domingo, 6 de marzo de 2011

Fiestas asoman la nostalgia por el disfraz



El Universal/ Caracas
domingo 06 de marzo, 2011
Fiestas asoman la nostalgia por el disfraz
Hoy día Ruiz tiene 70 mil prendas y accesorios dentro de su taller

Huele a polvo y no hay demasiada luz. Hay que advertirlo. Pero tras un breve recorrido entre telas, botones, plumas y lentejuelas, en el hogar del ex vestuarista teatral Antonio Ruiz, el tiempo se detiene y al visitante sólo le viene una pregunta a la cabeza: "¿Quién quiero ser?".
Eso sí, para entrar a esa casa de la primera transversal de Bello Monte hay que llamar a Franciso Álvarez, el segundo al mando. Su número está pegado a la reja en un cartoncito. "Algunos dicen que esto es Sabana Grande. No sé pero de todos modos es subiendo por la Plaza de los Pintores de la avenida Casanova", agrega Álvarez para evitar pérdidas a quien acuda en busca de un disfraz.

La idea original fue del actor de teatro Hugo Monte quien instaló un taller para alquilar vestuarios teatrales en el edificio Andes. Cuando este falleció, Antonio Ruiz había dejado su carrera de cantante y acumulaba experiencia en las tablas como vestuarista. No dudó en hacerse cargo del negocio junto a Eulalia González, su mamá.

En 1987, tras ser desalojados de su sede inicial, se mudaron a la casa que el taller ocupa en la actualidad. La señora González murió y, en su lugar, Álvarez se abocó a atender el lugar desde 2008 junto a Ruiz.
Con más de 70 mil piezas, la prosperidad del negocio no dependía exclusivamente del Carnaval, pues también había ópera, zarzuelas, musicales y obras en el Teresa Carreño, en el Teatro Nacional, en el Teatro Municipal, en el Hogar Canario y en la Hermandad Gallega."Eso se acabó. Tú ves ahora que el teatro está vacío... ¡Si no vienen compañías de afuera, por Dios!", rechista Ruiz.
Ha visto como el trabajo que hacía durante 365 días, se fue reduciendo a los pedidos que hacen solo para las fiestas del Rey Momo en las que, además, cada año se hacen menos espectáculos de gran tramoya. Y es que, según cuenta, han mermado las retretas en las plazas Bolívar de la ciudad y las grandes carrozas que invadían Los Próceres y Sabana Grande.
"Madre mía, no me quiero meter en política", insiste mientras junta las manos y mira el techo del taller corroído por la humedad. "Dile la verdad -le exige Álvarez- dile que hay menos dinero en la calle". Ruiz asiente con la cabeza y agrega: "Antes venía mucha gente de todos los clubes hispanos y no hispanos. Venía el Tamanaco, el Caracas Hilton, el hotel Continental a buscar ropas... Todo se derrumbó dentro de mí, dentro de mí", canta como si rememorara su pasado.
Hoy el alquiler de un traje cuesta 200 bolívares y debe dejarse un depósito por el mismo monto. Hace 15 años a sus clientes no les importaba cubrir el precio con tal de transformarse en odaliscas, negritas, bailarinas charlestón o bailaoras flamencas, toreros, romanos, indígenas o damas antañonas.
Para los más ocurrentes se hicieron piezas que ya no se alquilan y son los tesoros del lugar. Aquí entran el vestido de gala de la princesa Bella de la famosa película infantil, réplicas de los trajes de Celia Cruz, de Simón Bolívar, Francisco de Miranda o de Juan Vicente Gómez.
No importa cuantos adornos lleven, el objetivo en Carnaval es ganar con el mejor disfraz. "Nuestros trajes son muy elaborados y si se vendieran pueden costar entre 2 mil y 2 mil 500 bolívares", destaca Álvarez."Y si no está aquí, se lo hacemos. Yo siempre estoy al pie de la máquina", apunta Ruiz mientras coloca el brazo sobre una de sus seis reliquias Singer.
Ruiz viene de una familia de tres hermanos artistas que salieron de España a Francia, escapando de la Guerra Civil. Con sus zarzuelas partieron de territorio galo rumbo a Brasil y luego a Puerto Rico. Recién entrado 1980 se vino a Venezuela, el país que consideraba "todo un paraíso".
La última vez que hizo trajes para comparsas fue en un Carnaval durante el gobierno Municipal de Antonio Ledezma en Libertador (1995-2000), en el que ganó el primer lugar. Tampoco alquiló nada más a canales de televisión y subsiste con los trabajos que, por tradición, le piden algunos particulares.
"Me quedaron bien bonitos ¿no?", pregunta Ruiz sobre unos trajes a los que les da las últimas puntadas. Entre la andadera que lleva en las piernas tiene las piezas que le solicitaron en el Centro Asturiano. Cruza los brazos y toma otra bocanada de aire para oxigenar un cuerpo que ya siente el peso de sus 81 años. "No tenemos cosas de niños ni eso pero tú aquí vienes con tiempo y te solucionamos todo".

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