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martes, 25 de julio de 2023

¿Existe el Caraqueño?

Celebrando el aniversario 456 de Santiago de León de Caracas comparto este artículo publicado  en la Revista Bohemia en 1966 como antesala al Cuatricentenario, 56 años después:  ¿Existe el Caraqueño? ¿Qué ha cambiado de Caracas?

¿Qué permanece?


“La vida de Caracas, como de todas las grandes urbes modernas, ha cambiado mucho en los últimos 30 años, y aunque las razones de tal transformación han sido las mismas: descubrimientos y conquistas en el campo científico, aumento de población, avance en las técnicas de comunicación, etc., puede asegurarse que en la capital venezolana el cambio ha sido más violento que en otras ciudades.

Las corrientes migratorias llegadas de Europa y las no menos fuertes corrientes provincianas han sido quizá los factores que más han contribuido a hacer de Caracas un conglomerado urbano donde habitan casi 2 millones de personas, la mayoría de las cuales no son caraqueñas. Pero... ¿existe realmente el caraqueño? ¿Puede hablarse de él como un individuo completamente diferenciado del resto de los venezolanos?



El doctor Rodolfo Quintero, antropólogo, profesor en las Facultades de Economía y Humanidades de la Universidad Central de Venezuela y miembro del Comité Coordinador de la Investigación ESTUDIO DE CARACAS, es el primero en responderá estas preguntas.

Antes de entrar en materia, nos aclara que su punto de vista, lógicamente, se fundamenta en observaciones directas y en los resultados de algunas investigaciones que en ese sentido realiza la UCV.

-El estudio con metodología científica de la vida cotidiana de los pobladores de Caracas -nos dice- facilita la elaboración de fórmulas sobre su manera de vivir, que comprende actitudes, creencias, motivaciones y sistemas de valores, ayuda, pues, a conocer los rasgos de su cultura, que comparados con los de otras culturas, permiten generalizar sobre la presencia de elementos que configuren una "cultura caraqueña".

-¿Cuál es el objetivo del Estudio de Caracas?

-Las investigaciones comprendidas en el plan general de este Estudio, donde participan profesores y estudiantes de la Universidad Central, han de aportar datos e informaciones valiosos, utilizables por los interesados en el análisis dinámico de la sociedad en que vivimos y de nuestra cultura.

-Al decir nuestra cultura, ¿se refiere usted a los que al principio llamó´ cultura caraqueña o una cultura latinoamericana, cuya existencia es negada por algunos antropólogos?

-Algunos antropólogos, ciertamente, niegan la existencia de una cultura latinoamericana. Para otros los conjuntos de rasgos propios de cada uno de nuestros países se interrelacionan y forman complejos culturales nacionales diferenciados que reflejan la heterogeneidad de culturas de América latina.

Pero también hay antropólogos que creen en una cultura latinoamericana como una unidad funcional, alejada de sus bases indígenas y europeas que cuenta con instituciones y pautas propias e identificables.

Hace una breve pausa y continúa: -Esta falta de unidad en las opiniones muestra la dificultad y complejidad que encuentran las investigaciones de campo cuya culminación haga posible definir, por ejemplo, al "hombre caraqueño" y su cultura particular, distinta de la cultura de los demás venezolanos y de los hombres de otros pueblos. Porque cultura no es un argumento de hábitos reunidos al azar, sino un todo integrado y funcional.

-¿No puede entonces hablarse de una cultura caraqueña?

-A comienzos de siglo podía hablarse de una "cultura caraqueña" o sub-cultura nacional, ya que "la ciudad de los techos rojos" que recuerdan los cronistas en forma agradable, crecía pausadamente adherida a un núcleo urbano de pequeñas dimensiones, en cuyos alrededores brotaban con timidez los barrios de rasgos extranjeros. Era un centro de población preindustrial que nació en los años que siguieron a la guerra de independencia por la concentración de grupos reducidos de hombres libres y extranjeros.

En ella se desenvolvieron procesos de sincretismo, sin mayores repercusiones en la vida cotidiana de sus habitantes.

Con expresión reposada y dando muestras de que el Estudio de Caracas es una de sus principales preocupaciones el Dr. Quintero continúa:

-Cuando en el país aparecen desordenadamente los islotes del modernismo, el hombre del campo pasa, sin las transiciones necesarias, a la ciudad, del trabajo en la agricultura al trabajo fabril, de un medio social a otro. Superpuestas a las estructuras tradicionales surgen nuevas estructuras económicas  de tipo capitalista, dependiente de factores de orden externo, y Caracas va resultando el producto y la imagen de esas estructuras superpuestas, su crecimiento se hace más y más rápido, pero sigue una dirección deformada, adoptando una organización sui-géneris.

-En la Caracas que se prepara para festejar su cuatricentenario -agrega- coexisten diferentes etapas históricas. Una parte de la población se interrelaciona a la manera propia de una organización social capitalista, pero hay un desnivel entre las personas que viven dentro del este sistema y la parte que se mantiene al margen del mismo, partes que no integran un todo funcional, que cambian constantemente, pero a ritmo y con direcciones diferentes, que tiene cada una su propio sistema de valores. Encontramos, pues culturas diversas que se relacionan sin ceder posiciones.

-¿Podría clasificar esas culturas?

-La cultura criolla con rasgos que forman un complejo mal llamado " la Caracas de siempre". Venezolana alejada de sus bases indígenas, europeas y africanas, con elementos variados de un nacionalismo que se expresa en el culto a los Libertadores, música local, aficiones, cantos nuestros y resistencia a lo traído del exterior, y la cultura denominada modernista o extranjera, empeñada en desplazar las culturas materiales ae intelectuales criollas, adoptar maneras de vivir importadas principalmente de Estados Unidos.

En cada parte de la población comprendida en una u otra de las dos grandes culturas en contacto, hay capas con rasgos diferenciados en la forma externa.

-Este planteamiento concluye el Dr. Quintero- sólo tendrá plena validez cuando culminen los estudios que hacemos. En todo caso, negamos la existencia de un hombre "caraqueño" definido, con una cultura de Caracas integrada y funcional, con pautas propias e identificables. Seguramente, en la oportunidad del Cuatricentenario se evidenciarán en actos, ceremonias, programaciones, etc.,. las culturas y subculturas señaladas.

 El doctor Raúl Ramos Calles no quiere opinar en su condición de psiquiatra y nos dijo:- No pretendo que mi opinión se tome como ensayo psicológico sobre el caraqueño, sino más bien como un resumen de apreciaciones muy personales.

-Es posible -añade- que en la Caracas de antaño, muy aislada del resto del país, haya tenido el caraqueño características propias. Hoy el violento desarrollo de la ciudad a expensas de extranjeros y gente de la provincia imposibilita la existencia del caraqueño típico.

En aquella Caracas predominaba la influencia francesa, la ruta invariable de quienes podían viajar era Caracas-París, como lo es hoy el viaje a los Estados Unidos. La influencia vanqui [sic] arranca más o menos en 1940, y a partir de allí las altas clases sociales empiezan a vivir y a pensar en lo neoyorquino; lo caraqueño o criollo casi no cuenta.

-En Caracas- apunta enfáticamente- no advierto un patrón de vida especial; lo que hay es una mezcolanza de nacionalidades y sus habitantes no pueden presentar características psicológicas definidas.

-Lo más característico de nuestra capital es el cinturón de miseria que la rodea, del cual no hacemos más que hablar y proponer planes que no llegan a culminar en lo que debería.

-Opino que las características que se han señalado siempre al caraqueño al decir que es vivaz, refranero, oportuno, ingenioso, un poco supersticioso y hasta mal educado, son características comunes de todos los venezolanos, así que no se puede hablar de "caraqueño" en especial.

El Padre Barnola, caraqueño "rajao", según su propia expresión. Se apasiona por el tema y, de rememorar los paseos que en compañía de sus amigos hacía desde Caracas a las haciendas que estaban en las cercanías de donde hoy se levanta el Colegio "San Ignacio", donde se realiza la entrevista, nos responde:

-Las costumbres de aquella Caracas han ido desapareciendo con los cambios que el progreso ha imprimido no sólo a Caracas, sino a todas las grandes ciudades, pero todavía quedan algunos representantes típicos de la ciudad de principios de siglo que parecen  resistirse a la evidencia y continúan soñando con aquellos tiempos.

-En cuanto a característica especial que yo aprecio en los caraqueños- señala-, es cierta entonación al hablar, un algo que los distingue del resto de los venezolanos, cierta campechanía y confianza en la conversación.

¡Cuando un caraqueño dice, por ejemplo! ¡Mira, vale! ¡Tú Sabes!, ¡Dígame eso!, le imprime un tono especial, que usted no podrá traducirlo a la escritura, pero que dichas por un caraqueño en cualquier ciudad del interior hacen que lo identifique rápidamente como capitalino.

-Quizá sería impropio- aclara el Padre Barnola- catalogarlo como peculiar de los caraqueños en el sentido de que los extranjeros y gente del interior con jucho tiempo de vivir en Caracas acaban por asimilar el modo de hablar nuestro, así que podríamos considerarlo propio de los pobladores de Caracas.

-Y ya que hablamos de extranjeros- continúa-, quiero advertir que no es típico del venezolano rechazar al extranjero; lo tradicional ha sido mostrarse acogedor y enrolarlo bajo la denominación cariñosa) me parece= de musiú y misia.

-Y en el aspecto religioso, he notado que ciertas creencias de tipo espiritualista, muy arraigada en la vieja Caracas, han ido desapareciendo. Hot, por ejemplo, no se ve, como en aquellos días, reunirse la familia para rezar el  Trisagio en días de tempestad, la botella de gua bendita que no faltaba en ningún hogar, tampoco se acostumbra actualmente vestirse de negro riguroso el jueves y viernes santos y otras costumbres se han perdido  como consecuencia del nuevo ritmo con que se vive.

Otro caraqueño "rajao" con quién pudimos conversar es Lucas Manzano, uno de los más viejos, pues según él mismo confiesa, no sabe cuando nació porque "estaba muy chiquito para darse cuenta"  

El autor de "Caracas de Mil y Pico" complacido recuerda aquellos días como mejores que los actuales.

-¿Por qué?  

-!Ah! porque aquellos caraqueños eran gente que sabían vivir, alegres, trabajadores, responsables. Hoy se ha perdido todo eso, sobre todo el sentido de la responsabilidad.

-¿Qué característica especial podría señalar de sus compañeros de juventud?

-En primer lugar, el humorismo, la gracia no igualada de Francisco Pimentel, (Job), de Leoncio Martínez (Leo) de Víctor Racamonte y otros.

-Otro rasgo era la camarería y cordialidad era para propios y extraños, no había diferencia con el extranjero; si este quería ser nuestro amigo, lo echábamos y lo ayudábamos en lo que podíamos.

-Hoy en cambio- nos dice con un poco de desaliento- nadie quiere a nadie, el egoísmo y la violencia parecen haberse adueñado de Caracas y de sus jóvenes.

Dejamos a Lucas en compañía de sus recuerdos, los cuales nos regala continuamente en sus crónicas y reportajes y seguimos en busca de otros caraqueños auténticos.

Y encontramos al pintor y periodista Luís Alfredo López Méndez, quién, aunque nació en este siglo, se considera el mismo resto del siglo XIX y desde luego, se complace en recordar aquella vida reposada que contrasta notablemente con la actual.

-La violencia del cambio- apunta- es lo que determina la diferencia entre la Caracas de hace treinta o cuarenta años y la de hoy.

- Ahora no es posible conseguir que le den la razón por personas que usted solicita y que viven quizá muy cerca de donde las busca, lo cual si es posible en aquella ciudad de doscientos mil habitantes, dividida en parroquias pequeñas donde todos nos conocíamos.

Para responder a la pregunta inicial expone:

-No podemos hablar del "Caraqueño” en forma definida ya que el crecimiento de la ciudad, determinada por la inmigración europea, la afluencia de gente de la provincia y demás factores

-Del venezolano, y por tanto del caraqueño, se afirma que es alegre, echador de bromas, ingenioso, pero creo que el de hoy es un poco diferente al de ayer. Actualmente parece complacerse en mantener un pugilato de irrespeto contra todo y contra todos; en todas partes se escuchan groserías, las damas reciben casi insultos en vez de piropos y todo esto, naturalmente, nos hace recordar con nostalgias aquellos tiempos pasados, donde todo era respeto y donde la gracia y el humorismo campeaban por todas partes.

-Debo agregar que la situación actual no es exclusiva de Venezuela y que, como en otras partes, es consecuencia de los cambios que ha impuesto la nueva forma de vida.

Para el Dr. Eduardo Michelena, quién acaba de publicar su libro "Vida Caraqueña", lleno de anécdotas y comentarios sobre la encantadora ciudad de las primeras décadas del siglo, la característica más resaltante del caraqueño de esos años era el humorismo.

Refiere muchas anécdotas y, derrochando esa gracia típica de los hombres de su época, ríe de buena gana contando las ocurrencias de Job Prim, de Miguel Otero Silva y de Guillermo Austria. A éste no le gustaba que le preguntaran la edad- comenta-y en cierta oportunidad que alguien le preguntaran la edad -comenta- y en cierta oportunidad que alguien le preguntó si él era de la generación de escritores del "Cojo Ilustrado", respondió: "No, señor; yo soy de la generación que no alcanzó al "Cojo".

Su sitio predilecto era la Plaza Bolívar; visitaba el café situado frente a la plaza, se paseaba en la esquina de las Gradillas, y eso durante años y años. Cuando la inmigración italiana y portuguesa invadió la plaza, me dijo, con su ingenio de siempre: "No he ido últimamente a la plaza porque no tengo intérprete".

-Eso no quiere decir- explica Michelena-que no fuéramos receptivos a los extranjeros; yo considero que el criollo tiende a depositar más confianza en los extranjeros que en los mismos coterráneos. Y si no fíjese en la cantidad de europeos que están al frente de empresas e industrias venezolanas.

-Por otra parte- anota- no podemos hablar del "caraqueño"; la Provincia se ha acercado mucho con la facilidad de comunicaciones de que disponemos y así vemos que quienes llegan a Caracas a estudiar o trabajar, pierden su acento regional y adoptan el nuestro, entran pues a formar parte de esta Caracas que en su Cuatricentenario mostrará un aspecto totalmente distinto al de hace 30 años.



Para el doctor Guillermo Meneses, escritor y periodista, actual Cronista de la Ciudad, el caraqueño, si presenta características propias, las cuales el aprecia de la siguiente manera:

-Se pudiera decir que el carácter del caraqueño se debe tomar en cuenta su condición de montañés que vive siempre con la seguridad del mar cercano. Un hombre que tiene la costa presente en su conciencia a pesar de que el mar esté oculto por el Avila.

Además, es vidente) y los sociólogos no han dejado de anotarlo) que la población de Caracas, aunque ciudadana desde hace mucho tiempo, guarda muy poderosas corrientes campesinas. No hay duda de que existe en el caraqueño cierto fondo rural que lo hace desear especialmente los espacios, abiertos, los jardines, el verde.

Igualmente está claro que se conserva entre los caraqueños una serie de creencias que corresponde a la sociedad campesina. Cultos como los de María Lionza, el Desertor de Güigüe, la Piedra Imán, claramente campesinos que se unen a la veneración de figuras como la del doctor José Gregorio Hernández. Igualmente aparecen en ciertos momentos heterodoxias como las que produjo la Iluminada de Sarria o movimientos tan extraños como el del Obispo Castillo Méndez ( tan importante y escandaloso durante cierto tiempo).

-Lo que no es verdad -afirma categóricamente- es esa imagen de Caracas que algunos "viejos" quieren inventar: Una Caracas pacata, conventual y severa. Nuestra ciudad ha sido siempre alegre, activa, con un poco de desorden y mucho de espíritu creador. Afortunadamente, todo lo dicho puede reunirse en un magnífico tipo humano: el caraqueño curioso y abierto al mundo, porque, para contemplar, ha recibido siempre poderosos núcleos de inmigrantes de todas las razas.

 

Si atendiendo a la opinión de la mayoría de los entrevistados podemos asegurar que no se puede hablar del "caraqueño" como individuo completamente diferenciado del resto de sus compatriotas, podemos también asegurar junto con el doctor Arturo Uslar Pietri que: "Ha cambiado sin duda la vida de Caracas, pero continúa más poblada que nunca de hombres y de mujeres, es decir de esperanzas, de angustias, de heroísmo, de miseria, de belleza y fealdad, de ingenio y estupidez, de vicio y de virtud, de amor y de odio, para colmar plenamente  y realizar con su genuina grandeza la medida de cualquier destino humano". 

Por Emma Fonseca 

Fuente: Bohemia 1966 /07

portada Bohemia 1966


viernes, 24 de julio de 2020

CARACAS


Por Lucas Manzano

“Según la tradición vernácula fundó esta ciudad con el nombre de Santiago de León de Caracas, el valiente Conquistador zamorano, General Don Diego de Losada que en gloria esté, el día veinte y cuatro de julio de 1567.[Sic]

Negar que antes se había establecido Francisco Fajardo en el mismo territorio el “Hato de San Francisco”, sería distanciarse de la verdad histórica, pues consta que el hijo de doña Isabel, cacica Guaiquerí, visitó en compañía del portugués Cortez Richo el bohío que motejó “Valle de Cortéz Bichó”, portugués que le acompañaba e la expedición, fundó luego el pueblo de “El Collado”  y habría el mestizo hecho maravillas a no hárberselo impedido las acometidas de la indiada, cuyo Jefe el audaz Guaicaipuro, le obligó a regresarse a su residencia de La Margarita y fue asesinado villanamente por Cristóbal Cobos.

Restos de la actuación de Fajardo, con quién colaboraba Juan Rodríguez  Suárez, valiente caballero de la Capa Colorada, encontró Losada en la penetración que hizo en el año 1566.

Cronistas contumaces  y, en consecuencia, amantes del taparrabos y de la civilización en esta parte del mundo, trataron, hasta un ayer reciente, de impedir con sofismas y argumento de ninguna consistencia la realización del homenaje estatuario a que es acreedor el fundador de Caracas.

Desde hace más de un cuarto de siglo venimos escribiendo en loa a Diego de Losada, con el fin de que se le rinda el merecido tributo de eterna recordación a que se hizo acreedor. Fuimos iniciadores de la primera Junta reunida en la Legación española, cuando representaba a su patria el Ministro Ranero y Rivas, y presidia la colonia española don Manuel Pérez Abascal. En aquella oportunidad habíamos logrado la colaboración del Gobierno español para el fin expresado, pero los sucesos que ocurrieron en Madrid desalojando a Primo de Rivas, nulificaron lo hecho.

Ha  [Sic] poco menos de seis años los miembros del “Rotary Club” de Antímano, iniciamos la erección del monumento y abre un concurso, según la prensa diaria lo ha publicado, para rendir homenaje al fundador de la ciudad; nos sentimos obligados a pergeñar unas cuantas parrafadas en loor de Don Diego de Losada.

En efecto, establecer la hacienda ganadera que e denominó “San Francisco” no es fundar una ciudad. Los conquistadores y los fundadores de pueblos, en tierras descubiertas por el glorioso Almirante, debían llenar el requisito a que estaban obligados, por requerirlo así las disposiciones que corren insertas en “leyes de Indias”. Según ellas, el conquistador debía proceder de esta manera:
Colocar el Padrón, que venía a ser una columna o pilar de una lápida o inscripción que recordase el notable suceso, o bien colocar la piedra fundamental que servía de mojón, rollo o padrón de arranque para la distribución de las tierras entre los primeros pobladores. El acto revestía trascendencia  por su gran solemnidad religiosa y cívico-militar.

Un pregonero publicaría los poderes necesarios para la fundación, en presencia de los pobladores  y testigos que habían de firmar el acta, luego se contaba con la libre voluntad de los vecinos que “querían poblar bien y con seguridad” en tal parte y sitio determinado. Hecho esto se imponía el nombre que debía llevar la población en adelante y, fijando el padrón, se declaraba establecida y fundada la ciudad en nombre de su Majestad el Rey de España y de la nación española. Finalmente, se señalaban allí mismo los límites del territorio o provincia.

Arbolado el rollo, el Capitán echaba mano a la espada u delante de testigos y pobladores tocaba por dos veces el padrón retando a los presentes en estos o parecidos términos : “Si alguno es tan osado y villano que contradijere este muy grande acto por el cual tomo posesión de este territorio y provincia e nombre de Su Majestad el Rey de España, que Dios guarde, y para gloria de Dios nuestro señor, que comparezca y lo diga…”


Al elegir Losada el nombre de “Santiago de León” para la nueva ciudad, quiso homenajear al Capitán General Pedro Ponce de León, quién le designó para que llevase a término empresa tal. En medio de la sabanita que eliminaba el área elegida para la Plaza Mayor debió verificarse el levantamiento del Acta.
 
Diego de Losada por el pintor venezolano Antonio Herrera Toro


Se repartieron solares, cada cuatro de los cuales habían de componer una manzana. Trazaban las calles tiradas a cordel de naciente a poniente y de sur a norte, porque así lo pauta su Majestad   en “Leyes de Indias”, y para solemnizar un tanto más el acto, que se verificaba   en el nombre de Dios y del Rey, nombraron Regidores a López de Benavides, Bartolomé de Álamo, Martín Fernández  de Antequera, y Sancho del Villar, esforzados lugartenientes de Losada.

Años más  tarde los albañiles rendían eficientes labores al amparo de las cuales iban surgiendo casas que habían de alojar al tren gubernamental.

Cerca de la esquina de Juan Guevara se levantaron la casa del ayuntamiento y la de la Cárcel Real, mientras que en el extremo inmediato, con cuatro horcones extraídos de los cedrales que sombreaban el Valle de los Indios Caracas, los presbíteros Blas de Puente y Fray Baltazar Garcés, Capellanes del Ejercito Expedicionario, acometían la construcción de la futura Catedral y de la ermita de San Sebastián en el ángulo norte de la hoy llamada esquina de Tienda Honda, la última.

                Todo el mundo trabaja. Los aborígenes fatigaban el espacio para desalojar las chozas construidas por Francisco Fajardo. Doscientas bestias de carga, ganado lanar y porcino en abundancia, quinientos carneros que a su paso por Valencia le obsequiara el Teniente de Gobernador Don Alonso Díaz Moreno, entraban a enriquecer el joven pueblo, embellecido por “Cerro Grande” que tomaba el nombre de Avila por generoso desprendimiento del hidalgo don Gabriel de Avila.

Primer Planto de Caracas 1578/ Pimentel 
Juntáronse luego el Cabildo para elegir Alcalde a Gonzalo de Osorio, sobrino de Losada, y oír el voto que había de cumplir el General, hecho a favor de San Sebastián, que le libró de las saetas envenenadas, pues no obstante la lluvia de flechas con la que Guaicaipuro trató de cerrarles el paso desde que entró  en sus dominios  hasta que se firmó en “El Valle del Miedo”, sano y libre quedó de los atroces peligros.

Fray Pedro Simón hace ver que Diego de Losada llegó muy joven al Nuevo Mundo, y aunque de corta edad,  dejaba ver sus acciones y virtudes, hijas de su noble progenitor.

En la celebrada expedición al Río Meta, que organizó el General Antonio Cedeño, y para lo cual embarcaron dos navíos cuarenta caballos y ciento cuarenta hombres, bajo las órdenes del capitán Juan Bautista, Diego de Losada desempeñaba  un cargo importante, según se desprende de Castellanos cuando dice:

“Cedeño en estos tiempos y ranes dentro de Puerto Rico, ya tenía copia de excelentísimos varones, caballos, munición, artillería; vino con esta gente Juan Bautista y el animoso Diego de Losada, fortísimo varón de la conquista”.



El hombre que había de fundar Caracas  era Maestre de Campo de ese mismo ejército  y “Jefe único”, cuando por celos de una india de la servidumbre del general Cedeño lo envenenó con un filtro de amor. Más aún, cuando parte del país en 1525 pertenecía a Alemania, porque los Belzares gozaban del contrato  con Carlos I de España y V de Alemania para que disfrutaran de nuestra heredad, don Enrique de Rembolt designó al Capitán Losada como su real Teniente. Gratos recuerdos conservaron de él los corianos que no tuvieron que trasladarse con sus haberes hacía otras poblaciones en busca de la vida.

El intrépido Losada dió a conocer los inconvenientes que les ocasionaría el abandonar la reciente fundación y ofreciéndose él para solicitar en Oriente hombres y provisiones, puso manos a la obra y en compañía de Villegas inició el célebre viaje de doscientas leguas por sabanas vírgenes y montañas inaccesibles.

    Logrado su propósito en Cubagua, Cumaná y otras conmarcas por las cuales transitaban, retornó a Coro en Septiembre de 1544 con los recursos obtenidos.

Tales antecedentes le dieron méritos ante el Capitán Pedro Ponce de León para que le encomendase la conquista y pacificación de los Indios Caracas que inició en 1566 y coronó felizmente el 25 de julio de 1567.

                Han transcurrido desde entonces trescientos noventa y nueve años, y Caracas no ha rendido a su Fundador el homenaje y el respeto que reclama su hazaña inenarrable.” 



Fuente: Lucas Manzano/ Tradiciones Caraqueñas, Libro Póstumo, Empresa el Cojo C.A, Ccs, 1967 (Pág. 202-208)

LO QUE UNA VEZ PASÓ POR LADOS DE SAN JACINTO


Por Lucas Manzano

"Existen en el perímetro metropolitano, ángulos intocables como que, a fuerza de ser simpáticos, están grabados, con caracteres indelebles, en el corazón de lo caraqueños. El primero y sobre el que vamos a pergeñar esta crónica, ocupa lo que resta de la zona de San Jacinto, rica en historias, desde poco después de la fundación de Santiago de León de Caracas. De consiguiente mucho se ha dicho y habrá que decir con motivo a los cuatrocientos años que va a cumplir Caracas de haber sido fundada, bélis-nollis, por Don Diego de Losada.

En aquel lugar que debió ser una sabana sin Dios ni Rey, establecieron su Monasterio y Templo dedicado a San Jacinto, los venerables monjes traídos de tierra tocuyana por Don Juan de Pimentel.

No viene el cuento a referir lo que le ocurrió el remendón Casquero con el dominico compadre suyo, quién para que el modesto trabajador abandonara la idea de encontrar tesoros ocultos en aquel terreno, le preparó un gran chasco que, por triz, lo pasaporta para el otro mundo. Más, para comenzar, conviene ilustrar al lector sobre establecimientos que ocupaban la parte  Oeste de lo que fue el Convento, Cuando Guzmán Blanco se lo ingurgitó, porque falta le hacía la medida para introducir en la ciudad reformas que reclamaban los pueblos civilizados. Allí ejercía de refresquero un tal José de Jesús, hombre que vendía diariamente cinco pipas de guarapo fresco y fuerte para ensabrosar a la gente menuda. Junto a éste, lucía su traje de zaraza a colores chillones, la mondonguera Ña Telésfora, quién  según se dijo entonces, y de ello han transcurrido decena de años, se enriqueció con su expendio de mondongo de res sazonado a la llanera. Cierta vez los estudiantes del Aula Magna, deseando darle una broma, lleváronle un envase, nuevo, es verdad, pero destinado a usos íntimos y distintos, y pidiéronle que les echaran allí un bolívar de mondongo, Telésfora accedió, pero como se trataba de bromearla, le vaciaron  nuevamente el condumio del envase, dando lugar a que la gente poco volviera a visitarla, tildándola de porcachona.

Allí mismo estaba emplazada la estatua del Prócer Don Antonio Leocadio Guzmán, rodeada por los vendedores de pájaros bravos, aunque no tanto como lo fuera en sus buenos tiempos el personaje representado en el bronce que derribaron en los motines de mil ochocientos noventa y nueve;  negocios de cachivaches y el popular vendedor de chaparros, varitas y bastones, a quién le molestaba que lo llamasen por el mote de su profesión y claro que le sobraba razón al sujeto.

En el ángulo Sur-Este de la esquina de San Jacinto estuvo emplazada la mansión de Don Fernando Miyares y su señora doña Inés Mancebo de Miyares, vecinos a la residencia del Coronel Fernando Bolívar y su honorable esposa doña Concepción Sojo y Palacios. [Sic]

Promediado el 1783, estaba grávida doña Concepción y le concedió a doña Inés el honor de que se encargara de lo que entonces decían hacerle las entrañas al niño que había de nacer. Honrada se consideraba la noble castellana con exigencia tal, sabida como era lo mucho que significaba en la sociedad venezolana la pareja Bolívar-Sojo Palacios. [Sic]

Había que ver a las dos matronas en las gélidas mañanitas caraqueñas, seguidas de las esclavas provistas de quitasoles y alfombrillas, cuando iban a los oficios religiosos que tenían lugar en el vecino templo. En tanto el Coronel Bolívar y su amigo Fernando Miyares platicaban en el juego del tresillo durante la consumación del chocolate preparado con especias, para entregarse luego a otros menesteres hogareños o al sueño reparador.

Llegó el venturoso 24 de Julio, día en que mientras en el vecino templo echaban vuelo las alegrías de sus esquilas, en homenaje a su patrona Nuestra Señora del Rosario, en la mansión del Coronel Bolívar, nacía el redentor del mudo Colombino, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar. Doña Inés Macebo de Miyares con la presteza del caso,  dejaba ver en la alcoba a la parturienta la erecta tentación de su rosado corpiño que había de hacerle la entrañas al párvulo.

Mientras acontecía cosa tal, la negra Matea no dejaba de expresar su inquietud en espera del momento en que le llamasen a amamantar el crío, futuro Libertador de la América Hispana, el   noble bizarro Paladín que años más tarde  en el 1827, ya cubierto de glorias en Carabobo y en otras batallas inenarrables, entraba triunfador en Caracas, y al ver a Matea que anhelaba arrojarse a sus pies, en la Fuente del León, le dijo emocionado:

                                       Matea, tú eres mi madre. 
       
En tanto doña Inés de Miyares lloraba emocionada esperado el momento en que habría de abrazar al Libertador en su regia mansión esquinera  de San Jacinto, distinguida como hemos dicho con el número 15.


Habían pagado su tributo a la madre común, los progenitores del Héroe, Coronel Don   Fernando Bolívar en el 1786 y su esposa doña Concepción Sojo y Palacios, fallecida en 1792.
La humilde Matea, recibía alborozada las noticias de los hechos inenarrables del niño que había amamantado, y cuentan que derramó las últimas lágrimas que guardaban sus ojos, en la alborada de 1883, presenciando la apoteosis en honor a Bolívar, conmemorando el centenario del día que Doña Inés Mancebo de Miyares lo amamantó por la primera vez.

De lo que fuera entonces Iglesia y Convento de San Jacinto, solamente existe un estacionamiento de carros de todas las especies que pregonan la ninguna admiración que tuvieron los autores para el Padre de la Patria.




Libro Póstumo 


Fuente: Lucas Manzano/ Tradiciones Caraqueñas, Libro Póstumo, Empresa el Cojo C.A, Ccs, 1967 (Pág. 65-68)
Imágenes: Dibujos  que acompañan el texto tomadas del libro  


 

sábado, 7 de noviembre de 2015

Crónicas de ayer "La caña"

“Caracas, diciembre de 1940.-La ofensiva de las autoridades sanitarias contra los elementos  que se han creído que la caña  es “caldo de gallina”, nos ha traído de la mano para pergeñar esta crónica.

Naturalmente que no es cañera, ni cosa que se le parezca, pero, tan de prisa vamos hacía no sabemos dónde, que es necesario establecer responsabilidades a fin de que cada mochuelo trepe su olivo y a quien le venga la chupa que se la cale. 

Si en los estragos hechos por la caña desde el Descubrimiento, hay un responsable, ese no es otro que Cristóbal Colón. Fué este ilustre Cosmógrafo y audaz navegante quién en su segundo viaje hacia estas tornadizas  y veleidosas tierras en 1.493, tuvo la curiosidad de traerse unas cuantas semillas de caña, de las Islas Canarias. No quiso seguramente don Cristóbal, hacer de cañero en aquella emergencia, pues obedeció indicaciones que en tal sentido le hiciera en Sevilla el señor Zafra, secretario de los Reyes Católicos.
Detalle del mapa de La Española, A. Morales (1509)

La caña fue sembrada primeramente a “La Isabela”, mas, como esta doña, había resultado un tanto esquiva a los deseos del Descubridor, Colón resolvió abandonarla  y le jugó “la caña” a “La Española”, en la cual, según expresa  don Pedro Márquez de Anglerie, “criáronse con tanta fortuna  que en quince días habían crecido un codo”. Seguramente de aquí proviene aquello de alzar el codo, cuando nos entregamos al húmedo deporte. 

Más, no fue negocio pingüe el de los cañamerales; según  rezan los viejos papeles de la Casa de la Contratación las naos de Juan Genovés que atracaron al muelle de Sevilla  el 4 de julio de 1517, llevaron para sus Majestades  una cajita que contenían  los primeros azúcares de “La Española”. El rey probóla y el Real Tesoro pagó seis ducados de oro, por concepto de flete. 

Los Caribes no le daban mayor importancia a la caña; y como los españoles estaban atareados seleccionado pollitas para introducirlas en sociedad, nadie se ocupaba de la agricultura.

La fiebre del oro, por una parte y el oro en botón de las indiecitas, motivaron el hambre que a punto estuvo de acabar con los expedicionarios.  Fue entonces cuando el católico Rey Don Fernando (que en gloria esté), otorgó su famosa cédula de fecha 25 de julio de 1511, que dice a la letra: “Yo tenía por cierto que los navíos que iban a “La Española” tomaban carga en Canarias, de las cosas que eran necesaria para las Indias e agora  el Almirante Don Diego Colón dixe que non dexan ni concienten [sic] a los tales capitanes  cargar cosa alguna é azúcar  é muchas otras  cosas que la dicha Ysla no está poseída…” Vos mando que tengáis maneras de proveer de azúcar  é conservas  a los navíos que fueron a dicha Ysla”. Como puede apreciarse, la caña no preocupó ni  a Diego Colón, diabético contumaz. 
Plantación de caña de azúcar de Chr. Herold.
La Guaira
Carl Geldner  
En tierra firme cuando se plantaron los primeros cañamerales lo único que se industrializó  fué el guarapo, que la gente  de linaje tomaba, bien en las cantinas públicas, como en las recepciones, en la mesa o para embriagarse, cuando les veía en ganas.

Era el guarapo bebida de gente blanca; el indio no tomaba sino  chica de maíz que le producía enormes borracheras hasta por cinco lunas.  Y en cuanto a los morenos, solamente tomaban agua y eso si iban a los manantiales  como pajaritos. 

Al correr de los años,  las guaraperas en Caracas desempeñaron un papel importantísimo. Basta decirles que el Hospital de San Lázaro, en el año de 1700 se le sostenía con  la renta del guarapo y lo que producía La Gallera Oficial. Aquel establecimiento alojaba 150 enfermos y 5 doctores y dos enfermeros, amén del cura y el monacillo de la iglesia contigua, edificio que hoy ocupa la Escuela Técnica Industrial.
Plano de la Ciudad de Caracas, con división de
barrios, Venezuela (1775)


Las guaraperas fueron centros de intrigas en 1789, y como la aristocracia se reunía en ellas para aplacar la sed y murmurar de las demás gentes, raro era el día en el que el rendez vous de la guarapería  de la Plaza Mayor, no terminaba como el célebre rosario de la Soledad. Parece que a los súbitos de S.M. no se les enfriaba el guarapo a la hora de arrear castañas. 

Como la costumbre se hace ley, después de Carabobo, en los comienzos de la Federación, la guarapera establecida en la Esquina de “El Quebrado” jugó un papel importantísimo en los preparativos de lo que dió la zancadilla a Julián Castro. 

Refieren las crónicas que en la Esquina de “El Quebrado”  estaba oculto el General Falcón, cuando planeaban la revuelta  y que los hombres comprometidos en el movimiento,  para despistar a los radioescuchas se iban,  pacíficamente,  a tomar su guarapito, guarapita o guarapazo, después de lo cual, recibían las instrucciones del comité y se encaminaban a los toros coleados que en la  esquina de “La Garita” celebraban los habitantes de San Juan, para alegrar la ciudad. 

Aunque otros han referido el por qué de tan épico nombre, vale la pena traerlo aquí. Refiere “La Crónica” que cuando Don Diego de Lozada  trataba de conquistar los 150.000 indios Caracas y acampado estaba con su ejército en el cuartel establecido en el ángulo sureste de “La Garita”, un ayudante suyo advirtióle que en los cerros vecinos estaba Guaicaipuro con un ejército formidable en plan de batalla para sorprenderlos. 

Don Diego incorporóse y dando las ordenes del caso, destacó pelotones de caballería por distintas direcciones, los cuales atacaron de tan feroz manera, que en pocas horas no quedaba un indio para contar el cuento. Los indígenas le tenían más miedo a un caballo que a un millar de hidalgos a pie y bien municionados. 

Cuando regresaron los vencedores, y se imponían el reposo como bien merecido a su actitud, Don Diego ordenó que se construyera una garita de madera para dejar un centinela, lo cual se hizo.  Esta garita se conservó durante siglos, gracias a la Vigilancia de la Capitanía General; pero en unos toros coleados en la administración del General Monagas, un jinete “enguarapado” la enlazó con una zoga [sic] destruyéndola  bajo el aplauso de los recurrentes que no estaban acordes en que aquella reliquia colonial  construida por los españoles permaneciera respetada del tiempo y de los hombres. ¡Cosas de caña!

Varios historiadores, no admiten que la primera casa de Caracas estuvo en la Esquina de Maturín, porque el fundador Lozada tenía su residencia en La Garita, un día después de haber estrado a este Valle, donde al correr de los siglos , vale decir: 378 años, también la tiene el Capitán General Don Elbano Mibelli.

En el éxito alcanzado por los federales, sobre el maniquí de Julián Castro tiene gran parte el guarapo de “El Quebrado”.

Y allá por los años de 1889, cuando el General Crespo resolvió romper su silencio  y ponerse en armas contra el Gobierno del Dr. Andueza, no podía faltar el guarapo en el menú. 

Y aquí tienen ustedes desempeñando un papel importantísimo en los retozos democráticos organizados para impedir el continuismo de Andueza, seguramente porque sin Ejército bien aguerrido, el respaldo de la opinión pública y otras credenciales por el estilo, no podía el excelente orador realizar otra maniobra que la que hizo para que Crespo entrara  sin sangre y fuego a la capital, aunque con un palo de agua que presagió lo que vendría después. 
           
Plaza de San Jacinto 
Por aquel entonces la guarapera principal de la ciudad estaba establecida frente al reloj de piedra en la Plaza de San Jacinto  y era de José Jesús (padres desconocidos).

El negocio abarcaba no menos de  100 metros totalmente invadidos por ochenta pipas de a 100 botellas cada una, todas llenas de guarapo. Lo servían fresco, fuerte y dulce. Los que no, se conformaban con el denominado “entre fuerte y dulce”. Este no rascaba totalmente sino que asabrosaba al individuo.

En la tal guarapera, se reunían los comisionados para distribuir las instrucciones del Comité Revolucionario Crespero. 

 Nos refería el General Celestino Peraza cuando en el año de 1909 fuimos enviados a recibir unos baños de sombra en el Castillo Libertador de Puerto Cabello, que pipas de José de Jesús guardaron un parque de mosquetones, bayonetas y cápsulas, el cual fue pasado por el centro de la ciudad en urna que llevaron varios hombres a cuesta; le dieron su cuarto completo en llegada de Las Monjas a El Principal, sector en el cual estaba La Gobernación, el Cuartel de Policía y la Casa Presidencial. 

No obstante lo peligroso de la maniobra, a los hombres no se les enfrió el guarapo, como a los guapos de varios años más tarde.  El azúcar en si, no ofrecía mayor importancia para el negocio en el año de 1801, pues los hombres se preocupaban mayormente de la cría, del cultivo del tabaco, del añil y de preparar el movimiento emancipatorio que preocupaba a los muchachos de esa era, que no eran como los de ahora, gracias sean dadas a la Divina Providencia. 

Que se acaben los cañeros, pero que la caña crezca,  abunde y fructifique, pare regocijo de  cuantas cosas se extraen de ella, gracias a los descubrimientos modernos. 

Y si por haber tratado de la caña históricamente me juzgáis, amigo lector, un historiador caña, te aseguro que abundas en razones.”    

Billiken 1940
Lucas Manzano 

sábado, 2 de marzo de 2013

La pestaña danzarina de Billiken



Lucas Manzano muy mal acompañado 

“Billiken” fue un importante semanario ilustrado, fundado a principios del siglo XX en Caracas, cuyo propietario-director era nada más que nuestro querido cronista don Lucas Manzano.  Llama la atención, por una parte, que al inicio sus páginas no estuviesen numeradas; y, por otra, una profusa publicidad que intentaba adecuarse al ingenio del diseño y la diagramación, por entonces.

Una de las iniciativas más curiosas, fue la de agregar una pestaña al aviso de la quincalla “La Galia” que, al reverso, gracias a un sello húmedo,  indica su dirección y número telefónico. Presumimos que no había una máquina que lo hiciese, adhiriendo una punta de la pestaña a la hoja, con precisión. Sin duda, una labor artesanal que elevaba la tarifa de tan sofisticada publicidad, permitiendo desprenderla  y llevarla en el bolsillo, quizás como estrategia de publicidad ya que anunciaba la Casa de la Bailarina , artículos de fantasía.  

Desconocemos todavía si otras publicaciones nacionales o extranjeras ensayaron la curiosa pestaña publicitaria, pero lo cierto es que Lucas Manzano era también audaz al ofrecerla. Por fortuna, sobrevivió la pieza en el ejemplar consultado de mayo de 1925.

María F Sigillo










lunes, 2 de julio de 2012

Los Paseos Olvidados de Aquel Caracas.

En vísperas del cumpleaños número 445 de nuestra querida ciudad de Santiago de león de Caracas, quiero compartir con ustedes una serie de artículos que he venido recopilando para esta ocasión, comenzando con “Los Paseos de Aquel Caracas” de Lucas Manzano, el cual nos transportará a los lugares de recreación de la Caracas de Antaño.

“Si para pergeñar esta crónica es de rigor someternos al orden cronológico, tendremos que remontarnos al año de 1785, al filo del cual, los elegantes del mundo caraqueño frecuentaban, provistos de alimentos y refrescos, los sitos de moda que figuraban “La Palomera”, al final de “La Roca Tarpeya”; “La Estancia de los Tovar”, en “Coticita”; el pintoresco bosque de “Los Mecedores” bañado por las aguas del cristalino Catuche, bajo el cantar de los pájaros y el rezongo de los araguatos; la laguna de “El Rincón” de El Valle, formada por aguas de lluvia y la acequía de Don Guillermo Espino, para vitalizar sus cañaverales que luego convertía en aguardiente, papelón y azúcar en el “Trapiche Ibarra” de grata recordación para los amantes de lo cañameral ; “El Calvario”, por cuyas avenidas paseaba su arrogante figura de •gladiador” romano el Presidente Guzmán Blanco, cuya diligente acción encaminó para imprimirle belleza a la colina donde culminaban las procesiones llevadas desde el templo de San Jacinto, para que a los caraqueños les fuesen perdonados sus pecadillos.

“Gamboa” y “San Bernardino” se dieron el regalo de ofrecer en sus lagunetas sombreadas por bambúes, tintes de esmeraldas, donde se oyeron turpiales y guacharacas y las armonía del “arpa vanada”, arrancadas por aragüeños al “Jarro Mocho” de Vollmer compositor, que no obstante los años transcurridos, reanima con el reír de las maracas y el rezongar de los bordones para demostrar que si aristócrata era el autor, también solía echar sus canitas al aire entre la moza que escobillaba un “golpe” toda llena de gracia como el sol mañanero.
                                                                                                                                                                                          
Tenían los hombres de aquella cercana antigüedad otro lugar de recreo que el Presidente General Crespo visitaba cuando jineteando su caballo alazán excursionaba hacia los pastizales del “Hato de Cútira” donde engordaban las reses de sus potreros, arriadas hacia el centro para alimentar a quienes comían completo, porque tenían con qué. En Santiago de león de Caracas. El Presidente se detenía frente a “La laguna de Catia”, madre generosa del “Caruata”, aprendiz del río, que en más de una crecida enlutó hogares con su impetuoso y turbulento correr.

Para admirar cuanto de pintoresco tenía los patos silvestres y otras variedades, hombres y mujeres frecuentaban los paseos de aquel Caracas, “que se murió de amores como la desdicha de Elvira” y estuvieron vivitos y coleando refiriendo la emoción recibida en aquellos lugares, cuando la nieve de los años había cubierto sus testas reverentes. Hacían su aparición en los paseos favoritos, Don Octavio Escobar Vargas, “Gentleman” que hasta el último día de su honesto vivir, recorría la ciudad trajeado con paltó levita color de flor de romero, el fino tirolé amoldado en forma que ningún otro mortal usara, en el ojo derecho el brillante monóculo, y para complemento de su indumentaria, las guetas blanca sobre las botas de charol, que le daban el relieve que pocos hombres de su época tuvieron como él. Lugar favorito de Don Octavio era su residencia campestre marginada con la ribera sur del Guaire y el camino que conduce hacia La Vega. Para tormento suyo emplazaron allí, en el año de 1911 la India, desnuda de cabeza a los pies, sobre pétreo y corpulento Chaguaramo, que lleva el nombre de Monumento de Carabobo. Don Octavio fue además uno de los siete columnas formidables del “Club Concordia”.

Las muchachas se daban el lujo de concurrir a los pic-nics celebrados en los citados paseos, trajeadas de “punto en blanco”, lo que obligaba a los concurrentes del sexo contrario a vestir “americanas” bien cortadas y en ocasiones paltó levita, pues señores hubo tan aferrados a estas prendas de vestir que se les desprendían del cuerpo únicamente para dormir.

Los paseos del viejo Caracas desaparecieron para dar cabida a cosas modernas que embellecen la ciudad como no lo soñaron los hombres de viejo tiempo.

Del pintoresco bosque de “Los mecedores”, no quedan ni las huellas; se ven si y eso de cuando en vez, seminaristas del vecino colegio y los valientes que, bajo la creencia de que Catuche nunca más traerá agua en abundancia para nutrir el Guaire, fundaron viviendas en las propias márgenes de la quebrada.

En el área de la que fue la “Laguna de los Chaguaramos” luce elegantemente la mole del “Hotel El Avila”, y la urbanización San Bernardino.

Aquellos lugares dejaron recuerdos que evocan complacidos, los muchachos pasados de las sesenta primaveras.

Quien presenció el gracioso incidente ocurrido cierta noche en la laguna de “El Rincón del Valle” entre el Dr. Crispín Yépez, Guillermo Elizondo y otros miembros de la aristocrática cuerda, reirá al añorar el suceso. Esa noche paseaban en bote el Dr. Crespín y una hermosa dama nativa de París, cuando Elizondo por broma le interceptó el esquife que echó al agua la preciosa carga humana.

Don Crispín braceaba con su remo y protegía su presa disparando su revólver sobre sus amigos, que, a Dios gracias, no recibieron un impacto.

Despojados los náufragos de la indumentaria ensopada surgió la rubia champaña que arregló las cosas como era de rigor entre amigos.

Ahora está en la plenitud de sus éxitos los paseos “El Pinar”, embellecido con su Jardín Zoológico y su Fuente de Soda; el viejo pero remozado “Calvario” que supera todo a lo que fuera en sus mejores años y el imponderable Sistema de la Nacionalidad, expresando con el categórico lenguaje de lo que no es para ser discutido, que supera con lujo de detalle a los más modernos paseos de allá y acullá…



Hacienda Gamboa


Hacienda Ibarra


Laguna de Catia


El Calvario



Cortesia de Guillermo
El Pinar
La Mole del Hotel El Avila


Fuente: Tradiciones Caraqueñas de Lucas Manzano
Crónicas de Antaño 1951
Libro Póstumo/ Publicado en 1967
Empresa el Cojo S.A. Caracas