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sábado, 12 de febrero de 2011

La diabólica nomenclatura caraqueña

La diabólica nomenclatura caraqueña

Esquina de Angelitos
El Silencio
RUBEN MONASTERIOS

Las calles de Caracas tienen nombres, pero más allá de los carteros bien experimentados muy poco sabemos de ellos; desde tiempos remotos los caraqueños preferimos el complicadísimo sistema de dar referencia de una dirección a partir de las esquinas; si usted quiere llevar a la locura a un infeliz que no sea Caremis u otro de los escasos caraqueños viejos que restan por ahí, dígale que debe ir a un lugar localizado entre las esquinas de Candilito a Tablitas; pero ésta es apenas una de las tantas fuentes de confusión de la nomenclatura de nuestra capital.
Caracas no dispone de numeración consecutiva para identificar los inmuebles; suplimos su ausencia asignándole nombres a los edificios, sistema impráctico, que nos obliga a recorrer largos tramos de avenidas en una y otra dirección hasta encontrar el inmueble en cuestión, ¡bueno!, esto en el caso de conservar el rótulo con el nombre que lo identifica. Conozco un edificio que originalmente se llamaba San Casimiro; el rótulo fue perdiendo letra tras letra y hoy se llama Miro.
Y suponemos que para llegar al edificio usted debió, primero, localizar la calle; asunto improbable en Caracas, por cuanto el inmueble que formaba esquina y donde estaba la placa de identificación de la calle, pudo haber sido derrumbado para erigir uno nuevo, y el constructor "olvidó" volver a colocar la placa al terminar el trabajo. En cualquier otro lugar del mundo civilizado el constructor sería multado por las autoridades de la ciudad a causa de esa negligencia; en Caracas no se presta atención a esos pequeños detalles.
En Caracas las calles y avenidas parecieran sufrir de complejo de identidad, en razón de lo cual cambian súbitamente de nombre. En algún lugar la primera avenida de La Castellana se convierte en la quinta avenida de Altamira, y no satisfecha con ello, más adelante cambia su denominación por la de cuarta transversal de Los Palos Grandes.
Contribuye a la confusión la repetición de nombres; a veces se debe al amor que por su terruño natal sienten los constructores, lo que da lugar a innumerables edificios llamados Doral; otras veces el fenómeno responde al fervor religioso; de aquí la cantidad inconcebible de quintas llamadas San Judas Tadeo y Coromoto; otras, al fervor patriótico. Recuerdo el caso de un folleto editado por una agencia turística extranjera que advertía a los usuarios respecto a las direcciones que incluyeran el nombre de Bolívar: "En Venezuela todo se llama Bolívar", decía.
Los caraqueños encontramos una especie de perverso placer en poner a prueba la paciencia, perseverancia y agudeza visual de aquellos invitados a nuestra casa. Sugiero al amable lector tratar de localizar una dirección en una urbanización caraqueña en horas nocturnas: puede ser una auténtica misión imposible.
Supongamos que llenó el primer requisito, esto es, encontrar la calle en dicha urbanización; a partir de aquí, le concierne la penosa tarea de recorrer la calle varias veces hasta localizar un rótulo que pareciera ser el nombre de la quinta; y ahora trate de leerlo: es muy probable que sea demasiado pequeño, que no esté iluminado, que este cubierto por una frondosa enredadera o escrito en una caligrafía tan sofisticada que no se puede descifrar...

El asunto parece gracioso, pero, según los expertos, este caos nomenclatural conlleva serios problemas económicos y de salud pública; lo primero, por la enorme cantidad de horas útiles que se pierden en la búsqueda de direcciones; lo segundo, porque el caos urbano es una de las principales fuentes de estrés del caraqueño.

EL NACIONAL - DOMINGO 25 DE JULIO DE 1999