sábado, 16 de noviembre de 2013

Ciudad de los Paisajes


“Como a Granada, como a Florencia, a Caracas, la “Sultana del Avila” se le puede llamar la ciudad de los crepúsculos.
Otras ciudades tienen el estruendo, el renombre, el vértigo, la pulcritud, la paz. Caracas tiene la luz. Luz mágica de tambor, luz fastuosa de gema, luz insinuante y turbadora de ojos de mujer….

Nada nuevo ni sensacional diría el viajero que ahora le recuerda enfebrecido si declarase que a la capital de Venezuela le faltan varias cosillas y le sobran otras para competir con capitales no ya sudamericanas, sino europeas.  Cien mil habitantes instalados en viviendas de planta  baja nada más, dan poco de sí bajo cualquier cielo.  Quedan, además, en aquella población, vivaz  y menudita como sus mujeres, resabios coloniales, peculiaridades de vieja provincia española que coaccionan en cierto modo. Se ven demasiado “Chaquets”; se fundan para morir, ¡ay! a escape, demasiadas revistas literarias, se conoce demasiado a demasiadas personas; se vive finalmente, allá como en un gran hotel o un patio colosal, con su escuela de “comodillas” y de alfilerazos y de campanitas puramente vecinales o –según los mismos caraqueños dicen- de “parroquia”. Lo mismo que en Toledo, en Zamora o en Huesca. 

Y adviértase que no se apunta, el decir esto, defectos o lacras-  muy de estas Españas-, a fin de cuentas, indícanse [sic] rasgos característicos de los de mayor bulto y relieve. Vaya la verdad por delante y poetícela  y embellézcala, con su brujería, la distancia. 

Caracas, como cualquier otro rincón de la tierra, tiene de todo. Y mucho de la Madre Patria, bueno y malo. Allí subsisten aún portalones y perjuicios, penachos y suspicacias, altiveces y rejas. Más de una vez,  y por más de un motivo amable, imaginamos muchas veces, al pisar aquellas calles que no habíamos salido de Alcalá o del Paseo de Los Rosales… ¡Y todavía se discute, con gravedad terrible , si hay o no hay raza. Desde  las “Gradillas” caraqueñas a las Rondas matritenses, existen muy contados metros. Y si la compañía Trasatlántica quiere que medien treinta y siete días, lo hace, por los visto, “para despistar”. Al fin y al cabo, manteniendo la embustería remuneradora  de la distancia, subsiste una literatura- muy estimable, desde luego- que encarece la hermosura de  de la travesía larga y ahonda el sentimentalismo de las epístolas recibidas con unas cuantas semanas de retraso. 

En consecuencia, se debe afirmar que, faltándole a Caracas tres o cuatrocientos mil vecinos más, tiene la luz, una luz incomparable  y acaso única en el mundo. Los numerosos poetas jóvenes de allí muchos de ellos notabilísimos, lo saben, y los pocos pintores de aquel país está hechizando empiezan, como quién dice, a advertirlo. El ilustre Tito Salas, que, con valer tanto, se con sus pinceles de maestro, sabe cuán cierto es lo que acabamos de consignar. Por añadidura, Caracas bulle al pié de un Coloso de piedra, un gigante alternativamente hosco y reidor, el monte Avila, monarca y tirano, mago y ángel, que habría enloquecido a nuestro señor D Diego Velázquez, y hubiera grabado la dionito”. Nuestra Sierra guadarrameña, tan sutilmente matizada y matizadora, con su nieve y su azul en mayo es junto a aquel prócer Avila, una aprendicilla “adelantada” y nada más…

Apenas llega el viajero a Caracas, cuando la obsequiosidad de lo nuevo le solicita y halaga penetrantemente, la luz es lo primero, deslumbrándole, susurra sus oídos: “Por mal que lo pases aquí, lo pasarás a gusto. Esta ciudad no posee arquitectónicamente, maravillas: no tiene la docena de museos, no los Alcázares ni las anchurosas avenidas; pero ducha y maestra en el arte de embelesar poco a poco y en silencio, sin contorciones ni estridencias, yo velo por sus recónditos atractivos, y con mis taumaturgias trueno en retablos las encrucijadas y en tapices los percales.

Cuando el desaliento te domine y la nostalgia de otros puntos de la tierra te deprima y derrote, sube hacia “El Calvario”, hacia “La Pastora”, hacia “El Paraíso” y anégate en el beleño de mis solicitudes y se te avivará el apetito de vivir”.
El Calvario 

El Paraíso Circa 1930 

La Pastora
1930 / Ebay
No engaña esta vocecita. Caracas con sus calles numeradas- de lo que no hace caso- y con todas las esquinas bautizadas con nombres pintorescos , de tradición de de belleza, recuerda en no pocos pormenores deleitosos a mas de una población andaluza . Las casas con sus aleros saledizos y sus ventanas enrejadas y sus paredes pintadas de azul, de rosa, de almagre evocan españolerías moribundas de la Península, que el cretinismo irremediable de la mayoría de nuestros concejales y nuestros arquitectos deja parecer. Lo bajo de las edificaciones corrige, y todas ellas, por los cuatro puntos cardinales, ofrecen un fondo de paisaje frondoso, esmeraldino, a la asturiana,  que endominga los ojos….

Disponiendo de tanto espacio, la luz cae sobre la ciudad con efusiones de madre, y la enriquece, amplifica y engalana. Hundida en el terciopelo de un Valle pródigo, el Avila, por un lado, y una serie de colinas afelpadas, por el otro, dan a Caracas amorosa exigüidad  de estuche. Durante el ímpetu del día, ríe, opulenta,  pagana, segura de sí.  Mas apenas principia anochecer, se le ve espiritualizarse, suspirar quedito, temblar de belleza y de sugestión. Y entonces sobreviene la compensadora, la inefable fiesta del crepúsculo. 

Bajo la claridad bermeja del poniente, casi todas las fachadas rojas convierten a Caracas en un vasto islote de rosas, comarca de corales y de tornasoles. No es una combustión, ni siquiera un rescoldo enorme; no se trata de un certamen de resplandores, sino de una confabulación de pétalos. El aire adquiere transparencias  increíbles, y el matiz se enjoya con persuasiones alucinantes. Toda la gama del rojo se expande, se desmaya, se exalta en parsimoniosa prodigalidad. Mengua la claridad y se enardece el misterioso sortilegio de las perspectivas. Las ramas de los árboles son encaje; el silencio logra jerárquicamente, ser caricia. 
¡Cómo se desmaterializan las cosas!  ¡Cómo se engríen y aristocratizan bajo aquella luz! … Ante ella, envuelto, subyugado, metamorfoseado por ella, el forastero se siente tan invadido por el estupor como cualquiera de los conquistadores que llegaban a la virgen feraz con la retina y el espíritu reseco de adustez de las estepas castellanas. Si en alguna parte del mundo la belleza puede ser extasiada, es allí. Sólo las puestas del sol, admiradas desde el Albacín o desde la colina de Fiésole, podrían eclipsar las que los altos de “El Calvario” brindan. Y aun el forastero, que acaba amándola ardientemente, se quedaría para siempre en aquella asombrosa fábrica de crepúsculos, si no  menudeasen los orfebres, que es el nombre que se da por las “Gradillas” a los poetastros….

Fuente:
E  Ramírez Ángel  
Billiken 
#1053  1era quincena de marzo de 1949
Trascrito por María F Sigillo para Caracas en retrospectiva

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