sábado, 7 de enero de 2012

Un siglo de rumba en Caracas* de Federico Pacanins**

Baile en la Cancillería, Caracas 1935
Biblioteca Nacional- Colección de la División de Fotografía del Archivo Audiovisual. 
De rumba en Caracas / Federico Pacaninis

I
Un vals europeo que se criolliza al punto de convertirse en valse venezolano. La serenata de balcón sustituida por el canto amoroso del bolero bailable. Ciertos ritmos afrocubanos-guarachas, rumbas o congas-, desplazando los joropos y merengues cual música de salón y calle. Los propios géneros norteamericanos -jazz o rock and roll-, transformados y climatizados, en favor de expresiones tan populares como la salsa o el pop nacional. Quién sabe cuántos otros procesos de mezcla y remezcla, de beneficiosa fusión preocupada por los medios contemporáneos de comunicación, podrían también anotarse para dar perfil a una música popular caraqueña de fin de siglo, con influencias abiertas y plurales: Cuba, Norteamérica, México o Colombia; también Argentina, Brasil, Italia o Inglaterra, por sólo nombrar algunas naciones claves que han dado fuente, definición misma, al carácter abierto, sincrético, de gran parte de nuestra expresión popular contemporánea.
Nuestra identidad consiste en no tener identidad; tal era la ironía de José Ignacio Cabrujas al señalar una circunstancia de incuestionable actualidad: estuvimos y estamos abiertos a cuanta influencia llega; damos bienvenida al gusto de aquí, de allá, de donde quiera; adoptamos lo ajeno y , con el mayor desenfado, lo hacemos propio. Es parte del mismo modo de ser que, para bien o para mal, deja saber un interés visceral en todo tipo de mezclas, aperturas o fusiones.
"Ni siquiera las familias caraqueñas más viejas se niegan a que sus hijas se casen con extranjeros recién llegados al país", alguna vez anotó Rafael Arráiz Lucca. Y ese interés de mezcla y remezcla, característico del siglo, deja todo intento de crónica siempre marcado por ciertos prototipos claves: lo que había, lo que vino y lo que al fin se quedó, puntos de partida y llegada en este asunto de apretado recuento cronológico de gustos y sabores.
II
Comencemos con la entrada del siglo cuando se hablaba de Caracas, la ciudad de los techos rojos. Y cuánto cuesta imaginar la metáfora poética de aquellos techos rojos, para nosotros desconocidos, al lado de retretas, faroles y reuniones nocturnas en plazas. Una ciudad donde la música popular apuntada a la serenata con su doble juego de salir de farra y, de paso, afincar el ánimo de alguna conquista propia o ajena. Cosa de anochecer acompañado de amigos -una cuerdita, le decían-; de cantarle bonito a las muchachas, así fuera por el puro gusto de gozar el encuentro nocturno, guitarra en mano y voz en cuello a la orden de las canciones sentimentales del tiempo "... Fúlgida luna del mes de enero...", o del ritmo arrebatado del cañoneo finalizado el trasnocho callejero "... en esa Plaza López que me recuerda, que me recuerda...".
Demás está decir que aquella ciudad hace rato cambió los techos rojos por los techos chatos; de hecho, dio paso al muy disímil conglomerado actual en el que, si acaso, sólo quedan aromas de algunos recuerdos transmitidos mediante las voces de abuelos o bisabuelos, a quienes todavía el tiempo no se ha podido llevar. Porque, necesario es decirlo, el caraqueñismo de las serenatas y los cañoneros tuvo su esplendor en un par de décadas, las primeras del siglo, cuando aquí nada se sentía de lo que luego fue. Quizás un tiempo más sencillo en cuanto a gustos y distracciones; un tiempo de señoritas, manganzones, doñas y doñes, de formales bailes vespertinos al compás de valses, pasodobles y polcas que contrastaban con el gusto general por las parrandas o los merengues callejeros rucaneaos. Años propios del canto popular de franco tinte europeo -mucho de la París de Guzmán Blanco-, entonado por el puro goce del encuentro con la noche y sus sabrosuras, sin otra gracia distinta a la que cada quien tuviera.
Afortunadamente persisten algunos artistas guardianes de las tradiciones de los abuelos. Por ello, la serenata o el cañoneo de merengues, valses y parrandas, desplazados a partir de los años 30 por los aires argentinos, mexicanos, norteamericanos y muy principalmente cubanos, pueden hoy saborearse, de cuando en vez, mediante nuevos cultores interesados en cantar el mejor gusto de esos estilos añejos. Los buenos ejemplos, aunque no muchos -Cañón Contigo o los venerables Antaños del Stadium-, pues tan sólo confirman la subsistencia de aquellos géneros patriarcales desplazados y a la espera, eso sí, de una necesaria revitalización.
III
Otro camino central en nuestro gusto urbano está marcado por el tango. Eso "de cuando Gardel visitó Caracas...", hoy resulta una frase convertida en auténtica referencia de tradición caraqueña. Por cuenta de su significado valen los actos anuales en Caño Amarillo, amparados en una escultura conmemorativa con la firma de Marisol Escobar; también la existencia de activas peñas melómanas y lugares nocturnos que reúnen a nostálgicos o coleccionistas en torno a recuerdos y porvenires; hasta El día que me quieras, gardeliano a más no poder, ha quedado convertido en pieza clásica de nuestro teatro contemporáneo.
Ni falta hace decir que al caraqueño le gusta tanto el tango que lo aplaude, quiere y cultiva desde casi su inicio mismo: los años 20 con el Valentino de las películas; los 30 y la visita de Gardel cual evento central en los anales de la ciudad "... Milonga p´ recordarte, milonga sentimental...". Mucho después, años 60, Felipe Pirela bolerizando lo de "... la historia vuelve a repetirse...", Julio Jaramillo haciéndolo con Rodando tu esquina; Alfredo Sadel (casi por no decir Alfredo Gardel) cantando Volver, o José Luis Rodríguez, crooner de Billo, y lo de "... qué ganas de llorar, en esta tarde gris...", así hasta cabe la referencia caraqueña de un cantante clásico del género, Agustín Irusta, prácticamente nacionalizado en las últimas décadas de su vida.
Nada de raro tiene entonces el interés en llevar dentro ese germen argentino que en su tiempo se dio la mano con los cantos rancheros de un Tito Guizar "... Allá en el rancho grande, allá donde vivííííííaaaaaa..." de un Jorge Negrete, Pedro Infante y toda la pléyade de mejicanidad transmitida e incorporada a través del cine y radio de la época. Fue la imagen transportada de un pueblo con sentimientos similares; los cantos de charros y mariachis conquistando muchachas, movidos por la lástima -emoción fundamental-, o prometiéndose balazos de puro honor; los despechos o las situaciones personales desastrosas provenientes de un amplísimo repertorio pasional. Por algo, razón jamás le faltará a quien piense en el pedacito sureño con sabor ranchero que más de un caraqueño lleva dentro del mero centro de su pecho. ¿Se acuerdan de El Rey ligado a "Y volver, volver, volver..."?

IV
¿Cuándo y por qué comenzamos a entender el ritmo cubano como algo caribeño y propio? ¿Qué tanto nos ajustó el discurso musical de bongó, cencerro, timbal, conga, maraca y güiro? ¿Fue la salsa setentosa el punto culminante? ¿Queda todavía algún buen camino por andar en la materia? Lo cierto es que la penetración de los ritmos afrocubanos data de aquellos años 30, cuando las serenatas y los merengues se vieron sistemáticamente sustituidos no sólo por los tangos y las rancheras, sino muy principalmente con boleros, guarachas, rumbas y congas que marcarían caminos tan largos y fértiles como el siglo mismo. Al fin y al cabo son siete décadas en favor de lo afrocubano convertido en nuestra principal música bailable; 70 años marcando el paso a estilos y orquestas al punto de haberse llegado a inventar un término -salsa- para centrar su definitiva presencia entre nosotros. Las evidencias son tantas como el tiempo recorrido, sintetizarlas tiene la dificultad de obviar y el beneficio de recapitular un asunto importante. Y es que eso de "... Mamá, yo quiero saber de dónde son los cantantes..." además de una canción, puede resultar interesante materia de reflexión para muchos seguidores de los pasos afrocaribeños en música. Porque algunas veces no sólo se trata de oír o bailar, de reconocer a través de los pies aquello con casi un siglo al servicio del goce; también en ocasiones se cuela el gusto por saber, investigar y hasta complacer la piquiña intelectual de esas cosas propias del sabor: el son cubano, fuente primigenia; su majestad el danzón, la rumba, conga, guaracha y guaguancó legando la impronta de la clave cubana; más acá, mambos, chachachás, afro-jazz, el cuento de la salsa... el bolero, género universal latinoamericano de parecida especie, pero, siempre, en capítulo aparte.
Son tantos, tan buenos, los cruces y recovecos de nuestra música latina, que uno aprecia el registro ordenado de ciertas raíces siempre ligadas al baile popular en nuestro país. Por ello, en lugar de referir una larguísima e incompleta historia, bien debe apuntarse hacia el reciente resultado impreso de algunas investigaciones en torno a este tema profuso y central; vale decir, dos libros de distinta estirpe dirigidos a la fundamental obra de Billo Frómeta (Billo, solamente Billo, de Carlos Delgado Linares, y Billo, biografía musical, de Ángel Vicente Marcano), otro centrado en una historia de nuestra música bailable y en el maestro Luis Alfonzo Larrain (Caracas, una rumba, de Moraima Carvajal); un cuarto libro, pero con lugar de privilegio, soporte del trabajo de Lil Rodríguez, apasionada investigadora, quien esta vez deja saber muchos datos de interés a través de su particular galería de héroes (Benny Moré, Ismael Rivera, Adalberto Álvarez y Cheo García, entre otros) agrupada en Bailando en la casa del trompo. Por supuesto, el tono complementario de estas publicaciones recientes respecto a otros trabajos centrales -El libro de la salsa, de César Miguel Rondón, El vínculo es la salsa, de Juan Carlos Báez-, reafirma la potencia de este anchísimo camino real en lo que nuestra música popular de este siglo se refiere.
V
Capítulo aparte merece la radio. Un medio de comunicación que, por encima del teatro o el cine, apuntaló géneros, estilos y artistas. Porque, justo es decirlo, hubo un tiempo cuando la radio tenía el indiscutido puesto que hoy ocupa la televisión. Hoy parece que la radio se hubiera conformado con una función subalterna, acompañante de calles y cornetas -artefacto empotrado en carros o autobuses-, y desde ese reducto sea que provenga la esencia de su actual propuesta.
Pero algo de la antigua potencia del medio aún queda. Quizás la misma que, a mediados de los años 80, inspiró al reconocido cineasta Woody Allen para realizar una película evocadora, Días de radio, con ese tono añejo, dorado si se quiere, de las cosas sabrosas, verdaderamente queridas, pero ya muy lejanas. Siguiendo aquellas esencias, trata uno de desentrañar el extenso significado del término radiodifusión y tan sólo puede evocar algo de su original magia: sustituto para el antiquísimo placer de asistir a conciertos y leer novelas; un verdadero empresario gigante de estrellas y estrellados que hoy tan sólo puede sugerirnos su carácter esencial dentro de la cultura caraqueña de los años 30, 40 ó 50. No es posible calcular cuánto pudo significar para el caraqueño tener en su propia casa las orquestas y artistas predilectos del momento: Xavier Cougat, Machito, Pérez Prado, la Sonora Matancera, Riverside o Casino de la Playa al Servicio de Pedro Vargas, Toña La Negra, Miguelito Valdés, Daniel Santos; Graciela Naranjo, Marco Tulio Maristany, Magdalena Sánchez, La Perla Negra, Lorenzo Herrera o Mario Suárez de la mano de maestros locales: Eduardo Serrano, Ángel Sauce o Carlos Bonnet. Eso de ir a una transmisión cualquier tarde de semana, y encontrarse con los Billo´s de Galindo y Manolo, a Larrain con Elisa Soteldo, Aldemaro Romero dirigiendo a Sadel, todos ellos adoptando el toque afrocaribeño como propio. Oír a Glenn Miller, Tommy Dorsey, Duke Ellington, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald -artífices del jazz- en su momento de esplendor; Al Jolson, Bing Crosby o Frank Sinatra compitiendo con los artistas mexicanos, argentinos y españoles, mediante la fuerza del cinematógrafo en plan de cómplice central para una labor radiodifusora, principal responsable de nuestra apertura respecto a los géneros y estilos del siglo.
VI
Mucho se ha denominado a los años 60 como la década que sacudió al mundo. En Caracas aquellos años significaron cambios y más cambios: en la escena política, en lo social o cultural; en nuestro comportamiento y gusto musical. En la televisión aparecen entonces Víctor Saume, Musiú Lacavalerie o Renny Ottolina, animando mediodías y noches televisivas de música. También es tiempo de aparición de una oferta melómana propia, adecuada al momento: la música norteamericana compitiendo abiertamente con lo afrolatino bailable -ahora convertido en salsa de Dimensión Latina-, el clásico bolero caribeño desplazado por las baladas italoamericanas o brasileiroportuguesas; las orquestas de baile –Billo´s Melódicos, Sanoja o Porfi, atentos a los nuevos sonidos provenientes de la hermana república-; la música criolla, modernizándose mediante el talento de las hermanas Chacín, Juan Vicente Torrealba, Chelique Sarabia, Hugo Blanco o Aldemaro Romero y su Onda Nueva.

Una esencia de rock and roll de tal magnitud invade el ambiente caraqueño que, en palabras de Félix Allueva, melómano e investigador rockanrolero, "significó una irrupción violenta y un viraje en cuanto a lo que se venía haciendo en materia de música popular". Los Beatles enseñando a Darts, Impala o 007: Sangre Sudor y lágrimas desde la arena del Nuevo Circo o Carlos Santana "... Oye como va, mi ritmo..." a la carga vía happening en el stadium de béisbol de la Ciudad Universitaria. De ese poderoso viraje de los 60 surge el término pop para agrupar lo no-caribeño, no-criollo, no-rock; vale decir, Mirla, Mirtha o Nancy Ramos o Lila... algo después Las Cuatro Monedas, Arelys, Patti Ross, Delia, José Luis Rodríguez, Cherry Navarro, Germán Freites, Ivo, Henry Stephen, Rudy Márquez o Trino Mora. En fin, toda una influencia sonora también afincada en el discotequerismo propio de la década del 70, ése que hasta nos llevó al extremo de aplaudir nuestros propios y sensacionales Travolticas venezolanos, favorecidos en aquel afán internacionalizador de unos medios de comunicación con ofertas múltiples, sí, pero menos selectivos que nunca en la vida.

VII
La década de los 80 resulta crónica reciente. Sus sabores -ahora también dominicanos- se entremezclan tanto con la actualidad misma, que hoy día se hace imposible alguna valoración definitiva de sus diversas expresiones artísticas. Sin embargo, a pesar de la evidente falta de perspectiva histórica, pues lo cierto es que ya, con el final del siglo, mucho se puede avizorar en materia de música caraqueña. Varios compositores-intérpretes, cantautores, quienes entregaron un cúmulo de canciones centradas en el trámite urbano de la Caracas de fin de siglo; esos Ilan Chester, Frank Quintero, Yordano, Evio Di Marzo, Franco De Vita y un importante etcétera apuntando a la vida misma de la ciudad y sus habitantes como fuente de inspiración inmediata. Además, tal vez en beneficio de nuestra identidad, esta música ha sido también producto de una onda posmodernista inspirada en el gusto popular, bien a través de los nuestros, o bien mediante los nuevos cantores universales del tópico: Rubén Blades, el poeta de la salsa; Juan Luis Guerra, punto culminante del merengue dominicano y la bachata de salón; Luis Miguel, principal responsable de la vuelta del bolero; Oscar D´León y Soledad Bravo; o Caetano Veloso, son nombres centrales en esto de abrir fronteras e integrar ancestros musicales de raíces parecidas por no decir iguales.

VIII
Toca terminar esta fórmula de recuento apretado y, por ello, va una imagen citadina, cargada de cierta circunstancia significativa: se trata de ese Parque Central que presenta las dos torres más grandes de la ciudad. El mismo que de lejos hace pensar en un moderno complejo arquitectónico producto de una economía próspera, pero de cerca conforma un centro urbano con las virtudes y carencias típicas de nuestro ambivalente caraqueñismo.
El maestro Alberto Naranjo -activo habitante del Parque Central y hombre clave en la música de las dos últimas décadas- lleva años fundamentando su música en el personalísimo trámite urbano. Sea por ello, o por alguna causa parecida, que Naranjo, en las notas de presentación de su disco compacto Oblación, no vaciló en declarar: "Rancho Central se trata de una composición descriptiva, con variadas estampas relativas al trajín cotidiano de la ciudad. Su título alude, de manera sarcástica si se quiere, al domicilio del que escribe, como también a otras connotaciones pertinentes dejadas al juicio del que lo lea. Una mezcla de merengue con parranda se pone al servicio de diferentes cambios anímicos que se alternan entre alegrías, tristezas, frustraciones, recuperaciones, pero, por encima de todo, que ofrecen voluntades de lucha y sus gratificantes resultados...".
Tal vez el dicho de Naranjo conlleve alguna importante fuerza premonitoria respecto a lo que está, viene y quedará; quizás estemos intentando abarcar mucho más de lo adecuado. Veinte años no son nada, dice el conocido tango de Gardel pidiendo tiempo al tiempo; pero la conseja, creemos, puede y debe ser transgredida en favor de promover la revisión reflexiva de ese sentido artístico en nuestra música popular, siempre demarcando la identidad de una urbe que, a pesar de sus dimensiones, pues continúa dando bienvenida, apertura acaso demasiado desprejuiciada, a cuanto mensaje de propios y extraños pueda no imaginar.

*Publicado en Revista Bigott, número 50, julio-agosto-septiembre 1999, Caracas.
**Locutor, crítico musical, productor de programas radiales como La cuarta noche y Pensando en jazz. Ha dictado ciclos de conferencias dedicadas a la música, entre ellas, Arranca en fa, Swing con son y Duke en vivo. Permanente colaborador del Papel Literario de El Nacional, así como de la revista Imagen. Federico Pacanins ha publicado el ensayo "Jazzofilia" y la antología titulada El libro del béisbol. "En defensa del melómano", su ensayo más reciente, se encuentra en etapa de impresión. Produjo el disco Obeso y Pacanins.

miércoles, 4 de enero de 2012

Las Ciudades de Carpentier

Uno de mis autores pedilectos ha sido Alejo Carpentier, quién vengo a descubrir gracias a mi amigo Luís Barragán ...
Aquí un articulo de Don Alexis Marquez  para compartir con ustedes

A lo largo de su vida Alejo Carpentier vivió en tres ciudades, que lo marcaron profundamente, y a las que amó muchísimo. Desde su nacimiento el 26 de diciembre 1904, hasta 1928 vivió en La Habana. De 1928 a 1939 vivió en París. De 1939 a 1945 volvió a vivir en su ciudad natal. En agosto de 1945 los Carpentier, Alejo y Lilia, se trasladan a Caracas; aquí vivirán hasta mediados de 1959, cuando regresan a La Habana, donde estarán de nuevo hasta 1966. Este año se trasladan a París, designado Alejo Ministro Consejero para Asuntos Culturales de la embajada de Cuba en Francia. Allí permanecerá ininterrumpidamente hasta su muerte, el 24 de abril de 1980, aunque viajará a La Habana dos o tres veces cada año.

Esas fueron las ciudades que Carpentier más amó, de lo cual hay en sus escritos abundantes testimonios, además de lo que sabemos de primera mano quienes lo conocimos muy de cerca. También sintió gran amor por otras ciudades, como Madrid y México, donde no vivió nunca, pero a las que viajó en numerosas ocasiones. Igualmente le fascinaba Nueva York, de cuyo encanto no pudo sustraerse, a pesar de que en ella estuvo solo un par de veces, y por muy poco tiempo. A dondequiera que llegaba tomada posesión del lugar con una enorme sensibilidad y una mirada alerta, lo que le permitía conocer el medio con una envidiable capacidad para adaptarse y descubrir sus secretos y peculiaridades.

Sobre esas ciudades que lo fascinaban Carpentier escribió muchas páginas. Artículos, reportajes, conferencias y otros textos, incluso pasajes de novelas y cuentos, le sirvieron para plasmar su pasión por ellas, sus costumbres, sus paisajes, su gente... El año pasado, Alfaguara, de Madrid, la única empresa española que edita frecuentemente obras de autores hispanoamericanos, publicó un precioso libro, El amor a la ciudad , donde se recogen 14 textos de Carpentier sobre La Habana. La pasión por su ciudad, así como su minucioso y circunstanciado conocimiento de ella, sus rincones, sus vericuetos, sus peculiaridades, su gente, siempre fueron para Alejo como un alimento espiritual y ninguna aventura más fascinante que recorrer sus calles con él de guía excepcional -nada más ajeno a los guías turísticos, a quienes él detestaba-, capaz de contar interminablemente anécdotas y detalles pintorescos de cada sitio, con aquel maravilloso don de conversador y comentarista de lo más disímil que lo acompañó toda su vida.

Los textos de este libro van desde una breve crónica de 1925 sobre la costumbre de muchos de andar largas horas nocturnas deambulando por las calles habaneras, hasta un texto de 1973, una especie de gran reportaje sobre la gente y las costumbres de La Habana entre 1912 y 1930, leído alguna vez en la sede del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC). Entre ellos se incluye un trabajo ya publicado otras veces, ``La ciudad y las columnas'', texto escrito para acompañar un álbum de cien fotografías de viejas casas de La Habana, de Paolo Gasparini, editado como libro por primera vez en 1970, por la editorial española Lumen.

Asombra la continuidad estilística y temática de estos trabajos, escritos a lo largo de casi cincuenta años. En todos, desde los juveniles de los años 20 ó 30, hasta los de la madurez de los 70, están los rasgos esenciales de una escritura desde el principio ya definida y cuajada. En cuanto a la constante temática, se explica por estas palabras del propio autor, en una crónica de 1959: ``Puedo jactarme de tener un profundo conocimiento de La Habana; pero no tan sólo de su topografía e itinerarios interesantes. Vi crecer La Habana con el siglo. La he contemplado bajo sus más distintas iluminaciones. En cien oportunidades he escuchado sus voces, secretos, y he tomado su pulso...'' (p.94).
Cuenta de Libros

de ALEXIS MARQUEZ RODRIGUEZ
Don Alejo Carpentier

Ser caraqueño

Parte del gentilicio caraqueño, de su ser, de las marcas de su identidad, están en el habla. En el día a día los caraqueños se reconocen en una forma de hablar y de expresarse, en un tono y en el uso de ciertas palabras y expresiones.

Esa particular manera de expresarse es derivada del uso y de los hábitos. En líneas generales, el habla del caraqueño, el habla familiar e informal, el habla coloquial tiene un léxico abundante que se alimenta de los distintos grupos sociales, que cobran nuevos significados de acuerdo a la realidad de la ciudad.

El señor del quiosco, el conductor del transporte público, el estudiante, el profesor, el mecánico, el pregonero, el señor del abasto, la peluquera, el ama de casa, el vigilante, todos los habitantes de la ciudad, que la viven y la recorren comparten ese código de comunicación. Así, al oír conversar al caraqueño escuchamos palabras como llamadera, bululú, alebrestado, blofear, chorear, choripanear, templado, entrampar, grubi, paco, papear, entre muchísimas otras expresiones, que muestran el pulsar de una ciudad y de unos habitantes en constante movimiento.

Fuente: EL NACIONAL - Martes 03 de Agosto de 2010

Gente que vibra




Imagen de Flickr

martes, 27 de diciembre de 2011

Feliz Año en la Plaza


Hace más de cien años era la gran novedad recibir el año en la Plaza Bolívar. Hasta el simpático extremo de que la publicidad vernácula se esmeraba, siempre oportuna y graciosa, en una variada gama de alusiones que insinuaban entusiastamente a “meterse dentro de los peroles”, en cuanto a ropa apropiada, abrigos, y sombreros para enfrentarse al frío caraqueño, al “Pacheco”  imperante en la Plaza Bolívar en la gran noche.  

Alrededor de la Estatua del Libertador fue tradicional la recepción de año nuevo, especialmente mientras la Ciudad no pasó de los 150.000 habitantes y no se extendió tan desbordadamente como en  el  último cuarto de siglo. Las costumbres nacen, se desarrollan o desaparecen según las circunstancias. En  navidad o año nuevo , en días o noches de cualquier acontecimiento o festividad, un sitio como la Plaza Bolívar era infalible para toda clase de reuniones en un cercano o remoto ayer. 

Como en Caracas, en las plazas de capitales o poblaciones del interior resaltaban los saludos y las especiales manifestaciones de amistad- apretados abrazos de feliz año- con fondo de campanadas, soberanas del tiempo. Corazón de Venezuela y de su Capital, la Plaza Bolívar tiene en su pulso geográfico todas las huellas de la historia... era así como se celebraba el año nuevo en la Caracas de ayer.



Imagen de El Cronista de Caracas 


Eso de “precios equitativos” era una costumbre generalizada en la publicidad de hace justamente un siglo.

Año Nuevo En La Plaza




La recepción popular del Año Nuevo constituía una de las importantes reuniones de la Caracas colonial y como suceso de tal naturaleza se realizaba o celebraba en el sitio principal de la urbe: La Plaza Mayor.
La Ciudad concentraba en las cuatro cuadras de la Plaza los más importantes aunque modestos edificios de una ciudad que ni soñaba con los recursos de las capitales de los virreinatos. La Casa de Dios: la humilde iglesia de adobe y palma  que llegaría a lucir la airosa torre que perdura.  Coronada hace  doscientos años por la estatua de la Fe, obra de Juan Pedro López, abuelo de Andrés Bello, como hace poco descubrió un hombre joven, culto y estudioso: Carlos Duarte, a quién hace algún tiempo tuve el gusto de presentarle la hermosa estatua de cerca después de invitarlo a subir por la rampa catedralica que recuerda – a pesar de sus pequeñas proporciones – la majestuosa rampa de la torre de la Catedral de Sevilla que más se conoce como  La Giralda.

Cuando gobernaba Castro desde la Casa Amarilla y era habitual la visita del Presidente a la Plaza Bolívar, vivió ésta las últimas y más resonantes recepciones del Año Nuevo en la plaza  que se había incrementado en los días de Guzmán Blanco con la inauguración de la estatua el 7 de noviembre de  1874. Fue fastuosa la celebración de la primera navidad con estatua del Libertador en el corazón de Caracas. Y sencillamente histórica la primera recepción del Año Nuevo  el día de San Silvestre de 1874, el 31 de diciembre que daba paso al novísimo 1875. Por cierto que el “frio polar” al que aludieron crónicas fue aprovechado para que los comercios que se especializaban en ropa anunciaran sus  “buenos surtidos” de abrigos y sobretodos para combatir el frío en la Plaza Bolívar durante las últimas noches del año. Así insertaron sus avisos en “La Opinión Nacional” y el “Diario de Avisos” por ejemplo: “La Sombrerería de la Palma” , destacaba con orgullo  que “por los últimos vapores acabos de recibir un gran y variado surtido de los sombreros, entre los cuales hay muy finos y elegantes de felpa negra- última moda de París-, a precios equitativos” .
Eso de “precios equitativos” era una costumbre generalizada en la publicidad de hace justamente un siglo. Pues el más popular negocio de su tipo en Caracas, el “Café el Ávila” ( Calle de Letras Patria, Plaza Bolívar) , al señalar sus servicios de todo el año así como los especiales para la temporada de la ópera u otras funciones en el Teatro de Caracas (1825-1919) insistía:  “Precios equitativos, servicio esmerado y pronto” extensivo a nuestros favorecedores al ofrecerles  “nuestra magníficas hallacas de gallina”. Lo mismo decía “Mi Despensa” en la Calle del Comercio- Padre Sierra hacía el Sur- en cuanto a quesos de Flandes, Jamones de York,  Salchichones de Lyon, vinos de Burdeos, tabacos y cigarrillos de la Habana, conservas “con o sin trufas” procedentes de España, tales como pavos capones y perdices y mantequilla legítima del Señor Busck Jr” .

Era una costumbre muy extendida en todo el País esa la de recibir el Año Nuevo en las Plazas. En estos centros de ciudades y poblaciones se intercambiaban los abrazos de tan excepcional Nochebuena, ante símbolos de religión y de patria como los bronces de las campanas y las estatuas.
Vale recordar  que los Presidentes  como los Generales Antonio Guzmán Blanco ( el Ilustre Americano), y Francisco Linares  Alcántara ( El gran demócrata), los Doctores Juan Pablo Rojas Paúl y Raimundo Andueza Palacios  y el general Cipriano Castro recibieron o esperaron el Año Nuevo en la Plaza Bolívar.
Reseñaba nuestro cronista Lucas Manzano “ Era costumbre desde cuando Guzmán Blanco estaba al frente de los destinos de la Nación, y el despachando en el edificio del Principal, imprimirle a la noche de San Silvestre la mayor solemnidad, a fin de que el año entrase bajo buenos augurios”. 

Fin de año en La Plaza Bolívar
tal vez años 50 

Fuente: Plaza Bolívar Corazón de la Patria
Caremis.
1967

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Patinadores de Diciembre



Patinadores años 20

Patinadoras en Caracas
El Paraíso 1920 C

Tal vez porque el lago de su pueblo no se helaba en el invierno, o porque quiso hacer del patinaje un placer de todas las latitudes, un joven artesano holandés tuvo un día la idea de poner rueda a sus zapatos. Así nació el patín que rodando por parque y avenidas del mundo, vino a sumarse a los elementos característicos de la Navidad caraqueña. De todas las cosas de la gran industria extranjera vuelca sobre nuestro País, el patín es la única que no ha contribuido a desnaturalizar la tradición. Por el contrario, se les puede considerar ya algo tan nacional como las hallacas y el furruco.

Nuestro amable “pacheco” -fabuloso rey criollo de los aires decembrinos- no llega a darnos hielo para trazar en él signos mágicos con los filos de los patines; pero gracias al modelo de ruedas el patinaje es entre nosotros deporte de invierno, e invernal es la alegria que nos comunica. Tampoco tenemos laderas cubiertas de masa nieve, pero el genio del niño criollo creó su versión caraqueña del trineo - un cajón y cuatro ruedas de un patín- y se lanzó a volar por las cuestas de la Ciudad.

Aquí están los patinadores, primer anuncio de la navidad en Caracas. Algunos llevan flamantes “Kingston” bien ajustados al calzado de marca indescifrable; otros míseras “planchas” resconstruidas que se sujetan a las alpargatas con increíbles enredijos de guaral. Todos sin embargo dicen lo mismo: sus risas, sus canciones, el estruendo de sus ruedas son el indicio mas cierto de que faltan pocos días para que el niño Jesús nazca en su Belén de cartón y paja teñida.

Y el vecino de sueño liviano que se queja de la bulla que hacen los patinadores, al saberlo será un poquito más indulgente hacia ellos, y los envidiará al pensar que acaso son los únicos caraqueños que conocen el gusto de quitarse el frío navideño conversando entorno a un fuego, aunque éste sólo sea el de un criollo anafe de arepitas, pariente pobre de la chimenea tradicional.

Caracas Física y Espiritual de Don Aquiles Nazoa.

Pag 230
Patinadores de 1947 

martes, 20 de diciembre de 2011

Los Cañonazos y los Cuarteles

El Cañonazo de San Silvestre
Desde  San Carlos

Por las reminiscencias de don José García de la Concha- que merecieron las mayúsculas de un sabroso volumen – sabemos que era muy raro el caraqueño que decía:
-Voy a esperar el año en tal o cual parte.
Por lo regular siempre hablaba de el cañonazo.
Por ejemplo:
-Yo esperaré el cañonazo en la Plaza Bolívar, en la Santa Capilla o en casa.
Recordando épocas que remontan a su infancia. Don José- tan enamorado de la nativa ciudad de perdurable torre blanca, techos rojos y azules lomas- nos contaba en la paz del Museo de Arte Colonial la historia de un cañón maravillosamente usado en una alegre guerra… Un cañón  con nombre, y con acusada personalidad, que solamente disparaba alegrías y emociones y merece los honores de un museo como reliquia caraqueña y, precisamente, como cañón de paz:
“ En el antiguo cuartel de la Trinidad, en el antiguo cuartel San Carlos, en el ángulo que mira al sur-este se instaló un grande y viejo cañón de épocas remotas, negro, solo, era como el vigía de la Ciudad, todos lo respetaban y querían, era como un símbolo para crear un museo.

El Cañonazo desde la Planicie

Volviendo al cañón así recordado por don José…. “ Este cañón era familiar entre los caraqueños. No había quién no lo conociera. Tenía su personalidad. Y había chicos que lo llamaban La Cochina, otros la Verraca y como solo se dejaba oir su voz en la Plaza Bolívar en Año Nuevo o fiestas nacionales, le decían también  La Casaca. Y de ahí se originó un conocido estribillo de
La Cochina,
La Verraca,
La Casaca
é tu papá.

Para la generación finisecular de don José era inolvidable la famosa resonante cochina que daba el estampido de media noche en el Año Nuevo: “ Todos la esperábamos; al día siguiente eran romerías de muchachos los que nos llegábamos hasta el San Carlos a ver, oler y tocar el consabido monstruo y a preguntarle al centinela cómo lo habían cargado, como lo habían prendido, cuanta gente mató, si se oyó fuerte y tantas cosas que preguntaban los chicos”

Desde 1910 cuando se levantó en la Planicie La Escuela Militar, se instalaron en preeminencia tan caraqueña dos viejos cañones para las salvas de ordenanza y a ellos se les encomendó el insustituible cañonazo de Año Nuevo, que daba la hora de dar los abrazos.      

Caremis en su libro
“Plaza Bolívar Corazón de la Patria”
Pág. 43 y 44.

Cuartel San Carlos




ORIGEN DE NUESTRO CAÑONAZO DE AÑO NUEVO



La Gran Serenata

“Sigue adelantando con calor el pensamiento de esperar reunidos en la Plaza Bolívar la venida del año 71 y ver expirar el que está muriendo, en la noche del sábado. Y como parece como resuelta que la Plaza estará iluminada con esplendidez, y que las bandas de música alternarán ejecutando trozos escogidos de ópera y baile, desde las nueve hasta las doce de la noche, diversas personas se han dirigido al cronista de La Opinión Nacional, rogándole excite al señor Comandante de armas del Distrito a disponer que una pieza de artillería situada en lugar conveniente, en una de las plazas centrales de la ciudad disparase tres cañonazos al sonar el último campanazo de las doce, que serían funerales del año que perece  y al mismo tiempo saludo de año nuevo”

Fuente: 
La Opinión Nacional
Caracas Física y Espiritual de Aquiles Nazoa.


¡No despilfarre sus utilidades! adquiera con tiempo uno de estos preciosos objetos

Unas pantuflas con trabillita de tripa de automóvil y una vela de sebo de Flandes para ablandarse los callos de noche.

Un par de yuntas de vidrio con un paisajito dibujado adentro.

Un frasco de ají en leche con una tusa para taparlo.

Un ejemplar de la novela “ Maldita sean las Mujeres”.

Un Flux volteado.
Una mota de perillita.

Una cesta para la ropa sucia, con tapa en forma de muñeca disfrazada dedama antañona.

Un tobo desconchado, con la desconchaduras disimuladas con pintura al óleo.
Un juego de copas de concha de coco pulida, hecho en Maracaibo.

Una lámpara de cacho en forma de pescado con un bombillo en la boca.

Si alguno de estos objetos le parece suficientemente bonito para comprarlo, entonces le aconsejamos que se compre un revólver y se pase la Nochebuena tirándole tiros al vecindario.

Fuente: 
Caracas Física y Espiritual de Aquiles Nazoa.




ORIGEN DE NUESTRO ABRAZO DE AÑO NUEVO


Este artículo está dedicado a aquellos que se encuentran en otras fronteras y mantienen vivos el recuerdo de la Caracas natal.

Origen del Abrazo de Año Nuevo

“Tienen los franceses una bella costumbre que nosotros deberíamos imitar…El día primero del año todos los que han tenido algunas relaciones se buscan, se abrazan y se dan el ósculo de la amistad, dando por terminadas todas las diferencias” 
Tomás Lander
– El venezolano, Caracas 13 de enero de 1823.


También reseña Caremis en su libro
“Plaza Bolívar Corazón de la Patria”

El Venezolanísimo Abrazo

De algo muy venezolano como es el abrazo de Año Nuevo, bordó una fina estampa Andrés Eloy Blanco.
Fue cuando finalizaba el año de 1923, la medianoche madrileña del 31 de diciembre. Vibra en medio de la nostálgica madeja de estrofas. En un Madrid alegre, cordial y desbordado, para él tan propicio por la gloria poética del premio al Canto a España, pero en una noche singular para sentir la ausencia, para escuchar el pleamar de la nostalgia:

“ Aquí es tradición que en esta noche,
cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega,
todos los hombres coman, al compás de las horas,
las doce uvas de la Noche Vieja.
pero aquí no se abrazan ni gritan ¡Feliz Año!
como en los pueblos de mi tierra;
en este gozo hay menos caridad; la alegría
de cada cual va sola y la tristeza
del que está al margen  del tumulto acusa
lo inevitable de la casa ajena”

Así el joven y laureado poeta, meditativo ante la Puerta del Sol, soñando en la ruta de las carabelas tres años antes de la proeza de Lindbergh, haciendo un recorrido de sueños y remembranzas desde la tierra castellana hasta la arena cumanesa, desde las bocas del Guadalquivir hasta las del Orinoco, desde el Mediterráneo hasta el Mar de las Antillas y desde la gran plaza madrileña hasta la Plaza Bolívar de Caracas, pintada en sus versos famosos:

“¡ Oh, nuestras plazas, donde van las gentes,
sin conocerse, con la buena nueva!
las manos que se buscan con efusión unánime
de ser hormigas de la misma cueva;
y al hombre que está solo, bajo un árbol,
le dicen cosas de honda fortaleza:
-Venir, compadre, que las horas pasan,
¡Pero aprendamos a pasar con ellas!-
Y el cañonazo en la Planicie
Y el Himno Nacional desde la Iglesia,
y el amigo que viene  a saludarnos:
-¡ Feliz Año, señores!- y los criados que llegan
A recibir en nuestros brazos
El amor de la casa buena.
Y el beso  familiar a media noche:
-La bendición,  mi madre.
                -¡Qué el señor te proteja…!
Y después, en el claro comedor de la familia
Congregada para cena..”  



jueves, 1 de diciembre de 2011

Los pulperos de Caracas





Un pulpero, viendo entrar un ciego en su negocio y con intención de hacer propaganda a sus artículos, dijo a unos de sus clientes, en ese instante de visista:

-¡ Qué madre tan bondadosa es la naturaleza! como desarrolla en los pobres ciegos los sentidos. El del olfato, por ejemplo. Esto es admirable! ¡ No se equivocan nunca! ahora verán ustedes.

Y acercando las narices del cieguito a un paquete de café molido, le preguntó con énfasis :

- ¿ Qué es esto, hermano?

El interpelado respondió , sin vacilar:

- ¡ Tierra !



Fuente:
Estampas Caraqueñas
Gabriela Shael
Martínez
1975

las imagenes pertenecen a la revista el Farol, publicada en 1960.
Refiere la nota de la segunda imagen
" Otra pulpería. En la pared hay gruperas y mecates. En el mostrador las características botellas de carato. Pueden verse las arnaduras, velas, bollos de pan y otros comestibles. A la extrema izquierda hay un típico "perolero" eran generalmente italianos que fabricaban de latón, regaderas, cántaros para el tinajero, faroles, rallos de cocina etc, el mostrador está forrado de hojalata"