viernes, 17 de febrero de 2012

Notas del Carnaval Caraqueño

De lo investigado en la hemeroteca y diversos libros de la vieja Caracas, especialmente aquellos escritos por los vaijeros del Siglo XVIII y proncipios del pasado sus anedoctas en la ciudad, he encontrados las siguientes notas:

Con la llegada del Obispo Diez Madroñero a Caracas, en el siglo XVIII, los carnavales se convirtieron en tres días de rezos, rosarios y procesiones, por considerar el Obispo que eran fiestas pecaminosas.


Al arribar el Intendente José Abalos, volvió nuevamente el carnaval a Caracas, aunque de forma más refinada, celebrándose con comparsas, carrozas, arroz y confites, dejándole a los esclavos y a la plebe los juegos con agua y sustancias nocivas.


El juego del Carnaval con agua, harina y otras sustancias nocivas, era de una violencia considerable, además de los bailes callejeros, entre los que resaltaban el fandango, la zapa y la mochilera que permitían entre hombres y mujeres contactos físicos inaceptables para la moral entonces vigente.



Durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco, se celebraron elegantes celebraciones. Este presidente se propuso acabar con la constante agresión del carnaval con agua y darle paso, a través de la celebración, a un carnaval con numerosas comparsas y fiestas de disfraces. Durante el mandato de Guzmán Blanco, la fiesta adquirió características diferentes, se pretendió sustituir la ya arraigada forma de jugar con agua, por confettis y perfumes.

Ya en 1866 se quejaban. En una suerte de Correo del Pueblo para dar tribuna a la ciudadanía, El Federalista transcribía en su número 747 —con el título Carnestolendas— las palabras de un muy molesto Benigno Goya, a propósito de la inminente llegada del carnaval y la muy odiosa tradición de la guerra de agua: “Se acercan esos olvidados días en que toda persona que se estime tiene que privarse de salir a la calle, en atención a que, según parece, nuestros abuelos acordaron que en el año debían tratarse las personas con consideración durante trescientos sesenta y dos días, y los restantes faltarse el respeto, lo cual no es muy apetecible; según el decir de muchos, las palabras ‘carnes tollendas’ (carnes quitadas) quieren decir abuso; esto es, echarle agua a toda persona que se encuentre fuera de su casa; porque, según ellos, ‘son días de eso’; mas como se ve, las mencionadas palabras latinas no autorizan a tanto; y desearíamos que el ciudadano Prefecto aboliese, o por lo menos restringiese en la capital ese abuso que impropiamente se llama juego, y que, bien mirado, no es otra cosa que una fuente de desórdenes y delitos”. Como se ve, la queja no es de ahora.
Imagen de Viejas Fotos Actuales
Circa 1915

1914


Niña China 1919


Del viejo carnaval llegó a decir que por su culpa “Caracas tenía que cerrar sus puertas y ventanas, la autoridad las fuentes públicas y la familia que esconderse para evitar ser víctima de la turba invasora”. Cosa muy distinta a las palabras que le dedicó al nuevo carnaval caraqueño, más concretamente aquel que según sus cuentas se conoció a partir de 1878, año en el que Antonio Guzmán Blanco le dio paso (aunque por un período muy breve) al general Francisco Linares Alcántara, comenzando así en Caracas y otros puntos del país la era de las fastuosas fiestas del rey Momo con esos aires cosmopolitas y parisinos legados por “El Ilustre Americano”.
Así llegó al siglo XX la tradición en Venezuela con carrozas, disfraces, bailes populares y en salones refinados. A mediados de los años cincuenta y hasta finales de los sesenta, apareció un nuevo elemento: las famosas «negritas», quienes escondían la identidad en el disfraz para disfrutar sin complejos de la festividad.

En tiempos de Gómez, los carnavales eran un alarde de solemnidad y todos salían a la calle a ver los desfiles, cual si se tratara de una procesión.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez, las fiestas eran de gran tronío en calles, templetes, clubes y hoteles. Miles de mujeres disfrazadas de negritas acudían al grito de llamada que decía "en el Ávila es la cosa". Por lo menos, 40 orquestas extranjeras visitaban la ciudad. No había desorden y todos los días se protagonizaban desfiles por las calles de la ciudad. La gente se apostaba en las aceras y gritaban “aquí es, Aquí es” esperando recibir caramelos de los carros y carrozas.


Leo Matiz 1952



Entre los años 60 y 80 las fiestas de carnaval se fueron enfriando en Caracas y quedaron sólo para los niños, Sin embargo en la mayoría de los pueblos esta fiesta ha conservado su tradición.


Aquellos tiempos

El historiador Arístides Rojas, recordando los carnavales caraqueños de 1700, dice que "la ciudad tenía que cerrar puertas y ventanas, las autoridad, las fuentes públicas y la familia debían esconderse para no ser víctimas de la turba invasora. La noches del Carnaval de entonces eran lúgubres y la ciudad parecía un campo desolado". Hoy, lo parece también, pero por la delincuencia imperante. Ya en Caracas, no hay carnavales.

El juego del Carnaval con agua, harina y otras sustancias nocivas, era de una violencia considerable, además de los bailes callejeros, entre los que resaltaban el fandango, la zapa y la mochilera que permitían entre hombres y mujeres contactos físicos inaceptables para la moral entonces vigente.

Gobierno tras gobierno

En cada gobierno se ha protagonizado un carnaval diferente. En tiempos de Gómez y tal como lo cuenta el escritor Salvador Garmendia, los carnavales eran un alarde de solemnidad y todos salían a la calle a ver los desfiles, cual si se tratara de una procesión.

Durante el mandato de Guzmán Blanco, la fiesta adquirió características diferentes, se organizaron desfiles de disfraces, comparsas, carrozas y concursos y se pretendió sustituir la ya arraigada forma de jugar con agua, por confettis y perfumes.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez, las fiestas eran de gran tronío en calles, templetes, clubes y hoteles. Miles de mujeres disfrazadas de negritas acudían al grito de llamada que decía "en el Ávila es la cosa". Por lo menos, 40 orquestas extranjeras visitaban la ciudad, todos los días se protagonizaban desfiles por las calles de la ciudad.


Si algo se evidencia al revisar las páginas que narran las glorias de nuestros carnavales, es ese sentimiento de nostalgia por tiempos que no volverán. Aunque las antipáticas comparaciones no son de ahora. Lea y vea aquí cómo es que desde siempre los venezolanos han volteado su mirada hacia fiestas de anteayer que nunca fueron superadas por las de ayer, y así sucesivamente

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