapera principal de la ciudad estaba establecida frente al reloj de piedra en la Plaza de San Jacinto  y era de José Jesús (padres desconocidos).

El negocio abarcaba no menos de  100 metros totalmente invadidos por ochenta pipas de a 100 botellas cada una, todas llenas de guarapo. Lo servían fresco, fuerte y dulce. Los que no, se conformaban con el denominado “entre fuerte y dulce”. Este no rascaba totalmente sino que asabrosaba al individuo.

En la tal guarapera, se reunían los comisionados para distribuir las instrucciones del Comité Revolucionario Crespero. 

 Nos refería el General Celestino Peraza cuando en el año de 1909 fuimos enviados a recibir unos baños de sombra en el Castillo Libertador de Puerto Cabello, que pipas de José de Jesús guardaron un parque de mosquetones, bayonetas y cápsulas, el cual fue pasado por el centro de la ciudad en urna que llevaron varios hombres a cuesta; le dieron su cuarto completo en llegada de Las Monjas a El Principal, sector en el cual estaba La Gobernación, el Cuartel de Policía y la Casa Presidencial. 

No obstante lo peligroso de la maniobra, a los hombres no se les enfrió el guarapo, como a los guapos de varios años más tarde.  El azúcar en si, no ofrecía mayor importancia para el negocio en el año de 1801, pues los hombres se preocupaban mayormente de la cría, del cultivo del tabaco, del añil y de preparar el movimiento emancipatorio que preocupaba a los muchachos de esa era, que no eran como los de ahora, gracias sean dadas a la Divina Providencia. 

Que se acaben los cañeros, pero que la caña crezca,  abunde y fructifique, pare regocijo de  cuantas cosas se extraen de ella, gracias a los descubrimientos modernos. 

Y si por haber tratado de la caña históricamente me juzgáis, amigo lector, un historiador caña, te aseguro que abundas en razones.”    

Billiken 1940
Lucas Manzano 

viernes, 31 de julio de 2015

Caso de inquisición en Caracas "El Patio de los Claveles"

Curioso artículo de Don Antonio Reyes, sobre el único caso de inquisición de Caracas, será interesante seguir investigando para verificar la certeza del hecho o si forma parte del realismo mágico que figura en algunas de nuestras crónicas. 



"El sitio elegido de hoy para comentarlo en estas columna no es propiamente un paseo urbano ni tampoco una plaza parroquial. Sin embargo, cabe muy bien dentro de la denominación categórica de plazas y paseos en razón de que se trata de un paraje típicamente caraqueño y por añadidura público.
El relato de hoy comienza en la descripción del antiguo "patio de los claveles "perdido- por mandato de las reformas de edificaciones- en la parte noroeste de Caracas. Es bien sabido cómo esta ciudad capital inició sus construcciones y trazado de calles, de preferencia, entre los puntos cardinales mencionados. Y es también conocida la circunstancia de cómo el "patio de los claveles" estuvo ubicado entre las esquinas de "Pelota" y "Punceres".

En algunas crónicas de los viejos tiempos coloniales se encuentra la mención de ese sitio. Para ciertos cronistas dicho patio constituía solamente un lugar pintoresco. Para otros su importancia se hallaba en haber servido de sede de una escuela con la característica de haber sido allí donde por primera vez se observaran las peculiaridades  de nuestra flora. Algo como primitivo "campo experimental" guiado por la mano experta de un erudito botánico que viniera de España confundido entre la densa imigración de aventureros y hombres de garra y presa. 
¿Quién era este hombre misterioso venido de las tierras de Iberia? ¿Se trataba acaso de un retardado alquimista a quien la aurora de Renacimiento no lograra arrancar de su primera posición? Nadie en esta hora podría afirmar o negar nada al respecto. Preferible sería situarse, como lo hace el cronista, en un punto equidistante entre la negación rotunda y la afirmación sistemática. Todo es posible en estos campos de Dios! Pero lo cierto fue que el nombre de Lucio Lombardo quedó estrechamente unido a la tradición de la primera escuela que se fundara en la Villa de Diego de Losada. Al efecto expresa un escritos contemporáneo:"..Pasado el jardín que lograba por cierto la admiración de todos los vecinos de la ciudad y que habían dado en llamar "patio de los claveles" se llegaba a la casa de caprichosa construcción. Allí vivía el maestro, un tal Lombardo, de quien se referían cosas admirables..."

Más, lo cierto era que a Lombardo se le temía y se le admiraba. 
Una aureola de enigmáticos tonos envolvía por entero lo severo y ponderado de su silueta. Por lo demás, prestaba excelentes y desinteresados servicios. Los jóvenes confiados a su cuidado progresaban en su formación cultural.

Pero un día cualquiera alguien habló:"Lucio Lombardo era un hechicero." El, debía denunciarlo: Lombardo a altas horas de la noche se perdía en los extramuros del cementerio, y allí de modo sacrílego. Contemplaba durante muchas horas la tranquilidad de los sepulcros!...Rápidamente la noticia cundió por todos los ámbitos de la incipiente ciudad. Las autoridades tomaron carta en el asunto. Y Lucio Lombardo fue detenido sin miramiento alguno. 

El juicio comenzó. Un hálito de prevención circundada todas sus palabras de defensa. El proceso irregular seguía su curso inexorable. Se arguyeron pruebas: Lombardo clandestinamente escondía en su habitación del "patio de los claveles", retortas, probetas y alquitaras de diversos tamaños...
Lombardo con firmeza de palabra y serenidad de ademanes aceptó con resignación los cargos. Inútil, por lo demás, fuera su pretensión de señalarse como hombre de ciencia. Hubo un momento en que expresó: "Las osamentas producen luz; quizás la vida o los principios de ella residen en la médula de los huesos y por ello voy a los cementerios. De allí me interesa la luz azulosa que brota de la tierra"...

Por último, la sentencia tuvo fuerza pública por medio de improvisados bandos. Y Lucio Lombardo conoció los tremendos dolores de la hoguera. El sitio elegido fué la esquina conocida hoy por Santa Bárbara; a la margen izquierda  de la quebrada, que cruza hoy el puente próximo a ella. Posiblemente esa ejecución constituye la única nota tenebrosa de la inquisición en esta Caracas gentil. Lombardo fuñe la víctima propiciatoria y el escenario no pudo ser más típico.

Años después alguien pretendió rehabilitar la memoria de Lombardo. Un descubrimiento trascendental así lo aconsejaba: En Suecia el sabio Gahn, acababa de descubrir la existencia del fósforo en los huesos.”

Por Antonio Reyes
1940

Nota sobre el artículo por el Lic Juan Gant-Aguayo

" La crónica es bien curiosa. Voy a precisar algunas cosas antes de dar mi opinión. La esquina de Pelota fue durante la primera mitad del s. XVII el sitio donde se mataba el ganado, donde estuvo la carnicería, hacia el este, hacia Punceres pues, cerca de la barranca del Catuche. Era por tanto sitio malholiente y no muy sano para habitar solares en dicha cuadra. Por allí pasaba, más tarde, la muralla que en 1680 decidieron levantar los caraqueños para defenderse de corsarios poderosos como Grammont o Morgan, que habían jurado tomar Caracas. Restos de esa muralla quedaron en pie, en esa esquina de La Pelota, y fue luego usada esa gruesa pared, en el s. XVIII, para jugar una especie de frontón o Jai Alai cuando a los vascos de la guipuzcoana les dio por importar su tipo de beisbol a Caracas. De allí el nombre de la esquina de La Pelota. Por otro lado, escuelas en Caracas, como tales, para instrucción de párvulos no hubo en Caracas sino muy a fines del s. XVIII. Siempre hubo 'maestros', (muchas veces beatos o ex seminaristas) que cobraban un estipendio del cabildo o de los padres por instruir a los niños. Esa era la forma como los vecinos instruían a sus díscolos retoños, aprendiendo a leer y escribir, suma, resta, multiplicación y división y casi más nada. Los conventos eran las otras escuelas serias. Lo tercero que quiero señalar es que Inquisición, lo que llamamos Inquisición del tipo de Torquemada, con hogueras, torturas, mazmorras y autos de fe, con condenas tipo a Galileo Galilei o persecución de brujas no hubo en Venezuela. La Inquisición policial 'vigilante de la Santa Fee' solo se desarrolló en la provincia bien entrado el s. XVIII, y fue muy laxa, complaciente más bien, puesto que sus representantes era vecinos y familia y caraqueños, no unos monjes locos medievales venidos de Castilla, y los pocos casos que se juzgaban apenas alcanzaban a hacer arrepentir a alguno que se pasara de blasfemo, o que fuera sospechoso de gitano o judío metido en la catedral rezando. Nunca se quemó a nadie en Caracas, hubiera sido un caso estudiadísimo hoy día y célebre si eso hubiera ocurrido. A lo más se azotaba a practicantes de bestialismo o colaboradores en incestos, tal como hizo el obispo fray Mauro en 1643 con doña Elvira de Campos, y eso sin intervención alguna de Inquisición. Yo por todo ello, y por no ver en el relato ninguna fecha o indicio de época que oriente, opino que ese cuento es un bulo, una leyenda urbana, con todo respeto a quien lo inventó o publicó. Por demás está decir que no conozco a ningún Lucio Lombardo en la historia colonial de Caracas, y el único que aparece en Google o en los archivos digitales es un mátemático italiano de inicios del s. XX. Saludos."


domingo, 14 de julio de 2013

Historia menuda de Santiago de León

“ Bajando por Sanchorquiz por el llamado Camino Real de los Españoles lo primero que se encontraba era el Polvorín  y Los Mecedores Sanchorquiz es una corruptela de Don Sancho Alquiza, Gobernador de Caracas que tenía allí una estancia para ir a pasar los días bochornosos del verno. A la izquierda del viajero se podía contemplar los paredones y Cipreses del Cementerio de los Hijos de Dios, el cual ha debido conservarse  pero desafortunadamente fue abatido por el afán de urbanizar esa típica zona, como pasó con multitud de viviendas que eran un claro exponente de la arquitectura colonial.




Los Mecedores eran sitio de refugio en los años de nuestra niñez. Allí entre las lianas o bejucos nos columpiábamos a nuestro antojo, para más luego irnos a refrescar en una límpida caída de agua que resbalaba por una pared natural de granito . O nos íbamos a montar papagayos o cometas a la Sabana del Blanco, sanas y agradables costumbres, gratas al cuerpo y al espíritu, hoy caídas en desuso.


Trepar las faldas del Ávila era uno de nuestros deportes favoritos. No existía cueva o rincón en Galipán que no conociéramos, lo mismo en toda la fila de la cordillera hasta la propia Silla de Caracas o el Picacho de Naiguatá; desde esos sitios contemplábamos el cuadrilátero como un enorme tablero de damas, rodeado de una verde y lujuriante vegetación cortada a trechos por las límpidas ninfas del Catuche, del Anauco o del Guaire, en cuyas márgenes la heráldicas palmeras, abanicadas por la brisa, jugueteaban con las blancas palomas que en tropel surcaban el cielo de aquel Caracas, mientras  que los viejos y queridos techos de rojas tejas cubrían los hogares donde se veneraba a Dios, y donde nadie osaba penetrar , respetando la sana tradición venezolana de la propiedad.


En las noches de luna, en la agradable compañía de nuestro desparecido y fraterno amigo Raúl Carrasquel y Valverde, nos encaminábamos por estrechas calles y largos callejones pastoreños, rememorando los viejos tiempos, idos hasta en el recuerdo: Raúl tenía pasión por esta parroquia, allí fundó su hogar en la grácil compañía de Iraida Regina. Ambos ya no están con nosotros, pero pueda ser que al filo de la medianoche materializados con niebla del Ávila, vuelvan a transitar por el Boulevard Brasil y tomados de la mano contemplando de nuevo la Caracas de antaño. La de la Cruz de Mayo, la de la Semana Santa, la de los nacimientos y villancicos, la de San Silvestre con un tronar de morteros y campanadas echadas al vuelo, mientras el bronce del Libertador galopa eternamente en la mente patriótica de todos los venezolanos. 
En la parroquia de La pastora en el sitio llamado La Puerta de Caracas, existió un almacén de la Compañía Guipuzcoana cuya casa Matriz ocupaba dos inmuebles de la hoy Avenida Urdaneta, posiblemente en el mismo lugar donde hoy está el Banco Central de Venezuela.


Don Diego de Lozada hizo construir dos ermitas, una, la de San Mauricio en la esquina de Carmelitas, y la otra la de San Sebastián, en la esquina de Santa Capilla. La imagen de San Mauricio en estampa, que había sido encargada a Castilla, fue conducida en procesión a su ermita (Actas de Cabildo, tomo II) la cual años después fue presa de las llamas, pasando el culto de este santo a la Ermita de San Sebastián. (En la actualidad Santa Capilla) . Algunos escritores han supuesto que la Ermita de San Mauricio quedaba frente a la de San Sebastián, lo cual es inexacto, esta confusión debe obedecer a que la única ermita en esta esquina tomó el nombre de los dos santos por las razones ya expresadas, y más luego fue conocida como San Mauricio a secas, igualmente en la esquina en cuya parte   sur-oeste  existió la Comandancia de Armas y el Cuartel de San Mauricio. Igualmente se ha pretendido que existía un pasadizo subterráneo entre éste y la Iglesia de San Francisco, lo cual cabe dentro de la leyenda; en verdad existió un subterráneo usado como polvorín.




En las memorias de Obras Públicas de 1875, ocurre una resolución del Ministerio de Fomento ordenando reformar el ya citado cuartel y nombrando una Junta de Fomento  compuesta por los señores Generales Víctor Rodríguez, Pedro Arismendi Brito y A. Loutowzky . El presupuesto presentado montaba una suma de seis mil cincuenta venezolanos, con diez céntimos. El Cuartel de San Mauricio sufrió grandes reparaciones, debido a que el Gobierno del General Cipriano Castro había dispuesto que sirviera de oficinas de Telégrafo Nacional, el cual funcionaba anteriormente de Torre a Principal. Muchas personas son partidarias de derrumbarlo y en su lugar construir un parque, la idea sería plausible si se hiciera de inmediato, pero existe el peligro que al igual que San Jacinto y la Torre, se convierta por saecula saeculorum en un estacionamiento de automóviles, que con los ranchos de los cerros afean enormemente la ciudad.” 

Fuente: Portal del Cuatricentenario
De Nicolás Ascanio Buroz
El Universal /Agosto de  1963

Notas actualizadas del Lic. Juan Gant-Aguayo ( julio 2015) 

El sitio de Sanchorquiz efectivamente debe su nombre a Sancho de Alquiza (1606-1611) gobernador que fue de la provincia. Mas no se le debe por ninguna estancia que supuestamente tuviera allí este caballero, que los gobernadores en funciones tenían prohibido adquirir bienes en la provincia a donde iban a gobernar. Sucede que ese abrevadero fue el sitio escogido por este gobernador para acampar la milicia cada vez que iba a marchas forzadas a la Guaira a defenderla de los piratas cuando sonaba la alarma de los vigías.

La ermita que mandó a construir Losada fue la de San Sebastián. La ermita de san Mauricio la hacen los devotos en 1578 en honor a ese santo y como voto por la plaga de langostas que asolaba los trigos ese año y el anterior. La ermita de san Mauricio duró bien poco, pues en 1580 se quema y la imagen del santo va a parar (provisionalmente, dijeron) a la ermita cercana de san Sebastián, y allí se quedó para siempre. La ermita de San Mauricio, anunque en el plano de Pimentel de 1580 aparece situada en el solar de carmelitas suroeste, en realidad estaba una cuadra más al oeste, en Llaguno suroeste.