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domingo, 3 de noviembre de 2013

El Cementerio de los Hijos de Dios



“En la parte norte de Caracas y como reclinado en las ondulantes faldas del Avila, duerme su sueño centenario el triste y ruidoso “Cementerio los Hijos de Dios”.
De tiempo atrás abrigaba ardientes deseos de conocer este apartado retiro, cuando en días pasados la bondad de mi amigo Diego Fernández Hutt puso en mis manos las minúsculas fotografías  que ilustran esta página, y que seguramente en sus horas de artístico recreo, sacara de ese  silencioso rincón .
Al contemplarlas con fervorosa atención, reverdecieron en mis viejos deseos de visita y cierta tarde en que los dorados rayos del sol morían ocultos tras una nube de plomo, me encaminé a dicho sitio.
Penetré a través de sus fuertes rejas de hierro, cargadas de moho y que en su interior pude contemplar a mis anchas con recogimiento religioso aquel campo de muerte. 

Qué soledad y que desolación tan grande!  Qué silencio tan profundo!  Qué ruinas tan pavorosas! Qué tristeza tan prolongada la que en ese lugar se respira! Mayor tristeza y soledad  que en cualquier otro cementerio del mundo!  Porque a este abandonado lugar no llega nadie. Sólo los curiosos como yo. Aquí no se ve una corona, una flor. Las mismas flores del abrojo no crecen en esta tierra árida y calcinada. La yerba nace raquítica y enferma. Los arboles que aún conservan vida, son pobres,  el follaje casi muerto. Hay otros, la mayor parte, que solo conservan sus esqueletos que semejan brazos humanos en torturantes delirios implorando al cielo su piedad divina.  Sólo los rígidos cipreses, centinelas de cementerios, conservan vida. La obscuridad de sus verdes vestiduras aumentan en negrura por la proximidad de la noche. De vez en cuando una ligera brisa los mueve suavemente y por su blando y dulce balanceo parece que cobraran vida.
En el amplio camposanto se ven tumbas ruinosas, abandonadas y destruida por los años; algunas ocultas entre los jarales; otras escondidas bajo las zarzas… “

Recordemos que en este Cementerio se encontraba:

“ En el Cementerio de los Hijos de Dios fueron sepultados muchos próceres de la Independencia y de la Guerra de la Federación. Entre otros, el general José de Austria, autor del Bosquejo de la Historia Militar de Venezuela en su Guerra de Independencia. Austria luchó a las órdenes de Miranda, en Valencia; en los Llanos con Páez y en el sur de Colombia, con Simón Bolívar. El gran periodista y polémico político Juan Vicente González, muerto en 1866, fue sepultado allí, al lado de la tumba de su madre y una de sus hermanas. También reposan los restos del general Antonio Muñoz Tébar, de Francisco Riera Aguinagalde, el general Miguel Arismendi, el Doctor Tomás Aguerrevere, gran publicista; el doctor Manuel Cala, prócer de la Independencia; Pedro Villapol- otro prócer- , el general Esteban Herrera Toro, la parentela del Marqués del Toro y otras muchas familias ilustres.

“Es doloroso que los muertos sean desalojados- concluía Carmen Clemente su trabajo, que luego ampliaría –para dar cabida a los vivos, como si Venezuela no fuera una gran extensión de tierra deshabitada, como si no existieran millares de kilómetros que demandan, por Dios, que sean habitados”. Dejen a los muertos en la paz de sus sepulcros”, -clamaba.”

El cementerio Hijos de Dios. Colección Pozuela 1950

Ver: http://mariafsigillo.blogspot.com/2011/08/no-toquen-esos-muertos.html

sábado, 2 de noviembre de 2013

El Viejo Avila/ 1926


" Desde el primer instante de nuestro ser periodístico dimos manifiestas pruebas de amor y adhesión al viejo Avila y nos declaramos irreductibles  Quijotes de sus blasones. De él recibimos diurnas lecciones de altivez y decoro, contemplándolo  inmutable a través de sus multiformes visajes panorámicos. Empenachado  de heráldicas neblinas o rojamente congestionado por el azote solar del mediodía, mondo a trechos como testa capuchina, nuestro Avila no depone jamás su majestad altanera y gloriosa" 
  

Fuente;
Revista Elite
1926 #32

domingo, 24 de marzo de 2013

La Semana Santa en la Caracas del Siglo pasado


La Semana  Santa en Caracas.
Reminiscencias / José García de La Concha
1962

“Para comienzos del siglo XX  desaparecieron las costumbres típicas de nuestra vida de antaño. Una fue la de enterrar los muertos en las iglesias, y la otra la de las procesiones por las calles.

La última vez que salieron éstas fue en 1901. Las aceras de la Plaza Bolívar estaban invadidas con las sillas de alquiler de Antonio Feo, y los “pasos” recorrían su trayecto pasando siempre por sus alrededores para finalizar en la Catedral.
Imagen del Nazareno de San pablo
El Cojo Ilustrado 1894

El terremoto de 1900, las continuas revoluciones, las noticias venidas del extranjero de la catástrofe del volcán de Martinica y otras calamidades, tenían a nuestra población con el ánimo exaltado, y llegada la semana santa de 1902, Caracas se volcó  a hacerle rogativas al Nazareno de San Pablo, Miércoles Santo y la iglesia de Santa Teresa estaba plena; las nueve de la mañana y se celebraba la misa mayor. No se sabe qué pasó: Un cuadro que rodó, una persona nerviosa que gritó: “¡Misericordia, Temblor!”, cundió el pavor, todos quisieron salir a un tiempo, y un minuto más tarde no había nadie, sino algunos heridos  y el altozano alfombrado de paraguas y sombrillas, faldas y zapatos, carrieles y andaluzas e infinidad de cosas. Muchos años más tarde encontraba a una señora con la oreja partida y nos decía: “Mijito, eso fue cuando el zaperoco de Santa Teresa”. Cincuenta años más tarde se repitió algo parecido.

Los santos más venerados para estos días eran: El Domingo de Ramos, el Jesús del Huerto, de la Capilla de la Trinidad; el lunes, el Jesús en la Columna, de La Candelaria. Para el martes, La Humildad y la Paciencia, de Catedral; el miércoles, los Nazarenos de Santa Rosalía y el de San Pablo; el Jueves el Cristo de Burgos, en la Altagracia, y para el viernes, la gran solemnidad de la Dolorosa y el Santo Sepulcro de San Francisco.

Siguiendo siempre las viejas costumbres, los caraqueños se reservaban sus mejores trajes para lucirlos en Semana Santa, y no solo eso, sino que sastres y modistas estaban atareados por aquellos días.

Los jueves y viernes Santos no circulaban los tranvías ni los coches de alquile, y desde el jueves al mediodía cerraban los negocios hasta el sábado después del Aleluya.
Sin embrago, ya no se usaba en las damas la “saya” de nuestras abuelas, que consistía en un fastuoso vestido negro de seda y terciopelado y blondas y lentejuelas, pero si vestían  con lujo, y los hombres todavía lucían sus levitas y pumpás, naturalmente, los mayores, porque los jóvenes solíamos estrenar un buen terno.

Caracas se excedía en arte y lujo en la confección de sus Monumentos. Parecía como que cada iglesia quería rivalizar y unos por fe y otros por admiración y los más por curiosidad se daban a la tarea de visitar todas las iglesias, y así las calles por lo regular desiertas en estos días se llenaban de gentes, y era de ver la policromía, modas, estilos de los trajes, y ya al atardecer encontraba usted por las alcabalas de la ciudad pobres muchachas con los zapatos en las manos y los pies ampollados, venidas de lejos y caminos de sus casas. 
La gran  solemnidad era el jueves santo, en la catedral. De la Casa Amarilla a la puerta principal de la Catedral, en dos filas estaba tendido un batallón en uniforme de gala. Himno Nacional, ¡Presenten armas!, y hacia su entrada el Presidente de la República, quién recibiría las llaves del Sagrario del señor Arzobispo. Al presidente le acompañaban los ministros del Despacho, el Gobernador, cuerpo Diplomático y demás altos empleados.  Para la procesión, el presidente tomaba el Pendón y los Ministros el Palio, y era de oír emocionado  en medio de tanta solemnidad la célebre marcha fúnebre de Pedro Elías Gutiérrez “Viernes Santo”, La ceremonia terminaba  a la una del día. En todas las parroquias siempre se le “echaba” la llave a algún connotado de la parroquia, que luego, acompañado de parientes o amigos, libaban un brandicito en voz baja y se dedicaba a la visita de los demás Monumentos.

Iglesia de San Jose ( parrqouia San José) 1947
Orquesta Sinfonica de Venezuela con el maestro Vicente Emilio Sojo
En la tarde escuchábamos las siete palabras, los mejores oradores sagrados se dejaban oír y la sacra música con las mejores voces de Caracas alternaban  y llegaban al espíritu de los fieles.  Tal arrobamiento de piedad recuerda al emocionado padre José Vicente Lozano en Altagracia. Con su verbo elocuente hacia llorar a sus fieles. Antón, Chirinos,. Carmen Felícitas  León, Angelina Brandy, Isabel Hermoso y la debutante Susanita Delfino, que esta vez se consagró como una gran contralto, hacían llenar los templos a las horas de la música. Juan Bautista Castro, el padre Mendoza y Carlos Borges y Esculpí y Rada y García y Serafín de Oricán y tantos otros oradores sagrados que dejaron en sus parroquias el recuerdo imborrable de sus virtudes.