lunes, 21 de julio de 2014

Algunas costumbres del caraqueño vista a través del cementerio

VELORIOS, ENTIERROS Y OTRAS COSTUMBRE

”  Anterior a la existencia de agencias funerarias en la ciudad, era una práctica común velar al difunto en su casa, según Michelena (1997) la muerte era vista como un “entretenimiento social en el que se reunían los parientes y amigos” debía ser esto un trabajo adicional para los familiares del muerto, puesto que a la par de cargar con el dolor por la pérdida del ser querido, debían atender a los amigos, conocidos y parientes lejanos que se acercaban a darle el ultimo adiós a su difunto. Y es que hay que destacar que a pesar de que la primera agencia funeraria según Michelena (1997) se funda en 1849, que además contemplaba el transporte del cadáver y el aviso a los familiares del mismo a través de tarjetas que eran llevadas a las casas personalmente, este era un servicio solo para los ricos.

El traslado del difunto hacia el camposanto también variaba según el poder adquisitivo de sus familiares. Si el muerto provenía de una familia adinerada, este era llevado en un coche tirado por caballos a la iglesia y de allí al cementerio (recuérdese que para el septenio se estrena este tipo de transporte para los cadáveres) el cuerpo era trasladado de la urna en donde fue velado a otra menos lujosa dispuesta para el entierro. En el caso de los pobres, estos eran trasladados en andas por sus parientes y/o amigos, aunque en un principio era costeado por la iglesia, y luego, según Cartay (2003) “...por la Municipalidad o una institución benéfica llamada el ´Tributo a los pobres´ fundada el primero de junio de 1880” (p.329) la urna en la que se trasladaba el cuerpo era dada en condición de préstamo, por lo que una vez llevado al cementerio, el cuerpo debía ser depositado en la fosa y la urna devuelta.

El tiempo de luto establecido dependía del grado de cercanía que se tenía con este. Por ejemplo, si eran los padres de una persona, esta debía guardar, según Cortina (1976) de 5 a 6 años, hermanos o tíos 3 años, abuelos 2 ó 3 años, primos 1 año y familia lejana o amistades 6 meses.

Una vez enterrado el deudo, la visita al camposanto constituía otro acto propio de la cotidianidad de los habitantes de la ciudad.
Sin embargo, cabe resaltar que la presencia del nuevo camposanto significaría un cambio con respecto al arreglo personal que llevaran los deudos de los difuntos al cementerio en días de visita, sobre todo para el dos de noviembre, fecha de los fieles difuntos.

Cloto (1896) citado por Silva señalaba con respecto a este acontecimiento que:
Caracas parece hoy un cementerio. En vísperas del día de difuntos no hay tienda de modas, almacén y quincallería que no parezca un cuartel de Tierra de Jugo, por la profusión de coronas, palmas y otros emblemas mortuorios (...) La bicicleta ha hecho su debut en Tierra de Jugo, a donde han ido muchos ciclistas como si se tratara de correr cintas en el pueblo...(p.192).


Cortejo fúnebre pasando juntamente por la Esquina Caraqueña, en El Valle. 
EL LUTO

El tiempo de luto establecido dependía del grado de cercanía que se tenía con este. Por ejemplo, si eran los padres de una persona, esta debía guardar, según Cortina (1976) de 5 a 6 años, hermanos o tíos 3 años, abuelos 2 ó 3 años, primos 1 año y familia lejana o amistades 6 meses.
Y es que ante un tiempo de luto tan largo, en donde además de la vestimenta negra y la no asistencia a bailes ni a reuniones sociales, unido esto al cierre de puertas y ventanas de las viviendas en donde se encontraban los deudos y a la suspensión de cualquier actividad como clases de danza o piano, era lógico pensar en esta fecha como una oportunidad para poder salir y distraerse un poco de esa vida llena de extremo recato, que duraba meses o años.
Podría decirse en este sentido, que el cementerio significaba pues un lugar en donde convergían distintas familias en momentos especiales dentro del año.

Nadie mejor que Aquiles Nazoa para reflejar un velorio caraqueño 
AMOR, CUANDO YO MUERA

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda,
ni llores sacudiéndote como quien estornuda,
ni sufras «pataletas»
que al vecindario alarmen,
ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.

No te sientes al lado de mi cajón mortuorio
usando a tus cuñadas
como reclinatorio;
y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame,
no te le abras de brazos en actitud de ¡bésame!

Hazte, amada, la sorda cuando algún güelefrito dictamine,
observándome, que he quedado igualito.
Y hazte la que no oye ni comprende ni mira
cuando alguno comente que parece mentira.

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda:
Yo quiero ser un muerto
como los de Neruda;
y por lo tanto, amada, no te enlutes ni llores:
¡Eso es para los muertos esülo Julio Florez!

No se te ocurra, amada, formar la gran «llorona»
cada vez que te anuncien que llegó una corona;
pero tampoco vayas a salir de
indiscreta a curiosear el nombre que üene la tarjeta.

No grites, amada, que te lleve conmigo
y que sin mí te quedas
como en «Tomo y obligo»,
ni vayas a ponerte, con la voz desgarrada,
a divulgar detalles de mi vida privada.

Amor, cuando yo muera no hagas lo que hacen todas;
no copies sus estilos, no repitas sus modas:
Que aunque en nieblas de olvido quede mi nombre extinto,
¡sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!


Fuente: Comunidad de usuarios y amigos del Cementerio General del Sur ( facebook) 
Poema Aquiles Nazoa

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