viernes, 24 de junio de 2011

La influencia francesa en la Caracas de finales del siglo XIX

Decía Alejo Carpentier: “...El anhelo de afianzar una cultura americana, ecuménicamente hispanoamericana - es decir: una cultura de ámbito propio, consciente de sus grandezas y debilidades, que se aplique a desarrollar sus características más estimables, a exaltar sus valores profundos, a indagar y definir sus rasgos determinativos - no puede hacerse en realidad sin una aceptación abierta e indiscriminada de las influencias que obraron sobre el hombre de América, desde la conquista hasta hoy.”

Al finalizar el proceso independentista, las luchas, las propuestas políticas y los ideales libertarios de Bolívar tomaron un rumbo diferente, como ya el propio Libertador lo había previsto, con mucha amargura, antes de su muerte. En la escena política, económica y social, el mantuanaje y la nueva burguesía se desvían del proyecto emancipador original para asumir posiciones sectarias, en las que la corrupción, el abuso, la explotación de la mano de obra (incluida, sin duda, la esclava) y el desorden en el manejo de la Hacienda Pública, están a la orden del día. En consecuencia, el pueblo se ve traicionado y emprende reiterados alzamientos contra el nuevo gobierno, en particular contra el de José Antonio Páez y los que vendrán alternándose paulatinamente durante todo el siglo XIX.



Para ese momento existían dos tendencias claramente diferenciadas que defendían la causa de la Federación: la de los liberales, que eran comandados por el general Juan Crisóstomo Falcón y Antonio Guzmán Blanco; y la otra, la de los campesinos, liderada por Zamora y un grupo de civiles revolucionarios influidos por las ideas socialistas europeas. En poco tiempo, estas revueltas, aparentemente aisladas, derivarán en la Gran Guerra: la Guerra Federal, cuyo líder más notable y apreciado por el pueblo, a quien darán el título de Valiente Ciudadano, es Ezequiel Zamora, pero su vida será pronto cercenada por la traición. Durante los años siguientes al asesinato de Zamora, vencedor de la Batalla de Santa Inés, el pueblo no logrará ver realizadas sus aspiraciones de “Tierra y Hombres libres”, ni siquiera el decreto monaguero de liberación de los esclavos de 1854, cumple su acometido, generando una nueva forma de explotación campesina: el peonaje, sometido y limitado al comercio de las propias haciendas. Pero los objetivos de ambas tendencias eran radicalmente distintos.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, Venezuela aún trataba de sobrevivir al saldo que la Guerra Federal había dejado - 40.000 muertos aproximadamente - y de limar las tensiones sociales acumuladas en 50 años de administraciones alternantes conservadoras y liberales. En este caos parecía necesario establecer un poder central lo suficientemente fuerte como para que pudiese controlar la violencia desatada en el período anterior. Desde 1870, con el triunfo de la Revolución Regeneradora, comienza una nueva etapa a partir de los sucesivos gobiernos de Antonio Guzmán Blanco y es, precisamente durante el Guzmanato que se producirán cambios notables, especialmente en la vida cotidiana de los habitantes de Caracas, que aún conserva los, no tan lejanos, esquemas coloniales. Estos cambios se harán más notorios en las relaciones de uso e identificación del caraqueño con su espacio vital, y por tanto, en el proceso de incorporación de las pertinaces influencias “modernizantes” provenientes especialmente de Europa.

La tendencia generalizada de los gobiernos que se suceden entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, estuvo orientada, justamente, hacia la modernización y hacia la diferenciación muy marcada con los grupos que tradicionalmente habían sustentado el poder en Venezuela. Esto se evidencia en los postulados del partido liberal conformado a partir de la Guerra Federal y autodenominado “liberal amarillo”, con matices muy diferentes a los del grupo que originalmente había reunido Antonio Leocadio, padre de Guzmán Blanco. El principal propósito de las políticas de Guzmán Blanco iba dirigido a demostrar al país y al mundo el progreso al que él mismo habría de conducirlo, un claro ejemplo son las festividades del Centenario del Natalicio del Libertador en 1883, las cuales sirvieron de justificación para lucir la incansable actividad de su gobierno en las tareas transformadoras: en obras públicas y de ornato, en pomposidad y despilfarro, fruto de su inclinación por vivir a la zaga de Francia que lo trastornaría todo, incluso el Erario público.



Antonio Guzmán Blanco gobernó por tres períodos constitucionales entrelazados por dos más cortos, que podrían calificarse como testaferros: el Septenio de 1870 a 1877, al que continuó el de Francisco Linares Alcántara, aproximadamente por dos años; a este le sigue el Quinquenio de 1879 a 1884 precediéndole Joaquín Crespo por otros dos años; y por último el Bienio (conocido como “La Aclamación”) de 1886 a 1888, en el que Guzmán deja encargado de la presidencia a Hermógenes López, se llevan a cabo las elecciones y gana la candidatura propuesta por Guzmán: la del Dr. Juan Pablo Rojas Paúl (1888-1890), y el año siguiente muere Guzmán en París.

Guzmán concentra en su entorno una suerte de anillo de hierro que lo instituye como “jefe necesario”, con un partido y una administración fortalecidos y aparentemente capaces de centralizar todas las energías de la nación. Logra así controlar al país y construir un modelo de Proyecto Nacional, “Orden y Progreso” será la consigna sobre la cual se afianzará su política basada en los prolegómenos del pensamiento positivista. Bajo estos principios, las reformas legales que se realizaron en esos años fueron decisivas en la transición hacia el siglo XX.



La población, a su vez, trató de recuperar los ideales de justicia, de igualdad y de libertad propuestos por la Federación. Esto hizo que la violencia latente en el país volviese a ser un hecho cotidiano. La recluta y las alcabalas interestatales produjeron una situación de constantes enfrentamientos que no encontraron una salida nacional, hasta tanto no apareció un fenómeno político capaz de aglutinar a todos los descontentos: José Manuel Hernández, conocido como el “Mocho Hernández”.

Las luchas entre caudillos estaban a la orden del día, pero sin llegar a mermar seriamente el poder del "Ilustre Americano" Guzmán Blanco. También en la ciudad había con frecuencia brotes de violencia, los estudiantes caraqueños derribaron las estatuas de Guzmán, conocidas popularmente como Saludante y Manganzón. En efecto, la hegemonía guzmancista conserva su fuerza y su injerencia, incluso después de muerto Guzmán. Ninguno de los actos de rebelión civil tuvo mayores efectos sobre el poder central, pero los alzamientos se sucedieron durante todo el período como síntoma de los desacuerdos entre el gobierno y los grupos de poder, puesto que sus vinculaciones eran abiertamente más estrechas con la élite financiera y comercial que con los caudillos rurales y los hacendados. Estos últimos clamaban porque se consolidara el viejo proyecto de un Banco Agrícola; los caudillos veían su cuota de poder disminuida por la centralización de Caracas. A todo ello hay que agregar los enfrentamientos del presidente masón con la Iglesia, los desalojos y disolución de los conventos y congregaciones, así como el conflicto suscitado con el arzobispo Guevara y Lira, entre otras cosas, por la disposición oficial de instituir el matrimonio civil.



Caracas se había convertido en el faro desde donde el poder centralizado irradiaba su luz hacia el resto del país y, por supuesto, era el punto de concentración de los nacientes capitales, de cuyos beneficios poco podían disfrutar las regiones del interior. Pero no sólo era centro de poder, también lo era de las manifestaciones culturales académicas, y a ella se dirigían desde todo el país artistas e intelectuales en espera de ser aceptados en los círculos selectos de la capital, desde donde se dictaban las pautas procedentes del resto del mundo.

Para el momento en que Guzmán Blanco llega por primera vez a la presidencia de la República, ya poseía una buena de formación académica y había viajado lo suficiente como para conocer, aunque sólo fuera someramente, otras culturas, sobre todo, conocía bastante bien el modo de vida francés al cual le daba un gran valor, no sólo por lo atractivo que pudiera resultarle el refinamiento y el “bon vivre”, sino también por la admiración que despertaba en él la organización de su sistema de gobierno, modelo que trataría de implantar en Venezuela, y las justificaciones para llevar a cabo su objetivo no faltaron durante todos esos años, por ejemplo, en “La Crónica Legislativa” del 7 de abril de 1885 publicada en el periódico El Delpinismo, el Diputado Carvajal refiriéndose a la discusión de varios contratos celebrados por el Gobierno con otros países, entre los cuales Francia estaba incluida, expresa como argumento convincente por el cual debían ser aceptadas tales negociaciones, que:...” Con este contrato ganará la lingüística porque vendrán idiomas nuevos al país...” .

No obstante la ruptura de relaciones diplomáticas entre Francia y Venezuela en 1897, los patrones franceses siguieron dominando la escena de la ciudad durante las primeras décadas del siglo XX, incluso, a pesar de las tendencias nacionalistas tanto de Castro como de Gómez. Al reanudarse las relaciones, El Nuevo Diario, en 1913, recuerda como Venezuela ha estado siempre tan estrechamente ligada a Francia, principalmente por el idioma: “Y no es la menos de las razones porque debemos alegrarnos del nuevo acercamiento a Francia, el considerar la influencia que en ella viene ejerciendo sobre los pueblos latinos del continente, (...) nuestra literatura ha sido tachada hace muchísimos años de galicismo deliberado, en el pensamiento y en la elocución.”...



El pensamiento científico adquiere también un nuevo rumbo, sobre la base de los postulados positivistas, que penetran en Venezuela a través del Discurso de Rafael Villavicencio pronunciado en diciembre de 1866, en el Templo de San Francisco, con motivo del Acto de Repartición de Premios a los alumnos de la Universidad Central, de aquí surgirá la primera generación de científicos positivistas cuyo ascendiente llegará hasta el gomecismo. Incluso en el campo de la medicina, venía de Francia todo aquello que se consideraba como lo más avanzado en la materia y, muchos de los galenos, verdaderos precursores de la medicina en Venezuela, cursaron estudios en París financiados por el propio gobierno. Este fenómeno dio lugar a lo que se ha llamó el “Renacimiento de la Medicina Venezolana”, el cual se puso de manifiesto con la creación de las sociedades médicas, la aparición de nuevas publicaciones especializadas, la reforma y creación de algunas cátedras de enseñanza médica y, fundamentalmente, con la creación del Instituto Pasteur de Investigación (1895-1902), como resultado del descubrimiento del suero antidiftérico, en 1894, y la fama universal que había adquirido el Instituto Pasteur de París (1888).



De Francia llegan tanto las ideas científicas como una significativa influencia en las artes, en la literatura y en todos los aspectos de la vida cultural y cotidiana de la ciudad, incluyendo esa suerte de imposición idiomática - aunque ya desde mediados de siglo los caraqueños usaban galicismos con frecuencia – y es la prensa uno de los principales medios a través del cuales penetra el francés en el habla coloquial. Comienzan a editarse dos de las más representativas publicaciones de difusión del idioma, del pensamiento y de las costumbres francesas: El Cojo Ilustrado (1892-1915), y Cosmópolis(1894-1895); más tarde aparecerán Alborada, El Nuevo Diario y El Universal.

Al respecto expresa Marisa Vannini que: “El Cojo Ilustrado a lo largo de su trayectoria (1892-1915) representa la gran aceptación de la influencia francesa en Venezuela, no sólo en el aspecto literario, sino en todas sus otras manifestaciones: publica traducciones de las obras y noticias de los autores franceses más representativos del romanticismo, del simbolismo, del realismo, del naturalismo, del impresionismo, de la novela psicológica (...) divulga comentarios o resúmenes de artículos de periódicos o revistas francesas...” , lo que a juicio de Andrés Mata, habría de servir, por supuesto, de estímulo a la literatura nacional: “La galería de jóvenes escritores que ha venido formando EL COJO ILUSTRADO, (...) es una muestra de distinción con que nos favorece el Director de esta Revista, en quien todos mis compañeros, de que me hago interprete en esta ocasión, reconocen cuanto han hecho en bien de las Letras Patrias y en especial de la Juventud.” Pero no todos comparten esa opinión, Miguel Tejera, desde una toma de conciencia nacionalista y una buena dosis de machismo, advierte los peligros que puede correr una joven con tales lecturas: “Sin embargo, hace algún tiempo que, gracias al descuido de los jefes de la casa, se ha introducido entre nuestras jóvenes un amor demasiado intenso á la lectura de cuentos y novelas.[...] Esa literatura superficial y llena de veneno, que se ha esparcido por el mundo como una plaga desastrosa, señal segura de decadencia universal en las letras, es causa de grandes males para nuestras sociedades constituidas de muy diferente manera que las de Europa.[...] - y agrega - La mujer venezolana no es muy instruida; cuanto se le enseña generalmente es lectura, escritura, aritmética, gramática, geografía é historia; frecuentemente se le hace aprender el piano; algunas veces la pintura y el francés, y siempre la costura y todas las labores propias de su sexo que se conocen en el país.”



La revista Cosmópolis, de corte particularmente romántico, tan pero tan azul que: “La oficina de redacción la forran de azul, color del modernismo, allí se realizan tertulias donde acuden los jóvenes escritores venezolanos de la época a intercambiar ideas y exponer inquietudes.” Tanto El Cojo Ilustrado como Cosmópolis son publicaciones inspiradas en la obra de Rubén Darío, quien por esos años editaba su revista en Argentina, así como la Revista Azul del mexicano Manuel Gutiérrez Nájera. Durante el gomecismo se editan algunos periódicos, cuya aparición confirma la continuidad, hasta las primeras décadas del siglo, del afrancesamiento idiomático y cultural, me refiero a El Cable Francés y a La Ilustración Francesa. Para 1920, cinco años después de la desaparición de El Cojo Ilustrado, las revistas Cultura Venezolana y Actualidades, vendrían a ocupar su espacio.



Durante todo el período los ciudadanos de las clases media y alta, estarán prácticamente obligados a redescubrir a Francia, para felicidad más de unos que de otros. Estos nuevos y exógenos referentes cotidianos, encontrarán su asidero más firme en una sociedad que desea romper definitivamente con las tradiciones, especialmente la clase media. Asimismo, una de las características más significativa del “sacrificio” que significa para la población caraqueña el tránsito a la vida urbana, se relaciona precisamente con la incorporación de nuevas necesidades a la vida cotidiana. Lo superfluo y de ahí el consumismo, pasan a ser una necesidad social. En el atuendo, en las diversiones lícitas o no, y hasta en el uso del tiempo libre, se agudiza la competencia por el status, que se convierte en un verdadero calvario.



Paralelamente a este desarrollo cultural, el teatro, la ópera, los conciertos, la zarzuela, se volvieron espectáculos de acceso restringido a un sector social muy exclusivo, que se mostraba particularmente exigente y admirador de la creación francesa, conducta que Teodosio Adolfo Blanco critica en su expresión y en sus gustos: “Nuestro teatro aunque hace esfuerzos por abrirse, tiene que volverse a cerrar, como muy bien lo dijo un colega nuestro: 'por indisposición del público', pero ¿Cómo es posible que haya concurrencia si el espectáculo no es L'Opera comique, ni el Vaudeville y ni siquiera Les concerts, el can-can o cosa semejante?” Por su parte, los diarios dedicaban algunas secciones a las novedades teatrales francesas y entre las anunciadas también llegaban algunas obras de muy escasa calidad, y había incluso quien consideraba que atentaban contra la moral y, por supuesto, eran sujeto de la más severa censura, como el caso de esta dama que en El Cojo Ilustrado hacía notar su descontento: “Hace poco (...) quise llevar al teatro á mi sobrina, joven soltera, y me encontré con que todas las obras más en boga - Amants, Demi-vierges, Vivens, Le Carnet du diable, Paris fin de sexe, etc., etc., - constituían un verdadero ultraje para una muchacha decente.”... lo que no se contradice con la opinión al respecto de Enrique Gómez Carrillo cuando dice que: ...”París no es en el fondo, sino un 'emporio para la exportación' de cantatrices ligeras y de bailarinas más ligeras aún.”...



A pesar de que la ópera no es un género de origen francés sino italiano, y la zarzuela es española, y aunque ambos gozaron de buena acogida entre la sociedad caraqueña, estas manifestaciones llegaban a través de Francia, siempre y cuando ésta les hubiera puesto su sello de calidad. La Opera tenía más importancia como acto social que como arte, a tal punto que, cuando venía una compañía la gente enloquecía de tal modo que, aunque careciera de medios económicos: “...quedaba el recurso supremo: empeñar el escaparate, o la cómoda, o el seibó del comedor, o los tres a la vez, con tal de poder asistir a las funciones (aún cuando no les interesara la música) y no desmerecer un ápice en la escala social.” Sin embargo, el público caraqueño, tal vez por costumbre, se fue haciendo lo bastante crítico como para rechazar, por su mala calidad, a la Compañía de Opera que la propia Teresa Carreño trajo a Caracas por encargo de Guzmán en 1887.

Junto al teatro, la ópera y la zarzuela los caraqueños aficionados a la música, disfrutaban de las retretas que con regularidad se daban en las distintas plazas de la ciudad, pero en especial a la que Guzmán dio la forma y el carácter de Plaza Bolívar. Estas eran un motivo de encuentro de las familias y de distracción y romance para los jóvenes: “La Plaza Bolívar entra también en el programa del domingo, la que a pesar de sus grandes dimensiones se niega a veces a contener las oleadas de gente que la invaden en confusa tropelía. Entonces aquello no parece una plaza pública, sino un regio salón de baile al que han ido a disfrutar de los deleites de la danza y de las rapideces del valse, millares de parejas, listas a echar reparos a la espalda con las primeras variaciones de la orquesta.”



En la Caracas finisecular son pocos los que saben leer y entre las mujeres mucho menos, en general, solamente tienen acceso a la lectura las llamadas “damas de sociedad”, pero a ellas están destinadas las banalidades de las crónicas de belleza, una de las cuales alcanzó gran éxito entre la población femenina: la de la Baronesa Staffe, en la que podían leerse cosas como esta: “Creo que era Montaigne quien decía 'Amo a París hasta en su verrugas' pase para una gran ciudad pero nada tan feo y que desmejore tanto un bonito rostro que esos pequeños tumores llamados vulgarmente poireau.” , y por supuesto, todos esos pequeños y “encantadores” detalles de la “toilet” femenina tienen sus nombres en francés: “A pesar de que los vestidos sin cuello, las ruches pierrot y las galas de pluma están en todo su apogeo. Las personas muy friolentas optan por una gran estola de encaje de Malinés...” En 1898 Enrique Gómez Carrillo en su columna permanente “La vida parisiense”, de El Cojo Ilustrado, afirma que la mujer francesa es la más bella y refinada del mundo, lo que la convierte en paradigma a seguir por la mujer venezolana . Haciendo alusión a las mujeres de otros países, por ejemplo, L. García Ramón, en su artículo “Las mujeres de España”, publicado en esa misma revista, observa con respecto a la mujer catalana que: “Así Barcelona es la ciudad de España más parecida a las grandes ciudades francesas; el carácter serio y práctico, el espíritu perfecto de economía doméstica y las actitudes comerciales muy desarrolladas en la catalana, la acercan más á la mujer francesa.”...





De aquí que la mucha gente entrara en una especie de hipnosis colectiva, inducda a la imitación y al consumismo. Las familias en pleno hacían lo posible para mantener las apariencias, y el “vivir de prestado” se volvió costumbre; no tenían para comer, pero las niñas iban a la “derniére”, no había quien no tuviese al menos una prenda comprada en la “Compagnie Francaise”, afamada casa de modas establecida en Caracas desde 1892. Un padre de familia se queja: “como cultivo tan buenas amistades debo llenar las apariencias, aunque vacíe la caja de mi crédito. Tal es hoy la sociedad. (…) debo, pues, aviarme con todo lo nuevo. Mis hijas no me apuran por comida, no señor; pudieran mantenerse con alpiste; poco importa que luego vengan la dispepsia, el histérico, las neuralgias, la tisis; pero en cuanto a trajes ¡ay, si llegan a faltar!”

Si la niña lograba encontrar marido y contraer nupcias era preciso organizar el trousseau, equipo completo de ropa que la novia debía tener listo para el día de su matrimonio, éste solía confeccionarse en equipo, digamos entre todas las mujeres de la familia, aunque ya desde los primeros años del siglo XX se puso de moda incluir en el ajuar muchos artículos pret-a-porte. Y todo esto gracias al “Ilustre Americano” quien con su afrancesamiento pretendía convertir a Caracas en un pequeño Paris: “Para aquel entonces, la vida social y cultural de Caracas tendía a imitar a Paris: había ‘soirées’, paseos en ‘landau’, descansos en el ‘café cantante…” Hasta el final del siglo XIX no se había instituido la costumbre de comer fuera de la casa, no había restaurantes, y es muy posible que haya sido, en las primeras décadas de este siglo, cuando hiciera su aparición el primero de la ciudad, con la llegada de un francés llamado Pierre René de Lofre, profugo de Cayena, que conocía el negocio de restaurant y de cabaret, e instaló en Caracas uno hacia la zona de San Francisquito, y un pequeño y discreto cabaret donde se presentaban espectáculos de muy baja calidad. Por esa misma época, abrió sus puertas frente a la Plaza Bolívar “La Glacier”, un botiquín de Carlos Zuloaga propietario, a su vez, de “La Francia”.

El viaje a Paris era el colmo del status, aunque no sólo se va por diversión, unos lo hacen en busca del conocimiento y la formación académica, otros por exilio, pero la mayoría por el “glamour”. P.E. Coll critica al autócrata Guzmán por vanagloriarse de su libertina vida parisina con actrices de baja reputación, porque, como dice E. G. Carrillo: “París no es en el fondo sino un emporio para la exportación de cantatrices ligeras y de bailarinas más ligeras aún…”

Simultáneamente, en Caracas aparecen los mabiles, tan famosos como desprestigiados entre la ciudadanía. La mejor descripción del mabile es la que ofrece Alfredo Cortina: “El mabil, (...) era un lugar de muy baja categoría que consistía en un gran patio techado con láminas de cinc, piso de cemento y alguna habitación grande que servía de bar. El ambiente no podía ser peor. (...) Al fondo una tarima servía para la orquesta que consistía en cuatro o cinco músicos y uno de ellos experto en soplar el cornetín a todo pulmón”.(...) Había toda clase de bebidas, desde el popular aguardiente de caña hasta brandy y whisky y algunas botellas de champaña (...) A un lado estaba una vidriera de cuatro caras donde se exhibían (...) infinidad de baratijas que los hombres obsequiaban a su pareja y a precios (...) bastante escandalosos; pero con los efectos del alcohol, pagaban tranquilamente el valor para complacer a la mujer con quien estaban.” . Se trataba de un sitio frecuentado por clientela masculina de todos los estratos sociales, donde se bailaba “a medio la pieza” que era recogido de la oreja del caballero danzante para no perder el paso.



Las zonas donde abundaban estos “centros de perdición” eran Puente Hierro y el suroeste de Santa Rosalía (esquinas del Sordo y Tablitas) en donde, a queja de los parroquianos: “...se producen frecuentes escándalos entre las damas alegres (...) y sus amigos visitantes...” . Pedro José Muñoz revela que: ...”Ubicado entre las esquinas de Puente de San Pablo y San Juan, por la parte norte; por las de Puerto Escondido y Angelitos, por el sur, esa zona que abarcaba unas cuantas manzanas y que era denominado “El Silencio” era el secular asiento de la Corte de los Milagros caraqueña. Siniestra fama creábanle aureola de peligrosidad, de disolución y de escándalo. Y resultaba inexplicable que la continuada indiferencia de las autoridades permitiera la existencia de esa auténtica úlcera ubicada a pocas cuadras del Capitolio, de la Universidad y de la Plaza Bolívar, corazón y centro de la capital.” .

Evidentemente, se hizo usual el empleo de términos en francés de los que, por lo general, se desconocía su significado, J. García de la Concha hace la siguiente reflexión al respecto: “De cuando se empezó a usar en nuestro idioma castellano el 'mercí' para dar las gracias, no lo sé. Pero lo cierto es que, teniendo Caracas una extensa colonia alemana, gran comercio, dos colegios importantes y un ferrocarril, nunca se conociera en el habla popular una palabra alemana y en cambio, abundan las francesas: Que el tocador lo llamaron 'tualet' (toilette) o 'buduar' (boudoir) que al señor se le llamara el 'mesié' o 'musiu' (monsieur) y dar las gracias, nadie, pero nadie decía otra cosa que 'mercí'.”... . Muchos otros vocablos se integraron rápidamente al habla coloquial, como las palabras petimetre y patiquín. La figura del “patiquín” aparece entre los jóvenes de clase media como sinónimo de cumaco - guapo de barrio - cuyo origen procede de los barrios o parroquias populares como San Juan y La Pastora

Por supuesto, el francés también se imparte en el ámbito académico. La sistematización de la enseñanza del idioma surge con el romanticismo y ya, mucho antes del guzmanato, había comenzado a editarse obras didácticas. En 1892, la Alianza Francesa, ofrecía profesores de francés, uno de sus anuncios decía: “...De ahora en adelante sabrá el público que es posible encontrar entre nosotros profesores de francés que ofrecen las más serias garantías de moralidad y saber...” El énfasis hecho en el concepto de moralidad no es fortuito, puesto que, al parecer, muchos de quienes ejercían como “profesores de francés” no lo eran, esto hace suponer que el oficio estaba muy desprestigiado, sin embargo, al mismo tiempo comenzaron a aparecer centros educativos de origen francés como el Colegio San José de Tarbes, el cual tenía dos grandes casonas, una de Carmelitas a Llaguno, al lado del correo y la otra en El Paraíso frente a la Plaza Páez, y, por supuesto, el Colegio Francés.

Entretanto, la reacción en contra de la influencia francesa en el idioma no se hizo esperar; muchos de los intelectuales y políticos opinaban que la situación era intolerable, aun cuando hasta: “...en las cárceles venezolanas la lengua francesa era distracción y consuelo (...) [y] muchos fueron los presos políticos que estudiaron el idioma o hicieron traducciones....” Había, por supuesto, quienes consideraban todo esto como una penosa circunstancia, y por ello hicieron sentir sus plumas mordaces, los escritores costumbristas se encargaron de ridiculizar el uso cotidiano del francés, Teodosio Adolfo Blanco dice con cierta ironía hacia las damas de la “Societé de Caracas”, en su artículo “Caracas a la francesa” que: “Por temor de que no nos entienda, la saludaremos en francés, pues persona tan a la moda habla así como se viste, come, etc., a la dernier.” Como resultado de este descontento, se concibe uno de los más emblemáticos actos de resistencia cultural urbana: la celebración de la farsa conocida como La Delpinada, en la cual, aprovechándose de un pobre inocente, loco y fallido poeta, Francisco Antonio Delpino y Lamas, se parodia la pompa guzmancista: “Con enorme concurrencia de público y bullicioso entusiasmo de la ciudad, fue coronado Delpino y Lamas en el Teatro Caracas la noche del 14 de marzo de 1885. Con sus oradores de riguroso chaqué, con sus engolados ditirambos, con sus falsas representaciones de las Letras Extranjeras, fue una sangrienta parodia de las solemnidades a que la ciudad estaba acostumbrada a ver centralizadas en la figura de Guzmán Blanco.” De este grupo surge la idea de publicar, en 1884, el ya mencionado periódico El Delpinismo. Años después, Pedro Emilio Coll en su obra homónima La Delpinada, relata que: “En efecto, aquella noche fue coronado en el antiguo Teatro Caracas, recreo predilecto de nuestros abuelos, destruido por un implacable incendio, como bate excelso don Francisco Antonio Delpino y Lamas, a la sazón humilde obrero de una sombrerería, pero cuyos versos, que él llamaba Metamorfosis, celebrados por fingidos admiradores, provocaban la hilaridad de la capital para entonces pueblerina, pero siempre propensa a un desenfadado humorismo y a ingeniosas agudeces.”... Se trata de una parodia de la moda francesa, introducida entre los intelectuales de parroquia, de realizar certámenes. De aquí que La Delpinada podría calificarse, como el “anti-certamen” utilizado para protestar no sólo en contra de la influencia francesa, si no también en contra de la autocracia guzmancista.

Ya entrado el siglo XX, la polémica comienza a hacerse más intensa, en este sentido, quiero referirme a dos posiciones opuestas, ambas provenientes de reconocidos intelectuales de la época, Mariano Picón Salas y Tulio Febres Cordero. Desde una posición bastante elitesca, Picón Salas se queja de que es víctima de la incomprensión por aceptar y proclamar la influencia extranjera como algo muy beneficioso para el país: ...”A los que creían que queríamos poner nuestro pensamiento por encima del chismorreo, los prejuicios o la intriga aldeana se nos llamaba - cuando menos - 'inadaptados' o 'extranjerizantes'. Para considerarnos o tenernos en cuenta, para empezar a ser personas serias cuyos argumentos vale la pena analizar, quería sometérsenos a una especie de áspero noviciado, sufriendo el doble embate de la estupidez resentida y del formulismo retórico con que durante largo tiempo los venezolanos escondieron su palpitante tragedia.” En sus argumentos pone de manifiesto el profundo contraste entre el cosmopolitismo y sus ventajas frente a la que, seguramente, considera la tradición aldeana: “...El problema de adaptar una fórmula y una experiencia extranjera a nuestra realidad social, es asimismo un problema de cultura - de la más responsable y documentada Cultura - cuya solución no podría esperarse tampoco de gentes ignaras que confunden el tejado de su casa con el centro del mundo.”

Por el contrario, Tulio Febres Cordero rechaza con vehemencia la influencia foránea, porque supone que puede repercutir negativamente en la mentalidad y en las costumbres tradicionales, especialmente en el idioma: “Urge pues, la formación de una Liga Protectora del Lenguaje Nacional, que cuente en su seno con los principales elementos de acción, a los órganos de prensa, grandes y chicos, mancomunados en la obra patriótica de defender el castellano contra ese turbión de voces exóticas y bárbaras.” Considera Febres Cordero que, asimilar nuevos vocablos franceses al castellano, lejos de significar un progreso para nuestra lengua, lo es para la francesa, puesto que, a medida que aumenta su fama y su uso se va extendiendo, se va desnaturalizando la propia: “Huelga decir que de ninguna manera nos referimos a los neologismos de forzosa adopción en todas las lenguas vivas provenientes de novísimas invenciones y descubrimientos, términos que son bien conocidos. La cruzada debe emprenderse, sin piedad alguna, contra el uso caprichoso e innecesario de multitud de voces perfectamente traducibles por tener su equivalente en buen español.” Argumento con el que, a pesar de todo, coincide con Picón Salas cuando reflexiona respecto a la relación desigual establecida entre Europa y América: “...que el amor hispanoamericano por Francia, es un amor no correspondido. En general, América es más bien tema de curiosidad pintoresca que de verdadero cariño.” .

Evidentemente, las manifestaciones francesas vanguardistas están presentes en la literatura, tanto en los usos lingüisticos como en los aspectos formales, en el paisaje, en los personajes, en la temática, en las concepciones estéticas y en el contenido sociológico de la narrativa criolla, una de las obras más representativas de esta tendencia es Peonía de Manuel Vicente Romerogarcía, una novela en la que el autor pone de manifiesto una búsqueda que le permita identificarse con el motivo de creación literaria. Esta identificación sólo podría lograrse a partir del conocimiento que el creador tenga de sí mismo y de su realidad, y es allí de donde la literatura toma del positivismo elementos tales como: campo, ciudad, progreso, atraso, cultura e ignorancia, creando y adoptando a la par, un nuevo lenguaje conceptual que será la causa por la cual se la califique de exótica y extranjerizante y, por lo tanto, difícilmente aceptada por la crítica de su tiempo, como lo expresa Rafael Di Prisco: “la novela modernista logra un nivel de recreación al cual no se había llegado antes (...) parecía excesivo para los hombres de entonces, el enfrentamiento a los problemas psicológicos que caracterizan a los personajes y al mundo decadentista del modernismo.”

La narrativa nacional, adolece de la ausencia de un público lector y debe hacer frente a una crítica carente de difusión, destacan las obras de carácter costumbrista desde donde los cultivadores del género dirigen sus ataques al sistema de vida impuesto por el guzmancismo. Inspirados en autores españoles como Mesonero Romanos en sus Escenas Matritenses y Escenas Andaluzas, o en la obra de Mariano José de Larra con su temática antiextranjera y descriptiva de la picaresca nacional en su cotidianidad. Picón Salas resalta la importancia del costumbrismo como género literario: “Después de la Guerra Federal el cuadro de costumbres se convierte en insustituible documento de historia social, mientras que los novelistas de la época siguen romantiqueando, escriben 'Idilios de Corinto' o 'Tragedias venecianas', estos escritores costumbristas tratan de interpretar en las tertulias de la plaza o del 'Café de Gato Negro' (...) en la sorpresa de las multitudes, en ésta como vida subterránea y burlona que siempre coexistió en Venezuela, junto a la grave vida oficial, el enigma y el color de nuestro proceso histórico (...). Y es por ellos que es otra fauna humana la que inspira a los costumbristas de fines de siglo. 'El vividor caraqueño', 'el petardista', 'el felicitador', 'el amigo de todos los gobiernos', 'el sinvergüenza simpático' forman el cortejo...” Con autores como Nicanor Bolet Peraza, Manuel Mármol (Jabino) y Pedro Emilio Coll se cierra el ciclo costumbrista en la narrativa y, tal vez, también un ciclo en la vida del país, cuyo rumbo será definido por nuevas corrientes.

La influencia romántica ya estaba presente en el pensamiento de la oligarquía conservadora, vale decir en sus intelectuales orgánicos Fermín Toro, Pedro J. Rojas, Santos Michelena y el propio padre de Guzmán Blanco: Antonio Leocadio Guzmán. Ciertamente, desde los años cuarenta del siglo XIX, la penetración del elemento francés en la narrativa se convirtió en la antítesis del costumbrismo, enajenando la literatura nacional y bajo cuyo manto comenzó una producción estéril y de poco valor estético. Se trata sin duda de un fenómeno generalizado en toda la América del Sur, en el que la contaminante asimilación de formas y contenidos extranjeros, más que a integrarse, tendió a desvincular a los creadores de su realidad. La copia al carbón de la literatura francesa se extiende hasta sus manifestaciones menores, y la lectura de novelones de baja calidad literaria está a la orden del día. La respuesta tanto del costumbrismo como del humorismo no fue suficiente para enfrentar la avalancha, favorecida por un gobierno que se proponía crear en Caracas un París tropical.

La producción teatral, a juicio de Cesar Rengifo no alcanzó sus mejores logros: “Los intentos (...) de los Parnasianos sólo dieron una mistificación sin alcanzar nada fecundo. Más tarde surgieron otras tentativas todas de buena voluntad y cariño, pero sin bases sólidas ni proyección, también el género denominado 'criollismo' tuve (sic) su expresión escénica, pero chabacana y sin orientación justa, se apartó de los senderos del verdadero teatro para caer en los de espectáculo frívolo, de baja calidad. La vinculación profunda con el pueblo estaba rota.” A este punto me parece importante recordar la opinión de Alejo Carpentier con relación al romanticismo americano: “El hombre hallado dentro y no fuera, lo universal y local, lo eterno en lo circunscrito. Ese sistema, ese método de acercamiento, único posible en América, es de pura cepa romántica, puesto que tiende a fomentar un necesario nacionalismo, prólogo de un más amplio y profundo conocimiento de la realidad circundante. El nacionalismo bajo cualquiera de sus formas, es una noción que debemos al romanticismo. El culto al pasado local, la valorización del arte y de la poesía popular es, la interpretación de ruinas y jeroglíficos, el cultivo del acento nacional, son el alimento primero de todo el 'sturm und drang' - y agrega Carpentier- ...fueron los románticos franceses y alemanes los primeros en entender a América, por lo mismo que encontraban en ella una inagotable fuente de valores románticos,- valores que siguen determinando ciertas características inconfundibles del hombre y del arte latinoamericano -.”

En lo que se refiere a las artes plásticas, es incalculable el alcance del aporte y la transcendencia de la influencia francesa hasta bien entrado el siglo XX. Durante este período se inicia lo que se ha dado en llamar el "género heroico" en la pintura venezolana por el tratamiento del tema histórico, a través de él se busca exaltar a los personajes más destacados de la guerra de independencia, a los héroes, así como las batallas importantes y otros hechos resaltantes del acontecer nacional. Se trata, evidentemente, de un género oficialista, con una concepción y una temática impuesta por el gobierno, de aquí que no deba extrañar que Guzmán Blanco se convirtiera en mecenas de los artistas cultivadores del género, a quienes ofreció la oportunidad de estudiar en París. dándole a sus obras un sentido académico oficial.

Entre ellos se encuentran Martín Tovar y Tovar (1827-1902) quien realizó sus estudios entre España y Francia, donde adquirió gran influencia de los pintores neoclásicos franceses. Una vez en Venezuela es escogido por Guzmán Blanco, por sus grandes dotes de retratista (oficio en el cual había tenido por maestros a Carmelo Fernández, Lewis B. Adams y Celestino Martínez), para la formación de la galería de hombres célebres que decoraría el Salón Elíptico del Capitolio (tarea que llevaría a cabo entre las décadas de 1870 y 1880), así como el plafón del Salón Elíptico del Palacio Federal, trabajo que llevó a cabo en París en 1887, una obra de gran importancia para su época en América Latina. Su estilo se considera una mezcla entre el neoclasicismo y el romanticismo. Entre sus obras figuran las batallas de Carabobo, Junín, Boyacá y Ayacucho, así como también los retratos de Anita Tovar de Zuloaga y Josefina Gil de Zamora y, por supuesto, La firma del acta de la Independencia. A su lado y como colaborador trabajó con su alumno Antonio Herrera Toro para la realización de los apuntes del Campo de Carabobo, obra que también fue ejecutada en París. En el caso de la batalla de Ayacucho, ésta fue pintada por Herrera Toro según el boceto de Tovar.

Fue Herrera Toro además de pintor, grabador, periodista (fundador de El Granuja y colaborador de El Cojo Ilustrado) y docente. Dedicó su esfuerzo a diversos temas desde aspectos de la vida hogareña hasta motivos religiosos, pasando por el retrato, las escenas de tipo heroico, llegando a ser el pintor oficial de Cipriano Castro, se ha dicho que su obra es bastante convencional, y sin grandes aportes, siendo tal vez lo más logrado los retratos de su hermana Concepción Herrera Toro, el del escritor Eduardo Blanco, el de Arístides Rojas y sus dos autorretratos. Sin embargo, puede decirse que Antonio Herrera Toro, logró dominar magistralmente el retratismo, al que imprimió gran vigor y libertad, convirtiéndose en uno de los más importantes guías de la joven generación de pintores de la época, especialmente del que luego habría de denominarse el Círculo de Bellas Artes y muy en particular de Tito Salas. En cuanto al tratamiento de temas costumbristas y vistas de ciudades del interior y de la capital, cabe señalar que muchas de ellas se dieron a conocer cuando, junto a su hermano Nicanor, editó la revista El Oasis en su Barcelona natal y, luego cuando en Caracas editó otra revista, El Museo Venezolano, en colaboración con el litógrafo Henrique Neun.

Otro de los favorecidos por Guzmán Blanco que alcanzaría renombre mundial es Arturo Michelena (1863-1898), quien participó junto a Martín Tovar y Tovar, (1827-1902) Cristóbal Rojas (1857-1890) y Antonio Herrera Toro (1857-1914) en las festividades con que se celebra el Centenario del Natalicio del Libertador en 1883, exponiendo dos de sus obras: una de ellas representa la entrega de la Bandera al Batallón (sin título) y la otra, una alegoría a la República. Michelena estudió en París, desde 1885 hasta 1892, donde contrajo la tuberculosis que lo llevaría a la muerte a los 35 años de edad. Allí había obtenido importantes premios llegando incluso a la categoría de Fuera de Concurso, máxima calificación otorgada a pintor alguno, lo que hizo que sus obras fueran aceptadas en el Salón de los Artistas Franceses sin ser sometidas a jurado. Miranda en la Carraca, Vuelvan Caras, en que recrea la batalla de Las Queseras de Medio, el retrato ecuestre del Libertador conocido como Bolívar en Carabobo y La Vara Rota, son magníficos testimonios de su talento pictórico. Aún cuando parte de su obra está incluida en el género al que vengo refiriéndome, Michelena incursionó en temas como la caricatura, la figura humana, la pintura intimista y las escenas mitológicas.

Cristóbal Rojas, también estudió pintura en París en 1884, a pesar de sus escasos recursos económicos, logró conseguir financiamiento del gobierno guzmancista para costear sus estudios, al ganar el segundo premio del salón realizado con motivo de la celebración del ‘83 con la obra: La muerte de Girardot en Bárbula. Su pintura está intensamente marcada por los estilos de los salones franceses, y de manera muy especial, por la tradición realista de Courbet y Daumier, de aquí que la temática de su pintura, los efectos de claroscuro y el sentimiento dramático sean predominantes. Entre sus obras más destacadas se encuentran: La Primera y Ultima Comunión, La Taberna y El Dante y Beatriz, ésta última es de las primeras interpretaciones pictóricas de temática literaria en Venezuela.

A principios del siglo XX se inicia en Francia un nuevo movimiento: “el impresionismo”, y es Emilio Boggio (1857-1920) uno de los pintores venezolanos que más se aproxima a esta tendencia. Nacionalizado francés, estudió, en 1890, en la Academia Julián, al igual que Arturo Michelena y Cristóbal Rojas. Sus primeras obras presentan la influencia de Paul Laurens, pero poco a poco se irá perfilando como paisajista. Al igual que sus colegas y compatriotas participó en los salones que se celebraron en Francia en esa época. Gran amigo de Claude Monet y Camille Pissarro, quien había visitado Venezuela, entre los años de 1851 y 1853. Poco después, por la influencia de pintores simbolistas, su obra – cuya referencia será determinante en el Círculo de Bellas Artes- cobrará un carácter alegórico, aproximándose más al post-impresionismo y al divisionismo, algunas de sus obras más representativas son: Neblina de Otoño, Fin de Jornada y La Boda.

Es, precisamente, la formación del Círculo de Bellas Artes, en 1912, el gran acontecimiento artístico de comienzos de siglo, movimiento opuesto a la Academia de Bellas Artes, impulsado por un deseo de renovación plástica. Sus integrantes se dedicaron especialmente a la búsqueda del paisaje por medio de la pintura al aire libre dejando a un lado los temas históricos, religiosos que tradicionalmente habían dominado en la pintura venezolana. Contó también el Círculo con el respaldado de reconocidos intelectuales de la época como Santiago Key Ayala, Rómulo Gallegos y Manuel Díaz Rodríguez. La instalación fue dada a conocer por Leoncio Martínez (Leo) en el diario “El Universal”. Bajo el influjo de Boggio, Mützner y Ferdinandov, los artistas que lo conformaron supieron aprovechar los conocimientos provenientes de Francia. A este grupo pertenecen: Armando Reverón (1889-1954), Rafael Monasterios (1884-1961), Manuel Cabré (1890), Marcos Castillo (1897-1966), César Prieto (1882), Luís Alfredo López Méndez (1901) y Federico Brandt (1879-1923). Sin embargo, la diferencia con respecto a las vanguardias plásticas europeas es abismal, los separan casi dos décadas o más del cubismo, del fauvismo, y de otras corrientes que ya se habían desplegado en Europa.


1 comentario:

  1. Muy interesante ésto. También estoy leyendo un estudio de Juan Francisco Sanz sobre el arte de improvisar de los músicos venezolanos del siglo 19, todas estas cosas se complementan. El siglo 19 fue un siglo muy rico en Venezuela, sobretodo las últimas décadas.

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