sábado, 14 de mayo de 2011

Los árboles y Enrique Bernardo Nuñez

CORTE DE ÁRBOLES
Enrique Bernardo Nuñez
"¿Por qué usted no escribe sobre el corte de árboles en Valencia?" -me dice un amigo con aire indignado. "Pero ¿cree usted que eso traiga algún resultado?" -le contesto. Ya el mal está hecho. Además, ¿cuántas veces se ha escrito en los diarios de Caracas y de toda Venezuela acerca de la ruin costumbre de talar árboles? Yo mismo escribí muchas veces, sin otro resultado que el de ver el derribo de otros árboles. Siempre una tala de árboles viene precedida de una campaña a favor de los mismos. Es la protesta contra toda defensa que se haga de los árboles. La "Sociedad Amigos de Valencia" lleva a cabo una reforestación de las sierras que rodean la ciudad. Han plantado no sé cuántos arbolitos, los cuales darán ancha sombra si los dejan crecer. En respuesta, los encargados de las obras de Camoruco procedieron a cometer su arboricidio. La destrucción de árboles en Valencia viene desde hace tiempo. Frente al Teatro Municipal había unos hermosos apamates, y fueron cortados. Los árboles de la Plaza de la Libertad, cortados. En la Plaza Bolívar quedan algunos por milagro. Mientras más hermoso sea un árbol mayor es el peligro que lo amenaza. Aquí no hace mucho cortaron los de la Avenida del Cementerio, como han cortado centenares de árboles en todas partes, para reponerlos, eso sí, con unos cuantos arbolitos importados. La gente nace con cierta predisposición contra el árbol, una predisposición que no logra corregir la misma Universidad. ¿Ve usted aquel arbolito que nace? Ya tiene encima mil ojos que acechan el momento de cortarlo. Hace pocos años, creo que en 1948, vi derribada en Bárbula la más hermosa avenida de árboles que pueda imaginarse, casi todos centenarios, con el objeto, según se informó, de instalar allí una colonia de locos. A un lado y otro del camino se hacinaban inmensos troncos de árboles derribados. Puede que los que hayan cortado los árboles de Camoruco sean escapados de la colonia de Bárbula. La foto publicada por "El Nacional" no deja lugar a dudas. Esos hombres que allí aparecen no pueden ser sino locos escapados de Bárbula.

Los árboles de la Avenida Camoruco, o la famosa bóveda de apamates y de cedros que le daban sombra, procedían de la época de Guzmán Blanco, cuando el Ilustre tenía casa en aquel paraje, y cuyas ruinas se vieron hasta no hace mucho. Las sucesivas Juntas de Fomento compuestas de los vecinos, tuvieron a su cargo el cuido y replantación de estos árboles. Eran vestigios de otra época, de otra mente, de otro estilo de vida. Una época donde como nunca se dio culto al árbol. Este culto vino a señalar en Venezuela una etapa en la evolución de las costumbres. Las plazas, antes de tierra, o de piedra y ladrillos, se vieron cubiertas de árboles y flores. Se plantaron muchos a lo largo de las avenidas. Hubo ciudadanos cuya memoria podría honrarse sólo porque fueron grandes plantadores de árboles. Ernst recibía encargo de averiguar si el gas del alumbrado causaba algún daño a los árboles, y tras laborioso estudio demostraba que ninguno les hacía. Esa tala de árboles en vísperas de conmemorarse el Cuatricentenario de la ciudad es bastante significativa. No se guardó ningún miramiento a lo que ellos representaban. Eran testimonio de amor a la naturaleza y a la ciudad, de fe y esperanza en el porvenir. En síntesis, el poema acariciado en la mente y el corazón de varias generaciones. Buen asunto para el Cuatricentenario el derribo de estos árboles.
“El Nacional”, 30 de julio de 1954

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