sábado, 30 de julio de 2016

Coche, cementerio de estatuas

Uno de los temas que me ha inquietado desde niña, es el relacionado con las estatuas caraqueñas, siempre me ha parecido insólito, por decir lo menos,  que éstas no conserven sus destinos iniciales, y que formen parte del capricho gubernamental de turno.

Encontré este interesante artículo en la revista Elite #107 del 1 de agosto de 1958,  en ella di con la Obra de Don Andrés Bello (1930) del  escultor Español Chicharro Gamo , cuyo destino se debatió en la Exposición realizada en el 2015 en la Sala TAC del Trasnocho Cultural en Caracas por la Fundación Docomomo Venezuela, Presidida por nuestra querida Arq. Hannia Gómez.
 Aquí transcribo la reseña y escanee sus imágenes que no eran de buena calidad. 

El Andrés Bello de la Placita de Capuchinos,
luce ensimismado en su retiro de Coche 

"La Historia duerme en un monólogo de bronce
Los héroes comandan hoy en día las huestes vegetales de los parques abre una ciudad indiferente al pasado. Ana Luisa Llovera escribe sobre las estatuas en Caracas."


“Las estatuas, como los seres vivos, tienen su destino. Y también – como los seres de carne y hueso- las hay con negro hado y otras de risueño signo independiente de su valor artístico, y de la importancia o mérito de aquellos a quienes representan.

Hay estatuas- como seres humanos- que se inician de manera poco favorable y concluyen en forma sorprendente, como esas películas norteamericanas que finalizan con un largo beso cuando todos esperábamos tres asesinatos. Y otras que se estrenan rodeadas de todas las circunstancias propicias y concluyen cualquier día de los depósitos del Aseo Urbano de Caracas.

Solo las estatuas conocen los sueños de la Ciudad 



Caracas, en general, no ha sido muy feliz en materia de estatuas. La del Padre de la Patria que yergue en la plaza principal, por largos años eje y centro de la ciudad, testigo de populares gestas repetidas,  ni siquiera es original: es copia de la que está frente al Palacio Legislativo de Lima, donde en el orden de importancia y de valor estético de los monumentos ocupa el tercer lugar…

El Urdaneta de La Plaza la candelaria ha sido una estatua feliz
en su ubicación. No se sabe, sin embargo, cuanto tiempo permanecerá allí puesto que
sus proporciones grotescas la hacen segura candidata a un exilio
a los suburbios, o al basurero. 

La de Urdaneta, frente a la avenida de su nombre, está muy distante de satisfacer el gusto de las gentes comunes y corrientes, que son la mayoría, y quisieran una caballo más caballo y un jinete más jinete. Probablemente esto resultará una herejía, pues la estatua en cuestión parece corresponder a depuradísimos esquemas estéticos de reciente data. Pero el gusto de la gente es asi…

Acaso con base a ese gusto- llamémoslo “clásico”- por las estatuas, la del General Páez en la Plaza de su nombre es una de las más adecuadas. Es, como si dijéramos, de las que resultan más “bonitas” y también de las que han tenido mejor suerte. Allí ha permanecido por años, inconmovible y férrea, con el jinete afincado sobre sus estribos, enhiesta la lanza, como si estuviera dando aquel famoso grito de “Vuelvan Caras”, que algunos afirman nuca dio.

Sucre otro de nuestros “grandes Grandes” tiene estatua en la parroquia de su nombre, pero la mejor suya de que haya dispuesto Caracas se alzaba en el Calvario, empinada sobre la ciudad de los techos rojos. Era tan marcial, tan buena que el propio General Gómez, de quien es fama  que no era muy entendido en esa materia, se enamoró de ella. Y un día, sin requisito alguno, como él sabía hacer las cosas, envió un camión desde Maracay, la arrancó del paisaje caraqueño y se la llevó a sus predios. 
Andrés Bello, que necesitó poner tierra u océanos entre su patria y su destino extraordinario, ha sido uno de los más “estatuados” y de los más infelices  en estatuas. La que ahora se encuentra en los depósitos del Aseo Urbano, una cosa horrible, antiestética, estaba ante en la Placita de los Capuchinos, donde servía de regodeo  a las palomas, que la usaban para muy poco honorables funciones. Y la que ahora está sobre la Avenida de su nombre tampoco resulta muy atrayente, que digamos.

La estatua del Licenciado Miguel José Sanz que ahora se alza, con toda justicia, en virtud de sus méritos, presidiendo la entrada del Colegio de Abogados, es una de esas estatuas de destino enderezado. Por largos años estuvo tirada en uno de los patios enderezado. Por largos años estuvo tirada en uno de los patios de la Universidad, donde en muchas ocasiones sirvió para “encaramarse” a oír a Jóvito Villalba, al “mono” González y a muchos de los estudiantes fogosos de 1936 y 37 cuando se mitineaba allí en redondo. 
Durante el gobierno del Gral. Medina un grupo de abogados la rescató de los menesteres y se inauguró en el Patio del Palacio de Justicia, con discursos que algo tuvieron de  desagravio. Una de las frecuentes reparaciones desplazó de nuevo al Licenciado Sanz, que ahora encontró su “final feliz” y digno.

Sin embargo, cuando una gringa rubicunda, de esas que vienen para conocer el Humboldt, se para frente a esta estatua, nada le dice que se trata de las Ordenanzas de Caracas, del ilustre jurista que fue herido en la Batalla de Urica y murió más tarde en Maturín. Apenas una palabra; Sanz. Mientras que el escultor cuenta con mayores especificaciones: “Cav. Prof. Pietro Ceccarelli”. De tal manera que no tendrá nada de raro que una turista enterada se refiera alguna vez a “la estatua del Profesor Ceccarelli” vista por ella en su recorrido caraqueño.

Pero si bien no ha sido Caracas propicia en estatuas al reconocimiento de nuestros grandes héroes, tampoco lo ha sido para la consagración de los déspotas, y valga lo uno por lo otro. 

En toda nuestra historia el único gobernante que ha sido capaz de levantarse estatuas en vida fue Guzmán Blanco. El mismo General Gómez cuéntese que protestó cuando alguien propuso erigirle una a Don Cornelio, como alguien llamaba a su padre. López Contreras no solo se opuso a estatuas, sino aún a que le pusieran su nombre a un hospital.

Guzmán Blanco, en cambio, se pirraba por una estatua o por una representación cualquiera de sí mismo. Es fama que en Santa Teresa se encuentra con arreos de Evangelista y que se hizo reproducir otras veces. En Caracas se hizo erigir dos estatuas: una frente  a la Universidad, a la cual la gente distinguía comúnmente con el poco noble cognomento de “manganzón”. Y otra en el Calvario a la cual pusieron “Saludante” en atención al gesto y por consecuencia con la división de las estatuas, en estricta definición de diccionario, entre “ecuestre, orante, sedente, yacente”. Estas estatuas de Guzmán, fueron víctimas de la ira popular en 1878, arrastradas entre gritos, imprecaciones, escupitajos e insultos. Fueron respuestas años más tarde, cuando el “Ilustre Americano” reconquistó el poder. Y luego vueltas a derribar en 1889 como lección de los futuros déspotas que son otras las obras que dan derecho a permanecer en bronce o mármol en una plaza caraqueña.

No fueron estas las únicas estatuas que la megalomanía de Guzmán hizo erigir. También en Valencia – nos cuenta Enrique Bernardo Núñez- tenía Guzmán estatua. Por cierto que estaba en la placita de San Francisco, donde operaba como médico de almas un curita llamado Lorenzo que no le tenía muy buena voluntad. Y que muchas veces  había dicho- y repetido- que con esa estatua fundiría  él las campanas de San Francisco, de muy buen bronce. Y desde entonces a Guzmán no se le vió en el Pasaje Valenciano: suena en los repiques y dobla con los muertos. 
El Gral. “Turugo” tuvo unas ganas locas de hacerse algunas estatuas. Pocos días después de la  caída del “hamponato” un cable anunció que en un puerto italiano se encontraban bustos del dictador en número de 60 y  que no se sabía qué hacer con ellos. Nadie los reclamó. Tal vez Laureanito, o Cedillo, fueron los autores de esta producción masiva que ahora “yace” en alguna aduana europea sin destinatario ni remitente.

Miranda se yergue ante los depósitos del Aseo Urbano. Sus restos son
esperando en El Panteón, su nombre está grabado en el Arco del Triunfo pero en su Patria,
a demás de precursor, es un abandonado.

Las estatuas, como los seres vivos, a veces tienen destinos injustos. Pero otras constituyen lección permanente, alerta firme.     

Por Ana Luisa Llovera
Fotos: Noguerita

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