domingo, 3 de mayo de 2020

Caracas en 1891


Por J.A. de Armas Chitty.

“La Caracas de 1891 tenía algo más de setenta mil habitantes y cerca de noventa incluyendo las parroquias foráneas. También alrededor de diez mil casas. Las parroquias foráneas eran Antímano y Macarao, La Vega, El Valle, El Recreo y Macuto. Era un pueblo grande cuyos límites urbanos no pasaban de las esquinas de San Roque, Palo Grande y Alcabala.
Aunque hacía el Paraíso ya se prolongaba el ansia de romper aquella figura irregular que venía desde la Colonia, Caracas vivía entre El Avila, el Guaire, los pastizales de las Haciendas El Conde el bosque occidental que llegaba hasta La Quebradita. La visión de esta Caracas nos la ofrece una "Descripción" de autor desconocido que publica el "Boletín de la Riqueza Publica" en su número 16 correspondiente al 28 de octubre de 1891. Quizás escribiese la "Descripción" algún redactor del "Boletín" o su Director Carlos M Rosales, aunque lo escueto de los datos y lo desliñado del estilo hace pensar que no fuese Rosales.

La ciudad, según el ilustre anónimo, tenía un área de 4.272.000 metros cuadrados. Alude a las partes más altas de Caracas, la Alcabala de La Pastora, a 1.043 metros sobre el nivel del mar, y la de Puente Hierro, a 880. Para esta época había pues una alcabala llamada de Puente Hierro y es lógico pensar que estaba ya un puente de hierro.
La "Descripción", como es natural, dice que la ciudad ha sido cuna de egregios varones y enumera los principales héroes del partido civil y militar; viajeros ilustres que visitaron a Santiago de León durante la Colonia y época posterior; hombres de ciencia que gozaron de la calma de aquellas saudosas y lentas cuando nuestros antepasados iban graves de negro, sombrero alto, ceremoniosos, por las calles angostas y empedradas.
  La narración está acorde a la arquitectura de la ciudad.
Dice en efecto: "Vista por el lado físico, la ciudad de Caracas presenta hoy un aspecto encantador. A las estrechas calles han sucedido elegantes avenidas y a las sombrías y lisa paredes de los conventos y edificios públicos, las fachadas de arquitectura moderna. El alumbrado de gas ha sustituido al petróleo y el enconductado de hierro a las antiguas cañerías para el reparto de aguas. El sistema de fabricación ha cambiado radicalmente sin que pueda decirse que haya casa de las nuevamente construidas en que la elegancia del frente no corresponda a la belleza y comodidad del interior".
 Sin duda que es admirable el entusiasmo del cronista, pues las flamantes avenidas a que se refiere debieron ser las calles aledañas al Capitolio, obra de Guzmán Blanco, después que el Ilustre echó abajo el convento y el Capitolio alzó sus columnas griegas, quedó en las calles que lo rodean espacio suficiente para avenidas futuras. Este espacio es lo que anima y hasta deslumbra al desconocido cronista.
Pero viajemos: "Tiene Caracas espaciosas y empedradas calles tiradas a cordel con acera de cimento romano; (así cimento, como se dijo hasta hace más o menos treinta años); doce plazas con preciosas alamedas y jardines y decoradas con estatuas de nuestros libertadores y hombres preeminentes; un viaducto de 141 metros que una el paseo de "El Calvario" con la capilla del mismo nombre y 40 puentes que facilitan el tránsito; entre éstos, sobresalen el de la "Regeneración" y el llamado 9 de febrero que son de hierro y de atrevida construcción.
Más adelante al referirse a los edificios oficiales habla de "la Casa Amarilla residencia particular del Presidente de la República". Para demostrar que el movimiento urde es inmenso, el cronista es injusto con las carretas pues a ella es a la que debe aludir cuando al final del siguiente párrafo dice: "Sus calles están cruzadas por varias líneas de tranvías y por innumerables coches y otros vehículos".
Al indicar las líneas férreas que partían desde Caracas hacia el interior, después de citar que iba a la Guaira "obra de audacia incontenible"; la que llegaba hasta Petare, Antímano, Los Teques, habla de "la última que une con el Pueblo del Valle". Ignorábamos que hasta El Valle hubiese existido ferrocarril.
Era pues, nuestra Caracas estrecha "vista por el lado físico de su aspecto verdaderamente encantador". Ofrecía también la ciudad- según el cronista- "todos los elementos de comodidad y distracción que puede tener la vida civilizada; teatros, hoteles, fondas, clubs, cafés, etc. y para alimento del espíritu y estimulo del hombre estudioso una famosa biblioteca de 31.125 volúmenes". Igualmente alude al Museo Nacional donde había colecciones valiosas de "objetos de mérito y documentos".
Esta Caracas de "tan amplias avenidas" tenía 168 médicos cirujanos, 182 abogados, 165 ingenieros y 70 agrimensores. La "Descripción" promete una parte en la cual estudia y aborda la instrucción pública que no hemos podido localizar.
Así era Caracas de 1891, la de Andueza Palacios, capital de un país que vivía del café, del oro, de las res (entiéndase vacuno); un país que exportaba hasta buches de pescado. Un año después, por octubre, entraba a la misma Caracas bajo un aguacero que hizo desbordar considerablemente El Guaire, a la cabeza de millares de hombres desnudos sobre caballos borrosos de greda y los trabucos en las cañoneras de las sillas, el General Joaquín Crespo, caudillo de carácter bonachón que todavía llaman liberal; caudillo que salvó a Venezuela de los horrores continuistas de Andueza para instalar el instalar el paraíso continuista de Crespo.
Fuente;
Imagen de Caracas 1898
Crónicas de Caracas 1955 
("El Nacional", 11 de mayo de 1956)

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