martes, 10 de noviembre de 2015

El Crimen de la Roca Tarpeya


El presente artículo lo transcribí -como siempre- en aras del rescate de la memoria de nuestra ciudad, partiendo de la premisa de que no podemos amar lo que no conocemos, y, mucho menos identificarnos con ello. Pero muy especialmente como un aporte dedicado a la Lic. Celeste Olalquiaga, quién dirige la Asociación Civil sin fines de lucro  "PROYECTO HELICOIDE" creada con el fin de rescatar el más grande ícono de la modernidad, ubicado en la Roca Tarpeya.
http://www.proyectohelicoide.com/



A Democrático Letargo
Corroe El Helicoide


“El Helicoide de la Roca Tarpeya ha creado mayor interés en el extranjero que entre aquellos que deben redimirlo de la ruina y de la muerte en esta Venezuela  pródiga y anchabusada. Seis mil recortes de prensa extranjera, incluyendo revista de arquitectura, ingeniería, urbanismo, vialidad y otras específicamente tecnológicas del en el mundo dinámico y creador de la construcción, dan testimonio fehaciente del interés que este coloso ha despertado por sus proyecciones autóctonas.

Asciéndase  la rampa helicoidal. A prima facie: desolación. Luego todo el redor evidencia  lo inconcluso. Hercúleas labores y afanes interrumpidos. Equipos en desusos con trazas de deterioro por corrosión. Segmentos de acero estructural desnudos de hormigón. Montones residuales de encofrado y bloques fragmentados. Y al fondo de todo: el rancho pulula en los vecinos  cerros y hasta  en los bordes de precipicios pone  el tema ominoso y perenne de su ubicuidad.


De todo lo alto, la vista recorre el grandioso panorama en tres dimensiones, clavadas a la cuarta e invisible dimensión del tiempo-espacio: la metropolitana urbe caraqueña que ora surge en secciones, ora escóndese [sic] tras accidentada topografía para surgir de nuevo en la distancia. Ayer no más, era pueblo grande con esquinas tradicionales  y centenarias que todos conocíamos: Peligro, Pele el ojo, Muerto. Hoy, la explosiva expansión nos deja boquiabiertos.  Y ni siquiera sabemos donde ubícanse vías públicas con nombres excelsos: Ayacucho, Junín, Pichincha, Carabobo. 


¡Ensimismados en la Roca Tarpeya! Serafín Herrera nos vuelve a la realidad. Es empleado del “Consorcio”, empresa del Helicoide: ATECSA, INACA, QUIVENSA, AINQUI. ¡No, no. No es  sáncrito!  [sic] Son las siglas  de esas firmas constructoras  que realizaron, entre otras cosas,  el Canal 8 en Los Ruíces, y urbanizaciones como Montalbán y La Vega. En la carne, duélenle  a Serafín las depredaciones “del hampa” en el coloso helicoidal: madrea, bloques, herrajes, materiales suficientes para levantar mil ranchos. Saqueo inaudito. Proterva destrucción que ni el hambre justifica. Una carencia total de vigilancia. Hace un par de años,  el Banco Obrero tuvo allí “guachimanes”, aunque solo meses. A veces, la policía los captura in fraganti. Serafín ha denunciado numerosos robos, el último de 1.250 metros de cables de alta tensión. 



Los ojos ven la magnitud ciclópea de esta obra y la mente bulle, un tanto pesarosa. Esto aún pudiera ser maravilla venezolana. ¡Blasón de Caracas! Como la Torre Eiffel,  el Arco del Triunfo,  Big Ben, La Libertad, que levanta su antorcha junto a la puerta de oro. Blasones, más elocuentes y de mayor impacto en la imaginación que los nombres propios, de las urbes que evocan. Y si no es Blasón de Caracas  el Helicoide, culpa es de la paradoja del eximio profeta, ignorado en su tierra. Y también porque la desidia es madre de las miserias. Nuestra miseria es grande y conmensurable con la inercia y la imposibilidad que saturan el ambiente anchabusista.

¡Helicoide de la Roca Tarpeya! Espiral de acero y concreto; prendida a los contornos topográficos, trepa como la hiedra que enreda el tronco del caobo gigante. Roca Tarpeya romana. Monte Capitolino. En lo cimero. El Templo de Júpiter, un Dios pagano, de utilidad: cero. Roca Tarpeya Caraqueña: Cerro donde el genio arquitectónico del hombre adaptó la estructura de la forma física  como si tomara en sus manos acero y concreto a la manera del “modiste” que, con los dedos va calentando en la seda los contornos anatómicos de la hermosa que, en la fiesta, lucirá como si la seda fuese una prolongación de la epidermis sobre la estructura ósea. Así es la estructura helicoidal de la Roca Tarpeya. Gigantesca hélice. Una espiral envolviendo un cerro que es su apoyo constante, como cilindro o eje vertical. 



El arquitecto, Jorge Romero Gutiérrez, que tiene en su haber, entre otros el Centro Profesional del Este y el recién inaugurado  Palacio de las Industrias, concibió y proyectó el Helicoide, con la colaboración de unos 40 ingenieros y técnicos en especializaciones diversas, desde la geología a las escaleras mecánicas. Proyectando como Centro Comercial y exposición industrial, al otro lado del Portachuelo, en la conjunción de los más densos sectores urbanos. Concebido en dimensiones heróicas  y el aprovechamiento topográfico de un área de 102.000 metros cuadrados. A vías y áreas verdes destináronse 29.000, al edificio 73.000, en seis ramas que, por el sector Norte, álzase [sic] como un rascacielos de 22 pisos. La rampa en espiral de leve pendiente, promedia el 2,5 por ciento y facilita notablemente la ascensión.

Desde la remota antigüedad, el mercado fue eje de actividades ciudadanas. En el mundo de hoy, planifícanse los centros mercantiles como complejos resultantes de la experiencia en todas las materias correlativas a la integración de vías  y espacios con nuevas concepciones urbanísticas, alejadas de los focos  de concentración carentes de vías adecuadas y grandes áreas de estacionamiento. El Helicoide reúne estas condiciones. Es la primera obra autóctona continental que incorpora racionalmente  el vehículo a la estructura urbana, eliminando el factor accidente de tan elevado índice en las grandes urbes contemporáneas. O sea, proyectado para la era vehicular, la movilización cotidiana de la población sobre ruedas.

Concurrentemente, proyectábase una obra de renovación urbana integrada a un complejo equilibrado y funcional.  Aparte la urbanización de sectores enteros, el Helicoide estaba llamado a desempeñar una función adicional en el desarrollo comercial e industrial del área circundante, especialmente entre la Roca Tarpeya y la Universidad, donde habíase proyectado helipuertos para el transporte urbano en helicópteros, punto de partida para la renovación de todo el sector. Las Charnecas inclusive, eliminándose ranchos y el hacinamiento de millares de ciudadanos abandonados a sus arbitrios para subsistir. 

El movimiento de tierras en la Roca Tarpeya comenzó en 1956 y la obra marchaba viento en popa, trabajándose día y noche,  cuando surgió la crisis de la industria de la construcción  y sobre la épica estructura cernióse la amenaza de la paralización  y la ruina. En 1958, iniciase la crisis de la economía venezolana. Dos años más tarde, el Instituto Venezolano de los Seguros informa que 11.500 empresas  han perecido y la industria de la construcción es la más afectada por una situación creada, literalmente, por el gobierno. La agonía de una industria que en pleno desarrollo aportaba millones mensuales a la economía, súbitamente paralizada cuando el gobierno decidió aniquilarla  por considerársela “hipertrofiada” y, en el colmo de la incesatez  [sic] derrochándose millones en infructuosas erogaciones laborales. 

En represalia por las ilícitas actividades de algunas empresas constructoras, el gobierno tomó medidas drásticas  contra toda la industria, sin depurar responsabilidades ni proteger la legalidad de los demás y sin establecer la delincuencia de los menos. Todos fueron calificados igualmente y el gobierno, a través del Banco Central, ordenó que no se aceptara el redescuento “del papel”, las obligaciones a plazo fijo, de una industria mayor y de primerísima importancia para el fomento y desarrollo de todos los sectores de la economía venezolana. 

Nada de sorprendente tuvo el resultado. Cualquier estudiante de economía lo hubiera previsto. Cuando no existe el redescuento, no existe el crédito. No así los señores que no se cansan de incidir con fines políticos en cuestiones tecnológicas que ni siquiera,  entienden, como la arbitraria planificación  de nuevas obras,  el urbanismo y proyectos regionales.  Carentes de ponderación. El Helicoide era empresa modelo de la iniciativa privada, contando con la confianza de sus inversionistas, y los clientes que adquirieron el 60 por ciento del espacio comercial, cuyo producto integro invirtióse directamente en la obra. Millones de bolívares escrupulosamente contabilizados, como comprobara el Banco Obrero, en 1962, tras completar minucioso análisis del proyecto, sus realizaciones y perspectivas, concediéndole un préstamo de Bs. 16 millones para continuar la obra. 

La suma era insuficiente. Terminar el colosal proyecto requiere una inversión adicional de Bs 35 millones. Quedaba por venderse el 40 por ciento del espacio comercial, invendible en una situación de crisis de la construcción. No obstante, se continuó la obra hasta haberse agotado  los recursos aportados en préstamo. En el lapso,  el Banco Obrero, por su manifiesta indiferencia, dió la impresión de haber abandonado la carpeta del préstamo. ¿Por qué esa negligencia o apatía del Banco Obrero, equivalente a prevaricar inconcebiblemente en el cumplimiento de sus deberes de custodio de los fondos que arriesga en préstamos, como en el caso  del Helicoide? Sea como fuere, el caso es que el Banco Obrero no operó y que, carente de recursos, la empresa no tuvo alterativa y paralizó la construcción en 1963, cuando 600 obreros trabajaban en ella. 

Responsabilidad por el desastre: Primero, la incapacidad, la arbitrariedad y la estulticia gubernamentales, que tan gravemente lesionaran la industria; y segundo, el Banco Obrero que presta Bs. 16 millones para terminar la obra y, lejos de terminarla es la causal directa de su paralización en dos años.

En tanto, Caracas planifica la celebración de su cuarto centenario. Nada en la metrópoli se presta tan admirablemente para la gran exposición de la vida nacional, como el Helicoide que, aportándole los recursos económicos que faltan y una buena dosis de cooperación y entusiasmo, sería hermosa realidad en 1967, a tiempo para la exposición cuatricentenaria, dedicándosele posteriormente a sus objetivos originales. 

La exposición industrial del centenario  del Ministerio de Fomento, en El Paraíso, causó la erección de costosas estructuras provisionales, perdidas precisamente por su índole temporánea: La utilización de obras costosas de empresas efímeras, en tanto que el coloso de la Roca Tarpeya, es una olímpica estructura, con la fortaleza y permanencia del acero y el concreto, que servirá cabalmente para el Cuatricentenario así como a los servicios públicos metropolitanos que se pudieran instalar en los espacios aún disponibles del magno centro. 

El arquitecto Jorge Romero, que hermanó con el soberbio proyecto, las ciencias las artes arquitecturales, siente en el pecho latir la esperanza de un padre ante el hijo agonizante, sabiendo que alguien puede salvarle:

“El gobierno definitivamente puede ayudar en la coordinación que conduzca a la solución del problema de empresa, hasta lograr del conjunto de interesados un saneamiento mediante la capitalización de las acreencias, incluyendo las del propio Gobierno Nacional, y avales o créditos para la terminación de la obra. 

El Helicoide está en crisis y el tiempo no espera por hombre alguno. Si se permitirá que la empresa quiebre y que no se termine la grandiosa obra o, por el contrario, rescatarla por el bien de la metrópoli y de la nación, es algo que se debe decidir a tiempo. El cuarto centenario se avecina. El Distrito Federal, el Gobierno Nacional, la Junta Planificadora del Centenario y el Banco Obrero, tienen en sus manos el destino del Helicoide y este menaje: 

Arco de Triunfo, Torre Eiffel, Libertad con su antorcha, Coloso de Rodas: monumentos admirables pero improductibles. Coliseo, Acrópolis, ruinas gloriosas. Mausoleo, Pirámides, Taj Mahal, tumbas monumentales pero infructíferas. 

Las maravillas de nuestro siglo ubérrimo en realizaciones, son las obras que se ponen al servicio del hombre de la comunidad, en la nación o el mundo: el Canal de Panamá, los de Suez y San Lorenzo; las gigantes presas que enjaezan pavorosos torrentes y los enganchan a la servidumbre de la humanidad.; fabulosos puentes, portentos superiores a os jardines colgantes de Babilonia. Estas sin son maravilla fructíferas- como el Helicoide de la Roca Tarpeya – maravilla de acero y hormigón, poema antológico y funcional plasmado en geometría para servir al hombre en Caracas, la Metropolitana, su marca, su blasón, símbolo de su progreso Cuatricentenario."                       

Fuente: Venezuela Gráfica  1965
Por Guido M Renall

2 comentarios:

  1. Celeste Olalquiaga11/10/2015 7:25 p. m.

    Gracias por transcribir este artículo, María. Si bien su lenguaje es pomposo, la información que brinda es de primera. Lo compartiremos en la página FB de PROYECTO HELICOIDE.

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    1. Tal cual, con ese estilo cincuentón que se extendió hasta finales de los 60

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