sábado, 4 de junio de 2016

"El Más Grande" Muhammad Ali, visitó en 1971 y en 1974 la capital venezolana

La primera vez, al regresar a casa, perdió el invicto ante Frazier. En la segunda, fue a Kinshasa para noquear a Foreman


Caracas, febrero de 1971. 

Ese año un astuto y arriesgado "matchmaker" cubano, Félix "Tuto" Zabala y quien fungía de representante del barloventeño Vicente Paúl Rondón, montó en el Nuevo Circo una pelea por el fajín de los semicompletos, vacante ante el desconocimiento como campeón de Bob Foster. En el encuentro estelar Rondón debía enfrentar al estadounidense Jimmy Dupree. 

A alguien entre el grupo organizador se le ocurrió la idea de invitar a una personalidad mundial del boxeo y ¿ quién mejor que Ali, quien había vuelto a la acción a fines del 70 con victorias ante Jerry Quarry y el argentino Ringo Bonavena, luego de un mutis obligado de casi tres años por su negativa de dar un paso al frente cuando se le llamó a incorporarse al ejército, negativa que le acarreó la perdida de la corona que ceñía? 

Contra todos los pronósticos ("Muhammad no va a venir, no vendrá ni de vaina", se especulaba), un día cualquiera de febrero, el 20, el 21, el 22, no lo recuerdo bien, Ali puso pie en Maiquetía. 

En el salón VIP del aeropuerto el peleador de la gran boca que nunca se cerraba, el que no se cansaba de pregonar que era el más bello y el más grande, no parecía muy animado a abrir los labios. Al fin, ante el acoso y la insistencia de una veintena de reporteros, accedió a responder una que otra pregunta, como diciéndoles "para que dejen de fastidiarme". 

Recuerdo que titulé el trabajo "Mi religión es la paz", una de las frases que soltó y saltó cuando se le planteó lo de su rechazó a ir a Vietnam. Habló otro poco de su adhesión al islamismo y escasamente hizo mención al boxeo. Nada más. 

Lo programado era que realizara una exhibición para deleite de los aficionados. Sin embargo, la presentación no se dio, aún ignoro el porqué. Pero el Ali de 31 años por esos días sí estuvo en primera fila la noche del 27 de febrero y presenció como Rondón se convertía en la primer campeón mundial venezolano al aplastar a Dupree en el sexto tramo. 

Al final del espectáculo, Ali ni siquiera se molestó en hacer comentarios sobre la pelea. Simplemente tomó el vehículo que le habían asignado, se fue al hotel y al día siguiente volvió a New York, sin hacer bulla. 

A los dos o tres días de su partida circularon en el medio boxístico cuentos de todo tipo, algunos fantasiosos. Entre otras historias jamás confirmadas, se dijo que una trotaconventos muy popular por Sabana Grande contrató a una joven prostituta, tan popular como ella, "para que acompañes al campeón toda la noche y le hagas más grata su permanencia en Venezuela". 

Como dije, nunca se pudo saber a ciencia cierta si esto fue ficción o verdad. 

Diez días más tarde de su partida a casa, exactamente el 8 de marzo de 1971, en el Madison Square Garden neoyorquino el orgullo Ali sufrió un duro revés.:Joe Frazier, el incansable, duro y recio "Smokin" Joe, acabó con su invicto, a los puntos, con la humillación adicional de tirarlo a la lona por la cuenta de ocho, en el round 15. 


Caracas, marzo de 1974.

Tres años transcurrieron para que Ali volviera a la capital venezolana, lo que hizo en compañía del famoso promotor de los pelos engrinchados, Don King, y de una numerosísima delegación en la que se contaban, silenciosos y serios, ministros y otros correligionarios de los Black Muslims (Musulmanes Negros), algunos boxeadores activos, otros retirados. 

Como en la primera oportunidad, también ahora sus contactos con la prensa fueron superficiales, más por cortesía que por otra cosa. Era, y bien que lo sabía, sin ser el campeón, el amo del boxeo, el dios inaccesible, quien había partido en antes, en y después de él, a la historia del pugilismo: 

Venía a ver qué podía pasar en el combate entre George Foreman, campeón de la división y de quien era segundo retador, y el exmarine Ken Norton. El Poliedro era el escenario elegido por una promotora estadounidense, de común acuerdo con el maestro Aldemaro Romero, fanático del boxeo desde su mocedad, y quien desempeñaba el cargo de director del local ubicado frente aLa Rinconada. 

Foreman -entre cuyos ayudantes estaba el legendario Archie Moore, el más grande campeón de todos los pesos semicompletos que en el mundo han sido-, masacró a Norton en apenas dos episodios. 

En una silla de ring side Ali siguió las acciones en actitud imperturbable, displicente, casi con indiferencia. Luego diría entre algunos de sus amigos, de lo que pude enterarme por simple casualidad, que él tenía parte de culpa en la derrota del aspirante por no haber llegado una hora o 30 minutos antes al Poliedro. "De haberlo hecho- según habría asegurado-, Foreman no hubiera ganado tan fácil. Le habría dado a Norton la fórmula pata derrotarlo, la manera en que hay que pelearlo". 

Me pareció una jactancia muy propia de Ali, habituado a ellas. Sólo siete meses después pude comprender el sentido de sus palabras. 

En Kinshasa, Zaire (hoy República Democrática del Congo), Foreman-considerado imbatible e invulnerable, una roca boxística-, ante una ululante multitud que aclamaba al retador a los gritos de "¡Ali, mátalo!¡Ali,mátalo!", y frente a los asombrados ojos del dictador Mobutu Sesse Seko, se derrumbó como un castillo de arena en el octavo. 

La estrategia de Ali fue la de obligar a Foreman a lanzar, lanzar y lanzar golpes, de los que se protegía con los antebrazos y con sus guantes, mientras en la esquina un desesperado Angelo Dundee le gritaba que se alejara, que huyera, que buscara la larga distancia, que tan cerca corría peligro de muerte súbita. 

Pero Ali sabía bien lo que hacía y probó que tanto Dundee como Bundini Brown- su sécond de confianza, quien lo hacía reír con sus bromas y sus chistes-, todos cuantos le rodeaban, en suma, estaban equivocados. Foreman llegó al round ocho con los brazos dormidos, con la energía minada, con "la lengua de corbata", con un sudor a chorros y desfalleciente en la calurosa noche africana de ese 26 de octubre. Como dice un locutor de béisbol: lo demás fue fácil. El musulmán desató en ese tramo Una andanada final de dos, tres, cinco, ocho puñetazos consecutivos y Foreman se deslizó mansamente, herido de muerte... 
Ali, el más grande, el más bello, el que "volaba como una mariposa y picaba como una abeja", había logrado lo increíble y estaba, otra y una vez más, en el trono mayor del boxeo. 
Imágenes tomadas de la red , en el Poliedro de Caracas 1974


En el Poliedro de Caracas, 1974

Las otras dos.

Contaré de prisa, las dos últimas veces en que vi de cerca al septuagenario de hoy: Una de ellas fue en México, por los años 80, Ya se había retirado. Asistí a una convención del Consejo Mundial. de Boxeo, que rendiría un homenaje al exmonarca, exaltado hace tiempo al Salón de la Fama. 

En un receso tomé el ascensor y antes de que la puerta se cerrara Ali entró, flanqueado por dos amigos. Intercambiamos saludos, de prisa y se quedó en su piso antes de poder pedirle una entrevista para más tarde. 

La última hará unos quince-dieciocho años en Las Vegas, como dije al comienzo. Sentí una profunda lástima al verlo allí, mustio, a mil kilómetros del Ali joven y del Ali en plena madurez. Cuando regresé a Caracas escribí una nota, en su honor, que titulé "Una lágrima por Ali". 

Finalmente digo: Ojalá Ali la pase bien, lo esté pasando bien, en estos sus 70 años. 

JESÚS COVA
ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL
Fuente:  El Universal  17 de enero de 2012

Muere la Leyenda del Boxeo 
El País, Es
04/06/2016
Muhammad Ali, uno de los mayores deportistas del siglo XX, un hombre que se inventó varias veces a sí mismo y reflejó los traumas y conflictos de los Estados Unidos de su época, murió este viernes en un hospital en Phoenix (Arizona) a los 74 años por complicaciones respiratorias, tras ser ingresado esta semana. El boxeador llevaba 32 años batallando contra la enfermedad de Parkinson, un desorden del sistema nervioso que afecta al movimiento.

Con Ali desaparece más que uno de los tres o cuatro miembros del panteón de los deportes norteamericano, tres veces campeón mundial de los pesos pesados y campeón olímpico a los 18 años: desaparece un icono de este país, una de estas figuras que sirve para explicar qué significa ser estadounidense, un hombre controvertido cuya trayectoria, desde los desgarros sociales de los años sesenta a la llegada de un afroamericano a la Casa Blanca en 2009, define la historia reciente de EE UU.


La mala salud de Muhammad Ali alimenta la lucha por su fortuna
Pese a el declive de su salud, hasta el final no dejó de intervenir en el debate público. En diciembre, después de que el candidato republicano a la Casa Blanca Donald Trump anunciara su plan para vetar la entrada a Estados Unidos de musulmanes, Ali dijo: “Nosotros, como musulmanes, debemos enfrentarnos a quienes quieren usar el islam para imponer su agenda personal”.

Ali, nacido con el nombre de Cassius Clay en Louisville (Kentucky) en 1942, fue un negro golpeado por las humillaciones de la segregación que proclamó su identidad con orgullo. Un deportista locuaz que exhibía su ego sin modestia: “¡Soy el mejor! ¡Soy el mejor! Soy el rey del mundo”, dijo cuando ganó el campeonato mundial contra Sonny Liston. Un activista más cercano al estilo desafiante de Malcolm X que al ecumenismo de Martin Luther King en la defensa de los derechos civiles de los negros. Un héroe deportivo que se convirtió a una religión extraña para la mayoría de sus conciudadanos. Influido por las enseñanzas del grupo religioso Nación del Islam, adoptó el nombre de Muhammad Ali y eligió él mismo, descendiente de esclavos anónimos, su propio nombre y religión. "No quiero ser lo que vosotros queréis que sea”, decía.

Su oposición a la guerra del Vietnam no fue sólo retórica: rechazó el reclutamiento obligatorio, fue sentenciado a cinco años de prisión y perdió el derecho a boxear. “El cong [por Vietcong, los vietnamitas que luchaban contra Estados Unidos en la guerra] no me llama nigger’”, dijo. Nigger es la palabra más peyorativa usada para designar a los estadounidenses de origen africano.

Medio Estados Unidos le detestaba; medio mundo le adoraba. “En los próximos meses no hay duda de que los hombres que gobiernan en Washington intentarán dañarte de la manera que puedan, pero estoy seguro de que sabes que has hablado en nombre de tu pueblo y de los oprimidos en todo el mundo, en valiente desafío del poder americano”, le escribió el filósofo Bertrand Russell. El Tribunal Supremo le dio la razón en 1971 como objetor de conciencia, y pudo regresar al cuadrilátero, donde participó y venció en dos combates extravagantes y legendarios: el Rugido de la selva en Zaire (actual Congo), en 1974 contra George Foreman; y, al año siguiente, en Manila (el combate conocido como Thrilla in Manila), contra Joe Frazier.

A principios de los ochenta se retiró y poco después los médicos le diagnosticaron el Parkinson. Inició una etapa dedicada a las causas humanitarias. Con los años, el polarizador se convirtió en una figura de consenso, celebrado por blancos y negros, a derecha e izquierda. George W. Bush le condecoró.

“¿Quién podría haber predicho a finales de los años sesenta, cuando Muhammad Ali era vilipendiado por la prensa deportiva y por la mayoría de la América blanca como un racista negro, un agitador bocazas, que se convertiría en la elección obvia para encender la antorcha en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, como un símbolo del entendimiento, la paz y el amor internacional?”, escribió en 1998 el escritor Budd Schulberg, autor de la novela de boxeo Más dura será la caída, que inspiró la película protagonizada por Humphrey Bogart.

Cuando iniciaba su carrera política, en su oficina electoral de Chicago, Barack Obama tenía una fotografía de Muhammad Ali en un combate con Sonny Liston. No era casualidad. “Muhammad Ali representaba algo más que boxeo. Tenía un sentido político, el sentido de un orgullo afroamericano que se afirma a sí mismo”, dijo hace unos años, en una entrevista con este corresponsal, David Remnick, autor de las que seguramente sean las mejores biografías de Ali y de Obama.

Como Obama, que creció en una familia blanca y asumió su identidad negra de adulto, Ali también buscó y encontró su identidad. “Cassius Clay no quería ser Cassius Clay. No quería ser un luchador obediente y tradicional de la era de la segregación", dijo Remnick. "Quería ser algo distinto. Eligió la Nación del Islam, eligió otro nombre, eligió unas ideas políticas que, para ser justos, él sólo entendía ligeramente”.

Ali, como Obama, fue una figura esencialmente americana: un icono negro en un país todavía enfermo de racismo, un hombre que creó su identidad, un hombre libre.
Muhammad Ali, con sus hijas Laila (izq.) y Hana, en un hotel en Londres en 1978.

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