lunes, 25 de marzo de 2013

Sobre el terremoto de Caracas 26 de marzo de 1812


Tras las huellas del sismo



Entre los testimonios más dramáticos acerca del tremendo terremoto de 1812 se halla el que por aquel tiempo publica el señor Luís Delpech, un francés residente en Caracas. El historiador Jesús Rosas Marcano traduce parte de esta versión tomada de “Le Journal de París”, donde aquél afirma, entre otras muchas cosas, lo siguiente: “en medio de un aire infecto, hemos visto recoger los cadáveres en distintos sitios de la población para ser incinerados con las maderas extraídas de las ruinas, a fin de contrarrestar alguna epidemia”. No menos impresionante es la relación del escritor realista José Domingo Díaz, así como también la que nos deja Manuel Palacios Fajardo, ambos testigos presenciales del suceso. En sus estudios Sismológicos – publicados en 1942- el Ingeniero Melchor Centeno Grau, a la par de una serie de consideraciones de orden técnico que formula acerca de los orígenes y periodicidad de estos fenómenos en Venezuela recoge abundantes testimonios y lleva una relación rigurosamente cronológica de todos los hechos de esta naturaleza acaecidos en el País desde el descubrimiento hasta nuestros días. 
Durante un largo período no deja de temblar en Caracas. Aparte de las capitulaciones contenidas en el expresado trabajo de Centeno Grau, hallamos en las páginas del señor  Ker Porter testimonios acerca de una serie de movimientos sísmicos que se registran  en Caracas durante los años de 1822 y 1823.
 El diplomático anota cuidadosamente la hora y fecha en que aquellos se producen, así como otras observaciones sobre la intensidad y duración. Capítulo aparte por su estilo pintoresco  merece por ejemplo la siguiente referencia que hace ker Porter  sobre un temblor que ocurre justamente en 1827 cuando el Libertador pasa unos días en Caracas:
Ruina del Convento de la Merced
Según cuadro de Cristobal Rojas
Las huellas del terremoto perduraron  en la Ciudad 
“Salí  a caballo esta mañana temprano, regresé a las 8 y apenas había desmontado cuando tuvimos un par dze temblores de tierra. Los habitantes pronto llenaron las calles y se escuchó el usual zumbido de rezos, ladridos de los perros y el tañido de las campanas. Yo me guarnecí debajo de la viga de las ventanas de mi dormitorio, que en todo momento es el lugar más seguro, cuando no es posible salir afuera a un sitio abierto. Este ha sido con mucho la más severa sacudida que he experimentado desde mi llegada a Caracas. Durante los muchos segundos que aguardaba el retumbar parecido al trueno y el estremecimiento incesante de la casa, techos y paredes, me asomé a la calle esperando a cada instante ver la caída de algún edificio, pero, a Dios gracias cesó pronto. Durante el tiempo que duró, todo el mundo afuera parecía como si fueran estatuas. Ni una criatura se movía. Sus labios eran los únicos músculos que se observaban en acción. Pues las Aves Marías y Jesús etc., pidiendo misericordia resonaban por dondequiera. A las 8 sucedió el tercer sacudimiento de naturaleza leve. Espero que todos éstos sean todos en muchos meses siguientes”. (7-7-1827.)      



Fuente: Caracas de Siglo a Siglo
Guillermo Jose Schael 
Segunda edición 1966

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