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domingo, 24 de abril de 2022

Letra y Solfa

Casualmente revisando algunos de los pocos archivos que he logrado recuperar de los dos discos duros que fueron victima de apagones caraqueños, encontré este de Alejo Carpentier, hoy al cumplirse 42 años de su desaparición física, en él  nos habla de la palabra cibernética y su posible alcance en este reino el 09 de agosto de 1953, en El Nacional.   


CIBERNETICA  [sic]

“Aunque la palabra “cibernética” es usada ya con mucha frecuencia en la ciudadela de las letras, dudo que la noción creada por ella en las mentes sea susceptible de verse definida claramente. Nadie logra explicar lo que es “cibernética” como ciencia, sino por el camino de las aproximaciones sucesivas, de las analogías, de las imágenes. Por lo mismo, considero de suma utilidad el ensayo publicado en el último  número de la  “ Nouvelle  Revue Francaise”, por Luis de Broglie, insigne físico, quien trata de explicarnos, con la mayor claridad posible esa “nueva rama de las ciencias…que debe su origen y su nombre a los trabajos del matemático norteamericano  Norbert Wiener”.

“No es fácil – Nos dice Luis de Broglie- ofrecer definición precisa de la cibernética. Su nombre, ya empleado por Ampere en su clasificación de las ciencias, significa etimológicamente que es la ciencia de lo que gobierna, de lo que “controla” en el sentido inglés del término:  la ciencia que hace entender el funcionamiento desde el puesto de mando. Podría decirse también que es la ciencia de los desencadenamientos (¿Cómo traducir el francés? “declancher”: operación inicial que desata, acciona, echa a andar alguna cosa?); es decir: de acciones que ponen en juego unas mínimas cantidades de energía, de las cuales no nos preocupamos, pero que tienen, el poder de provocar o de modificar fenómenos de una amplitud infinitamente mayor. Puede tomarse como imagen el regulador que mantiene constantemente en su velocidad normal una poderosa turbina, o , en otro orden de ideas, el telegrama recibido por el comandante  en jefe de un vasto ejército,  telegrama que lo decide librar la gran batalla de la cual depende el destino de toda una guerra…”

“Penando en ello, se ve aparecer el papel fundamental que debe desempeñar, en la cibernética, la noción de información, de la cual no se había percibido hasta ahora, toda la importancia. Porque la serie de desencadenamientos que se producen en los sistemas estudiados por la cibernética son provocados por  la negada de informes  que provienen de otros lugares del sistema, y muchas veces del exterior… Una de las ramas maestras de la cibernética será, pues, la teoría de las transmisiones y de las comunicaciones: es decir, el estudio científico de los modos de transmitir una información por un procedimiento cualquiera que podrá ser mecánico, acústico, óptico, eléctrico, radio-eléctrico, etc…

“Al reino de la cibernética se une también el perfeccionamiento de las máquinas de calcular – esas sorprendentes máquinas de calcular que disponemos actualmente, capaces de ejecutar cálculos difíciles y variados,  con mayor seguridad y mucho más rápidamente que el cerebro humano:  éste se encuentra, pues,  rebasado por los dispositivos que ha sido capaz de imaginar y realizar… La teoría de las máquinas de calcular , de las transmisiones de señales,  y, más generalmente, todas las que constituyen el haz de estudios que constituye la cibernética actual, parecen aportar numerosos informes sobre el funcionamiento  normal o patológico del sistema nervioso,  y, en particular, sobre el mecanismo de los reflejos: algunos autores han demostrado que podía ayudarnos a entender el funcionamiento del pensamiento lógico. 

Finalmente,  como lo ha subrayado Norbert Wiener al final de su obra la ya famosa , “Cybernetics”, los mismos fenómenos sociales podrían beneficiarse con una aplicación, a su estudio, de la nueva ciencia”.

El Nacional 

Agosto, 1953 




lunes, 2 de abril de 2012

Los Palmeros de Chacao

EL NACIONAL - Lunes 02 de Abril de 2012 Cultura/4

Cultura
Jorge Luis Santos, Palmero es fe y cerro
JUAN ANTONIO GONZÁLEZ
laindividualdellunes@gmail.com

La cruz de palma que hoy protege las puertas de cientos de hogares venezolanos, que los católicos buscaron afanosamente ayer, Domingo de Ramos, como símbolo de fe y recordatorio de la entrada de Jesucristo a Jerusalén, recorre un largo camino antes de llegar a los lugares donde será colocada.

Siete días antes de la Semana Santa, los encargados de recoger las palmas ­agrupados en la cofradía de los Palmeros de Chacao­ se internan en el cerro Ávila para ejecutar un ritual que tiene más de 240 años.

Son hombres y también feligreses cuya tradición ha sido seguida muy de cerca por el fotógrafo caraqueño Jorge Luis Santos, autor de la serie Palmero es fe y cerro, un registro documental del que ha surgido un libro homónimo y en el que la faena anual adquiere dimensiones filosóficas.

Ellos son los herederos de aquellos primeros recolectores que en 1770 subieron a la montaña para buscar la palma que acompañaría las súplicas de los devotos para que se erradicara una epidemia de fiebre amarilla que azotaba Caracas.

Las imágenes de Jorge Luis Santos reflejan esa fe inquebrantable que moviliza a los pueblos creyentes. La abierta creencia en un ser superior capaz de aliviar todos los males, aunque la realidad insista en instalar en la mayoría el desasosiego y la desesperanza. Pero cuando se trata de los Palmeros de Chacao, queda muy poco lugar para los descreídos.

"Con estas fotografías intento retratar la fe, la tradición, el esfuerzo y la pasión que, año tras año, acompañan a los Palmeros de Chacao en su peregrinaje por la montaña sagrada", dice Santos, quien por la fuerza de su perseverancia ha logrado ser testigo de una tradición a la que sólo tienen acceso los miembros de la cofradía.

Y no importan ni la sequía ni las prohibiciones para extraer las palmas del parque nacional. La fe siempre está ahí, a los ojos de todos, de pintores como Adrián Pujol, que dedicó parte de su trabajo a esta tradición, y de fotógrafos que, como Jorge Luis Santos, están empeñados en atrapar con sus obras el alma de una población que se niega a abandonar las más profundas expresiones de su cultura.

La serie Palmero es fe y cerro puede ser admirada en su totalidad en www.jorgesantos.com.ve.

lunes, 25 de abril de 2011

Aquiles Nazoa " Guarataro con champaña "

El Nacional - Sábado 25 de Junio de 2005 D/1

Papel Literario
Guarataro con champaña
Claudio Nazoa



Otra vez me veo obligado a escribir sobre mi padre Aquiles Nazoa, y es que si no lo hacía, los periodistas de Papel Literario de El Nacional, secuestraban a mi mamá o me mataban si no les entregaba estas líneas.

Trato en lo posible que sean otros los que escriban o hablen de Aquiles Nazoa, porque, siendo yo su hijo, es muy fácil caer en la subjetividad o inclusive en la cursilería que suelen tener los hijos a la hora de referirse a su padre. Pero ya montado sobre el burro, voy a tratar de contarles algunas anécdotas de este personaje caraqueño, amante de la vida, militante fanático de la estética y guerrillero de la ética.

Muchas personas dicen que Aquiles Nazoa fue un poeta que comprendía al pueblo que no lo olvida. No es que lo comprendía, lo que pasó fue que Aquiles Nazoa era también eso que ahora en Venezuela no estamos seguros de lo que es y que los políticos oportunistas llaman “el pueblo”.

Nació un 17 de mayo de 1920 en el barrio caraqueño “El Guarataro”, hijo de Rafael Nazoa y Micaela González. En una auto—descripción de su infancia, dijo: “Mi infancia fue pobre pero nunca fue triste”.

Creo que eso de alguna forma nos dice que tuvo unos padres que no tenían dinero pero sí mucho amor y creatividad para regalarle a su hijo.

Pasa su infancia en la parroquia San Juan, en una Caracas todavía de techos rojos. Hacía muchas excursiones al Ávila con su padre y también paseaba con él en bicicleta hasta un pueblo cercano a la ciudad llamado El Hatillo. Quizás estos paseos, llenos de alegría y sin dinero, marcaron su forma romántica y optimista de vacilarse la vida, no importando que la mayoría de las veces tuviera los bolsillos vacíos y viviera en un país sometido por un dictador que le decía lo que tenía que hacer.

Vivió, sufrió y sobrevivió a dictadores y a demócratas. De alguna forma supo tener la fuerza suficiente para no dejarse doblegar por la brutalidad ni por la estupidez de los gobernantes de turno, aunque muchas veces haya tenido que pagar con cárcel su determinación. Fue uno de los presos de menos edad que tuvo el gobierno del general Gómez: Resulta que cuando vino Lindberg a Caracas, Aquiles, de seis años, salió junto a otros niños a buscar el mejor sitio para ver el primer avión que surcaría el cielo caraqueño y no se le ocurrió mejor idea que montarse en la cerca que rodea el Palacio de Miraflores, por lo que un guardia se lo llevó preso. Es que los gobernantes de esa época eran muy miedosos y creían que hasta un niño podía matarlos.

A los 16 años, tras la muerte de su padre, asume la responsabilidad familiar y valiéndose de haber aprendido a hablar inglés desde muy niño con una dulcera trinitaria, consigue empleo en el Ministerio de Fomento como guía de turistas, convirtiéndose en el primer guía de turistas que tuvo Venezuela.

Por motivo de trabajo, junto a su madre y a sus cuatro hermanos, se traslada a Puerto Cabello. Allí viven en la famosa calle Lanceros, de donde adopta su pseudónimo “Lancero” para hacer sus primeros escritos en la prensa.

Fue justamente en Puerto Cabello, luego de una denuncia que hiciera en un periódico local a un concejal, que lo detienen y traen a Caracas, teniendo el extraño “honor” de inaugurar la cárcel modelo en Catia, donde estuvo varios meses preso. Era una época difícil en Venezuela donde un periodista, por denunciar a un funcionario público que lo estaba haciendo mal, podía ser enviado a la cárcel.

Aquiles Nazoa fue un autodidacta que estudió más que un didáctico normal. Era un hombre de múltiples conocimientos ya que cualquier curiosidad la llevaba al extremo y la investigaba con la rigurosidad con la que lo haría un hombre de ciencias.

Muchas personas creen que él sólo era un poeta humorístico, cosa ya de por sí sola bastante compleja, pero desconocen al curioso por la ciencia. Escribió un libro llamado Los cien usos de la electricidad, donde con detalles sorprendentes nos cuenta la historia de los artefactos eléctricos más comunes.

Fue también un apasionado por la historia universal y por Caracas, su ciudad.

También escribió poesía lírica, siendo la más emblemática “La balada de Hans y Jenny”.

Hizo del conocimiento cultural algo divertido y al alcance de todo el mundo.

Muchas personas de la década de los años 70, aún hoy recuerdan el famosísimo programa Las Cosas Más Sencillas, que se transmitía por el Canal 5 del Estado.

En esa época, aunque alguien fuera de izquierda y criticara al gobierno, tenía derecho a trabajar en los medios de comunicación del Estado.

Las Cosas Más Sencillas fue un programa de televisión en blanco y negro que se hacía la mayor parte del tiempo en vivo.

Cuando llegó el video tape, a principios de los años 70, se utilizaba una sola cinta que no se guardaba y se volvía a grabar sobre ella, por eso, lamentablemente, no quedaron programas de Las Cosas Más Sencillas.

Él decía que en las cosas más sencillas era donde se encontraban las cosas más difíciles e interesantes de explicar y comprender.

Para explicarle a un lector que no tuvo la oportunidad de ver aquel programa, Aquiles Nazoa decía algo como esto: Hoy vamos a hablar sobre la vela. A continuación encendía una vela y pasaba una hora explicando todo lo que se puede saber sobre una vela encendida, o sobre una silla, o sobre un avión. No había tema del que no hablara en ese programa.

Difícil explicar a este hombre en tan poquito espacio, así que pido disculpas a los lectores por lo quizás desordenada de esta historia en donde quiero contarles muchas cosas.

Mi padre fue un millonario, lo único que no tenía era dinero. Siempre le gustó lo mejor de las cosas de la vida. Era delicado y profundamente estético. No le gustaba la gente desarreglada y vulgar. Le tenía tirria a todo lo que llevara uniforme y le oliera a autoritarismo.

Creo que él era un revolucionario pero del sentido profundo de lo que significa el ser humano. Odiaba las injusticias, sufría al ver a la gente pasando trabajo, sobre todo a los niños.

Era un hombre de carácter cambiante, a veces de muy mal humor. Le molestaba que lo confundieran con un echador de broma.

No le agradaba que algunas personas estuvieran todo el tiempo esperando que él dijera algo gracioso.

Casi podría decir que Aquiles Nazoa fue un anarquista al que no le gustaba que le dictaran líneas, ni políticas ni artísticas.

Fue un mecenas pobre: Jacobo Borges, Pedro León Zapata, Carlos Cruz Diez, Alirio Palacios, Régulo Pérez, Luis Lucsick y Abilio Padrón, entre otros grandes artistas, fueron protegidos por mi padre cuando nadie creía en ellos. Él tenía un instinto especial para saber el valor artístico de las personas.

Era un hombre a veces extraño para la visión de un ciudadano común. Pasaba el santo día escribiendo y patinando con sus patines de ruedas de goma. Con esto había un problema: se ponía bravísimo si alguien le preguntaba por qué patinaba dentro de la casa.

No le gustaba que los periodistas le grabaran las entrevistas y cuando veía el grabador preguntaba:

—Disculpe ¿Cuando usted va al cine lleva el grabador?

Los periodistas, tímidamente, respondían que no, a lo que él les replicaba:

—Y usted se acuerda de la película, ¿verdad?

Bueno, entonces vamos a hacerlo así.

En el año de 1956, Pérez Jiménez lo saca esposado del país como a un delincuente, y es que en esa época, el dictador había inventado unas leyes que prohibían a los periodistas escribir con libertad. Recuerdo que apenas tuvimos tiempo de despedirlo en el antiguo aeropuerto de Maiquetía.

Nadie sabía a donde iba. Ni él, ni nosotros.

Lo llevaron al avión, donde el capitán de PanAmerican le pidió —en inglés— disculpas a los pasajeros por compartir el avión con un peligroso delincuente. Le quitaron las esposas y allí le dijeron que podía quedarse en Panamá o en Bolivia. Se fue a Bolivia en donde conoció a un ángel boliviano llamado Pepe Ballón, quien no sólo lo acogió a él, sino a toda mi familia, que meses después fuimos vivir a Bolivia durante tres difíciles años.
Allá, junto a Pepe, quien entre otras cosas era librero, mi padre fundó una editorial y publicó varios libros.

Aquiles, el hombre que nació en el Guarataro, a quien le gustaba vestirse de smoking, jugar críquet y tomar champaña.
Aquiles, el que se ponía su sombrero, su camisa tropical, su pantalón blanco y sus zapatos de goma para irse en su Volkswagen azul a Villa de Cura a visitar a su amigo Vinicio Jaen para comerse unas cachapas con queso y chicharrón .

Aquiles, el que gustaba regalarle joyas a mi madre, quien le reprochaba:

—Aquiles, no gastes el dinero en esto.

Vamos a comprarnos un apartamento.

A lo que él decía:

—Y... ¿Si me muero mañana y no tengo el gusto de regalártelo?

Aquiles, el que leía varios libros a la vez.

El que aprendió a hablar en quechua con los indígenas bolivianos. El que hablaba y leía en francés. El que creía en sí mismo porque como él decía “creo en mi mismo porque sé que hay alguien que me ama”.

Aquiles, el ateo amigo de Dios y estudioso como nadie de la vida de Cristo.

En fin, Aquiles Nazoa un hombre sencillo de vida muy emocionante, tratando de comprender este complicado mundo, donde quería pasar como “el poeta que le cantó a los cochinos”, su animal preferido.

Aquiles, un revolucionario que estaría ahora luchando contra el autoritarismo, la injusticia y la vulgaridad. Aquiles, el que debe estar con Dios convenciéndolo de que el diablo es un tipo de pinga.


El testamento de Aquiles Nazoa

Esto es un manuscrito que encontré en su escritorio de trabajo días después de su muerte. Primera vez que se publica:


Testamento 1975

“La noción de lo que es vivir, me ha llegado muy tarde. Permítanme, queridos deudos, organizadores de mi sepelio, evitarse la ampulosidad del coche fúnebre en el que habéis convenido enviarme al otro mundo como un hediondo paquete y dejadme ir por los propios pasos que marca mi corazón”.



sábado, 12 de febrero de 2011

La diabólica nomenclatura caraqueña

La diabólica nomenclatura caraqueña

Esquina de Angelitos
El Silencio
RUBEN MONASTERIOS

Las calles de Caracas tienen nombres, pero más allá de los carteros bien experimentados muy poco sabemos de ellos; desde tiempos remotos los caraqueños preferimos el complicadísimo sistema de dar referencia de una dirección a partir de las esquinas; si usted quiere llevar a la locura a un infeliz que no sea Caremis u otro de los escasos caraqueños viejos que restan por ahí, dígale que debe ir a un lugar localizado entre las esquinas de Candilito a Tablitas; pero ésta es apenas una de las tantas fuentes de confusión de la nomenclatura de nuestra capital.
Caracas no dispone de numeración consecutiva para identificar los inmuebles; suplimos su ausencia asignándole nombres a los edificios, sistema impráctico, que nos obliga a recorrer largos tramos de avenidas en una y otra dirección hasta encontrar el inmueble en cuestión, ¡bueno!, esto en el caso de conservar el rótulo con el nombre que lo identifica. Conozco un edificio que originalmente se llamaba San Casimiro; el rótulo fue perdiendo letra tras letra y hoy se llama Miro.
Y suponemos que para llegar al edificio usted debió, primero, localizar la calle; asunto improbable en Caracas, por cuanto el inmueble que formaba esquina y donde estaba la placa de identificación de la calle, pudo haber sido derrumbado para erigir uno nuevo, y el constructor "olvidó" volver a colocar la placa al terminar el trabajo. En cualquier otro lugar del mundo civilizado el constructor sería multado por las autoridades de la ciudad a causa de esa negligencia; en Caracas no se presta atención a esos pequeños detalles.
En Caracas las calles y avenidas parecieran sufrir de complejo de identidad, en razón de lo cual cambian súbitamente de nombre. En algún lugar la primera avenida de La Castellana se convierte en la quinta avenida de Altamira, y no satisfecha con ello, más adelante cambia su denominación por la de cuarta transversal de Los Palos Grandes.
Contribuye a la confusión la repetición de nombres; a veces se debe al amor que por su terruño natal sienten los constructores, lo que da lugar a innumerables edificios llamados Doral; otras veces el fenómeno responde al fervor religioso; de aquí la cantidad inconcebible de quintas llamadas San Judas Tadeo y Coromoto; otras, al fervor patriótico. Recuerdo el caso de un folleto editado por una agencia turística extranjera que advertía a los usuarios respecto a las direcciones que incluyeran el nombre de Bolívar: "En Venezuela todo se llama Bolívar", decía.
Los caraqueños encontramos una especie de perverso placer en poner a prueba la paciencia, perseverancia y agudeza visual de aquellos invitados a nuestra casa. Sugiero al amable lector tratar de localizar una dirección en una urbanización caraqueña en horas nocturnas: puede ser una auténtica misión imposible.
Supongamos que llenó el primer requisito, esto es, encontrar la calle en dicha urbanización; a partir de aquí, le concierne la penosa tarea de recorrer la calle varias veces hasta localizar un rótulo que pareciera ser el nombre de la quinta; y ahora trate de leerlo: es muy probable que sea demasiado pequeño, que no esté iluminado, que este cubierto por una frondosa enredadera o escrito en una caligrafía tan sofisticada que no se puede descifrar...

El asunto parece gracioso, pero, según los expertos, este caos nomenclatural conlleva serios problemas económicos y de salud pública; lo primero, por la enorme cantidad de horas útiles que se pierden en la búsqueda de direcciones; lo segundo, porque el caos urbano es una de las principales fuentes de estrés del caraqueño.

EL NACIONAL - DOMINGO 25 DE JULIO DE 1999

sábado, 1 de enero de 2011

Los Problemas del Compositor Latinoamericano”

Los Problemas del Compositor Latinoamericano”

En nuestro pasado artículo examinábamos la sucesión de mudas dolorosas que suele conocer el compositor latinoamericano de hoy, en el tránsito que lo conduce, desde las aulas del conservatorio, a los hallazgos de los "elementos de estilo" que encierra el folklore de su país. Señalábamos cómo esos "elementos de estilo" se debían a la vigencia de tradiciones de raigambres hispánicas –o filtradas por la cultura hispánica- , enriquecidas por aportaciones negras y mestizas, o por lo influencia de rítmicas primitivas. Esta ley, claro está, no rige la música de pura esencia india, o ciertas manifestaciones particulares en que lo africano al estado casi puro: himnos ñáñigos de Cuba, cantos del vodú haitiano, cantos de macumbas brasileras, etc. Por otra parte, el estudio del folklore del continente nos ha mostrado que la mayor o menor fuerza de los elementos en presencia era función del factor étnico, y se emparejaba con las cifras alineadas en los Censos de Población. Mayor influencia negra en Haití. Proporciones iguales en Cuba. Menos proporción, sin duda, en Venezuela. Influencia nula en el Valle de México. Influencia poderosa en la región de Veracruz. Pero, de todos modos, el elemento negroide aparece siempre mezclado, en infinidad de géneros, con una cierta materia hispánica, tal como nos lo revela el examen del són cubano, del merengue haitiano (véanse, incluso, los de Ludovic Lamothe, premiados en los carnavales de Port-au-Prince), de la bamba mexicana, de la resbalosa de Chile, de la fulía barloventeña. Apuntamos esta particularidad sin más intención que la de establecer que si bien hemos sido fecundados por riquísimas aportaciones primitivas –que se manifiestan principalmente en la intensa vida rítmica de la percusión, en muchos géneros latinoamericanos-, ciertas tradiciones muy antiguas, a menudo anteriores a la Conquista (tal la del romance), han perdurado en nuestro folklores, contribuyendo a forjar esos "elementos de estilo", que se encuentran en las músicas populares de nuestras tierras, y que los pequeños compositores de la primera mitad del siglo XIX agarraron con singular agilidad, al llevar al papel pautado ciertos aires nacionales.

En 1928, cuando asumíamos la jefatura de redacción de la Gaceta Musical que editaba en París el maestro Manuel Ponce, tuvimos oportunidad de entrevistar varias veces a Héctor Villa-Lobos. Lo esencial de esas entrevistas, ha sido recogido por Otto Mayer-Serra en su Panorama de la música mexicana, al referirse a las ideas del gran compositor brasileño: "La seresta es un género para canto que recuerda, en aspecto refinado, el estilo de determinadas canciones tradicionales de Brasil… el choros es una nueva forma de composición musical en la cual aparecen sintetizadas las distintas modalidades de la música brasileña, india y popular, teniendo como principales elementos el ritmo y cualquier melodía típica, de carácter primitivo, que aparece accidentalmente y siempre transformada de acuerdo con mi temperamento artístico". En cuanto a los procedimientos harmónicos –añadía Villa-Lobos- "éstos se crean en relación con el carácter de los materiales empleados o inventados".

Como puede verse, Villa-Lobos hablaba del "estilo" de las canciones tradicionales, de modalidades "sintetizadas", de "melodías transformadas de acuerdo con su temperamento", de "procedimientos harmónicos" dictados por la materia misma. En suma: en 1928, Villa-Lobos estaba ya más interesado por el espíritu de un folklore, que por sus temas directamente considerados. Se enriquecía con sus "elementos de estilo". (No de otro modo había procedido Darius Milhaud, escribiendo un auténtico danzón para servir de pórtico a su versión orquestal de las Saudades do Brazil, sin recurrir, empero, a temas cubanos auténticos).

II

Juan Vicente Lecuna suele exponer una idea muy digna de examen, en lo que se refiere al proceso de maduración del compositor latinoamericano:

-No basta al compositor nuestro tener una exacta conciencia de sus problemas. Tiene que padecerlos. Para hallarse, le es necesario recorrer las distintas etapas que suelen sucederse en busca de una solución: el academismo, el "modernismo" amañado, el folklorismo, etc. Sólo después de ese viaje colmado de sinsabores, de tanteos, de errores, de palos de ciego, de descubrimientos del Mediterráneo, logra liberarse de los conceptos equívocos que pudieran seducirlo a lo largo del espinoso camino que lo lleva a la conciencia de su personalidad. Tiene que vivir, por sí solo, y a escala reducida, la experiencia que vivieron, en grande, durante más de medio siglo, los músicos de Europa. Tiene que vivir su franckismo, su impresionismo, su anarquía 1920, su nacionalismo, su regreso al orden… Entonces es cuando está maduro para hablar.

La verdad es que, al emitir este concepto, Juan Vicente Lecuna no lanza palabras al aire. Hace una confesión. Porque él ha recorrido casi todas las estaciones de ese arduo camino, llevando en hombros la admirable pero pesada cruz de ser compositor en un continente que empieza, tan sólo ahora, a prestar la debida atención a sus músicos, y a brindarles los medios de difundir sus obras. Porque, hasta ahora, junto a poetas y novelistas que siempre tuvieron la posibilidad de hacerse editar en España o en Francia, antes del espléndido florecimiento de la edición mexicana o argentina, el compositor latinoamericano había tenido un lamentable destino de pariente pobre, sin más perspectiva que la de enseñar sus partituras a sus amigos y de legar a alguna biblioteca municipal sus papeles manuscritos.

Juan Vicente Lecuna conoció y padeció los problemas estéticos y materiales que siempre hacen del músico latinoamericano –cuando no abandona la partida, vencido por la fatiga-, un ejemplo de tenacidad y voluntad creadora.

III
A pesar de que Juan Vicente Lecuna es muy llevado a juzgar duramente su obra pasada, algo confiere a sus producciones primerizas una auténtica virtud de perdurabilidad: su excelente calidad musical. Nunca se advierte en ellas una falta de tacto, o un empobrecimiento de la sensibilidad. Desde temprano, Lecuna aprendió a frenar sus impulsos, tratando de no apartarse, en cada caso, de una línea conscientemente trazada. De ahí que sus Cuatro piezas para piano, ofrezcan tanto interés para quien examina su obra, brindando al compositor la posibilidad de un regreso a su inspiración juvenil, que se está traduciendo ya en una Rapsodia venezolana, para orquesta, en la que se utilizan algunos elementos de esa suite. (Manuel de Falla le aconsejó, sobre todo, "que no dejara perderse" el diseño inicial –tan tierno- de su Criolla).

En esas Piezas publicadas en París en 1940, aunque dos de ellas estaban escritas más de quince años antes, hay demasiadas notas (Lecuna es el primero en reconocerlo). Las teclas llenas las manos del pianista. Ciertas rudezas harmónicas no se justifican siempre. En ellas, el compositor rinde tributo al "modernismo", a las inquietudes de su tiempo, con el evidente complejo de "no quedarse atrás", de no pecar de poco enterado. (De 1920 a 1940, este fue un mal que aquejó a casi todos nuestros poetas, a casi todos nuestros prosistas, a casi todos nuestro músicos). Sin embargo, algo muy interesante se observa ya en esas Piezas. Tomad el Valse caraqueño. Hay la preocupación, en él, de llevar un género particular al límite de sus posibilidades, especulándose, ante todo, con sus elementos de estilo. El valse, que no alcanzó ninguna expresión original en Cuba; que no se separó, en México, de sus patrones salonescos europeos, logró en Venezuela un acento propio que sorprende y admira a los que, como nosotros, lo escuchamos con oídos vírgenes. Con él se produjo un fenómeno parecido al que se verificó en Cuba con la "contradanza francesa", tan pronto nacionalizada y dotada de giros peculiares por los músicos de la isla, que ya, hacia el año 1807, un cronista hablaba de "ritmo nuestro" al referirse a ella.

Igual proceso que en el Valse caraqueño se observa en el Joropo de Lecuna, en que los ritmos de esa danza nacional son explotados en todas sus posibilidades, dentro de una pieza concebida, en el fondo, a modo de tocata, y que anuncia algo de las Sonatas futuras. La singular y eficiente elaboración rítmica que se observa en la última página de esa obra, presenta un raro interés, tanto por la escritura, como por la percutante sonoridad que tan curiosamente prepara el brillante campaneo de la Coda –inspirado el músico por los bronces de las iglesias caraqueñas.

En esas cuatro composiciones, Juan Vicente Lecuna inicia el viaje hacia sí mismo, en busca de una simplificación cuya necesidad parecía sentir ya, al escribir ciertos pasajes secundarios de la Criolla y del Valse.


IV
La Sonata para el arpa es, a pesar de sus importantes proporciones, una obra de transición. Su escritura revela un raro conocimiento de los recursos del instrumento. La materia musical es excelente. Sin embrago, en el tiempo inicial y en el Allegro final, hay un uso excesivo de las escalas por tonos enteros. Lejos de enriquecer la expresión de un compositor, la escala por tonos enteros sólo reduce sus posibilidades, si bien logra a cambio de ello una sonoridad siempre grata, que forma parte de nuestros hábitos auditivos desde Mussorgsky y Debussy. Por ello preferimos el Andantino de esta Sonata –ya próximo a las futuras Sonatas de alta gracia- donde el músico se nos ofrece con un desnudo lirismo, dentro de un estilo rigurosamente horizontal que no brinda asideros al hedonismo. Como siempre, es en un Andante donde el compositor nos da la mejor medida de sí mismo. (En la música contemporánea, por veinte Allegros logrados, hay un sólo Andante que se sostenga desde el primer compás hasta el último. Tan evidente es el peligro, que muchos prefieren salirse por la puerta de escape del Tema con variaciones). El Andante de la Sonata para el arpa, es una de las páginas más logradas de Lecuna.

Por este tránsito llegamos a las cinco Sonatas de alta gracia, que ocupan un lugar capital en la producción del compositor venezolano. Remontándose a los orígenes de la música culta en nuestro continente –a la que se oyó en los salones y santuarios de muchos países del Nuevo Mundo a fines del siglo XVIII- Lecuna se acerca, en la primera, al estilo de las Sonatas más hispánicas de Scarlatti. La obra es un raro exponente de finura de pensamiento y de escritura delicada, ofreciendo una limpidez de estilo, una sobriedad de medios, que no es incompatible con una gran ternura. (Personalmente, tenemos una muy especial predilección por esa obra clara y limpia). Pero, vista separadamente, como punto de partida de una manera nueva, esta Sonata presentaba el peligro de crear una fórmula, y de hacer derivar el músico hacia el estilo neoclásico, ya algo estereotipado, de los músicos españoles de la última hornada.

Pero doblad la hoja. Ahí está la Segunda sonata, para disipar nuestros temores. Escrita como para manos de niño, con una sencillez que es casi la de algunas piezas de Satie, esta composición regresa al terruño, tiñéndose, en su primera sección, de una melancolía que es la de ciertas canciones populares venezolanas. (No somos nosotros quienes tenemos el derecho de hablar del venezolanismo de esta obra: nos atenemos, en esto, al criterio de hombres más enterados, según los cuales, esa página ofrece una emoción auténticamente nacional). Por lo pronto, la melodía tiene un acento propio que sorprende, como cosa no oída en otra parte. En la segunda sección, muy viva, Lecuna especula con ritmos típicos, presentados con la misma sencillez del motivo inicial. Simples rasgueos, sin intento de colorismo, sin recuerdos impresionistas, que reafirman el espíritu de lo popular, sin ofrecer, empero, la menor cita textual de un tema. Aquí, el folklore es, más que nada, una "presencia auditiva interna" que hace hablar al músico de cierta manera. Algo parecido a lo que ha logrado Villa-Lobos en algunas de sus serestas. Sin proponérselo, sin usar casi de accidentes, Lecuna se sitúa, con esta Sonata, en un plano de preocupaciones que es el de los músicos más alertas de la hora presente. (El Kabalewsky de la Sonatina; el Rodolfo Halffter, del tercer movimiento del Homenaje a Antonio Machado…).

La Tercera sonata es más compleja, más elaborada, más maliciosa, harmónicamente hablando. El estilo, siempre horizontal, se enriquece de nuevos valores rítmicos. Después de un regreso a la simplicidad, Lecuna emprende nuevas aventuras, pero sin pensar ya, como en las Cuatro piezas, en lo que otros puedan hacer en torno a él. Con la Cuarta sonata y la Quinta –esta última sin terminar-, el compositor permanece al pie del árbol genealógico hispanoamericano, sin apartarse de una tradición que ha marcado nuestra música culta en el siglo XVIII y buena parte del XIX. Lecuna estima, además, que la fidelidad a esa tradición constituye uno de los métodos de formación del compositor latinoamericano, y que, aun cuando trabaje con materiales negros o aborígenes, debe buscar en ella un ejemplo de sencillez, único capaz de defenderlo contra una frondosidad a la que se muestra muy llevado, por temperamento.

V
El tratamiento de la orquesta ha sufrido, en estos últimos sesenta años, los más inesperados avatares. A la orquesta-órgano de los franckistas, sucedió el puntillismo sonoro, las evanescencias y voluntuosidades de los impresionistas. Luego conocimos el colorismo "a outrance", el estilo "sorpresa en cada acorde", que casi alcanzó el absurdo en El ruiseñor de Stravinsky. Después, el desplazamiento del eje de gravitación de la orquesta hacia los metales y la batería, que por algún tiempo entusiasmó a los jóvenes músicos de la escuela de París. La Pulcinella de Stravinsky y El retablo de Maese Pedro de Falla señalaron el ocaso del colorismo, regresándose a una noción sencillísima, pero que el mundo había perdido casi totalmente desde la aparición de Berlioz: la que los instrumentos podían ser utilizados funcionalmente, con su sonido cabal y desnudo, sin desquiciarse los registros, como pueden emplearse el cemento, la piedra, el hierro y la madera, en la construcción de un edificio. (Un día señalaron a Debussy un pasaje de una obra de Ravel en que las trompas, colocadas de una manera singularísima, daban un sonido inusitado: "Eso no interesa más que a los trompetistas", respondió, de pésimo humor, el maestro, que ya había vuelto a los valores esencialmente líricos con el maravilloso primer tiempo de su Sonata para violín).

En su orquesta, Juan Vicente Lecuna rehuye todo alarde de colorismo. Al recoger algo de su inspiración primeriza en la Rapsodia venezolana, aún sin concluir, procede por simplificación. Lejos de enriquecer el modelo original, lo desnuda, despojándolo de grasa harmónica, para dejar el músculo al descubierto. Sus Tres canciones, sobre poemas de Rafael Alberti –una de las cuales ha sido estrenada en Buenos Aires- especulan con el sonido cabal de los instrumentos, confiándoseles pasajes de una ejecución cómoda, dentro de una total economía de medios. Hay un momento en la Canción del camino, en que las trompas aparecen totalmente al desnudo, con una simplicidad de escritura que recuerda la disposición de las voces en algún villancico polifónico. Esta canción es, sin duda, una de las páginas más puras que haya producido la música de nuestro continente en lo que lleva recorrido el siglo XX.

En el Concierto para piano y orquesta, la obra en que Lecuna está trabajando actualmente, y de la que un tiempo está concluido, se observa la misma voluntad de pureza (y conste que al hablar de pureza no hacemos alusión a la mañosa sequedad de ciertos neoclásicos latinoamericanos). Aquí el instrumento solista es empleado como mero elemento dialéctico. No desempeña un papel de estrella. Expone el razonamiento que los instrumento, bien situados en su registro, y con la elocuencia de su timbre individualizado, se encargarán de desarrollar. (Es interesante señalar que Lecuna rehuye, por sistema, los empastes jugosos; una, en cambio, de procedimientos heredados de la más clásica escritura concertante). Por lo demás, hay una buen afecunda criolla, una salud espiritual de hombre de raza joven, en esa partitura franca, abierta, sin difuminos ni misterios.

No hay obra más ajena al dolor, a la sombra, al patetismo, que la de Juan Vicente Lecuna. En esto se muestra buen hijo de un continente que siempre halló, hasta ahora, sus expresiones más logradas, en obras situadas al margen de las grandes tempestades románticas. Cuando el latinoamericano engola la voz, pierde la línea. Y la línea, el sentido de la línea –melódicamente hablando-, resultan inseparables de las creaciones musicales de nuestro mundo nuevo –desde las que derivan del romance, hasta las que se tiñeron de indio y de negro, para mayor enriquecimiento de nuestros acentos y giros nacionales.
Conferencia de Alejo Carpentier en Valencia, Carabobo, en el año 1946
Imagen http://jvlecuna.zoomblog.com/archivo/2006/10/26/conferencia-de-Alejo-Carpentier.html

Fuente: Artículo escrito por Alejo Carpentier.
Publicado en “El Nacional”
El día jueves 4 de abril de 1946 y en el Libro
Letras y Solfa (1976) Capítulo “Los Problemas del Compositor Latinoamericano”
(A propósito de una obra de Juan Vicente Lecuna)
Pág. 94-102


sábado, 7 de agosto de 2010

Pocas edificaciones reflejan la historia de Caracas

Caracas, Japón es un país que cabría tres veces en la superficie de Venezuela. En los 2.000 kilómetros cuadrados de Tokio se levantan modernas estructuras, entre milenarios templos y estrechas calles, varias sin aceras. A gran distancia, el contrastante valle de la capital venezolana despliega aún amplias áreas verdes y múltiples formas de vida en el palpitar urbano de cada uno de sus metros cuadrados. Sin embargo, según el criterio del especialista japonés en diseño y estudios paisajísticos, Akira Kuryu, todavía es necesario desentrañar el “alma” de la ciudad

SILVIA LIDIA GONZÁLEZ

Los ojos del arquitecto Akira Kuryu son, sin duda, diferentes.

Más allá de sus rasgos naturales, en el fondo de su percepción vive un mundo de formas y texturas, de construcciones y espacios ligados inevitablemente a cada rincón del planeta, por un concepto interior:
el alma. El representante de la arquitectura japonesa contemporánea pisó por primera vez suelo venezolano, justo el día en que parte del espíritu de Caracas, en la autopista del Este, se venía abajo.

Del aeropuerto de Maiquetía a la sede de la Universidad Central, donde participó en la Semana Cultural de Japón y dictó una conferencia y un taller, el maestro Kuryu reparó en los cerros, las casas de ladrillo, los saturados bloques, las avenidas, los espacios verdes, el Ávila, e inevitablemente llegó hasta el sitio, objeto de una polémica, donde está ubicada la estatua de María Lionza, cuyo torso se fracturó, dejando a la mítica deidad venezolana casi recostada sobre su sagrado tapir.

Sin pretenderlo, la escultura de Alejandro Colina se convertiría en uno de los elementos centrales en las discusiones y talleres que el invitado sostuvo con estudiantes y profesionales en arquitectura de este país. En la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV, Kuryu dictó el 7 de junio la conferencia Memoria, ambiente y arquitectura, y motivó el taller Tokio–Caracas.

El principal ejercicio del nipón y sus 30 acompañantes (estudiantes avanzados y profesores de arquitectura) fue recorrer algunos espacios de la capital venezolana.

En el periplo no eludió el tráfico del mediodía, las lluvias vespertinas, el olor a fritanga, la degustación de arepas de reina pepiada y de cachapas con queso, la chicha de arroz, todos esos elementos que ayudan a comprender cómo fluye por sus arterias de barro, teja y concreto, la vida de Caracas.

De ahí, Kuryu comenzó a presentir la intensidad del alma de esta capital, y abrió a los mismos colegas venezolanos la posibilidad de explorar esa vida interior de la gran urbe. Uno de sus ejercicios fue sentarse en la explanada de la Plaza de los Museos y examinar el espacio, atravesado aún por un pedestal que esperaba a la diosa de las montañas de Sorte, imponentemente expuesta por décadas en la Autopista Francisco Fajardo. La plataforma sobre la que autoridades de la Alcaldía Libertador pretendían colocar la escultura de Maria Lionza, retó a la imaginación y proyecciones de los participantes en el taller.

En las propuestas se consideraron los accesos por el parque Los Caobos, la avenida Libertador, la cercanía con el teatro Teresa Carreño, la tradicional celebración de algunos festivales artísticos, el circuito de arte integrado al conjunto de edificios fruto del talento de Carlos Raúl Villanueva, en esos metros cuadrados.

Finalmente, sólo tres proposiciones consideraron que María Lionza debía ser elemento central.

La mayoría coincidió en que había que retirar el pedestal, no pretender apostar ninguna escultura allí, y mantener el espacio vacío para resaltar la fachada de las edificaciones, dejarlos en comunicación, según comentó el mismo Kuryu.

El arquitecto japonés entendió los razonamientos de sus condiscípulos venezolanos, no sólo por el valor urbanístico y ambiental de la Plaza de los Museos, sino por el significado espiritual del objeto que se proyectaba trasladar. Aún los arquitectos japoneses más vanguardistas conservan, en la simbiosis de sus autóctonas creencias repartidas entre el sintoísmo y el budismo, el respeto a la idea de que el omikoshi puede ser un altar que saque a pasear a las divinidades, pero siempre regresarán a su sitio –expresa– porque “el lugar de los dioses es sagrado”.

Las caras de la urbe

La coordinadora docente de postgrados del Instituto de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la UCV, Noaín Ginzo, fungió como intérprete y coordinadora del recorrido que el arquitecto y paisajista japonés hizo por la metrópoli venezolana.

El punto de origen fue precisamente la Ciudad Universitaria, reconocida como patrimonio de la humanidad. Los participantes en el taller se trasladaron a lo alto de la torre oeste del Parque Central, que fue el mirador principal para la apreciación del área urbana de Caracas.

De la vista aérea siguió la caminata por la avenida Bolívar, hasta llegar al complejo donde está situado el Teatro Teresa Carreño, donde además de visitar la Sala Ríos Reyna, apreciaron la obra cinética de los Cuadros Vibrantes, de Jesús Soto, y la arquitectura de los edificios que integran el emblemático sector.

La travesía por el Ateneo llevó a los arquitectos a la Plaza de los Museos. Entraron a la Galería de Arte Nacional y al Museo de Bellas Artes, y permanecieron en la contemplación de la explanada.

El recorrido continuó por Maripérez, la Cota Mil y Petare. Desde el Centro Comercial Éxito tuvieron una vista de la parte norte del saturado sector residencial y volvieron por la Cota Mil hasta La Castellana, donde apreciaron el Centro Comercial San Ignacio.

Posteriormente cruzaron el mercado de Chacao, las calles del municipio y su plaza Bolívar, entre el ambiente comercial y viejos edificios. El itinerario terminó en la plaza Francia, de Altamira.

Akira Kuryu quedó gratamente impresionado con la estructura urbana de Caracas y el abundante verdor. Entendió la importancia del Ávila, no sólo por sus características ecológicas, sino como telón de fondo y obligado punto de referencia, como el norte de la gran urbe.

No en vano, observó que la capital tiene pocos edificios que rememoren la historia de la que fuera la ciudad de los techos rojos.

En su recorrido por la capital venezolana, el arquitecto contempló –como él mismo lo expresó– “varias Caracas”. Primero la Ciudad Universitaria, con un alma propia, el alma máter del conocimiento nacional. Luego, el complejo cultural construido por el Estado; la dinámica de los centros comerciales y, finalmente, uno de los sectores que más le llamó la atención: Chacao, que en su percepción tiene un área urbana y un comportamiento distinto.

“Chacao, con el perfil que la han dado los inmigrantes europeos, los españoles y portugueses que habitan edificaciones modestas, de cuatro o cinco pisos, con viviendas arriba y comercios abajo, le pareció un espacio que también se mueve con su propio espíritu urbano”, comentó la arquitecta Ginzo, discípula del académico.

Con alguna reminiscencia de las estrechas calles que conducen a las Ramblas, en Barcelona, Kuryu apreció esa dinámica de pequeña ciudad con ambulatorio, plazas, espacios para niños y ancianos, y en esa cotidiana dinámica de vida peatonal, antigua y comercial, palpó de otra manera algo más del alma caraqueña.


El alma del luga

Aunque es una palabra poco común dentro del rico vocabulario japonés, los arquitectos del milenario Imperio del Sol Naciente comprenden cabalmente la combinación de dos ideogramas:

el que representa al suelo o lugar (chi), y el que significa alma (rei).

La fusión en la palabra chirei, se convierte para ellos en un precepto universal de la arquitectura: “el alma del lugar”.

Según Kuryu, para quienes practican los principios chinos del Feng Shui, construir entre el agua y el viento de las montañas, de alguna manera es una propuesta para armonizar con la naturaleza y el alma de un lugar”.

Más allá de sus recorridos por naciones asiáticas como China, Taiwan, Nepal e India, el arquitecto permaneció un año en países europeos, y ha conocido en América Latina variados paisajes de México, por lo que sostiene que en el mundo entero la arquitectura ha buscado el entendimiento con cada suelo sobre el que se alza.

En su criterio, los antiguos indígenas mexicanos encontraron algo más que un espacio abierto para sus construcciones: “las Pirámides del Sol y de la Luna, están ahí porque ese mismo suelo llamó a los habitantes de la época, había un acercamiento, más que físico, espiritual”, comenta el arquitecto.

La asombrosa precisión técnica y científica de las pirámides que se asocian al tiempo, las cosechas y al movimiento de los astros, se combina, en los casos de las antiguas civilizaciones, con profundas creencias religiosas y espirituales.

“Ahí está ese concepto: el chirei que llevó a los antiguos pobladores a comprender y respetar esos lugares, que han sido centros sagrados”, explica.

Akira Kuryu es profesor de arquitectura y paisajística en la Universidad de Chiba y mantiene siempre ante sus alumnos una lección básica: considerar el entorno antes de empezar a construir.

“Es necesario entender el propósito de la obra, detenerse a contemplar con calma los alrededores y razonar que los proyectos a construir cobrarán un significado en su conjunto, no de manera aislada”, expresa el académico.
Otro elemento importante que el paisajista sugiere es conectar la historia con el objeto, reconocer lo que existe y su valor en la memoria de un pueblo: “El patrón de modernizar cambiando edificios antiguos por nuevos, no siempre es acertado. Si se derrumba un edificio, se puede estar derrumbando un capítulo de la historia de un lugar”, sentencia.

En opinión del maestro, lo mismo sucede con esculturas, escenarios naturales y otros ambientes, que retan a los arquitectos a un profundo conocimiento de su significado para la sociedad donde se encuentran. “Hay que entender –dice– que la arquitectura no es del que paga por una obra, sino de la sociedad, de todo el que camina frente a ella y la contempla”.

El Nacional  04 de julio de 2004.
Obra de Alejandro Colina
actualmente resguardada en la UCV