miércoles, 27 de agosto de 2014

Entonces los abastos daban crédito

En Caracas, desde los días mismos en que la ciudad se fundó, creció y con el tiempo adquirió la categoría de Metrópoli, el pulpero más célebre y celebrado, fue Ño Miguelacho. No es necesario buscar la referencia en la crónica ya que su nombre quedó en una esquina desde la época en que se fue formando esa especie de nomenclatura caprichosa y pintoresca de bautizar las esquinas con los nombres y distintivos de personas o cosas que allí vivieron o tuvieron real asiento. Pero si de pulperos y pulperías se trata lo lógico es traer a referencia el más legendario de los pulperos que ha tenido el Valle de Santiago de León, Ño Miguelacho, tenía una característica muy especial y una manera de ser muy singular. El mismo trato que se le dió indica que pertenecía a la clase que en su tiempo se llamó plebe y que de “real” sólo tuvo su comportamiento. Nos lo imaginamos tal cual eran los pulperos de antaño, con unos pantalones de brega, una franela llena de mugre y unos bigotes lisos por el constante manoseo. Lo cierto es que Ño Miguelacho, según la leyenda,  durante los días de semana, mientras estaba detrás del mostrador no saludaba a nadie. En cambio en la tarde dominical, cerraba las puertas del negocio, vestía un traje blanco y se paraba en la esquina a saludar a sus amigos que eran todos sus vecinos. Es de suponer desde luego que era popular y ampliamente conocido en toda la ciudad, aunque no fuera cien pasos más allá del punto donde tenía establecido su negocio de comestibles y demás abarrotes. Bien es sabido  que en las pulperías de antaño se vendía todo lo incluido en ramos generales. Está claro también que Ño Miguelacho ha debido ser el percusor del menudeo. Y en ese punto lo dejamos, ya que nos proponemos ocuparnos de los pulperos del presente siglo, los mismos que quedaron desplazados con la implantación de  las casas de abastos. En la actualidad no se consigue una pulpería de la era típica, ni siquiera en las parroquias foráneas  de Caracas. 



Los Pulperos de Principio de Siglo

“Cuando Lucas Manzano y Melito Sánchez –amigos hace sesenta años- y testigos  de una época de gratos recuerdos, correteaban por los lados del Puente de La Trinidad, los pulperos eran unos “terciazos”. Todo lo vendían por “puyas”, y las compras corrientes eran por un valor de una locha, medio o un real, cuando el despacho tenía un importe mayor del bolívar y llegaba al fuerte, ya era para tomarla en consideración. Basta decir, que con un centavo se adquiría dos cosas al mismo tiempo. Un “puya  de San Simón y Juda”  representaba una sabrosa golosina: un pedazo de queso y otro de papelón. La mantequilla de elaboración casera se detallaba de dos centavos en adelante, servida en un platillo, y, a la falta de éste, era en papel de estraza. De allí seguramente surgió el refrán  que denomina las cosas breves o fugaces: “Eso es como dos de mantequilla en un papel de estraza”.

Una arepa costaba un centavo y con una locha de queso podían desayunarse varias personas. Y lo más pintoresco del caso, es que toda compra de medio real en adelante, daba derecho a la ñapa, que por lo general era de queso o papelón. Quién comprara medio real de cambures tenía que pensar en ocupar sus manos para llevarlos a casa. Desde luego que había pulperos “amargos”. Entre los buenos se contaba Antonio Alfonzo que tenía su pulpería en las cercanías de la Capilla de La Trinidad. Le fiaba  hasta a los escolares, los comerciantes más conocidos en este ramo eran los hermanos Oropeza que tenían varios negocios en la Parroquia de San José. Con ellos competía Antonio Pequio que tenía una pulpería en la Esquina de Esperanza. Otro Pulpero muy conocido fe Manuel Calzadilla, que si bien era un poco áspero con los muchachos de entonces, no por eso dejaba de fiar a los clientes de su amistad. 





Naturalmente que en esa época como en la actual, tenían crédito solamente “los buena paga”. Entonces los maestros de obra y los artesanos en general, llevaban cuenta corriente, ya que religiosamente pagaban o abonaban en cuenta todos los sábados. Lo mismo hacían las familias vecinas que tuvieran la necesidad de recurrir al fiado. La forma de llevar las cuentas era sumamente original. No se anotaban los pedidos acreditados en una libreta o libro, sino en la pared. Cada raya era un real, y media raya un medio. Tal cosa era aceptada desde luego por los clientes, y ello daba margen a que se apuntaran más rayas de la que en realidad eran. Los pulperos ladrones apuntaban con tenedor, y así  al apuntar, en vez de una raya apuntaban cuatro. Pero como todo el tiempo tiene su compensación, los pulperos también tenían las de perder. Había clientes que por amistad con el pulpero, ellos mismos se despachaban. Y por si esto fuera poco, también se daban lo vuelto. Como quiera que nunca faltan vivos , los que ahora se llaman “ventajistas” por la forma de aplicar la norma dentro de la costumbre, surgió el dicho, que una vez lo expresa todo cuando se refiere a persona - ¿ Fulano de tal? – Ese se despacha y se da lo vuelto-!  

Travesura de muchachos

Los pulperos de la época que recordamos no usaban caja registradora para contabilizar las ventas, utilizaban una gaveta de madera colocada debajo del mostrador con departamento pequeño para centavos y lochas y uno grande para la plata menuda o gruesa. Cuando este departamento se llenaba, tiraban el dinero en un rincón. De allí lo recogerá en su oportunidad Manuel Calzadilla era uno de los que tal cosa acostumbraba. Así fue como un grupo de zagaletones se idearon el método ingenioso para  sustraerle las monedas. Se proveyeron de una caña verada- liviana pero consistente, y una de las puntas le pusieron cera. Mientras el pulpero estaba ocupado despachando, dormía la siesta o simplemente se descuidaba, uno de los del grupo metía la vara hasta donde estaba el montón de monedas. Algunas de esta quedaba pegada a la cera. Luego se daban el gran hartazgo de golosinas que iban desde “la conserva”, “La cojita”  pasando por el “majarete” hasta el suspiro o merengue que era lo más caro y sabroso. Esta operación a punta de varada – que por cierto es muy distinta a la que realizaban  los “pavitos” de ahora a punta de pistola y ametralladoras- al ser descubierta no tuvo más castigo que tremenda “pela”. No pasaba a ser más que una ingeniosa travesura de muchachos. 

Los Ramos Generales

Para definir lo que los ramos generales representan para las pulperías es bueno explicar que allí no solo se vendían comestibles. Se vendían también implementos de labranza, como chicuras, palas, picos, machetes, etc., al igual que las enjalmas, cinchas y guruperas. También se vendía aguardiente. Era una regla que cada vez que se llegaba un arriero o un agricultor, pedía un “cuarto” de caña blanca  (“lavagallo”), y se lo tornaba en un trago, teniendo siempre el cuidado de dejar un poquito de la bebida.  Con ese resto hacía una cruz en el piso, así fuera de cemento o de tierra. Era una manera de santiguarse. Esta costumbre desapareció cuando las pulperías típicas fueron reemplazadas por las casas de abastos. A partir de entonces se utilizó la Caja Registradora, en vez de gavetas de madera: El mostrador de vidrio y el piso de mosaico o cemento. Antes de que esto ocurriera, los pulperos no iban los domingos al cine, como hacen ahora los portugueses, italianos y españoles. 

El Pulpero Poeta

Si de pulpero se trata, bueno es dedicarle un recuerdo al poeta Juan España. Era distinto en porte, estilo y comportamiento. Tuvo su establecimiento “en el vecino burgo de El Valle”. Escribió el célebre poema “El cucarachero” y perteneció a los nativistas, en la etapa que se denominó  neo-romántica. Su pulpería en El Valle de la Pascua Florida, como el mismo llamaba cariñosamente el pueblo, era diariamente visitada por escritores, críticos literarios, poetas y literatos. En El Valle vivían entonces el Doctor Jesús Semprún y el poeta  J. B. Arrechedera. Le visitaban Julio Morales Lara, Leoncio Martínez (Leo), Francisco Pimentel  (Jom Pim); Rafael Michelena Fortoul, y paremos de contar. Amigo íntimo del poeta España era el gran escritor costumbrista Luís María Urbaneja Achelpol, autor de  “El tuerto Gerónimo”. Lo cierto es que en la pulpería de Juan España se reunía una especia de “Peña Literaria”, de donde por cierto salieron muchas cosas hermosas, como diría el maestro Calcaño. Cuando Juan España dejó de ser pulpero, se dedicó a la política. A ello lo obligó el fiado que se reflejó en las posibilidades económicas de su negocio. Así desapareció del panorama vallero  una estampa criolla de este tipo de comercio que ya se ha borrado en el pasado: Las pulperías. Juan España en su nueva profesión, la de político, fue Jefe Civil de Petare y años más tarde, Disputado al Congreso Nacional por el Estado Miranda. Así tenemos que fue el pulpero que también hizo historia en el presente siglo.           
El Poeta Juan España
cortesía de Alfonso Mijares

Cortesía de Alfonso Mijares

Fuente:
Por Pedro Hernández C
Publicado en la Revista
Venezuela Gráfica
1962

2 comentarios:

  1. Cuando podrá Venezuela,de nuevo tener una vida de verdad verdad,no esta terrible fantasía que vivimos actualmente.

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