lunes, 20 de julio de 2015

Sello inconfundible de Caracas

Comparto con ustedes la presente reseña, que en lo personal, da otro enfoque de las que generalmente encontramos en los libros y crónicas de época, donde parece siempre que todo tiempo pasado fue "mejor". 

Los Caobos, al Este de Caracas

Avenida Principal de Los Caobos 1930

"Cuando hace muchos años que, dado el ritmo vertiginoso de nuestros días, podrían parecernos muy pocos, necesitaban nuestros espíritus asomarse a paisajes de frescura; cuando el ajetreo ciudadano poníamos en tensión los nervios; cuando esta misma prisa de nuestros días, este ritmo veloz de ahora nos metía, alma dentro, la desosegada angustia  que han hecho de nosotros seres llenos de neurastenia, "El Paraíso", la encopetada avenida, o "El Calvario", la olvidada colina de los poetas, eran el más delicioso vaso de frescura que, servido en verdes tonificantes, en silencios húmedos de sombra, se daban nuestros cansados espíritus. 

Sinembrago, El Paraíso, aristocrático de veras, tanto por la esmerada construcción de la avenida como por lo acomodado o desahogado vivir de los que a sus márgenes construyeron hermosas y costosas viviendas, no fue nunca ese acogedor recodo ciudadano propio para la ensoñación poética y la cita apasionada, el descanso tonificante y el meditar silencioso. 



Íbamos a la avenida El paraíso- aún recordamos las galas con que nos vestían-para el regocijo que significaba la clásica vuelta El Paraíso.
Pero asistíamos en otros tantos afanes de vanidad, digámoslo así, de competencia lujosa; y era, por lo tanto, algo así como la proyección o extensión de la perenne feria de vanidades que en afanoso desfile de los llamados días de labor, sorprendemos dentro de la ciudad. 

Quizás, pues, por todo ello, la avenida El Paraíso tuvo- tiene aún- ese aspecto de aristocracia: es una avenida o paseo para quienes pueden recorrerla desde la aristocrática comodidad de los "nuevos modelos"... Que ya el tranvía quedó para maritornes y empleados; y del lenguaje característico o fabla peculiar de nuestro pueblo ha desaparecido aquella inevitable frase definidora cuando tomábamos el pesado vehículo tranviario: "Déme la vuelta al Paraíso"...

El Calvario, por su parte, no llegaba a obtener calidad de sitio de recogimiento. 
Lo empinado de la colina, el desdeño con que era mirado hasta hace poco, hacían de sus caminos más bien senderos propios de piernas duras de excursionistas y, a la vez, para desamparados del amor. 

Tal vez El Calvario con sus apretadas zarzas como cabelleras desgreñadas metiéndose en plenas rutas y trazados caminos, sólo adquiría un aspecto vago y confuso en el sentir del ciudadano que en afanes de reposo cercano y deseoso de la contemplación silenciosa y campestre, se disponía a trepar por los senderos desaliñados de la colina. Por ello, los verdes foráneos, la tranquilidad de los burgos apacibles-Sabanagrande, El Valle, La Vega- atraían mucho más nuestros deseos de goces apacibles. 
El Calvario ocultaba más bien la infelicidad y el desamparo. Llegó a cobijar el crimen discreto, sin aspectos o aires de criminen de gran ciudad, como correspondía a la nuestra -Caracas-.

Por sus apretadas rutas pesquisas policiales sorprendieron, hace bastante tiempo, una banda de futuros malhechores que habían nutrido sus imaginaciones con lecturas detectivescas y cine de robos y de hazañas de generosos ladrones. También llegábase a sorprender parejas, no en amoroso y platónico recogimiento sino en unión concupiscente.  

Lo único que le hacía mantener en nuestros espíritus su carácter poético, era que se echaban sobre la ciudad con ese tono vago, confuso, y hasta enmarañado en el fondo que siempre constituye lo escencialmente [sic] lleno de poesía. Toda cosa leyendaria de una ciudad, un pueblo, de un parque, de un paseo son, primero, es decir, originariamente, cosas confusas, vagas, obscuras. Así la leyenda- hoy historia- que nutre el nacimiento o fundación de Roma; así-ya para nuestro tema- la leyenda de aparecidos que circuía, con la proximidad de La Yerbera y El Conde, El parque Carabobo o Plaza de La Misericordia; así la leyenda de guarida de malhechores, de suicidas, infanticidas, adúlteras, que desbordaba hacía Caracas, por la imponente escalinata, de El Calvario. 

El Calvario, Imagen de 1943

Para esa época-hace seis años- sólo las palabras de los poetas salvan a El Calvario de ser tildado de lupanar de yerbas o de una nueva Corte De Los Milagros. Sólo las palabras de los poetas hicieron posible una reconstrucción merecida; merecida y necesaria. Hoy sí que podemos comparar El Calvario, con el aspecto moderno de las avenidas y jardines, por ese sello inconfundible de lo que está en constante progreso, con el hermoso cerro de Santa Lucía de Santiago de Chile; con el "Panecillo" de la capital ecuatoriana o con el Miraflores de Lima...

Pero cuando Caracas, la Caracas siempre hembra rendida y siempre hembra rendida y siempre en trance de soñar grandes cosas sintió la necesidad urbanizadora de abrir los brazos de sus calles; por ese apretujamiento que en menos de diez años, nos hizo, a grandes y chicos, ricos y pobres, dar un salto lleno de apetencias modernas y que, desde luego colocó a Caracas en un plano de gran ciudad; por ese acrecentamiento de compañías urbanizadoras en los últimos días, bien podríamos tomarle el pulso, en lo que respeta a hermoseamiento y novedad, a nuestra hermosa ciudad. 


Pero así como otras ciudades al modernizarse parece que pierden, al modernizarse su espíritu, lo que se constituía su esencia, su "cosa", como Buenos Aires, valga el ejemplo, que hoy es cosa distinta de la Buenos Aires del pregón poético de hace catorce años, Caracas ha ganado, a la vez que en porte y aspecto modernos, en la acentuación de su esencia poética. Al estirarse hacia el Oeste con nuevas barriadas obreras de Catia, Caracas limpia y moderniza El Calvario, la "colina de los poetas". Ganaba en popularidad, en ciudadanismo, permítasenos el terminacho, pero no olvidaba la tradición espiritual de ciudad soñadora: esta cosas caraqueña sabrosa, llena de recogimiento y  alegría, de meditación y modosidad, epigramática, que es uno de los aspectos espirituales de nuestra urbe que le dan un sello inconfundible. Al lado de las barriadas obreras- cosa grave, seria, populosa-el montón de verdura, el parque lleno de sombras- cosa leve, intrascendente: lo esencialmente poético.

Ahora-hace muy poco tiempo-Caracas principió a estirarse hacia al Este. De manera febril surgían urbanizaciones. Barriadas enteras se apiñaban en las cercanías de las nuevas construcciones con aire de lujosas casas-quintas. se ampliaban los caminos. Todo-siempre hacía el este- tomaba un aire espectacular de gran ciudad. Todo un señor barrio nuevo-sureste- con un aspecto poco caraqueño descorrió un día su adolescencia y principió a vivir con aires señoriales: San Agustín. Pero, como para no perder el carácter, la personalidad de nuestra ciudad, a pocos pasos, surgió El Conde, con una leyenda de aparecidos totalmente destruida, y con todos sus árboles completos (los árboles son la frescura de Caracas). Y un poco más allá, como un puente entre dos ciudades, la que lentamente crece y viene del este y la que emana la mejor historia de nuestra Venezuela, Los Caobos, que a estas horas, por tener o resumir todas las características de modernidad y tradición  va a ser- lo va siendo- el Gran Parque Espiritual de Caracas

Por Domingo Del Valle
Billiken 1935   

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