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martes, 27 de marzo de 2018

Cristo de Burgos

Según el Libro "Reminiscencias" de José García de La Concha publicado en 1962,  "Los santos más venerados para estos días eran: El Domingo de Ramos, el Jesús del Huerto, de la Capilla de la Trinidad; el lunes, el Jesús en la Columna, de La Candelaria. Para el martes, La Humildad y la Paciencia, de Catedral; el miércoles, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el Jueves el Cristo de Burgos, en la Altagracia, y para el viernes, la gran solemnidad de la Dolorosa y el Santo Sepulcro de San Francisco.

Siguiendo siempre las viejas costumbres, los caraqueños se reservaban sus mejores trajes para lucirlos en Semana Santa, y no solo eso, sino que sastres y modistas estaban atareados por aquellos días.

Los jueves y viernes Santos no circulaban los tranvías ni los coches de alquiler, y desde el jueves al mediodía cerraban los negocios hasta el sábado después del Aleluya.
Sin embrago, ya no se usaba en las damas la “saya” de nuestras abuelas, que consistía en un fastuoso vestido negro de seda y terciopelado y blondas y lentejuelas, pero si vestían  con lujo, y los hombres todavía lucían sus levitas y pumpás, naturalmente, los mayores, porque los jóvenes solíamos estrenar un buen terno."

Cristo de Burgos
Revista Elite 1951

domingo, 24 de marzo de 2013

La Semana Santa en la Caracas del Siglo pasado


La Semana  Santa en Caracas.
Reminiscencias / José García de La Concha
1962

“Para comienzos del siglo XX  desaparecieron las costumbres típicas de nuestra vida de antaño. Una fue la de enterrar los muertos en las iglesias, y la otra la de las procesiones por las calles.

La última vez que salieron éstas fue en 1901. Las aceras de la Plaza Bolívar estaban invadidas con las sillas de alquiler de Antonio Feo, y los “pasos” recorrían su trayecto pasando siempre por sus alrededores para finalizar en la Catedral.
Imagen del Nazareno de San pablo
El Cojo Ilustrado 1894

El terremoto de 1900, las continuas revoluciones, las noticias venidas del extranjero de la catástrofe del volcán de Martinica y otras calamidades, tenían a nuestra población con el ánimo exaltado, y llegada la semana santa de 1902, Caracas se volcó  a hacerle rogativas al Nazareno de San Pablo, Miércoles Santo y la iglesia de Santa Teresa estaba plena; las nueve de la mañana y se celebraba la misa mayor. No se sabe qué pasó: Un cuadro que rodó, una persona nerviosa que gritó: “¡Misericordia, Temblor!”, cundió el pavor, todos quisieron salir a un tiempo, y un minuto más tarde no había nadie, sino algunos heridos  y el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas. Muchos años más tarde encontraba a una señora con la oreja partida y nos decía: “Mijito, eso fue cuando el zaperoco de Santa Teresa”. Cincuenta años más tarde se repitió algo parecido.

Los santos más venerados para estos días eran: El Domingo de Ramos, el Jesús del Huerto, de la Capilla de la Trinidad; el lunes, el Jesús en la Columna, de La Candelaria. Para el martes, La Humildad y la Paciencia, de Catedral; el miércoles, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el Jueves el Cristo de Burgos, en la Altagracia, y para el viernes, la gran solemnidad de la Dolorosa y el Santo Sepulcro de San Francisco.

Siguiendo siempre las viejas costumbres, los caraqueños se reservaban sus mejores trajes para lucirlos en Semana Santa, y no solo eso, sino que sastres y modistas estaban atareados por aquellos días.

Los jueves y viernes Santos no circulaban los tranvías ni los coches de alquile, y desde el jueves al mediodía cerraban los negocios hasta el sábado después del Aleluya.
Sin embrago, ya no se usaba en las damas la “saya” de nuestras abuelas, que consistía en un fastuoso vestido negro de seda y terciopelado y blondas y lentejuelas, pero si vestían  con lujo, y los hombres todavía lucían sus levitas y pumpás, naturalmente, los mayores, porque los jóvenes solíamos estrenar un buen terno.

Caracas se excedía en arte y lujo en la confección de sus Monumentos. Parecía como que cada iglesia quería rivalizar y unos por fe y otros por admiración y los más por curiosidad se daban a la tarea de visitar todas las iglesias, y así las calles por lo regular desiertas en estos días se llenaban de gentes, y era de ver la policromía, modas, estilos de los trajes, y ya al atardecer encontraba usted por las alcabalas de la ciudad pobres muchachas con los zapatos en las manos y los pies ampollados, venidas de lejos y caminos de sus casas. 
La gran  solemnidad era el jueves santo, en la catedral. De la Casa Amarilla a la puerta principal de la Catedral, en dos filas estaba tendido un batallón en uniforme de gala. Himno Nacional, ¡Presenten armas!, y hacia su entrada el Presidente de la República, quién recibiría las llaves del Sagrario del señor Arzobispo. Al presidente le acompañaban los ministros del Despacho, el Gobernador, cuerpo Diplomático y demás altos empleados.  Para la procesión, el presidente tomaba el Pendón y los Ministros el Palio, y era de oír emocionado  en medio de tanta solemnidad la célebre marcha fúnebre de Pedro Elías Gutiérrez “Viernes Santo”, La ceremonia terminaba  a la una del día. En todas las parroquias siempre se le “echaba” la llave a algún connotado de la parroquia, que luego, acompañado de parientes o amigos, libaban un brandicito en voz baja y se dedicaba a la visita de los demás Monumentos.

Iglesia de San Jose ( parrqouia San José) 1947
Orquesta Sinfonica de Venezuela con el maestro Vicente Emilio Sojo
En la tarde escuchábamos las siete palabras, los mejores oradores sagrados se dejaban oír y la sacra música con las mejores voces de Caracas alternaban  y llegaban al espíritu de los fieles.  Tal arrobamiento de piedad recuerda al emocionado padre José Vicente Lozano en Altagracia. Con su verbo elocuente hacia llorar a sus fieles. Antón, Chirinos,. Carmen Felícitas  León, Angelina Brandy, Isabel Hermoso y la debutante Susanita Delfino, que esta vez se consagró como una gran contralto, hacían llenar los templos a las horas de la música. Juan Bautista Castro, el padre Mendoza y Carlos Borges y Esculpí y Rada y García y Serafín de Oricán y tantos otros oradores sagrados que dejaron en sus parroquias el recuerdo imborrable de sus virtudes.