jueves, 30 de julio de 2020

LA VIRGEN DEL ROSARIO DE CARACAS, 1593

Por Juan Gant-Aguayo

Caracas ha perdido hace mucho su pasado.
La obsesión casi monomaníaca por nuestra manoseada historia moderna, en particular por los inicios del Estado republicano ganado con sangre pero por ello penetrado su origen hasta los tuétanos de gesta heroica o legendaria, han llevado al des recuerdo -o al ostracismo- tradiciones centenarias, devociones entrañables y hasta Vírgenes universales, cuyas imágenes veneraban con pasión de madre propia los caraqueños de la piadosa Santiago de León antes de la revolución emancipadora surgida del siglo de las luces.

La Virgen de Copacabana, el Nazareno de San Jacinto y la Virgen del Rosario son cuentas en ese rosario de desconocimiento moderno e ingratitud por olvido, advocaciones que colmaron calles haciendo arrodillar multitudes, en sus extintas antiguas procesiones de aquel tiempo de la colonia.

La Iglesia es la primera en inventar santos nuevos para viejos males. La Virgen de Las Mercedes -antigua patrona desde 1638 contra la “alhorra” o plaga del cacao-, Virgen ya caduca para el oficio, al parecer (por ser tal fruto irrelevante ahora, un vestigio provincial frente al emergente café republicano), decide en 1900 relanzarla como reencauchada patrona anti terremotos, frente a alguno -tibio- que mostró la cara ese año. Las puertas giratorias, que dicen.

Joseph de Oviedo y Baños, fiel caraqueño por adopción y prendado como todos de la Virgen del Rosario sita en su trono del templo de San Jacinto, la ponderaba de esta manera en su Historia, publicada en 1723: “… venérase en su iglesia la milagrosísima imagen de Nuestra Señora del Rosario, dádiva de la majestad del señor don Felipe Segundo, y atractivo de la devoción de todos los vecinos, que la reconocen por eficaz patrona contra la violencia de los temblores”.

Amén de clarificar quien era la Divina Protectora contra los sismos de Caracas, nos informa el cronista que tal imagen fue obsequio de Felipe II. En 1593 regresaba el procurador de la provincia, Simón de Bolívar, el Viejo, de su gestión en Madrid ante el rey. Venía acompañado de Martín de Zabala, rico mercader dominicano avecindado en Caracas tres años antes -al mismo tiempo que Bolívar y quizás llegado con él de Santo Domingo-. Martín compró casa y habitó en Santiago de León, tal vez por acompañar a su hermana María de Zabala, viuda que había hecho profesión de beata y decidido no casar más.

Es posible que la imagen de la Virgen del Rosario haya sido traída por Martín de Zabala, a su vuelta de España con el contador Simón de Bolívar en 1593 (que con este alto cargo de confianza por voluntad del monarca venía investido), o más probable, la trajo el mismo Bolívar, quien regresaba a la provincia luego de solicitar mercedes al propio rey Felipe II para Santiago de León, y pudo el soberano en audiencia personal -que con tan buen ánimo le concedió tales cargos personales y privilegios para la ciudad, hasta un escudo el de armas-, hacerle donación de esta imagen para animar a los vecinos a contribuir con la empresa de fundación del convento de San Jacinto, vistas las buenas obras que para el caso adelantaba ya en aquellas fechas Sancho del Villar, en 1590.

Haya traído Bolívar o Zabala la venerada imagen, lo cierto es que la fundación del convento de San Jacinto cobra impulso, y en 1597 se funda en la esquina de su nombre, en un solar que fuera del maestro de carpintería Diego Alonso, por entonces muy activo como encargado de enmaderar el techo, ventanas y puertas del flamante templo de San Francisco. Su solar fue permutado por una cuadra entera al sur de la ciudad, por acuerdo con el Cabildo.



El acaudalado Martín de Zabala le fabrica a la Virgen del Rosario una capilla de lujo en la nave de la epístola del nuevo templo. La Cofradía de la Virgen del Rosario del convento de San Jacinto estuvo a cargo suyo desde la fundación del templo hasta que fallece en 1636. Su hermana, María de Zabala, viuda y beata, custodiaba y guardaba la corona cerrada de orden imperial, rosarios de oro y perlas, estrellas, camafeos y dijes con piedras preciosas y otras joyas del manto de aquella imagen tan amada por todos los vecinos de Caracas, labor que cumple hasta que fallece, poco después y en el mismo año que su hermano Martín. La tarea devota la continuó su sobrina, la riquísima doña Maripérez, hasta su muerte al parecer ocurrida poco después del terremoto de 1641.

Se ha querido hacer de la advocación a la Virgen de la Inmaculada Concepción como la primera patrona mariana de Caracas. Es posible, mas no hay duda de dónde estaba el amor de los caraqueños desde que en 1593 Martín de Zabala o Bolívar trajeron -quizás- este regio obsequio de la Virgen del Rosario. En el informe de 1698 el prior de San Jacinto, sin proponérselo, deja testimonio para la historia de la intensa exposición pública que para esa fecha se hacía de esta venerada imagen, al detallar el costo en cera blanca labrada que representaba a fines del s. XVII el culto a esta imagen:

“La Virgen del Rosario se descubre cuatro [4] veces al día con seis velas [que se le encienden]: tres [veces] cuando se rezan los tres tercios del rosario, y una a la noche, cuando salimos a cantarle por las calles, cuyos gastos se pueden y deben apreciar por más de quinientas libras [de cera], … el cual gasto es considerable, para la renta asignada”.

¿Hace falta más prueba? Quinientas libras de cera al año representaba mas de un cuarto de tonelada gastado en cera blanca labrada para alumbrar esta Virgen, y el detalle de que se sacara en procesión todas las noches indica el fervor a esta devoción y los piadosos rezos del rosario que se hacían en cada casa, cada dia del año, al paso de esta imagen frente a la puerta.

La legendaria Virgen del Rosario se olvidó. Con olor a creolina permanece expuesta cual útil maniquí, buena su figura e imagen para exhibir el ropaje con que la cubren, que es un pálido recuerdo del magnífico que en su tiempo lució.

Sus joyas desaparecieron, quizás Morillo cuando estuvo en Caracas, o Boves, o los apremios económicos del esfuerzo patriota por sostener la guerra tras el terremoto de 1812. El retablo de su capilla en San Jacinto, tan engalanado de joyas en su tiempo como la Señora que entronizaba, fue desmembrado, y partes de su obra fueron a parar a la iglesia del pueblo de Guarenas, donde por el esplendor de estas reliquias de madera son aún adorno completo de su altar principal.

La imagen es una recreación digital de cómo pudo ser originalmente este retablo en San Jacinto, sacada de: “Los Retablos de las capillas de La Candelaria en Guarenas y del Rosario en la iglesia de San Jacinto de Caracas”. Davila, Marín, Niño, Badillo. 

Publicado en @CaracasLaDeLosTechosRojos (facebook)

viernes, 24 de julio de 2020

CARACAS


Por Lucas Manzano

“Según la tradición vernácula fundó esta ciudad con el nombre de Santiago de León de Caracas, el valiente Conquistador zamorano, General Don Diego de Losada que en gloria esté, el día veinte y cuatro de julio de 1567.[Sic]

Negar que antes se había establecido Francisco Fajardo en el mismo territorio el “Hato de San Francisco”, sería distanciarse de la verdad histórica, pues consta que el hijo de doña Isabel, cacica Guaiquerí, visitó en compañía del portugués Cortez Richo el bohío que motejó “Valle de Cortéz Bichó”, portugués que le acompañaba e la expedición, fundó luego el pueblo de “El Collado”  y habría el mestizo hecho maravillas a no hárberselo impedido las acometidas de la indiada, cuyo Jefe el audaz Guaicaipuro, le obligó a regresarse a su residencia de La Margarita y fue asesinado villanamente por Cristóbal Cobos.

Restos de la actuación de Fajardo, con quién colaboraba Juan Rodríguez  Suárez, valiente caballero de la Capa Colorada, encontró Losada en la penetración que hizo en el año 1566.

Cronistas contumaces  y, en consecuencia, amantes del taparrabos y de la civilización en esta parte del mundo, trataron, hasta un ayer reciente, de impedir con sofismas y argumento de ninguna consistencia la realización del homenaje estatuario a que es acreedor el fundador de Caracas.

Desde hace más de un cuarto de siglo venimos escribiendo en loa a Diego de Losada, con el fin de que se le rinda el merecido tributo de eterna recordación a que se hizo acreedor. Fuimos iniciadores de la primera Junta reunida en la Legación española, cuando representaba a su patria el Ministro Ranero y Rivas, y presidia la colonia española don Manuel Pérez Abascal. En aquella oportunidad habíamos logrado la colaboración del Gobierno español para el fin expresado, pero los sucesos que ocurrieron en Madrid desalojando a Primo de Rivas, nulificaron lo hecho.

Ha  [Sic] poco menos de seis años los miembros del “Rotary Club” de Antímano, iniciamos la erección del monumento y abre un concurso, según la prensa diaria lo ha publicado, para rendir homenaje al fundador de la ciudad; nos sentimos obligados a pergeñar unas cuantas parrafadas en loor de Don Diego de Losada.

En efecto, establecer la hacienda ganadera que e denominó “San Francisco” no es fundar una ciudad. Los conquistadores y los fundadores de pueblos, en tierras descubiertas por el glorioso Almirante, debían llenar el requisito a que estaban obligados, por requerirlo así las disposiciones que corren insertas en “leyes de Indias”. Según ellas, el conquistador debía proceder de esta manera:
Colocar el Padrón, que venía a ser una columna o pilar de una lápida o inscripción que recordase el notable suceso, o bien colocar la piedra fundamental que servía de mojón, rollo o padrón de arranque para la distribución de las tierras entre los primeros pobladores. El acto revestía trascendencia  por su gran solemnidad religiosa y cívico-militar.

Un pregonero publicaría los poderes necesarios para la fundación, en presencia de los pobladores  y testigos que habían de firmar el acta, luego se contaba con la libre voluntad de los vecinos que “querían poblar bien y con seguridad” en tal parte y sitio determinado. Hecho esto se imponía el nombre que debía llevar la población en adelante y, fijando el padrón, se declaraba establecida y fundada la ciudad en nombre de su Majestad el Rey de España y de la nación española. Finalmente, se señalaban allí mismo los límites del territorio o provincia.

Arbolado el rollo, el Capitán echaba mano a la espada u delante de testigos y pobladores tocaba por dos veces el padrón retando a los presentes en estos o parecidos términos : “Si alguno es tan osado y villano que contradijere este muy grande acto por el cual tomo posesión de este territorio y provincia e nombre de Su Majestad el Rey de España, que Dios guarde, y para gloria de Dios nuestro señor, que comparezca y lo diga…”


Al elegir Losada el nombre de “Santiago de León” para la nueva ciudad, quiso homenajear al Capitán General Pedro Ponce de León, quién le designó para que llevase a término empresa tal. En medio de la sabanita que eliminaba el área elegida para la Plaza Mayor debió verificarse el levantamiento del Acta.
 
Diego de Losada por el pintor venezolano Antonio Herrera Toro


Se repartieron solares, cada cuatro de los cuales habían de componer una manzana. Trazaban las calles tiradas a cordel de naciente a poniente y de sur a norte, porque así lo pauta su Majestad   en “Leyes de Indias”, y para solemnizar un tanto más el acto, que se verificaba   en el nombre de Dios y del Rey, nombraron Regidores a López de Benavides, Bartolomé de Álamo, Martín Fernández  de Antequera, y Sancho del Villar, esforzados lugartenientes de Losada.

Años más  tarde los albañiles rendían eficientes labores al amparo de las cuales iban surgiendo casas que habían de alojar al tren gubernamental.

Cerca de la esquina de Juan Guevara se levantaron la casa del ayuntamiento y la de la Cárcel Real, mientras que en el extremo inmediato, con cuatro horcones extraídos de los cedrales que sombreaban el Valle de los Indios Caracas, los presbíteros Blas de Puente y Fray Baltazar Garcés, Capellanes del Ejercito Expedicionario, acometían la construcción de la futura Catedral y de la ermita de San Sebastián en el ángulo norte de la hoy llamada esquina de Tienda Honda, la última.

                Todo el mundo trabaja. Los aborígenes fatigaban el espacio para desalojar las chozas construidas por Francisco Fajardo. Doscientas bestias de carga, ganado lanar y porcino en abundancia, quinientos carneros que a su paso por Valencia le obsequiara el Teniente de Gobernador Don Alonso Díaz Moreno, entraban a enriquecer el joven pueblo, embellecido por “Cerro Grande” que tomaba el nombre de Avila por generoso desprendimiento del hidalgo don Gabriel de Avila.

Primer Planto de Caracas 1578/ Pimentel 
Juntáronse luego el Cabildo para elegir Alcalde a Gonzalo de Osorio, sobrino de Losada, y oír el voto que había de cumplir el General, hecho a favor de San Sebastián, que le libró de las saetas envenenadas, pues no obstante la lluvia de flechas con la que Guaicaipuro trató de cerrarles el paso desde que entró  en sus dominios  hasta que se firmó en “El Valle del Miedo”, sano y libre quedó de los atroces peligros.

Fray Pedro Simón hace ver que Diego de Losada llegó muy joven al Nuevo Mundo, y aunque de corta edad,  dejaba ver sus acciones y virtudes, hijas de su noble progenitor.

En la celebrada expedición al Río Meta, que organizó el General Antonio Cedeño, y para lo cual embarcaron dos navíos cuarenta caballos y ciento cuarenta hombres, bajo las órdenes del capitán Juan Bautista, Diego de Losada desempeñaba  un cargo importante, según se desprende de Castellanos cuando dice:

“Cedeño en estos tiempos y ranes dentro de Puerto Rico, ya tenía copia de excelentísimos varones, caballos, munición, artillería; vino con esta gente Juan Bautista y el animoso Diego de Losada, fortísimo varón de la conquista”.



El hombre que había de fundar Caracas  era Maestre de Campo de ese mismo ejército  y “Jefe único”, cuando por celos de una india de la servidumbre del general Cedeño lo envenenó con un filtro de amor. Más aún, cuando parte del país en 1525 pertenecía a Alemania, porque los Belzares gozaban del contrato  con Carlos I de España y V de Alemania para que disfrutaran de nuestra heredad, don Enrique de Rembolt designó al Capitán Losada como su real Teniente. Gratos recuerdos conservaron de él los corianos que no tuvieron que trasladarse con sus haberes hacía otras poblaciones en busca de la vida.

El intrépido Losada dió a conocer los inconvenientes que les ocasionaría el abandonar la reciente fundación y ofreciéndose él para solicitar en Oriente hombres y provisiones, puso manos a la obra y en compañía de Villegas inició el célebre viaje de doscientas leguas por sabanas vírgenes y montañas inaccesibles.

    Logrado su propósito en Cubagua, Cumaná y otras conmarcas por las cuales transitaban, retornó a Coro en Septiembre de 1544 con los recursos obtenidos.

Tales antecedentes le dieron méritos ante el Capitán Pedro Ponce de León para que le encomendase la conquista y pacificación de los Indios Caracas que inició en 1566 y coronó felizmente el 25 de julio de 1567.

                Han transcurrido desde entonces trescientos noventa y nueve años, y Caracas no ha rendido a su Fundador el homenaje y el respeto que reclama su hazaña inenarrable.” 



Fuente: Lucas Manzano/ Tradiciones Caraqueñas, Libro Póstumo, Empresa el Cojo C.A, Ccs, 1967 (Pág. 202-208)

LO QUE UNA VEZ PASÓ POR LADOS DE SAN JACINTO


Por Lucas Manzano

"Existen en el perímetro metropolitano, ángulos intocables como que, a fuerza de ser simpáticos, están grabados, con caracteres indelebles, en el corazón de lo caraqueños. El primero y sobre el que vamos a pergeñar esta crónica, ocupa lo que resta de la zona de San Jacinto, rica en historias, desde poco después de la fundación de Santiago de León de Caracas. De consiguiente mucho se ha dicho y habrá que decir con motivo a los cuatrocientos años que va a cumplir Caracas de haber sido fundada, bélis-nollis, por Don Diego de Losada.

En aquel lugar que debió ser una sabana sin Dios ni Rey, establecieron su Monasterio y Templo dedicado a San Jacinto, los venerables monjes traídos de tierra tocuyana por Don Juan de Pimentel.

No viene el cuento a referir lo que le ocurrió el remendón Casquero con el dominico compadre suyo, quién para que el modesto trabajador abandonara la idea de encontrar tesoros ocultos en aquel terreno, le preparó un gran chasco que, por triz, lo pasaporta para el otro mundo. Más, para comenzar, conviene ilustrar al lector sobre establecimientos que ocupaban la parte  Oeste de lo que fue el Convento, Cuando Guzmán Blanco se lo ingurgitó, porque falta le hacía la medida para introducir en la ciudad reformas que reclamaban los pueblos civilizados. Allí ejercía de refresquero un tal José de Jesús, hombre que vendía diariamente cinco pipas de guarapo fresco y fuerte para ensabrosar a la gente menuda. Junto a éste, lucía su traje de zaraza a colores chillones, la mondonguera Ña Telésfora, quién  según se dijo entonces, y de ello han transcurrido decena de años, se enriqueció con su expendio de mondongo de res sazonado a la llanera. Cierta vez los estudiantes del Aula Magna, deseando darle una broma, lleváronle un envase, nuevo, es verdad, pero destinado a usos íntimos y distintos, y pidiéronle que les echaran allí un bolívar de mondongo, Telésfora accedió, pero como se trataba de bromearla, le vaciaron  nuevamente el condumio del envase, dando lugar a que la gente poco volviera a visitarla, tildándola de porcachona.

Allí mismo estaba emplazada la estatua del Prócer Don Antonio Leocadio Guzmán, rodeada por los vendedores de pájaros bravos, aunque no tanto como lo fuera en sus buenos tiempos el personaje representado en el bronce que derribaron en los motines de mil ochocientos noventa y nueve;  negocios de cachivaches y el popular vendedor de chaparros, varitas y bastones, a quién le molestaba que lo llamasen por el mote de su profesión y claro que le sobraba razón al sujeto.

En el ángulo Sur-Este de la esquina de San Jacinto estuvo emplazada la mansión de Don Fernando Miyares y su señora doña Inés Mancebo de Miyares, vecinos a la residencia del Coronel Fernando Bolívar y su honorable esposa doña Concepción Sojo y Palacios. [Sic]

Promediado el 1783, estaba grávida doña Concepción y le concedió a doña Inés el honor de que se encargara de lo que entonces decían hacerle las entrañas al niño que había de nacer. Honrada se consideraba la noble castellana con exigencia tal, sabida como era lo mucho que significaba en la sociedad venezolana la pareja Bolívar-Sojo Palacios. [Sic]

Había que ver a las dos matronas en las gélidas mañanitas caraqueñas, seguidas de las esclavas provistas de quitasoles y alfombrillas, cuando iban a los oficios religiosos que tenían lugar en el vecino templo. En tanto el Coronel Bolívar y su amigo Fernando Miyares platicaban en el juego del tresillo durante la consumación del chocolate preparado con especias, para entregarse luego a otros menesteres hogareños o al sueño reparador.

Llegó el venturoso 24 de Julio, día en que mientras en el vecino templo echaban vuelo las alegrías de sus esquilas, en homenaje a su patrona Nuestra Señora del Rosario, en la mansión del Coronel Bolívar, nacía el redentor del mudo Colombino, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar. Doña Inés Macebo de Miyares con la presteza del caso,  dejaba ver en la alcoba a la parturienta la erecta tentación de su rosado corpiño que había de hacerle la entrañas al párvulo.

Mientras acontecía cosa tal, la negra Matea no dejaba de expresar su inquietud en espera del momento en que le llamasen a amamantar el crío, futuro Libertador de la América Hispana, el   noble bizarro Paladín que años más tarde  en el 1827, ya cubierto de glorias en Carabobo y en otras batallas inenarrables, entraba triunfador en Caracas, y al ver a Matea que anhelaba arrojarse a sus pies, en la Fuente del León, le dijo emocionado:

                                       Matea, tú eres mi madre. 
       
En tanto doña Inés de Miyares lloraba emocionada esperado el momento en que habría de abrazar al Libertador en su regia mansión esquinera  de San Jacinto, distinguida como hemos dicho con el número 15.


Habían pagado su tributo a la madre común, los progenitores del Héroe, Coronel Don   Fernando Bolívar en el 1786 y su esposa doña Concepción Sojo y Palacios, fallecida en 1792.
La humilde Matea, recibía alborozada las noticias de los hechos inenarrables del niño que había amamantado, y cuentan que derramó las últimas lágrimas que guardaban sus ojos, en la alborada de 1883, presenciando la apoteosis en honor a Bolívar, conmemorando el centenario del día que Doña Inés Mancebo de Miyares lo amamantó por la primera vez.

De lo que fuera entonces Iglesia y Convento de San Jacinto, solamente existe un estacionamiento de carros de todas las especies que pregonan la ninguna admiración que tuvieron los autores para el Padre de la Patria.




Libro Póstumo 


Fuente: Lucas Manzano/ Tradiciones Caraqueñas, Libro Póstumo, Empresa el Cojo C.A, Ccs, 1967 (Pág. 65-68)
Imágenes: Dibujos  que acompañan el texto tomadas del libro  


 

domingo, 19 de julio de 2020

DE PESTES, ERMITAS Y ANA DE HARO, PRIMERA ENFERMERA DE CARACAS


Por Juan Gant-Aguayo
Caracas la de los techos rojos

"Es interesante el papel que en la historia de Caracas jugaron las pestes, plagas y otros males, tanto en el surgimiento de templos y hospitales como de derivados urbanos en modo de plazas o esquinas.
Pero comencemos por el inicio, como debe ser. Antes incluso de fundarse Santiago de León, los acolchados soldados de la milicia de Losada ya habían levantado una ermita, en agradecimiento a San Sebastián, por haberlos librado (y que así continuara, ¡amén!) contra la plaga de las flechas. No era mal despreciable, y no porque estos soldados fueran cobardes: si la flecha venía envenenada de odio y malas yerbas, la víctima quedaba sentenciada, “moría rabiando y sus carnes cayendo a pedazos…”, según las crónicas. De allí que vistieran aforrados de colchas de algodón, que llamaban sayo de armas. 

Esta ermita, y el bohío del capitán poblador en Principal noreste, harían de eje y patrón de escala en la medida que usó Henares para trazar- a partir de allí- sus cuadras, previo a la fundación.
La ermita de San Mauricio fue la segunda. En 1574 la plaga de langostas se abate sobre el maíz y las primeras plantaciones de trigo que se ensayaban en el valle, comiéndose la esperanza de los cultivadores y amenazando de hambre a todos. Los vecinos, por suertes, eligen a San Mauricio, quien les aleja a tiempo los voraces voladores, al parecer, porque la ciudad le jura celebrarle en adelante -todos los años- su día. 

Una tarde de 1579 el bohío hogar del santo lo devora el fuego, y los vecinos ponen en cuarentena a San Mauricio en la casa de San Sebastián, que ya no hacía milagros. Allí quedó para siempre, en el templo que era alternativa de misa techada para el pardaje, visto que jamás lograban entrar ni a la puerta de la iglesia mayor, cuando se oía la misa de diez y la corta nave del templo frente a la plaza se colmaba con los blancos y sus criados esclavos, encargados de portar los cojines, sombreros y sombrillas a los capitanes y cargar las largas colas de falda a las doñas de mantilla y chapines.

La viruela azotó con furia en esos años iniciales, y el sarampión, más asesina ambas con los indios y negros que con los blancos amos de estos. En 1579  la peste se cebaba hasta en los más niños. El cabildo ordena un degredo extramuros de la ciudad, por salvar a su corto vecindario. Se erige entonces, con guardia de día y centinelas de noche en lo que hoy es San Pablo. Allí un hospital de campaña, si es que podía llamarse así el caney largo donde barberos cirujanos, indios médicos-brujos yerbateros, y hasta charlatanes prácticos intentaban hacer algo por los enfermos. 

Aquella era una sociedad muy piadosa, a falta de remedios terrenales. A raíz de la mortandad y entierros en la fosa común aledaña al hospital, se levanta otra ermita allí, en memoria de los muertos que yacían en el sitio, ahora campo santo. Previamente, se repite la operación de elección por suertes del santo que presidiría el sitio. Y esto no por amor a la baraja, o a los juegos de apuestas viciosas, sino porque fuera Dios quien decidiera y no el gobernador o los mandamases de la ciudad, que todo vecino tenía su devoción sántica particular y no era momento de debates enojosos. 

San Pablo el Ermitaño se asoma así en la Caracas de entonces, por mano divina. No es que fuera un santo muy mentado, o conocido, entre esos rudos iletrados castellanos. No os confundáis -terciaba Su Señoría Ilustrísima el obispo-, definitivamente no es Saulo de Tarso, hijo, pero los designios de Dios son inescrutables, y si era tan ermitaño como se pregona, con más razón ordena del Cielo fabricarle esta nueva ermita. 

De alguna manera, templo de San Pablo y casa anexa de enfermos-terminales-pobres pervivieron. La ciudad y los alcaldes, “padres de desamparados”, veían la necesidad de mantener tales instituciones. En abril de 1620 Pedro Cerrato declaraba en un juicio que Juan Arias atendía en dicho hospital y “… le conoció así mesmo traer el hábito del señor S[an] Juan de Dios en el hospital desta dicha ciudad, que es el de señor San Pablo". Dato significativo, si se considera que la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios no obtiene del Pontífice el reconocimiento como tal sino algunos años después.
Luego del terremoto de San Bernabé de 1641, se reconstruye la iglesia y el hospital. En una probanza de méritos en 1664, el exponente declaraba que era familia del “… depositario general Domingo de Vera, el qual ha sido alcalde ordinario … y actualmente está fabricando en esta ciudad un hospital y iglesia con largas expensas de su hacienda, en utilidad común de esta ciudad y provincia, por el abrigo y amparo que a sus pobres y forasteros desvalidos promete” el hospital y templo.

Pasan los años. Recurrentemente, nuevos contagios de las mismas pestes -y varias otras plagas en los cultivos de trigo y cacao- visitaban la ciudad, que las soporta y atiende con el estoicismo de lo inevitable y los medios posibles. Hacia 1694, el vómito negro (algunos la califican hoy de cólera) recogía su cosecha de muerte. Se hace el degredo, una vez más, al sur, extramuros lo más posible de la ciudad y se levanta un hospital bajo toldos. Acuden los médicos, el cura que ayude a morir, y se establece el camposanto. Allí finalmente se erige otra ermita, dedicada a Santa Rosalía de Palermo. Con el tiempo su existencia dará origen a un buen templo, una esquina y una parroquia.

Y llegamos así entonces al objeto de este artículo: Aunque en 1951 se publicaron las Actas de Cabildo de 1614 (Tomo IV, 1612-1619) y estaban a la vista de todos, el texto que menciona la primera enfermera que tuvo Santiago de León parece haber pasado sin pena ni gloria entre los cronistas e historiadores que ha tenido la ciudad desde esa fecha. Quizás no les pareció importante destacarlo, la era no era feminista. Pero estamos en el s. XXI, que busca ahora con nuevo afán el papel de la mujer en nuestra historia, y como sigue sin que a nadie se le ofrezca destacarlo, nos ha parecido procedente señalarlo, convencidos que al menos a algunas damas les gustará saberlo.

El 25 de octubre de 1614 el gobernador ante el cabildo reunido anuncia las viruelas que han aparecido, para que se vea si se puede imponer algún tributo a la carne para costear los gastos necesarios, “… que por quanto en esta ciudad se ha tenido noticia hay algunos enfermos de viruelas y se han visitado algunos enfermos por el licenciado Manuel de Rocha, y por constar ser la dicha enfermedad de viruelas, se han llevado fuera desta ciudad, y porque la dicha enfermedad es mal contagioso y que con facilidad se pega y cunde, como se ha visto por experiencia, mayormente en los niños y naturales. Y es necesario acudir al remedio y hacer muchas diligencias en razón de lo susodicho”.

El cabildo resuelve imponer de gravámen un grano “de perla de rostrillo” sobre cada arroba vendida en la carnicería, y lo anuncia en cabildo abierto “para que nadie pretenda ignorancia”. En 17 de noviembre, Francisco del Castillo, comisionado para gestionar la emergencia, dice que ha llevado “… a los enfermos de que ha tenido noticia a la parte que está señalada, y poniendo guardas … y porque de las personas que se han llevado a la enfermería señalada se han muerto dos indias, las cuales se han traído a enterrar a la santa iglesia mayor desta ciudad, conviene que lo susodicho se remedie, porque de traerse los muertos a esta ciudad puede resultar pegarse la dicha enfermedad en ella, demás de lo cual, es necesario que el médico acuda todos los días a visitar los enfermos, así los de la enfermería como los que cayeren en la ciudad”, y pide entonces que sobre lo dicho, el cabildo resuelva qué se va a hacer. El cabildo decide consultar al obispo.

Tras las consultas con este, los comisarios Pedro de Fonseca y Diego de Ledesma vienen con la respuesta del prelado: “… que mediante que en caso que [el obispo] diese licencias y permisión para que se enterrasen los difuntos en un sitio acomodado y cercano a la enfermería, no podía ser con la perpetuidad que convenía, y que para haber de quedarse despues yerma y despoblada, no convenía, y que le parecía que se hiciese iglesia con la decencia y moderación posible, y que en el ínterin se llevasen los difuntos al hospital de San Pablo, donde se enterrasen en un cementerio que para esto se señalara, de la parte del campo, y que se señalara clérigo suficiente”

Y continúa el registro de la sesión por el escribano del cabildo: “… y los dichos Pedro de Fonseca y Domingo Vásquez [de Rojas] dixeron que ellos han buscado una muger que asista en la dicha enfermería, y que hablaron a Ana de Haro, viuda, persona que les parece acudirá a lo susodicho como conviene, y que [ella] dixo que [a]sí haría, pagándosele”.

Finaliza así: “y habiéndose platicado … dixeron que, por ahora, en el ínterin que se trata de otro mejor medio, se elige por sepultura de los dichos enfermos el dicho hospital de San Pablo … y al dicho Domingo Vásquez se le comete concertar con la dicha Ana de Haro lo que se le debe dar por su trabajo … y con esto se acabó el cabildo, y firmaron de sus nombres”.

Ermita de San Pablo Ermitaño pocos años antes de su demolición, por Ramón Bolet

LA ERMITA DE SAN MAURICIO Y EL PLANO DE PIMENTEL, 1574-1624L, 1574-1624

Por Juan Gant-Aguayo
Caracas la de los techos rojos

"El célebre Plano de Caracas inserto en la Relación de Pimentel, descripción comenzada a escribir en 1578 y terminada en 1579, además de ser posterior a la Relación misma en al menos dos años, es también el primer mapa de Caracas y el único que se ha logrado localizar hasta 1771.
Es un plano muy simple para un poblado que cumplía ya algo más de diez años de fundado, casi un bosquejo, sin rigor ni diseño previo, hecho a mano alzada y apresuradamente para cumplir con las instrucciones que llegaron como Real Cédula desde el Consejo de Indias, y que ordenaba adjuntar un plano con el interrogatorio a responder como Relación. 
No obstante su simplicidad en cuanto a la inform
ación que pudiera suministrar sobre la inicial Santiago de León, es posible obtener de este escueto plano algunos datos: Están señalados en él los solares de la iglesia mayor, el cabildo, la ermita de San Sebastián, la cuadra de San Francisco al sur y un solar marcado como “San Mauricio”.
Hacia 1574, una nube de voraces langostas cayó sobre los sembradíos de maíz y las primeras plantaciones de trigo que se intentaban en el valle de San Francisco. Ante este panorama que prometía hambre y ruina con tal plaga, los vecinos -desesperados- eligen por suertes un santo que les protegiese sus cultivos, saliendo electo San Mauricio. La plaga pasó y la ciudad juró celebrarle al santo todos los años su día. En su honor, levantaron una ermita donde venerar su imagen. Ya erigida esta casa, queda entonces registrada e incluida en el Plano de Pimentel la edificación sacra, figurando en este mapa en la esquina de Carmelitas suroeste (S-O). 
En 1579, un incendio acaba con el bohío de bahareques y techo de palma de la ermita. Su imagen o talla logra ser rescatada a tiempo por los vecinos. Según las fuentes, acabó resguardada un poco más al oriente en la misma calle, en la cercana ermita de San Sebastián, sitio donde se habían dado las primeras misas en Caracas, antes incluso de la fundación.
El problema es que ese solar de Carmelitas suroeste (S-O), señalado en el plano como de San Mauricio, ya estaba ocupado desde 1578, al menos. Lo habitaba una mujer de nombre Constanza de Ávila, y es difícil pensar que esta señora diera su consentimiento para volver su hogar una ermita ahora, así fuese como templo del santo salvado de las llamas.
Constanza de Ávila, por indicios, pudo ser mestiza y quizás hija natural del conquistador Pedro García de Ávila, criada en su casa. Esta dama tuvo a su vez una hija natural con el conquistador Juan de Gámez, distante una cuadra al norte de García de Ávila en la misma calle. En 1630, Felipe Pérez manifestaba en su testamento: “… Declaro que soy casado y velado con Catalina Gámez, hija natural de Juan de Gámez y de Constanza de Ávila, y nieta de Catalina de La Cerda”. 
Tras su aventura con Juan de Gámez, Constanza casó con un Juan de Ortega. Este muere hacia 1583 y la doña casa de nuevo -ese mismo año- con Pedro de Ortega, quizás su cuñado. Con Juan de Ortega había procreado a María de Ortega, su hija legítima, mujer que fue del capitán Juan de Chavarría. En 1613 María de Ortega y su marido Juan de Chavarría venden unos títulos por cobrar, de préstamos a varios deudores, documentos otorgados en 1583 y 1591, que sumaban todos un total de 360 pesos de oro, “… procedidos de los bienes que quedaron a María de Ortega al morir sus padres”. Por las fechas, es indicativo de que Juan de Ortega ya era muerto en 1583 y Constanza de Ávila en 1591. 
María de Ortega tuvo con el capitán Chavarría al menos diez hijos entre 1592 y 1612. Estimando una edad mínima para procrear de 14 años, ella debió nacer hacia 1578. Es indicio de que su madre -como esposa de Juan de Ortega- habitaba el solar de Carmelitas suroeste (S-O) desde al menos esta fecha. Se agota con esta conclusión la corta biografía de Constanza de Ávila, nada más hemos podido hallar sobre esta sumergida mujer.
Sabemos del solar de habitación de Constanza en Carmelitas suroeste (S-O) por los linderos que daban algunos vecinos sobre sus propios solares y casas. En un documento de hipoteca fincada sobre el solar y casas de Mari Gómez, viuda, en Carmelitas noroeste (N-O), dio en 1593 como linderos sur y este esta dama: “ … y por delante, solar que está por cercar que quedó por fin y muerte de Constanza de Ávila [S], mujer de Fulano [sic] de Ortega, calle real en medio, e por el otro lado casas y solar del capitán Garcí González de Silva [E]”. 
Por investigaciones propias, tenemos probado que el solar de habitación de Garcí González de Silva se ubicaba en Carmelitas noreste (N-E). Por otro lado, en 1595, Juan López Dorado vendía a Sancho Martínez de Urqueta medio solar esquinero y casa de su propiedad, en la esquina de Llaguno sureste (S-E). La apostilla de la operación dice: "Vende Juan López Dorado el pedazo de solar que tiene, en donde tenía su casa, linde con Juan de los Reyes [O] y solar de Constanza de Ávila [E], difunta [etc.]". 
Dorado y Urqueta compartían el mismo solar entero en Llaguno sureste (S-E), dividido por mitad de este a oeste y colindante por el lado oriental con el solar entero de Constanza de Ávila. López Dorado casó en 1597 con una María de los Reyes, quizás hija de su vecino Juan de los Reyes, calle en medio al oeste. Casado así y tal vez su suegro muerto, López Dorado administraba el solar heredado por su mujer en Llaguno suroeste (S-O). Debió quizás ausentarse luego de casar, dejando encargado de ese solar a su vecino Martínez de Urqueta, pues, en 1601, este arrienda dicho solar y casas: “… arrienda Sancho Martínez Urqueta, vecino desta ciudad, a Miguel […] y Benito Botasio […] las casas que están sucesivas [O] a las que yo tengo y Juan López Dorado, por tiempo de dos años ... con las tenerías que dentro están, que lindan [E] con casas de Juan López Dorado”. 
Estas tenerías se ubicaban, al parecer, al lado del río que allí existió antiguamente, que era por entonces el Caruata real, y que limitaba el poblado por el oeste al momento de su fundación. Es a veces mencionado en crónicas muy posteriores como “Quebrada de Padrones”, o “de Leandro”, hoy ya seco y colmado. El río se cruzaba, a inicios del s. XVII, por un tosco puente de maderos, pues allí se iniciaba el camino real a Catia, una de las vías de tránsito a La Guaira por entonces. En 1622, Isabel de Concepción vendió el medio solar esquinero, de dos en que estaba dividido el solar entero de Llaguno suroeste (S-O): “… el de la banda de arriba [N], linde con la pontezuela que allí está calle real en medio ”.
Surge aquí, entonces, la pregunta de toda esta exposición: ¿Dónde, pues, estaba ubicado San Mauricio antes de quemarse? Porque evidentemente, quien haya dibujado el plano, intentaba señalar que la ermita existía (o había existido hasta muy poco antes), pero -por lo mostrado- yerra en el emplazamiento real, no era en Carmelitas suroeste.
La respuesta es que la inicial ermita de San Mauricio estuvo situada al inicio del Camino de Catia, a una cuadra al oeste del sitio señalado en el Plano de Pimentel, en lo que eran las afueras de la ciudad en 1574. La hemos emplazado en Llaguno suroeste (S-O) según lo expuesto arriba y lo que sigue:
Pedro, indio, en 1623 solicitaba al cabildo:
“ Pedro Gómez, indio guaiquerí de la isla Margarita ... digo que yo soy oficial de curtidor, y para el ministerio del oficio, tengo hecha -en una barranca de la quebrada de Caruata por bajo de donde se sirven de ella los vecinos desta ciudad- mi casa y las tenerías, ... pido y suplico a vuesas mercedes me den y hagan limosna y merced de darme el sitio de la barranca donde tengo hecha mi casa y pozos de tenería, pues [es] bien poco todo, para que yo lo tenga y posea con justo título.“
El cabildo acepta la petición, pero sin darle la propiedad personal, otorgándole el sitio “en depósito”:
“ … dixeron que ellos han visto el sitio que pide Pedro, indio, y que atento a que está conjunto con la ermita de San Mauricio (que aunque está por ahora con sólo algunas paredes, se puede reedificar, pues es obligación de la ciudad, y podría ser de mucha conveniencia para el servicio della), y mediante que el dicho Pedro, indio, y su mujer, son ya mayores de edad, y que -como incapaces- podría alguna persona engañarles, comprándole el dicho sitio por menos de su valor, y perjudicar a la república, se le puede hacer merced de dársele y concedérsele en depósito … “.

Un plano de todo lo explicado es el que se muestra.


sábado, 18 de julio de 2020

La Caracas aniversaria: la humilde parada


Próximo al 453 aniversario de la Fundación de Santiago de Leòn de Caracas recordamos las paradas de aquella ciudad siempre agitada, hoy, maltratada y estruendosamente silenciosa. 

Por María F. Sigillo G.

Por supuesto, si hubo transporte público, hubo paradas. Caracas siempre las tuvo, una veces cómodas y adecuadas, otras no tanto: vistosas y duraderas, al lado de  las frágiles y deprimentes; con o sin techo, la banca fue una característica regular; de avisos publicitarios, o sin ellos. Quizá la pérdida misma de una noción de parada, comenzó por las avispadas maniobras, veloces y descaradas de los camioneteros que, al recoger a las personas en cualquier lugar o trecho de la calle, según el antojo del chofer (y del propio usuario), desafiando a los fiscales de tránsito que terminaron por resignarse, por decir algo, es que comenzó la derrota de los autobuses como el vehículo por excelencia del transporte masivo de las personas. Sin embargo, humildemente, siempre hubo una parada, porque – reiteramos – hubo con qué transportarse.

A mediados de 1963, por ejemplo,  hubo un grave problema en el Cuerpo Técnico de Policía Judicial (la célebre PTJ que ahora tiene otra nomenclatura).  Dos detectives desaparecieron o desertaron, con ametralladoras, fusiles y revólveres. Y la revista Élite, publicó una gráfica del llamado distrito 4 de la entidad policial, ubicado en la avenida Baralt de Caracas. Siendo varios los detalles que pueden observarse, en la fotografía, por lo pronto, llama la atención una acera limpia, la cual – seguramente – en la madrugada había sido recorrida por un enorme vehículo barredor que, además, disparaba agua por debajo, mientras sus cepillos circulares hurgaban en los rincones del pavimento. Agreguemos la parada de autobuses y carritos por puestos, de buena estructura, techo y banco para sentarse, aunque coincidía con un lugar reservado por las autoridades y, de hecho, obstaculizado por un carro aparcado. ¿Y cómo ignorar la cerca de protección de los arbolitos que ya deben ser hoy robustos, en una hilera ordenada? Si no fuese por el hecho noticioso, a nadie o a pocos se les hubiese ocurrido fotografiar una escena tan rutinaria por entonces, que hoy posiblemente nos asombrará, respecto a  la ciudad que fuimos.



Otra gráfica, esta vez de El Universal de 1978, nos impone de los trabajos de reparación realizados en la misma avenida Baralt. Y, por supuesto, más allá del crecido árbol, podemos observar una parada de buena ley, en el centro de la ciudad, con su techo y sus usuarios, esperando con calma el vehículo. Fue algo normal que la hubiese, como  en toda ciudad. Y por ésta, no podemos aceptar una versión “ruralizada”, donde siempre reine la precariedad.  Luego, ya la nostalgia no es la de la Caracas y sus paisajes e historias, sino la de la ciudad que fue y necesitamos recobrar con urgencia.



Esquina de Maradero 1967 Av. Baralt
Fuente Caracas del ayer