sábado, 22 de diciembre de 2012

Teresa Carreño


Los pájaros en el bosque hablaron esta mañana de Teresa Carreño. Quizás la vieron pasar con su largo traje de concierto bordado de oro y su aureola de cabellos grises. El bosque de los Caobos es el sitio más propicio para la evocación de Teresa. Aquellos árboles son sus contemporáneos. José Antonio Mosquera, dueño de la Hacienda "La Industria" en Quebrada Honda, fue su amigo. En unión de Dolores Jiménez, Teresa le obsequió un cojín ricamente bordado, que guardaba junto con el más corpulento de aquellos Caobos para su ataúd. Dos veces pasó Teresa por Caracas, ya no volvió nunca. Volvieron sus cenizas guardadas en urna de bronce. Si no volvió no fue por olvido, ni por resentimiento. Simplemente, no pudo volver. Su arte, su vida de artista que necesitaba el mundo como escenario, la muerte misma, se lo impidieron. Venezuela estaba en ella, intérprete del lenguaje, del pensamiento universal. Entre sus composiciones aparece un Himno a Bolívar para el centenario, su Saludo a Caracas y Danza Venezolana que tocó en Lisboa, una noche de grandes ovaciones, en 1903.



El mismo año del nacimiento de Teresa Carreño se publicaba la Primera edición del Manual de Urbanidad y buenas maneras, para uso de la juventud de ambos sexos, precedido en un breve tratado sobre los deberes morales del hombre, por Manuel Antonio Carreño ( Imp. de Carreño Hnos., Calle del Comercio, Nº 149). La dirección general de instrucción pública lo adopta como texto de enseñanza en las escuelas y colegios de la República. El padre de Teresa era hombre de rígidos principios, aunque es fama que no practicaba mucho los de urbanidad.



El 23 de julio de 1862, Teresa salía para Nueva York en compañía de sus padres y otras personas de su familia por la situación de Guerra que vivía el País. El independiente no le dedica unas líneas de despedida. Carreño pertenecía al partido constitucional. Existía entonces en Caracas un conservatorio de música. Por aquellos días se daban conciertos con el objeto de adquirir un piano para el Instituto. Tomaba parte de ellos una orquesta de cincuenta profesores venezolanos. En el Teatro Caracas trabajaba una compañía de ópera italiana. Alejandro Rothe ofrecía en su almacén en la esquina de Mercaderes las últimas novedades musicales. Los padres de Teresa no debían ver de nuevo la tierra de Venezuela.

Marta Milinowski, profesora de música del Vassar College, ha evocado la prolijidad amorosa de la vida de Teresa Carreño, en un Libro traducido por Luisa Elena Monteverde Basalo. Su vida es una magna lección de trabajo. Era bella, fuerte, maternal, apasionada, desprendida, gloriosa y sobre todo desdichada. Todos la explotaban, los conciertos daban para vivir con holgura, pero había muchos ojos pendiente del producto. La explotaban sus agentes, sus hijos y sus maridos….


A los nueve años la oye, Gottschalk la recomienda como un genio. Rossini la reconoce enseguida como una gran artista. Liszt pone sus manos sobra la cabeza de la pequeña, una especie de consagración. Rubinstein aparece en el número de sus más rendidos admiradores. En Leipzig, el propio Grieg se presenta en su camarín: “Señora, no sabía que mi concierto era tan bello”. Lo más interesante de esta biografía es el encuentro de Teresa con Alemania. Berlín la adoptó por suya. La llamaron “Brunilda, la Walkiria”. Desde el momento en que Beethoven comienza a ser más frecuente en su repertorio. Era Beethoven con el ímpetu, la fuerza, el color, la gran luz del trópico. En Berlín celebra sus bodas de oro como artista el veintiuno de noviembre de 1912. Aquella noche el ministro de Venezuela Santos Dominici, evocó en su discurso el País de Teresa en los días de su infancia.


Teresa luchó bravamente en su tierra nativa. Hizo frente a las dificultades con el ánimo que sólo es capaz una gran artista. A su llegada hubo ovaciones, música, flores, discursos, pero los salones permanecieron cerrados. La sociedad que se negaba a recibirla era la misma del Manual de Urbanidad de Manuel Antonio Carreño. Caracas la amaba y la rechazaba a la vez. En el fondo era la prueba decisiva, a la que el País le gusta someter a los suyos, semejante a las que sufre el neófito en las sociedades secretas. Si resisten los reconocen por suyos. A los que huyen y se tienen a sí mismo por grandes desconocidos, víctimas de las injusticias del medio, les vuelve la espalda. No basta entonces lagrimones retóricos para convencerlo de lo contrario. El regreso es la piedra de toque. Teresa Carreño quiso volver. Una tarde alguien la interrogó acerca de Venezuela y respondió: " La he amado a veces por sus desgracias, otras por la generosidad de su naturaleza, y siempre como la madre irreemplazable. En su seno quiero dormir el sueño de la tierra. Es allí donde deseo reposen mis cenizas" y sus cenizas están allí, en el marco de las montañas nativas. Por encima de las nubes viajeras imagen de su vida errante y maravillosa.


Fuente: Enrique Bernardo Núñez.
"Figuras y Estampas de La Antigua Caracas".
Pág. 41 -43
Monte Avila Editores/ 1991.

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